MIME-Version: 1.0 Content-Type: multipart/related; boundary="----=_NextPart_01C81815.8184C100" Este documento es una página Web de un solo archivo, también conocido como archivo de almacenamiento Web. Si está viendo este mensaje, su explorador o editor no admite archivos de almacenamiento Web. Descargue un explorador que admita este tipo de archivos, como Microsoft Internet Explorer. ------=_NextPart_01C81815.8184C100 Content-Location: file:///C:/634422D0/GLORIASARGENTINASYRECUERDOSHISTORICOSesp.htm Content-Transfer-Encoding: quoted-printable Content-Type: text/html; charset="us-ascii"
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GLORIAS ARGENTINAS Y RECUERDOS HISTÓRICOS=
TOMÁS DE IRIARTE
GLORIAS ARGENTINAS
Y
RECUERDOS HISTORICOS= span>
1818 – 1825
Por
el General Tomás de Ir=
iarte
BUENOS
AIRES
1858
Advertencia
preliminar
No hemos llegado todavía a la época en que pueda escribirse la historia de nuestra revolució= ;n con libertad y sin reticencias, sobre los hechos y las personas. Nuestros nietos la redactarán con más imparcialidad y perfección recogiendo de las memorias que encuentren publicadas, de los archivos y de = las tradiciones orales, los materiales que han de servir para confeccionarla.= span>
Esta tarea, aun para ellos mismos, será bien difícil y delicada; y hará prueba de discernimiento el historiador que tenga buena elección y no se deje = seducir por la pasión y el espíritu de partido y de localidad que, ma= s o menos, ha de desfigurar en los escritos contemporáneos el cuadro de = los acontecimientos, y el retrato de nuestros prohombres de la era revolucionar= ia, juzgándolos por los efectos sin conocimiento de las causas.= p>
Mr. Gu= izot, autoridad bien respetable, dice textualmente en el tomo 1° de sus interesantes memorias: "La mayor parte de las "Memorias" se publican demasiado temprano o demasiado tarde. Demasiado temprano, son indiscretas o insignificantes; se dice lo que todavía convendr&iacut= e;a callar, o bien se calla lo que sería curioso y útil decir. Demasiado tarde, las memorias han perdido mucho de su oportunidad y de su interés; los contemporáneos no están presentes para aprovechar las verdades que revelar y para gozar en su narración un placer casi personal".
Si en los "Recuerdos Históricos" que doy a la luz publica no se encuentran las belle= zas del mérito artístico, estoy al menos seguro que las reminiscencias de nuestras glorias y de la época de nuestros heroicos esfuerzos por la emancipación colonial, excitarán en los corazones generosos un noble sentimiento de admiración y de orgullo nacional por esa lucha de gigantes que, en los anales de este país, = ha de inmortalizar algún día el nombre Argentino, trasmitiendo a= las mas remotas generaciones el valor de nuestros guerreros, la labor y abnegación de nuestros estadistas, el civismo y constancia de nuestr= os compatriotas, y los magnánimos sacrificios de todos los argentinos p= or la causa de la independencia y de la regeneración social.
He leído, visto y vivido lo = bastante para haber aprendido a juzgar los hombres y las cosas y como escribo en el invierno de la vida, cuando languidecen las pasiones bajo el peso abrumador= de los años, cuando las ilusiones de la edad poética y febricien= te desaparecen para hacer lugar a la prosaica realidad, me lisonjea que se han= de aceptar estos "Recuerdos Históricos"' como el producto sazonado por la experiencia y la conciencia íntima de los hombres y = las cosas, narrados sin otro ulterior interés ni propósito que el= de ofrecer en sus páginas un tributo de amor a la patria argentina, ostentando en ellos con verdad y sin afectación, el valor y las glor= ias de sus hijos en la lucha por la emancipación. Y para que en los tiem= pos que han de venir, cuando en las largas veladas de la estación borras= cosa los padres lean a sus hijos los anales de una época como la nuestra,= tan fecunda en grandes hechos, magnificados por el transcurso del tiempo como se magnifican las sombras cuando el sol va a terminar su carrera diurna en el ocaso, los latidos de sus tiernos corazones acelerándose con la memo= ria escrita de los tiempos hazañosos de sus antepasados y dejando en sus almas impresiones indelebles, les sirva de estímulo el mas poderoso = para imitarlos; y para elevar su espíritu a la alta esfera de los penosos pero meritorios sacrificios que impone la patria, con la creencia no infund= ada de que sus mayores, por sus heroicas y arrojadas empresas, en nada fueron inferiores a los hombres ilustres vaciados en el molde de Plutarco, de una = era que se pierde en la oscuridad de los tiempos y cuya historia apenas conserv= a la apariencia de la verdad.
Y si tan solo ofrezco a mis j&oacut= e;venes compatriotas este escaso tributo, pequeño fragmento de mis estudios históricos, y por las razones que he citado, apoyadas en una reconoc= ida autoridad; me es grato asegurarles que en los hechos que voy a narrar han de encontrar la mas estricta y severa imparcialidad, que están escritos= sin pasión, con verdad en fin y, sobre todo, depurados del innoble y corrosivo espíritu de partido que todo lo altera y desfigura.=
La época de esta publicaci&o=
acute;n
es bien oportuna, por cierto: la república está actualmente
fraccionada aunque temporariamente, y comprendo que para la nueva generaci&=
oacute;n -a la que especialmente dedico los
"Recuerdos" de este interesante período de nuestra historia
contemporánea- debe ser un gran estímulo a la suspirada
reconstrucción de nuestra nacionalidad, la memoria de los esfuerzos =
y de
las glorias comunes a las dos porciones en que ahora se encuentra dividida =
la
patria de los primeros próceres de nuestra gloriosa revolució=
n, y
de los que sellaron con su sangre la independencia de
T. IRIARTE
INTRODUCCION
La revolución de las Provinc=
ias
Unidas del Río de
El poder español dominaba en= el Alto Perú, que nuestras tropas evacuaron después de la desastrosa jornada de Sipe Sipe.
En
Su fuerza era imponente por el número y la disciplina; estaba mandada por generales y jefes experim= entados, y compuesta en su mayor parte de oficiales y soldados aguerridos en las campañas de la península española contra los ejércitos franceses.
En Chile tremolaba el pabelló=
;n
republicano después de la batalla decisiva de Chacabuco, ganada a los
españoles por el ilustre general San Martín a la cabeza de un
ejército argentino organizado en Mendoza, que escaló los Andes
con admirable intrepidez. Pero una formidable expedición se preparab=
a en
Lima por el Virrey Pezuela para invadir aquel Estado, y no era fácil
presagiar de qué lado se inclinaría la victoria. Si los
españoles vencían, la causa de la independencia estaba expues=
ta,
si no a zozobrar, al menos a prolongar una contienda sangrienta cuyos efect=
os
destructores gravitaban ya grandemente sobre un vasto teatro. En algunas
provincias de
Pero entiéndase bien que el
régimen federal, modificación la mas perfecta del sistema
representativo, bajo cuya égida tanto ha prosperado y
engrandecídose la república modelo de los Estados Unidos del
norte, jamás entró en sus cabezas; por que esa palabra tan muy
empleada, lo único que representaba era el caudillaje, la
concentración mas absoluta del poder; y la última
expresión del régimen ultra-unitario, cual la empleó R=
osas
con idéntico propósito; y que, bien que representase una idea=
, se
hacia servir para fines diametralmente opuestos. Era, por último, una
palabra como otra cualquiera para provocar a la revuelta y a la guerra
intestina; y la más santa que hubieran adoptado, la habrían h=
echo
servir al mismo objeto, como ha acontecido siempre en las guerras sociales =
y de
religión. Los ejércitos republicanos en sus lides con
Abrióse la nueva era bajo los mejores auspicios, el triunfo obtenido en Suipacha[1]= span> desde los primeros pasos marciales; porque fue de inmensa trascendencia sal= udar con una victoria la aurora de la revolución. Y si la fortuna no nos = fue propicia en Huaqui[2], Vilcapugio[3]= span>, Ayohuma[4]= span>, Sipe-Sipe[5]= span>, y Cancha Rayada[6], los guerreros argentinos repararon con usura tan grandes reveses, en los campos= de Las Piedras[7], Tucumán[8], Cer= rito[9]= span>, San Lorenzo[10], Sa= lta[11]<= /span>, Florida[12]<= /span>, murallas de Montevideo[13]<= /span>, Chacabuco[14] y la mas espléndida de todas las batallas, Maipú[15]<= /span>, ciñeron sus sienes con los laureles inmarcesibles de la victoria, legando a las páginas de la historia un timbre de gloria inmortal; y= a los contemporáneos un precedente del mas feliz augurio, puesto que dieron auténtico testimonio del denuedo y capacidad bélica de= la nueva nación en la continuación de la guerra en que segu&iacu= te;a empeñada; y como consecuencia inmediata su éxito probable.
En esas memorables jornadas los Gen=
erales
D. Antonio Ortiz de Ocampo, D. Juan José Viamonte, D. Juan Mart&iacu=
te;n
de Pueyrredón, D. Martín Rodríguez, D. Antonio Balcarc=
e,
D. Manuel Belgrano, D. José Rondeau, D. José de San
Martín, D. Carlos Alvear, D. Miguel Soler, D. Juan Antonio Arenales,=
D.
Juan Gregorio de Las Heras, D. Juan R. Balcarce, D. Eustoquio Díaz
Vélez y D. Hilarión de
Aunque de rango más subalter= no, otros muchos jefes cuyos nombres serían por su número demasia= do prolijo mencionar, se distinguieron con altos hechos de valor. Basta a nues= tro propósito referirnos a los más expectables por ser su acción de más consecuencia, en razón de sus elevadas y trascendentales funciones como generales en jefe.
Incumbe al historiador llenar con l= etras de oro el vacío que se encuentre en estos "Recuerdos" en los = que tan solo nos proponemos hacer una rápida reseña de las cosas y personas más expectables.
Merece especial noticia uno de los = mas importantes hechos de armas de la época, por el poderoso é inmediato influjo que tuvo en la rendición de la plaza de Montevideo. Una escuadrilla organizada con buques mercantes armados a la ligera en Buen= os Aires surcó las aguas del Plata con admiración y hasta desconfianza de los espectadores, para ir a medir sus débiles fuerzas con la prepotente escuadra española compuesta de bajeles de guerra b= ien artillados, y mandada por oficiales inteligentes y facultativos de la marina real.
Montevideo, el baluarte de
La empresa era de las más at= revidas y arriesgadas, y el estilo muy dudoso. Se habían agotado las arcas d= el tesoro público para subvenir a los ingentes gastos que demandaba la creación de una escuadrilla improvisada, amén de las atencion= es del ejército del Perú y las interiores. Pero la elecció= ;n del jefe que había de dirigirla y mandarla fue de las más acertadas, porque con solo su arrojo supo vencer tamaños inconvenien= tes.
El intrépido marino Don Guil= lermo Brown, natural de Irlanda, en un combate naval[16]<= /span> con la escuadra enemiga, en las aguas y casi a la vista de Montevideo, obtu= vo la más decisiva victoria capturando muchas embarcaciones españolas; y las que pudieron salvar del conflicto, buscaron su seguridad bajo los fuegos de las baterías que guardan el puerto. Este contraste hizo desesperada la situación de los defensores de la plaza asediada, porque quedó bloqueada por mar y tierra.
Un mes después el ejé= rcito bloqueador a las órdenes del distinguido general Alvear, clavó sus estandartes vencedores en las almenas de Montevideo.
Se verá mas tarde, en la gue= rra del Brasil, al mismo Almirante Brown, hacer prodigios de valor incomparable luchando contra las fuerzas navales del Imperio, diez veces más fuer= tes que los mal dotados cascos mercantes, donde el osado Almirante tremol&oacut= e; su insignia casi siempre vencedora.
No es esta la ocasión de ref= erir sus heroicas proezas,
En la guerra fratricida, los soldad= os de la legalidad lucharon con destino adverso en una serie de contratiempos. Así que, en largos periodos, el jefe supremo del Estado medía= un radio de acción tan limitado, que exceptuando las tres provincias de Cuyo, donde sus delegados eran respetados; la del Tucumán, cuartel general del ejército denominado del Perú a las órdenes= del esclarecido y benemérito patriota general Belgrano, y la de Buenos Aires, asiento y residencia de la administración central, las restan= tes se habían declarado en disidencia mas o menos pronunciada; y puede decirse con verdad que eran conservando algunas el aparente y fingido pudor= de las formas enteramente independientes de hecho.
Este estado peligroso, convulso, y = por lo mismo precario, había no precisamente relajado los resortes del patriotismo; pero si, y muy sensiblemente, amortiguado el espíritu público que al principio de la revolución, en su mas alto gra= do de entusiasmo y civismo, había obrado prodigios.
Tal era el cuadro de la situaci&oac=
ute;n,
poco lisonjera por cierto, al concluir el octavo año de la
revolución en las Provincias unidas del Río de
Es fácil, pues, comprender c= uales habrían sido las consecuencias de un triunfo del ejército español en Chile, de que tamaño los conflictos en que estos países se habrían visto envueltos. Pero la victoria quiso cor= onar los heroicos esfuerzos de nuestros valientes en los para siempre memorables campos de Maipú, triunfo el más completo en la guerra de la revolución, y allí se salvó el honor de las armas americanas, y los defensores de la independencia asumieron una actitud preponderante.
Ese mismo ejército vencedor, continuando su noble rol de libertador de los estados hermanos, invadi&oacu= te; mas tarde el Perú y coadyuvó muy eficazmente a la definitiva expulsión del poder español del suelo americano.
Esta breve reseña es un ante=
cedente
necesario para facilitar el conocimiento de la situación polí=
tica
y militar de las Provincias Unidas del Río de
No entra en nuestro plan la narración de los antecedentes -en su origen- que condujeron al gabin= ete de San Cristóbal a lanzarse desaforadamente en la empresa de la conq= uista con manifiesta violación de la ley de las naciones: la historia de la época exhibirá algún día los pretextos dolosos,= las rastreras intrigas y los sucesos que la prepararon, poniendo en relaci&oacu= te;n este escandaloso salteo con las exageradas e injustas pretensiones que el gabinete de Lisboa no cesó de alimentar y debatir con el de Madrid d= esde el descubrimiento de estos países en el siglo XVI; que fueron objeto= de continuas guerras y transacciones diplomáticas, y que pusieron en transparencia la desmesurada e insaciable ambición de la casa de Braganza, y sus conatos hasta hoy día no extinguidos, de adquisición clandestina -faltando a la fe de los tratados- de un territorio que estos mismos habían demarcado como perteneciente a la corona de Castilla; y en ese gran libro en que siempre se consignan las lecciones mas prácticas y provechosas para los pueblos y para los gobiernos, se encontrarán también registradas las maquinacion= es y las intrigas promovidas por la princesa Da. Carlota -después reina de Portugal- durante el cautiverio de su hermano el Rey D. Fernando VII, para realizar el sueño dorado de una dinastía tan adversa y codiciosa de los bienes ajenos, como poco escrupulosa en la observancia del respeto que es debido a los derechos bien adquiridos.
Basta para nuestro propósito= hacer mención de las ocurrencias más notables desde la ocupaci&oacu= te;n en 1816, que es el punto de partida. Es decir, acopiar noticias para que la historia las coordine algún día. Y aunque nos proponemos conservar el orden cronológico de los acontecimientos, no debe esper= arse encontrar en estos "Recuerdos Históricos" la relació= ;n detallada y continua de ellos.
Poseemos abundantes materiales para=
marchar
mucho mas adelante por la senda que empezamos a recorrer, y si suspendemos =
la
carrera limitándola a un pequeño espacio, se encontrará=
;n
nuestros motivos en
Hemos creído muy conducente introducirnos por medio de esta explicación para que sea bien comprendido el plan que nos proponemos, y para evitar que nuestros lectores sufran la pena de esperanza engañada. No es, pues, la historia la que van a leer; y nada encontrarán que no corresponda al honroso pero modesto título que encabeza esta obra. =
La historia, por otro lado, es una especialidad literaria, un trabajo ímprobo de muy difícil ejecución que requiere profundos conocimientos y grandes dotes, y pa= ra escribirla con hábil gravedad y altura se necesita ser un sabio -un Tácito-.
Hemos sido contemporáneos, t= estigos presenciales, y actores mas ó menos activos en algunas de las escenas que vamos a describir, y por esta circunstancia especial, nos atrevemos a esperar que ha de considerársenos suficientemente instruidos y autorizados, y con favorable presunción de veracidad.
Año 1818
I. Vista retrospectiva a
I.
Cuando en 1816 las tropas portugues=
as
invadieron con fuerzas considerables el territorio oriental del Río =
de
Medirse con tropas aguerridas y dis= ciplinadas era una empresa superior a la capacidad del jefe oriental, cuyos conocimien= tos militares se limitaban a los muy necesarios a un jefe de partidarios que ha= ce la guerra para defender su país natal con tropas irregulares y colecticias, sin jefes ni oficiales de suficiente instrucción. Se di= eron algunos combates, y en ellos a pesar de su natural ardimiento, los patriotas orientales tuvieron casi siempre la peor parte. La resistencia a los invaso= res los recomienda y hace acreedores a la estimación pública, pero para realizar su noble intento eran exiguos los medios disponibles; y esta deficiencia realza más su mérito y acrisolado amor patrio.
El Cabildo de Montevideo abri&oacut=
e; las
puertas de esta plaza y puerto importantes al general portugués medi=
ante
una estipulación de deberes recíprocos.
Tal era la situación respect= iva de agresores y agredidos cuando la victoria de Maipú, obtenida por el ejército argentino en el territorio de Chile sobre el ejército español, puso término a su dominación en aquella república; y cambió la faz política y militar de los pueblos que luchaban después de ocho años consecutivos por conquistar su independencia, despertando, en los que todavía estaban= sometidos, el deseo y la esperanza bien fundada de trozar sus cadenas.
El eco de aquel triunfo tan complet=
o y
grandioso repercutió hasta la margen del Yaguarón y el genera=
l en
jefe Lecor penetrado como estaba que la provincia oriental simpatizaba con =
los
hermanos de occidente, soportando de mal grado la dominación extranj=
era,
debió alarmarse por el triunfo de las armas argentinas, porque
aproximando el momento de la definitiva emancipación de la
metrópoli, era muy razonable esperar que para complementar un evento=
tan
trascendente, mas tarde mas temprano, atravesarían el Uruguay para
reconquistar la provincia usurpada, parte integrante entonces del territori=
o de
Es evidente que el Barón de =
Todos los que en la época a =
que nos
referimos tuvieron relación inmediata con el general Lecor, han de
recordar sus continuas y prolijas investigaciones sobre el ejército =
de
los Andes, su fuerza, su calidad y composición; y que no cesaba de
indagar de cuantos lo rodeaban, y podían satisfacer sus cuestiones s=
obre
el carácter, las aptitudes, los antecedentes del general San
Martín, y sus miras probables sobre
Esta inquietud era natural y se exp=
lica por
si misma. Ella se renovó y subió de punto con la ocupaci&oacu=
te;n
de Lima por el ejército Libertador; y después, cuando el gene=
ral
Bolívar -el hombre prestigioso de
No era este, en verdad, un hombre v= aciado en el molde común, pero es igualmente cierto que no se distingu&iacu= te;a por calidades relevantes, expresión del genio. Su aspecto y su carácter revelaban la escuela y profesión del soldado envejec= ido en los campos; pero ni se entienda por esto que careciese de urbanidad y cortesanía: al contrario, era afable y complaciente, sin derogar de = su dignidad con cuantos cultivaban su trato; y unía a un talante severo= la compostura del hombre culto avezado a la alta sociedad. Hombre de mundo, su espíritu conciliador fue un resorte eficaz que constantemente puso en juego para consolidar su conquista; y si porque los orientales no pod&iacut= e;an soportar el yugo extranjero, el general Lecor no fue el ídolo del pueblo, tampoco puede aseverarse que alimentasen contra él sentimien= tos de odio y reprobación personal. Si mas tarde la presa se le escapó de las manos, no se podría con justicia hacerle un car= go de incapacidad, porque los acontecimientos se agolparon con fracaso y rapid= ez, y todo el saber humano no habría podido dominarlo. En fin, y para concluir el retrato del general Lecor, en que insensiblemente nos hemos empeñado, daremos la ultima pincelada: era frío por carácter y absolutista por hábito profesional, bajo una monar= quía ilimitada: no había en su dilatada carrera conocido otro sistema que= el de la obediencia pasiva, y lo creía el único conveniente; pero los estímulos de su corazón eran nobles y desapasionados.
II.
Necesario es desviarnos por un mome= nto del orden cronológico de los acontecimientos, porque para no perder la hilación y conservar la unidad del conjunto, es de absoluta necesidad fijar una mirada retrospectiva sobre la situación del Alto Per&uacut= e;, y de nuestras provincias del norte después de la desgraciada tornada= de Sipe - Sipe. Los restos del ejército argentino se retiraron del Alto Perú y se acuartelaron en las provincias de Salta y Tucumán: y los españoles quedaron en posesión de aquel país, sin = otra atención interior que las continuas aunque no eficaces hostilidades,= con que continuaban molestándolos las partidas llamadas republiquetas compuestas en su mayor parte de indígenas, y mandadas algunas de ell= as por jefes de línea: las que a favor de las fragosidades del terreno = eran inextinguibles, a pesar de su debilidad relativa. Para interceptar convoyes= y comunicaciones aquellas partidas sostenían con los destacamentos del ejército español continuas y sangrientas refriegas, cuyos resultados muchas veces se reducían a los hombres perdidos de una y = otra parte; pero que en otras ocasiones reportaban ventajas reales. Acreditaban siempre de un modo práctico y el más auténtico la deci= dida aversión del país a la dominación extraña, y contribuían a conservar latente este sentimiento patrio. =
Después de Sipe - Sipe, el g= eneral fue reemplazado en el mando del ejército, denominado del Perú, por el general Belgrano, y este fijó su cuartel general en Tucumán, dedicándose con asidua contracción a reorganizarlo; estableciendo al efecto la mas severa disciplina e incesante instrucción.
Era el general Belgrano un patriota= a toda prueba, verdadero modelo de virtudes republicanas y de una probidad proverb= ial; el dictado mas adecuado para caracterizarlo seria el de Catón argent= ino, pero sin la estoica austeridad del romano. Se vio forzado a permanecer esta= cionario, porque toda la atención y recursos del gobierno central se dedicaban exclusivamente a la formación del ejército que el general San Martín organizaba en Mendoza para escalar los altos Andes.
El ejército español después de su triunfo avanzó al sur, pero no pasó de Humahuaca; y por último se acantonó en Santiago de Cotagaita y sus inmediaciones: de una y otra parte cesaron las operaciones activas.
El general español
Este revés, y la convicci&oa=
cute;n
del jefe español de serle imposible vencer el formidable muro que los
salteños le oponían con sus desnudos pechos, lo decidió=
; a
retirarse al Alto Perú en el mes de Mayo del mismo año, cuatro
meses después de la invasión. Mientras el general
Se apoderó de Tarija por
capitulación y avanzo hasta Chuquisaca; pero en el asalto que dio a =
esta
ciudad fue rechazado. Amagado por fuerzas muy superiores, el comandante
Los realistas después de su desgraciada campaña sobre las provincias argentinas, volvieron a ocu= par sus antiguas posiciones en Santiago de Cotagaita, Tupiza y adyacencias, ces= ando del todo las operaciones marciales. La vanguardia a las órdenes de Olañeta se situó de observación en la quebrada de Humahuaca.
La expedición que se prepara=
ba en
Lima a las órdenes del general Osorio, debía decidir la suert=
e de
Deploremos las funestas divisiones = de un pueblo de hermanos que se despedaza en fracciones recíprocamente inútiles, cuando más necesaria es la unión para cicatr= izar las hondas heridas del cuerpo social.
III.
Todas las miradas se fijaban en Chi=
le: era
el teatro destinado a un gran acontecimiento que habría de decidir la
preponderancia de los españoles a la de los patriotas. Una sola bata=
lla
es casi siempre decisiva en aquella república, y pone término=
a
la campañ=
;a. Es estrecha la zona comprendida entre el mar pacifico y la
cordillera de los Andes: no hay espacio para maniobras estratégicas =
en
grandes distancias; y un ejército vencido, por lo tanto, no tiene ti=
empo
para reponerse y volver a otro campo de batalla con probabilidades favorabl=
es.
De modo que, bajo tales condiciones, si los enemigos triunfaban era de temer
que simultáneamente y en combinación con el general
La victoria de Chacabuco obtenida e= n las faldas de los Andes, cuya escalada, diremos de paso, no es inferior como empresa atrevida y peligrosa a la de los Alpes por Aníbal y por Napoleón; la victoria de Chacabuco decíamos, no entibió= ; un momento la sistematizada y constitucional actividad del general San Martín: era hombre de guerra y no lo distraían las ovaciones.= Se ocupó asiduamente en la conservación del ejército en perfecto estado de disciplina: el espíritu marcial del general se comunicó a sus tropas bajo tan buen modelo.
Era manifiesta la impaciencia por la llegada de la anunciada expedición de Lima. Esta llegó en efe= cto en los primeros días de enero: el general Osorio que la mandaba desembarcó en Talcahuano con 3.600 hombres de las tres armas, incluy= endo un regimiento de caballería y un escuadrón de artillerí= ;a ligera sirviendo 12 piezas. A estas fuerzas se unieron las del general Ord&= oacute;ñez, y los reclutas de Concepción que se incorporaron con el coronel Sánchez: estas tropas reunidas ascendían a 6,000 hombres.
Osorio abrió su marcha en de= manda de la capital. El general San Martín le salió al encuentro recibiendo en su tránsito las divisiones de los generales O'Higgins y Las Heras, que se le incorporaron en San Fernando el 15 de marzo. El ejército independiente contaba en sus filas más de ocho mil soldados: 6.500 de infantería, 1.500 de caballería y los arti= lleros para el servicio de treinta y tres piezas de campaña.
El 18 de marzo las vanguardias de a= mbos ejércitos se encontraron en Quechereguas. Los enemigos reconociendo = la superioridad de nuestras tropas, contramarcharon precipitadamente. En la mañana del 19 ambos ejércitos pasaron el río Lircay al mismo tiempo, distantes uno de otro legua y media: marcharon en un pa&iacut= e;s abierto en direcciones paralelas. El ejército español llegó a Talca y tomó posición: las guerrillas se desplegaron de una y otra parte para sostener ligeras escaramuzas. &nb= sp;
La situación de los republic= anos era más ventajosa que la de sus contrarios. Se conocía que estos = no estaban bien dispuestos para medir sus fuerzas en una acción campal; pero no podían evitarla, porque la retirada era difícil; tenían que atravesar el Maule por un vado distante cinco leguas, y seguidos por sus contrarios.
En tal situación, el general Ordóñez y el coronel Beza del regimiento de Burgos, inconsult= o al general Osorio, se arrojaron con tres batallones favorecidos por la oscurid= ad de la noche a una empresa temeraria y desesperada: formados en columna carg= aron con ímpetu sobre nuestra línea, en momentos en que el general= San Martín ejecutaba un cambio de dirección para situarla con mas ventaja.
El pánico se apoderó = de la tropa por un ataque nocturno tan imprevisto y en momento tan delicado, y la desbandada se hizo general en el centro y la izquierda: la derecha a las órdenes del general Las Heras se conservo formada, y en el mejor ord= en emprendió la retirada con dirección a Santiago. El general Las Heras se condujo en esta ocasión con admirable serenidad y valor; salvó dos mil hombres que sirvieron de centro de reunión a los dispersos, que sucesivamente se incorporaban durante la marcha en retirada.= Los españoles se entretuvieron en el botín.
El general San Martín espero= al general Las Heras en San Fernando, y marcharon juntos a la capital. La noti= cia del desastre había impresionado los ánimos de los habitantes;= no creían posible la reacción; y considerable número de familias abandonaban el país, para interponer la cordillera salvando así de las crueldades perpetradas durante el anterior periodo del ma= ndo de Osorio. Es un hecho comprobado que sin la actividad y oportunas disposiciones del distinguido chileno D. Manuel Rodríguez ¡dig= no de mejor suerte! el general San Martín y el director O’Higgins= a su llegada a Santiago, habrían encontrado la ciudad desierta y vístose imposibilitados para hacer frente a los vencedores: Chile se habría perdido. Rodríguez a la primer noticia del desgraciado suceso de Cancha rayada, asumió temporariamente el mando supremo, calmó los espíritus agitados por el terror, restableció= ; la confianza, prohibió la emigración, alzó en masa todo el país circunvecino, y reunió recursos de todo genero para presentarlos a aquellos dos jefes, y habilitarlos para una nueva lucha. Es = esta la verdad histórica, y nos es grato tributar este honroso recuerdo a= un patriota tan benemérito como desgraciado.
La debilidad característica = del general Osorio no permitió a los jefes españoles sacar todas = las ventajas de un triunfo tan completo. Perdió algún tiempo en Talca, y cuando se resolvió a seguir la huella de sus adversarios, lo hizo a marchas lentas, dándoles así tiempo a que lo esperasen apercibidos: estábanlo en efecto cuando diecisiete días después los encontró formados en orden de batalla en los llan= os de Maipú a la distancia de dos leguas de la capital.
El 5 de Abril el ejército
español, fuerte de 6,000 hombres, desplegó en línea
paralela al frente del ejército americano. Inmediatamente se
rompió entre ambas líneas un vivo fuego de artillería.=
Dos
batallones del ejército independiente cargaron con denuedo y buen or=
den
la derecha enemiga; pero fueron vigorosamente rechazados sufriendo gran
pérdida. Malogrado este ataque, dos batallones enemigos avanzaron
rápidamente para romper la línea opuesta. Después del
revés sufrido el momento era supremo. Esos dos batallones al despleg=
ar
se encontraron inopinadamente con nuestra reserva, a las órdenes del
general D. Hilarión de
El general español
Ordóñez se esforzó en vano en hacer una extraordinaria
resistencia en la hacienda y desfiladero de Espejo, una legua distante del
campo de batalla. Los españoles hicieron prodigios de valor; pe=
ro
agobiados por el número rindieron las armas y se entregaron prisione=
ros.
Los realistas en esta brillante jornada, sufrieron la pérdida de dos=
mil
hombres entre muertos y heridos, y de tres mil quinientos prisioneros; el
general Osorio logró escapar con
La pérdida de los independie= ntes consistió en más de mil muertos y heridos.
Chile se había salvado, y las puertas del Perú quedaban abiertas para el ejército vencedor.= Tal fue el resultado del triunfo obtenido en Maipú. Desde entonces se vio lucir clara y refulgente la estrella de la patria que había de guiar= nos al puerto deseado.
La plaza de Talcahuano que en 1816, después de la victoria de Chacabuco, rechazó un asalto dado p= or una división argentina y chilena a las ordenes del general Brayer; después de la victoria de Maipú fue otra vez asediada por los generales D. Bernardo O'Higgins, Director del Estado, y el argentino D. Juan Gregorio de Las Heras: los españoles capitularon, y en toda la república chilena no quedó un solo enemigo armado.
Es justo recomendar a los
contemporáneos y a la historia el mérito contraído por=
un
gran pensamiento, cuya ejecución dio los importantes resultados de l=
os
triunfos de Chile y del Perú, y la definitiva emancipación de=
La guerra del Alto Perú hab&= iacute;a extenuado las fuerzas y consumido el tesoro de la república. Se pens= aba continuarla y al efecto debía reforzarse nuestro ejército del Perú con tropas enviadas desde Buenos Aires, que estaban ya en march= a.
El teniente coronel D. Tomas Guido,= a la sazón oficial mayor del ministerio de la guerra, presentó al gobierno una luminosa y demostrativa "Memoria"[18]<= /span>, que hace honor a su aventajada capacidad, en la que se desenvuelve un vasto plan de operaciones militares y altas vistas políticas, con tendenci= a a probar la necesidad y ventajas que se reportarían con la variación del teatro de la guerra: es decir, considerar como secunda= ria la del Alto Perú, organizar en Mendoza un ejército para transportarlo del otro lado de los Andes, y libertar a Chile del poder español en constante amago sobre las provincias trasandinas.<= /p>
El general D. Antonio Gonzál= ez Balcarce, jefe provisorio del poder ejecutivo, aceptó el pensamiento del Sr. G= uido y dirigió su "Memoria" al general D. Juan Martín de Pueyrredón, recientemente nombrado Director Supremo del Estado, ause= nte en Tucumán. El general Pueyrredón contestó aprobando el pensamiento, e impartió sus órdenes en consecuencia. Las trop= as destinadas al Alto Perú recibieron orden de contramarchar a Mendoza, para reforzar el ejército que organizaba el general San Martí= n, gobernador intendente de las provincias de Cuyo.[19]<= /span>
Años
1819 y 1820.
I. La anarquía -
Revolución de Arequito - Caída del Directorio - Disoluci&oacu=
te;n
nacional - Federación malentendida. - II. El General San Martí=
;n:
expedición al Perú - Rasgos de patriotismo: abnegación=
y
generosidad de los argentinos - Desembarco en la costa del Perú;
primeras operaciones - Comisión cerca del Virrey - General Arenales:
batalla de Pasco - Lord Cochrane; captura de
I.
Mientras en Chile y en Buenos Aires= se apuraban los aprestos marciales de una expedición sobre las costas d= el Perú, en las Provincias Unidas resonaba con atronador estallido el estentóreo y espantoso alarido de la anarquía y la guerra fra= tricida. Muchas de ellas relajaron sus vínculos de obediencia al gobierno central, y luchaban encarnizadamente contra las tropas del directorio. El descontento y desquicio de los pueblos era universal, y los efectos de la conflagración pueden compararse con los de la lava ardiente, que abr= aza cuantos objetos encuentra al paso que sirven de obstáculo a la rapid= ez de su curso. El espectro de la muerte se paseaba triunfante al travé= s de las vastas soledades de los campos argentinos, tinto el sudario en sangre de hermanos.
Para complemento de tantos males y desolación, el gobierno español preparaba en el puerto de San= ta María una formidable armada destinada a sojuzgar ambas márgen= es del Plata. La situación de la república era de las más afligentes; una verdadera crisis la que atravesaba, y su prospecto el más siniestro. En todas direcciones el horizonte político ama= gaba tempestad, y la acción inmediata de poderosos elementos de destrucción y perturbación social.
El ejército del Perú =
se
contaminó también con el virus revolucionario. En marcha sobre la provincia de Sa=
nta Fe
para combatir la anarquía, cuando era la única esperanza del
gobierno para extinguirla, al llegar a Arequito se sublevó[20]<=
/span>,
encabezada la rebelión por algunos de sus jefes principales, que neg=
aron
obediencia y arrestaron al general D. Francisco de
El año 1820 hará &eac=
ute;poca
en los anales revolucionarios de
Casi todas las provincias fueron te= atro de feroces guerras de exterminio, de represalias, de pillaje y crueldades inauditas, que hacían gravitar sobre el pueblo todo el peso de tan g= ran calamidad. Aparecieron numerosos aspirantes, hombres nuevos y en su mayor p= arte desconocidos, sin principios políticos ni religión moral, que encontraron en la inercia, el cansancio y el desorden de los pueblos el age= nte mas eficaz, la mas oportuna ocasión para hacer prevalecer la fuerza bruta, con violación de todos los derechos consagrados; con olvido e ignorancia absoluta de toda idea de cultura y progreso social.
La inversión y el trastorno = del orden establecido fue completo, y la familia argentina en aquel periodo de tristísimo recuerdo, era verdaderamente la imagen del caos.= p>
El país todo retrograd&oacut= e; inmensamente, porque las pasiones se desbordaron y los males de todo género que el desenfreno ocasionó, no se circunscribieron a la época, puesto que el germen mortífero del vandalismo retoñó mas tarde, y hasta ahora la sociedad se alimenta de sus amargos frutos. Todos los caudillos son engendros de aquel tiempo, incluyen= do la más detestable de todas las dictaduras, que vino a poner el sello= a tantas desdichas.
Es un hecho singular, y no por eso = menos cierto que en el largo catálogo de caudillejos desorganizadores no se encuentra un solo militar de alta graduación ni notable por sus servicios. Nos complacemos en ostentar esta original excepción, porq= ue refleja mucho honor en los veteranos argentinos. Los caudillos se elevaron = de propia autoridad a Brigadieres, a Capitanes Generales; pero ninguno de ellos pertenecía a la carrera de las armas: no es el uniforme la verdadera investidura del carácter profesional.
Hemos dicho en otra ocasión,=
y
porque lo consideramos muy conducente para desvanecer errores, volvemos a
repetirlo, que aquel vandalaje soez no era la federación; que los
desorganizadores la invocaban poniéndola de pantalla para ocultar la=
deformidad
de sus prácticas subversivas del orden social; que no era tampoco la
realización de la idea que la palabra representa, el objeto de su nu=
eva
y repugnante bandera disfrazada con la denominación postiza de un
sistema de gobierno que, por su excelencia, tiene en América y en Eu=
ropa
el voto y la sanción de eminentes estadistas. El fin verdadero y
único que aquellos demagogos se proponían, era el dominio
absoluto de las localidades en que tenían su hogar, sin perjuicio de
salir del estrecho círculo de tan criminales aspiraciones, si la for=
tuna
los favorecía, extendiéndolo a toda
Fue en el Congreso Constituyente, i=
nstalado
en 1824, donde se inició la discusión razonada y concienzuda =
de
los principios y doctrinas del sistema federal, que dividió en dos
bandos a sus miembros ya sus representados bajo las denominaciones de feder=
ales
y unitarios; presididos los unos por el malogrado y muy benemérito
coronel D. Manuel Dorrego, los otros por el no menos esclarecido patriota D.
Bernardino Rivadavia, altercado este que nos dio por resultado inmediato la
guerra civil, y después la tiranía de Rosas: este adopt&oacut=
e;
por divisa, como los anteriores caudillos, el título de federal al m=
ismo
tiempo que proscribió y holló de hecho el sistema durante su
ominosa dictadura. Derrocada esta en 1852, la cuestión de los dos
partidos se decidió en derecho, pero en el hecho ha quedado pendient=
e y
a resolver, puesto que ni
En el borrascoso año 20 hizo= su aparición a banderas desplegadas el espíritu de localidad y provincialismo, origen fecundo de división y anarquía y de conmoción social: cizaña emponzoñada que aun no se ha extirpado, y que está obstruyendo el progreso de nuestro porvenir de poder y ventura. Apartemos la vista de aquel cuadro de desolación omitiendo sus detalles, para fijarla exclusivamente en las escenas de nuest= ras glorias marciales.
II.
El día 20 de Agosto de 1820
zarpó del puerto de Valparaíso una expedición compuest=
a de
4.500 hombres de las tres armas, a las órdenes y bajo la
dirección del ilustre general San Martín, con destino a las c=
ostas
del Perú. Las fuerzas libertadoras desembarcaron el 7 de Septiembre =
en
Permítasenos con este motivo= llamar la atención de nuestros compatriotas para recomendarles una observación que, aun cuando momentáneamente nos desvíe= de la senda que nos hemos trazado de una simple y verídica narraci&oacu= te;n de los hechos mas culminantes, es de la mas alta importancia desde que tiene por objeto poner en evidencia la noble y heroica abnegación de nuest= ros mayores durante la guerra de la independencia: sus virtudes cívicas = y marciales; y porque ella legara a la posteridad mas remota de un modo indeleble, el ti= po grandioso de la fisonomía característica de la gran familia argentina.
Abrumados por el tamaño de la
empresa en que los patriotas se comprometieron al lanzar el primer grito de
libertad; exhausto el tesoro y debilitadas las fuerzas en la contienda cont=
ra
enemigos que estaban en posesión tranquila de este territorio,
después de trescientos años, y con un poder superior para
conservarlo; sin marina ni ejércitos regulares, y noveles todav&iacu=
te;a
en la ciencia de la guerra; la discordia de los partidos entronizada desde =
los
primeros destellos de la revolución, se descuidó la seguridad=
del
propio hogar para acudir denodados a redimir los hermanos oprimidos. Y en
situación tan desesperada, un ejército improvisado troz&oacut=
e;
las cadenas del pueblo oriental segregándolo del poder de
Se envió con el mismo fin ot= ro pequeño ejército sobre el Paraguay que, aun cuando no fue coronado con el laurel de la victoria, logró también emancipa= r de la metrópoli esa bella y rica porción de nuestro continente.<= /span>
Nuestros ejércitos lucharon =
con
alternados sucesos en el Alto Perú, entonces parte integrante de
Con nuestros solos recursos se
inició y realizó la libertad de Chile, y allí en dos
grandes batallas, quedó
debelado el poder de
En fin, ese mismo ejército v= encedor en Chacabuco y Maipú, cuando la república se debatía convulsa y casi exánime, próxima ya a ser devorada por la vorágine de la mas exaltada demagogia y de la discordia intestina, se desprendió de los Andes para tremolar en la tierra de los Incas el glorioso estandarte de la revolución americana; y las legiones peninsulares vencidas en cien combates atravesaron los mares dejando en posesión perdurable de la tierra a sus dueños naturales.
He aquí en compendio la página más brillante de nuestra historia contemporánea, porque en esta rápida ojeada nada hay de exagerado; ni es tampoco exageración establecer como verdad incontestable, que ni en la histo= ria antigua ni en la moderna se encuentra el original de un desprendimiento tan sublime -el olvido de la ventura propia para atender a la felicidad extraña-. Estos altos hechos de las guerras de la revolución, dignos de la epopeya, hemos dicho que no tienen original; y agregaremos que, hasta nuestros días, tampoco tienen copia.
Roma estaba en Cartago, segú= ;n la celebrada y feliz expresión de Scipión, y este famoso capitán para libertar a su patria del peso de la invasión por Aníbal, que durante diez y seis años de combates y sitios sangrientos devastaba las fértiles campiñas del pueblo rey, voló a África atravesando el mediterráneo. Pero el trayecto era muy corto; no hay comparación posible. El ejérci= to argentino a partir de Buenos Aires, recorrió por mar y tierra forzan= do la mas alta barrera del mundo, venciendo enemigos poderosos y libertando a = los pueblos hermanos que encontró en su tránsito, la distancia de= mil quinientas leguas!! Hasta la falda del nevado Pichincha en el Ecuador; y así con un triunfo espléndido consolidó la independenc= ia de la altiva Colombia. Este rasgo brillante de nuestra historia no tiene ejemplo en ninguna otra.
Las legiones romanas se trasladaron= a África para salvar a Roma, atrayendo tras sí al ejérci= to cartaginés que la asolaba; pero el ejército argentino se trasportó al Perú durante los mayores conflictos de la república de que dependía, cuyo gobierno dio la preferencia a todos los otros pueblos del continente para librarlos de la opresión é hizo surgir con la poderosa protección de sus armas nuevos Estados independientes.
La campana sobre el Brasil para sus= traer del dominio imperial la provincia de Montevideo; y la batalla de Ituzaingó, ganada por el ejército republicano a las órdenes del distinguido general Alvear, contra fuerzas superiores en número, es otro de los sucesos de armas mas expectables que dilata l= a aureola de gloria que circuye el blasón de los guerreros argentinos.<= /p>
Es también un ejemplo &uacut= e;nico en la historia americana, que patentiza el carácter belicoso y denod= ado del pueblo argentino, y sus imponderables y magnánimos sacrificios durante la guerra de la independencia, y uno de los motivos que mas lo enaltece, haber sido la única colonia que trozó sus cadenas c= on sus solos recursos, con sus propios y únicos esfuerzos, y sin el men= or auxilio de los Estados hermanos, por los que prodigó su sangre en ci= en batallas; sin el concurso, en fin, de ningún otro poder extranjero para defend= er su noble causa.
Tal es la fisonomía guerrera=
y moral
del pueblo argentino, su brillante historia. Las antiguas colonias inglesas=
de
Tan multiplicados y sublimes ejempl= os por la causa de la independencia y de la libertad, no es posible que sean estériles para nuestra posteridad; por que el germen de las grandes acciones y del amor patrio, así como era inextinguible el fuego sagr= ado de los antiguos persas, se conserva activo y vigoroso en los corazones argentinos; y nuestros nietos... si ¡Buenos Aires! ellos tendrá= ;n la dicha de alcanzar mejores y mas bellos días.
Pero anudemos el hilo de nuestra interrumpida narración.
El ejército libertador después de haber desembarcado en las costas del Perú y permanecido en Pisco cuarenta y ocho días, se reembarcó en di= cho puerto, y la escuadra y boques de transporte fondeó el 29 de octubre= en el puerto del Callao. Las llaves de esta fortaleza debían entregarse= al general San Martín por las maniobras secretas de varios de sus agent= es, y el golpe estuvo a punto de darse; pero la denuncia, o una casualidad imprevista, rompió el hilo de la trama urdida, y la expedició= n se hizo a la vela al siguiente día y fue a desembarcar en el puerto de Ancón.
El 28 de septiembre se estipul&oacu=
te; con
el Virrey Pezuela una suspensión de armas por ocho días. Los
comisionados del general San Martín propusieron al Virrey la
pacificación sobre la base del reconocimiento de
El 5 de Octubre el general Arenales salió de Pisco con dirección a la sierra a la cabeza de 1,200 hombres y dos piezas de artillería. En su tránsito por Ica, N= asca y Guamanga recibió las más cordiales y prácticas demostraciones de todos los habitantes de aquella comarca, entusiasmados co= n la presencia de los libertadores, a los que auxiliaron con sus recursos y cooperación personal Este espíritu patriótico dominaba= en todos los peruanos, y se manifestó en todos los pueblos desde la lle= gada del ejército, que aumentaba día a día sus filas con la defección de sus contrarios. En esta marcha el general Arenales sost= uvo un combate con el jefe español Quimper: este fue derrotado y dispers= o. Más de doscientos hombres de sus fuerzas se incorporaron a nuestras banderas: = eran milicianos, y el general Arenales los restituyó a sus hogares.
La división libertadora lleg= ó al cerro de Pasco; y allí el esforzado general Arenales presto un servicio bien importante, derrotando completamente en una acción cam= pal al general español O'Reilly que se contó entre los prisionero= s. Este brillante hecho de armas[21]<= /span>, primer encuentro formal después del desembarco, fue de gran trascendencia y precursor de sucesivos triunfos.
Otra acción de guerra no men= os gloriosa ocurrió en el mismo puerto del Callao. El denodado almirant= e de la escuadra chilena lord Cochrane, asaltó y capturó la fragat= a de guerra Esmeralda de 44 cañones, protegida bajo los fuegos de los castillos, y resguardada, como todos los buques españoles, por una fuerte cadena que impedía el abordaje.
Los capitanes Guise y Crósbie
mandaban la fuerza que asaltó y capturó
Un rasgo que revela la sublime gene= rosidad de dos hombres de corazón, es digno de consignarse en este lugar. El almirante Cochrane estaba en abierta ruptura con su segundo el capitá= ;n Guise, por una desavenencia ocurrida en Chile. Estos dos bravos marinos intentaron disputarse el honor de ser cada uno de ellos el primero que esca= lase la fragata española pero ninguno obtuvo la prioridad: ambos por lados opuestos subieron al mismo tiempo a bordo del buque atacado, y encontrándose sobre cubierta al pié del palo mayor, se dieron= un estrecho abrazo relegando al olvido su recíproca enemistad.= p>
Desde el año 1819 el almiran= te Cochrane surcaba las aguas del Pacífico con buques armados a la lige= ra, de fuerza comparativamente inferior por su tripulación colecticia, a= la disponible del Virrey Pezuela; y sin embargo, con tan menguados medios, el experto marino bloqueaba el puerto del Callao cuando así conven&iacu= te;a a sus planes navales combinados con las operaciones militares del ejército, de cuyo general en jefe dependía; y obligaba a la escuadra española a fondear bajo los fuegos de las baterías d= el Callao, que en muchas ocasiones no fue refugio seguro contra los ataques de= tan formidable y emprendedor adversario. Aumentó sus fuerzas navales con= los buques de guerra que apresó, y el resultado de sus repetidos y brillantes triunfos, fue hacer desaparecer de aquellos mares la marina española.
La batalla del Cerro de Pasco, y la= toma de la fragata Esmeralda, marcaron los primeros pasos de los libertadores del Perú. Se veía ya que gradual y sucesivamente, se escapaba de = las manos de los españoles la tierra de la conquista después de t= res siglos de dominación.
Una conmoción eléctri=
ca se
sintió en todo el Perú a la llegada de los independiente=
s;
la vibración se propagó más allá de sus
límites: la ciudad de Guayaquil en los últimos
días de octubre declaró su independencia de
La defección de las tropas d= el rey había tomado grandes proporciones: casi diariamente acudían a presentarse a los libertadores considerable número de soldados y naturales que aumentaban las filas del ejército: fugaron de la capit= al muchas personas notables y varios jefes y oficiales de origen peruano.
Una estipulación acordada en= tre el general San Martín y el Virrey Pezuela para el canje de prisioneros, restituyó a las filas del ejército patrio veintidós je= fes y oficiales y ochenta y cinco individuos de tropa, que gemían en los subterráneos de Casas-matas desde el principio de la revolució= ;n, y eran los únicos que sobrevivían de mas de mil compañ= eros de infortunio, tomados por los españoles en las campañas del = Alto Perú.
El 3 de noviembre el batallón español Numancia, en número de 650 hombres armados, se incorporó con sus oficiales, para prestar sus servicios a la causa d= e la independencia. Esta adquisición fue de gran trascendencia= , y contribuyó como los triunfos que se han mencionado, a desorientar a = los jefes españoles, abrumados con tan continuos contratiempos.= p>
Tan repetidos golpes hicieron muy difícil y complicada la situación de los súbditos del = Rey Fernando: el edificio se desmoronaba sobre sus cabezas; y como se ver&aacut= e; en el lugar correspondiente, dieron por resultado inmediato la deposición del Virrey Pezuela.
Pero al paso que la defecció= n de los enemigos acrecía la fuerza numérica del ejército americano, las enfermedades endémicas lo diezmaban: fue necesario ocurrir al reclutamiento entre los naturales.
III.
Se creyó por lo tanto que es= ta mejoraría de condición, si se conseguía poner término a una guerra inútil y destructora, para que los habitantes de la campaña se dedicasen a sus antiguas y productivas faenas de la cría de ganados.
Para los buenos ciudadanos era una necesidad de urgencia la pacificación, porque se tenia por cierto que las tropas portuguesas se retirarían al arribo de la anunciada expedición española; y les quedaría así el campo despejado y sin concurrentes turbulentos, para organizar y dirigir el siste= ma de guerra que estaba acordado a fin de defender la independencia. Artigas a= la sazón estaba entretenido en las contiendas suscitadas por sus antigu= os tenientes, emancipados ya de su autoridad dictatorial: acababa de sufrir fuertes y continuos descalabros.
Los portugueses que en 1816 entraro= n en el territorio oriental a mano armada, para ocuparlo temporariamente -seg&uacut= e;n decían- y con el ostensible y simulado pretexto de impedir que la anarquía y la guerra intestina se propagáse a las provincias = del Brasil, por el intermedio de la limítrofe de San Pedro del Sur, dominaban ya todo el país como verdaderos conquistadores, y con el manifiesto propósito de no abandonar su presa. A la sombra de las disensiones que agitaban las Provincias Unidas, y de las frecuentes derrota= s de Artigas, estaban en posesión de aquel bello país: no quedaban= otros opositores a la dominación lusitana que algunos comandantes del abat= ido caudillo, fieles a la persona y sistema de su jefe, cuyas fuerzas eran muy menguadas. Vivaqueaban algunos de ellos con sus partidas en las inmediacion= es de Montevideo, haciendo difícil -pero sin poder impedir- la introducción del ganado para el consumo de la capital y su guarnición extranjera; y era esta la única hostilidad, o la m= as importante en la esfera de su poder.
Así, la guerra que hac&iacut= e;an era meramente de partidarios, y sus débiles impulsos daban por todo resultado agravar la desgraciada situación del país fatigado y destituido de recursos no solo por los efectos destructores de la guerra ci= vil, sino también por las depredaciones autorizadas de sus nuevos Señores. Estos hacían en la campaña grandes cuereadas,= y vendían el ganado de las estancias violando el sagrado derecho de propiedad.
Considerable número de estos=
ganados
se transportaron a
Bajo el imperio de tan excepcionales
circunstancias, y con el beneplácito bien sincero del Barón d=
e
Una sociedad secreta instalada en Montevideo con fines exclusivamente patrióticos, en la que estaban afiliados la mayor y mas influyente parte de los miembros del cabildo, considerando que la guerra de montonera era positivamente desastrosa y sin ventajas para la causa de la independencia: convencida, en fin, que la dominación extranjera era entonces incontrastable, inicio y trabajo = con habilidad y eficacia en el proyecto de pacificación, sin desesperar = de mejores días para realizar sus miras patrióticas.
Se obtuvo en efecto el éxito deseado: el general portugués celebró el convenio, venciendo = con |a persuasión y las promesas algunas resistencias entre los jefes de= Artigas. Estos fueron sucesivamente deponiendo las armas, y muchos de ellos se diero= n a buen partido continuando sus servicios en cuerpos de milicias del paí= ;s de nueva creación, bajo la autoridad portuguesa. El que se presento = mas obstinado y resistente fue el comandante D. Fructuoso Rivera, uno de los je= fes orientales mas acreditados, y el predilecto de Artigas: pero por últ= imo adhirió a la transacción, y se estipulo entre las partes contratantes el pacto de pacificación, en el que el Cabildo de Montevideo desempeñó el rol de mediador.
El comandante Rivera fue condecorad=
o por el
gobierno portugués con el rango de brigadier y jefe principal de un
regimiento de dragones de
Esta negociación fue muy benéfica para los intereses materiales del país, que empezó a prosperar rápidamente bajo los auspicios de la paz y= del orden público. Las propiedades rurales que hasta entonces no habían cesado de sufrir todo genero de depredaciones por los desorde= nes de la guerra y de la anarquía, fueron mas respetadas y la seguridad personal obtuvo mayores garantías.
Preparados así los patriotas
orientales, esperaron apercibidos el arribo de la muy anunciada
expedición española para emprender nuevos trabajos marciales y
administrativos; porque se aseguraba que los gabinetes de Madrid y Rí=
;o
de Janeiro habían acordado que las tropas portuguesas evacuarí=
;an
Es en efecto evidente que los milit=
ares
españoles repugnaban el ausentarse de su país natal para
concurrir a la guerra de América; y sin embargo la expedición=
se
habría realizado sin los obstáculos suscitados por el
benemérito argentino D. Andrés Arguivel, natural de Buenos Ai=
res.
Agente secreto del directorio, empleó con habilidad los fondos que e=
ste
le facilitó y los suyos propios, para impedir la salida de las tropa=
s a
las ordenes del general O'Donnell Conde de
Este distinguido argentino sacrific= o su fortuna y expuso su persona por servir la causa de la revolución: su patriotismo era de antigua data. Los corsarios de Buenos Aires causaron gra= ndes quebrantos a su casa de comercio; pero la perdida de su fortuna no mitigó un momento sus sentimientos patrióticos. Es justo honr= ar su memoria con la mención de sus importantes servicios.
Este acontecimiento hizo ilusorios = los planes de defensa de los patriotas de Montevideo: el país continúo en poder de los lusitanos.
Justo es declarar que no fue Artiga=
s el
único agente de la ruina de las fortunas en
La prosperidad del general Lecor fue
interrumpida por un acontecimiento imprevisto. La revolución de
Este ejemplo se reprodujo en Montev= ideo en donde el coronel Claudinho de un regimiento de infantería pertenecie= nte a la división de Voluntarios Reales, la hizo también proclama= r al frente de todos los cuerpos de la guarnición. Formóse esta en= la plaza principal sin que el general en jefe Lecor lo sospechase.
El coronel Claudinho adquirió=
; un
gran ascendiente en la división portuguesa, y coartó la autor=
idad
de su general: estableció un consejo militar bajo la presidencia de =
este
jefe, compuesto de un individuo de cada clase hasta la de sub-teniente
inclusive, desde la mas elevada de general. El Barón de
Tal fue el origen de la decadencia = del poder preponderante y discrecional que el general Lecor había ejerci= do sin trabas ni coacción. Sistema este, el mas análogo y en armonía con su educación y hábitos de soldado, bajo un gobierno irresponsable modelado por el mas puro absolutismo. Hubo de ceder = sin oponer la mínima resistencia, porque comprendía que con solo intentarla, lo habrían despojado del mando con la misma facilidad con que los novadores realizaron sus designios.
El coronel Claudinho y los jefes de= su parcialidad estaban afiliados en una logia masónica que el mismo presidía. La logia se constituyo de hecho en autoridad sublime, y el general Lecor envuelto en la red hubo de plegarse a sus resoluciones y exigencias.
IV.
El bergantín español = Aquiles fondeó en el puerto de Buenos Aires en el mes de Diciembre. Conducía una comisión de cuatro individuos enviados por el gobierno español para abrir negociaciones de paz. Fue requerida para= que declarase si, como preliminar, estaba suficientemente autorizada para recon= ocer la independencia de las Provincias Unidas. La contestación fue negat= iva; y sin desembarcar los comisionados, el bergantín se hizo a la vela de regreso a España. El gobierno sin tal condición no tuvo a bien recibirlos.
V.
El ilustre general Belgrano, el pat= riota por excelencia, dejo de existir el 20 de Junio de 1820. La pérdida de tan virtuoso varón fue un acontecimiento verdaderamente lamentable, = no sólo para sus numerosos amigos, sino para la causa del país.<= /span>
Desde el principio de la revoluci&o= acute;n, de la que fue uno de los primeros autores, le dedicó sus servicios c= on abnegación inimitable. Los pesares aceleraron el término de u= na vida tan preciosa; hasta sus últimos momentos, la lastimosa situación del país despedazado por la anarquía no cesó de torturar el espíritu del noble guerrero. La revolución de Arequito, y los desafueros de que después fue victima en Tucumán, hirieron el corazón del mártir: la llaga no pudo cicatrizarse porque la ingratitud la había abierto.
El nombre de Belgrano es imperecede= ro, y esta vinculado a sus triunfos y a sus reveses, siempre gloriosos. Por sus distinguidos servicios, la sincera severidad de sus principios republicanos= : su sublime desprendimiento y devoción a la causa publica; por su probid= ad proverbial, la figura del general Belgrano en el gran cuadro de los próceres de la revolución, ocupara sin duda el lugar preferen= te. Al terminar su gloriosa carrera, su alma elevada quedo purificada en el cri= sol de la adversidad; voló incólume a mas felices regiones. Es es= te un homenaje de gratitud que todos los argentinos debemos a su memoria.
Año
1821.
I. Bolívar: guerra de Col=
ombia -
Discordia entre los españoles: Pezuela y
I.
Este año conmemora en la his= toria de la guerra del Perú una serie de acontecimientos prósperos y notables. Pero antes de continuar la narración con las operaciones militares del ejército Libertador argentino y sus aliados, es oportu= no dar una noticia muy compendiada de la guerra de Colombia, llevada a feliz término por el libertador Simón Bolívar, cuyo influjo y presencia en la escena del Perú, sobrevino inmediatamente despu&eacu= te;s que afianzo la independencia de Colombia.
La guerra de la independencia, inic= iada en Venezuela por el general Miranda, había terminado en Colombia, después de repetidos y sangrientos combates sostenidos contra las fuerzas españolas. Estas fueron sucesivamente mandadas por los gener= ales Monteverde y Morillo, a la cabeza este de los soldados mas aguerridos de la península.
Las alternadas vicisitudes de esta = guerra de exterminio, pusieron mas de una vez en conflicto la noble causa de los valientes venezolanos, a punto que en dos distintas ocasiones los enemigos lograron dominar todo el país. Los jefes de la revolución abandonaron y fueron a buscar un asilo en las Antillas y en los Estados Uni= dos. El general Miranda[22]<= /span> notable ya durante la guerra de la revolución francesa (1789), acabó de ilustrar su nombre por sus reiteradas tentativas a favor de= la independencia de Venezuela. Prisionero de los españoles.
Cuando en 1811 estos se hicieron dueños de Caracas, fue conducido a España para terminar sus días en una prisión de Estado. El mismo Bolívar se había visto forzado a expatriarse, cediendo el campo a sus más felices adversarios.
Volvió de su destierro para = atizar el fuego mal apagado de la revolución venezolana; y lidiando contra = las tropas de Morillo en sangrientos y aguerridos combates con alternados resultados de triunfos y derrotas, libertó a Venezuela de la presenc= ia de sus enemigos.
Las crueldades del pro-cónsul Morillo en el periodo de su dominación exceden a toda exageración: diezmó la población mas inteligente, las primeras notabilidades fueron arrastradas al patíbulo para expiar su amor a la causa de la libertad, y saciar la sed del jefe español de sangre americana.
Terminada la guerra de Venezuela el
infatigable campeón marchó con sus legiones a
Morillo puso término a sus c= rueldades sin poder dominar al pueblo de Colombia: sufrió en Nueva Granada frecuentes derrotas; y al fin capituló para abandonar la tierra embarcándose para España.
La guerra de Colombia es una de las= mas obstinadas y sangrientas de que han sido teatro ambos continentes, en el la= rgo periodo transcurrido desde el descubrimiento.
Las operaciones militares del ejército Libertador del Perú, las ventajas obtenidas desde el desembarco de sus batallones; el espíritu patriótico de los peruanos manifestado en todas ocasiones; y la defección que aclaraba= las filas enemigas, eran síntomas de la pronta y feliz conclusión= de la guerra. Un grave acontecimiento hizo aun más probable tan lisonje= ro prospecto.
La discordia se introdujo entre los
españoles: era una consecuencia de su desventajosa situación.=
Los
jefes partidarios del general
Su presencia hizo vibrar la cuerda = del patriotismo entre los habitantes de aquellos parajes generalmente adictos, = como todos los del Perú, a la causa de la independencia. El jefe expedicionario y sus tropas fueron acogidos con las más vivas demostraciones de entusiasmo y confraternidad en toda la comarca, que cooperó muy eficazmente en todas las operaciones militares con sus recursos y acción personal.
El comandante Miller extendió= ; su excursión hasta Moquegua, siempre rodeado de las simpatías de= los naturales. Prestó en aquella ocasión importantes servicios; y= en los combates que sostuvo con bizarría contra los realistas, le cupo = siempre la mejor parte. Se apodero de algunos caudales públicos que ingresar= on en el tesoro peruano.
Esta incursión fue de corta duración. Se reincorporo al ejército con sus fuerzas, después de haber restablecido y afirmado el espíritu republic= ano que, aunque dominante, por la fuerza de represión estaba comprimido antes de la presencia del comandante Miller. En esta rápida batida la comportación de este jefe mereció la aprobación del general San Martín, cuyas instrucciones desempeñó con saber y delicadeza, y con la actividad y arrojo que requería su peligrosa misión.
Al nuevo Virrey y sus tenientes en posesión del mando y de la dirección de la guerra, no podía ocultárseles que la ocupación de la capital concluiría por postrar sus fuerzas. La insalubridad del clima debili= taba las filas, los hospitales estaban llenos de enfermos; en Lima no podí= ;a reemplazar las bajas; los habitantes adversos a la causa realista no cesaba= n de emplear todos los medios de seducción para fomentar la deserci&oacut= e;n. En tal estado resolvieron abandonar la capital y marchar a la sierra.
Pero para perfeccionar sus nuevos p= lanes necesitaba el Virrey ganar tiempo, a fin de proporcionarse los medios de conducción de sus caudales, armamento y pertrechos de guerra, y de t= odos los objetos de que carecerían en el interior. Para llenar la importante necesidad el Virrey propuso al general San Martín un armisticio de veinte días y lo invito a una entrevista, cuya mira ostensible era acordar las bases de una negociación pacifica u para regularizar la guerra, y hacer menos sensibles a los pueblos y a los contendientes sus efectos destructores.
El general San Martín acept&= oacute; la proposición de su adversario. El se proponía explorar a sus contrarios y abrir relaciones con las personas influyentes de la capital. S= egún se aseguro entonces, el general hubo de lisonjearse con la muy halagüeña esperanza de dar fin a la guerra por medio de una capitulación o tratado.
La entrevista tuvo efectivamente lu= gar en Punchauca[24], en= tre los dos generales. El Virrey acepto la proposición del reconocimient= o de la independencia con ciertas condiciones: debían enviarse comisionad= os a España para recabar la ratificación de este tratado, y as&iac= ute; quedo acordado.
Pero dos días después= de su llegada a Lima participo su retractación: fundóla en el prete= xto de que los jefes de su ejército a quienes había consultado, consideraban inadmisibles las condiciones estipuladas en Punchauca.<= /p>
El general San Martín conoc&=
iacute;a
que el gobierno español no aceptaría sus condiciones, pero
quería comprometer a
Tampoco los españoles perdie= ron su tiempo, porque el armisticio les dio el necesario para llevar adelante su p= lan y preparativos de marcha a la sierra. Esta fue la jornada de los engaños.
La necesidad del desalojo de la cap= ital era urgente para los españoles por las causas que se han manifestado: y porque la decidida adhesión de los habitantes a la causa americana, = se insinuaba con alarmantes manifestaciones. Se distinguió el bello sex= o en las pruebas practicas de su amor a la libertad, coadyuvando con su influjo = en las familias y con maniobras sagaces y atrevidas que caracterizan el fecundo ingenio y noble corazón de las limeñas. Fomentaban la deserción de los soldados, y se apoderaban de los íntimos secretos de los jefes españoles. Estos comprendieron que en Lima vivían sobre un volcán.
El Virrey
El ejército libertador ocup&= oacute; la antigua ciudad de los Reyes[26]<= /span>, capital del Virreinato.
II.
La fortaleza del Callao continu&oac= ute; ocupada por los españoles: el general Las Heras la asedió con= la división de su mando. Un ataque a viva fuerza dirigido por el general Necochea, a pesar del valor de nuestras tropas, no tuvo buen resultado.&nbs= p; Un momento falto para que los independientes penetrasen, porque los españoles apenas tuvieron tiempo para cerrar la puerta, cuando llega= ban nuestros soldados: sufrieron alguna perdida en muertos heridos por los fueg= os de la artillería enemiga. Estos hicieron una salida el 26, que fue gallardamente rechazada por el valiente Necochea.
El 28 se declaró solemnement= e la independencia del Perú. El 3 de agosto el general San Martín asumió el mando supremo y militar con el titulo de Protector. El gen= eral Las Heras fue nombrado general en jefe del ejército.
La retirada de los realistas fue una verdadera derrota: el contagio de la deserción penetró en sus filas. Las partidas de montoneros y los indios los rodeaban en todas direcciones, haciendo muy penosa su marcha: se apoderaban de los rezagados,= del bagaje, y hacían muy difícil los medios de subsistencia de los enemigos. Si estas hostilidades hubieran sido secundadas con mayor eficacia por el ejército libertador, la guerra habría tal vez terminado: tal era la opinión en la época a que nos referimos; pero nuestro ejército se mantuvo en la capital y acantonamientos adyacentes, y los españoles a duras penas y con enorme baja alcanzar= on la sierra.
El plan de los españoles al abandonar a Lima fue bien calculado, no solo por los motivos anteriormente expuestos, sino porque la dominación del Perú ofrecía = mas probabilidades al que ocupase la sierra, aun con preferencia a la misma cap= ital y al resto de la costa. En la sierra se encuentran los principales recursos para alimentar la guerra: hombres para reemplazar las bajas, los metales de sus inagotables minas, y un vasto campo de explotación de víveres para la subsistencia del soldado.
De modo que, el cambio fue favorable a los españoles, = no obstante el efecto moral de la ocupación de la capital por el adversario. La nece= sidad por un lado y por otro la conveniencia, habían decidido al Virrey a elegir un nuevo teatro pa= ra sus operaciones sucesivas. Esto no obstante el movimiento era en extremo delica= do y peligroso. Si el general americano, aprovechando los primeros momentos de entusiasmo por la reciente adquisición de la capital, y del desalien= to que debió apoderarse de los enemigos al retirarse de las delicias de Capua para sufrir las penalidades consiguientes al transito por un pa&iacut= e;s fragoso, y con un inmenso bagaje que aumentaba las penalidades de la marcha= : si los españoles, decimos, hubieran sido acompañados en zaga, la= retirada pudo serles bien funesta, diez probabilidades contra una; y tal era la opinión de los maestros del arte, y de los hombres prácticos = del país, cuya experiencia y conocimientos especiales de las localidades, del clima, y de los elementos naturales para nutrir la guerra, deben siempre apreciarse por los mas hábiles capitanes.
Al poner de manifiesto estas consideraciones, distamos mucho de querer ejercer la censura contra el gene= ral San Martín; como prueba de que no es tal la intención, agregaremos que los españoles fueron perseguidos hasta las faldas de= la sierra, desde donde no fue ya fácil continuar en su alcance, porque = las enfermedades endémicas raleaban las filas del ejército libertador, y el clima de la puna habría acrecentado las bajas, sin = otras causas que sin duda obrarían en el animo del general, esencialmente previsor. Respetemos sus motivos.
Bajo el punto de vista del arte, fácil es comprender, aun para los que no tienen nociones elementales= de la ciencia militar, cuan preferible es, y las grandes ventajas que resulta, maniobrar desde el centro a la circunferencia, que en sentido contrario. Es= to no necesita más explicaciones.
La prueba más inequív= oca del juicio anteriormente emitido, se encuentra corroborada en la serie de reves= es que sorpresivamente sufrieron nuestras armas, sin excluir el periodo calami= toso en que se ganaron las batallas de Junín y Ayacucho, que afianzaron la independencia del Perú. Téngase bien presente, cual era la situación militar de nuestro ejército, y cual la de sus adver= sarios, cuando el genio de la patria en aquellas imponentes jornadas coronó a nuestros valientes con el laurel de la victoria.
A fines del mes de agosto el general Canterac se desprendió de Jauja con un ejército de 5.000 homb= res, inclusos 900 de caballería. El general San Martín salió a encontrarlo en dirección de Lurin: antes de llegar a = este punto los dos ejércitos estuvieron a la vista el 9 de septiembre y tomaron posición frente a frente en orden de batalla.
El general republicano aguardaba el= ataque, cuando el general enemigo rompió su marcha en demanda de los Castill= os del Callao. El general San Martín lo siguió por el flanco derech= o y paralelo: atravesó la ciudad de Lima y fue a campar en una fuerte posición a una legua del Callao que Canterac ocupó. Los españoles no se atrevieron a provocar una acción campal, y frustrado su plan resolvieron retirarse después de haber reforzado la guarnición de la fortaleza y abastecídola de víveres.<= /span>
Verificaron su movimiento a las 12 = de la noche sin ser sentidos; y a las cuatro de la mañana se habían presentado en el campo de los americanos 27 oficiales: al medio día = el número de los pasados ascendía a 1.500 entre jefes, oficiales= y soldados.
Cuando Canterac Ilegó a la s= ierra después de tan desastrosa retirada, había perdido las tres cuartas partes de su fuerza numérica: dispersa o pasada a nuestras filas.
Durante la presencia de Canterac un= a gran excitación se hizo sentir en la capital en el débil partido español: el general San Martín hizo arrestar un numero consid= erable de sospechosos privándoles de libre acción en aquellos moment= os.
El pueblo limeño en esta ocasión puso una vez mas en evidencia un entusiasmo que mucho lo honró.
Pero las limeñas se hicieron= mucho mas expectables, por la exaltación de su patriotismo y los servicios prácticos y eficaces que prestaron en tan critica coyuntura.<= /p>
El general San Martín estuvo decidido a aceptar el combate pero al mismo tiempo resuelto a no tomar la iniciativa. Esta conducta fue objeto de la más acerba censura entre = sus mismos jefes. Carecemos de los datos necesarios para aseverar si fueron o no fundadas sus opiniones; pero es de presumir que el gral. San Martín, hombre de penetración y aplomo, debió tener poderosos motivos para esquivar un encuentro formal. Para formar un tal juicio bastara tener presente el considerable numero de reclutas que formaban en el ejérc= ito patrio; mientras que el ejército realista se componía en su totalidad de soldados veteranos y aguerridos en el mejor estado de discipli= na.
El general Arenales recibió = ordenes del general San Martín para abandonar la sierra y no comprometer sus fuerzas en un encuentro formal. Ascendían a mas de 4.000 hombres de = las tres armas: el general Canterac evito así un desastre. El gral. Aren= ales llegó a Guacho con su división el 26 de julio.
Después de la retirada de Ca=
nterac,
la fortaleza de San Felipe y Santiago del Callao se entregó[27]<=
/span>
por capitulación al general libertador: y el distinguido general Lam=
ar
que la mandaba, se incorporo a las filas de sus compatriotas. Era natural de
Guayaquil, y había servido con distinción en
III.
El Alto Perú continuaba ocup=
ado
militarmente por las tropas del rey a las ordenes del general Olañet=
a,
cuyos vínculos con su superior
El mérito que contrajo la pr=
ovincia
de Salta y la de Jujuy, entonces parte integrante de aquella, desde el
principio y en todo el curso de la guerra, merece una mención especi=
al,
y la gratitud de la Unión, y=
soporto
por largo tiempo todo el peso de las calamidades de una contienda la mas
obstinada; era la roca inconmovible donde se estrellaron, como las olas de =
un
mar borrascoso, los ejércitos de la antigua metrópoli.
Después del desastre de Sipe - Sipe cuando el ejército patrio=
se
estaciono en Tucumán, a gran distancia del teatro de sus glorias y de
sus reveses, cuando el ejército español no tenía otros
enemigos a su frente que los
salteños armados, jamás, en repetidas incursiones pudieron
domeñarlos, siempre tuvieron que retirarse desengañados a las
asperezas del Alto Perú para cubrir sus fronteras.
Tan cierto es esto que Olañe= ta viendo que sus invasiones vandálicas no le proporcionaban otra venta= ja que los productos de la rapiña, pero al caro precio de la sangre de = sus soldados, en el mes de julio celebro un armisticio con el gobierno de Salta= .
Buenos Aires, después de las
contiendas civiles y las turbulencias del malhadado año 20, abri&oac=
ute;
una nueva era de regeneración política y social: por primera =
vez
se establecían las bases del sistema representativo, y se
adquiría gradualmente el practico conocimiento de las inagotables
riquezas del suelo, bajo el imperio de la paz publica, y del rápido
vuelo que era posible tomar, si la discordia no volvía a asaltarnos =
con
su antorcha sangrienta. El pastoreo, el comercio, la industria y la
inteligencia hacían rápidos progresos bajo la égida de=
las
nuevas instituciones. Las provincias interiores quedaron
lánguidas y fatigadas,
después de haber sido por largo tiempo teatro de horrores en una gue=
rra
fratricida sostenida con furiosa pertinacia, y fomentada por los odios de v=
ecindad
que explotaban los aspirantes al poder. Pero conociendo la necesidad vital =
de
cicatrizar sus profundas heridas, empezaban a apaciguarse los ánimos=
y a
modelarse algún tanto por la nueva marcha de la capital; hací=
an
tregua gradualmente a los funestos rencores de rivalidad, porque en su
impotente atonía carecían de acción para alimentarla. =
El
estado de pobreza las conducía virtualmente a solicitar auxilios, qu=
e el
gobierno de Buenos Aires les acordó en muchos casos; y que, si no
conquistaba una cordial amistad, proporcionaban por el momento la
garantía de la paz. Así, aunque lentamente, se
amortiguaban los perniciosos elementos de la situación anormal que t=
oda
la nación acababa de atravesar: el orden público empezaba a
restablecerse. Hermanos recién emancipados =
de la
patria potestad, o si se quiere manumitidos de la esclavitud: gobernantes o
gobernados, los unos abusando de su mandato, algunas veces por salvar la ca=
usa
común -porque el conflicto fue extremo- y otras por ignorancia de la
ciencia del gobierno como administradores noveles; los otros por celos mal o
bien fundados: todos pecamos, porque todos sin excepción
estábamos afectados de igual dolencia: los resabios y susceptibilida=
des
características de una perversa educación colonial, cuyas
peculiaridades siempre se reproducen en todos los pueblos nuevos con
idénticos antecedentes. Las recriminaciones se hicieron reciprocas, y
para dirimir las diferencias,
cegados por la pasión, no se encontró un arbitrio
más expeditivo que el de las armas. ¡Guerra de hermanos! Es un hecho autentico que la discor=
dia de
la familia argentina tuvo sus escenas de exterminio en el mismo borde del
abismo que amenazaba devorarnos: es decir, contiguo al vivac de sus enemigos
comunes. Que IV. El general Lecor como anteriormente=
se ha
manifestado era astuto y sagaz: alma fría: de semblante tan impasibl=
e,
como inalterable su sistema de lenidad aparente, mientras el país
sufría con exceso todas las consecuencias de la conquista. No
podía prometerse en su tierra natal un puesto tan elevado e
independiente como el pro-consulado de Montevideo: deseaba conservarlo, y
halagaba a su gobierno con la supuesta voluntad de los habitantes para
continuar bajo la autoridad del Rey D. Juan VI. Con razón el general
portugués creía este medio el mas eficaz para no ser removido,
porque era claro que debiéndose a su sistema de simulada contemporiz=
ación
y tolerancia, la pretendida adhesión del país, y lo que
era mas practico, la posesión pacifica de tan valuable conquist=
a,
el gobierno del Río de Janeiro lo continuaría en el mando, po=
r el
temor bien fundado de que un sucesor cualquiera, alterando la marcha de su
predecesor, provocase los habitantes a la revuelta; pues la sumisión=
de
estos era en realidad forzada. El general Lecor tenia mas que ningún
otro motivos para no alucinarse. Sabia con evidencia que la resignaci&oacut=
e;n
tenia solo por causa la impotencia para rechazar el predominio extranjero p=
or
mas que la detestasen con todo el poder del sentimiento y despecho por la
dignidad nacional ofendida, y los vejámenes de la dependencia. No
querían ni podían disimular su radicada aversión, y la
exhibían impunemente seguros como estaban que el general Lecor se
contentaba con el hecho -la posesión- y que tenia conocido
interés en ocultar todo estrépito, cualquier incidente o
explosión de escándalo que descubriera los patrióticos
estímulos de los naturales, que tanto le convenía y estudiaba
ocultar. No quiere esto decir que faltasen a=
lgunas
almas mercenarias, que sofocando en sus pechos todo sentimiento de dignidad=
y
patriotismo, dejasen de prestarse abyectos con su prejuicioso influjo y mala
doctrina, para consolidar en su patria el dominio de los extranjeros:
guiábalos sin duda la pasión bastarda del interés
personal, y del mas criminal egoísmo. Excepciones comunes a todos los
pueblos, pero cuyo corto numero en nada altera su fisonomía moral.=
span> Algunas notabilidades contribuyeron=
con su
ascendiente y malos consejos, con sus practicas también, a tan
pérfido designio, y una vez empeñados en tan mal camino -cont=
ra
la causa de la patria- no tenían ya otra garantía probable, o=
tro
prospecto de un porvenir tranquilo después de su prevaricato, que en=
la
perpetua estabilidad del nuevo orden de cosas: y cooperaron con todas sus
fuerzas para cimentarlo. Habían pecado, y en aquellos tiempos de
entusiasmo nacional, tiempos de sincera y leal pasión patriót=
ica,
la culpa era sin remisión. Avanzando tan prósperamente =
y sin
obstáculos al objeto capital de sus aspiraciones -el pro-consulado
vitalicio- el Barón de De modo que, haciendo uso de la fue=
rza
preponderante de que disponía, y utilizando las circunstancias
excepcionales que en ventaja de los invasores dominaban en estos paí=
ses;
el general Lecor impartió sus ordenes, y puso en juego los conocidos
resortes del poder para obligar a los habitantes a que se reuniesen en comi=
cios
públicos, a fin de deliberar y votar si la provincia de Montevideo
había o no de incorporarse a la corona de Portugal, Brasil y Algarve=
s.
Desconocería el ascendiente de las bayonetas, el que creyese que en
tales reuniones pudo prevalecer otro voto que el afirmativo. Es, pues, excu=
sado
indicar que el dolo, el cohecho, las promesas y hasta las amenazas, se pusi=
eron
en juego con cínica impudencia, a fin de obtener el objeto anhelado;
porque no puede ignorarse que tal es constantemente la practica y los resor=
tes
de las operaciones ilegales. El resultado de esta farsa electora=
l fue
acopiar crecido numero de firmas, supuestas la mayor parte, suscriptas en u=
na
exposición dirigida al gobierno portugués, implorando la
incorporación de la provincia oriental a los dominios de la casa de
Braganza. Suplica que, como es fácil colegir, fue favorable y
prontamente otorgada. La reincorporación quedó así
consumada. Es la historia de las usurpaciones disfrazadas con el mal disimu=
lado
ropaje de las formas legales parodiadas. Se transformo así la provinc=
ia
oriental, en un nuevo Estado con la denominación de Cis-platino, que
enriqueció con un florón mas la diadema de d. Juan VI.=
Las fiestas para celebrar un evento=
de
tanta trascendencia fueron brillantes y formaron contraste con la penuria y=
el
descontento público, por la reciente calamidad. Estaban calculadas p=
ara
distraer con el regocijo de los nuevos señores, y el aparato del fal=
so
brillo, el ánimo del pueblo contristado por tan impopular cuanto
violenta transición. Los buenos orientales han rechazado siempre el
dominio brasilero: sus nobles pechos no sabrían abrigar tanta mengua=
. El artificioso Lecor, frío p=
or
carácter, por sistema y por el hielo de los años, emple&oacut=
e;
todos los medios que su sagacidad pudo sugerirle, para consolidar la
fraudulenta posesión, condecoró con altas graduaciones milita=
res
a algunos hijos del país, que fueron bastante débiles para
dejarse seducir por el oropel del uniforme, y un mezquino sueldo mal pagado,
adquirido al vil precio del olvido criminal de los sentimientos mas nobles =
del
corazón. No se olvidó la corte de recompensar a sus adeptos,
haciendo una remesa de títulos, cruces y decoraciones que rebelaron =
la
infidencia de los agraciados. Fácil nos seria exhibir los nombres de=
los
prevaricadores; pero nos abstenemos de ponerlos en la picota en obsequio a =
su
irresponsable posteridad. Con idéntico fin de perpetua=
r la
dominación, el general portugués fomentaba y protegía =
los
enlaces matrimoniales de sus jefes y oficiales con las principales familias=
del
país. Él mismo se unió con ese vinculo a una
señorita de las más distinguidas. Las tropas portuguesas desde entonc=
es
continuaron en inalterada posición del territorio usurpado por la
violencia y la cábala: y los naturales lamentando su situació=
n,
al ver cambiados por las quinas portuguesas sus bellos colores republicanos,
emblema de recientes glorias. El gobierno de Buenos Aires y toda =
Era de absoluta necesidad no distra=
er la
atención de los altos intereses de actualidad y reponerse del cansancio de la
contienda empeñada contra He ahí el grave aspecto, la
posición difícil de los nuevos Estados de Año
de 1822 I. Guerra del Perú - desa=
stre de
Ica - general Sucre - coronel Santa Cruz - Lavalle en Riobamba: batalla de
Pichincha - entrada en Quito - Bolívar y San Martín: entrevis=
ta
en Guayaquil - revolución en Lima: Monteagudo - abdicación de=
San
Martín: se embarca para Chile - II. Nuevo gobierno: gral. Lamar - los
colombianos - expedició=
;n de
Alvarado a intermedios - plan combinado - situación - Lord Cochrane;=
se
retira a Chile. III. El Brasil: Don Juan VI: se traslada a Lisboa - el
príncipe Don Pedro: proclama la independencia: emperador constitucio=
nal
- el Barón de I. El abandono de la sierra del Per&ua=
cute;
por las tropas republicanas cambio la faz de la guerra, y después del
mes de enero los españoles empezaron a recoger el fruto de su bien
meditado plan. Un suceso desgraciado eclips=
ó,
aunque momentáneamente, el brillo de las armas libertadoras. Una
división destacada a las ordenes del general D. Domingo Tristá=
;n
fue atacada y desecha por el general Canterac, en las inmediaciones de Ica,=
[28]<=
/span>
que se situó en la estancia de Macacona distante legua y media, para
cortarle la retirada. La división libertadora sufrió alguna
perdida en muertos y heridos, y la muy considerable de mil prisioneros, cua=
tro
piezas de artillería y gran cantidad de armamento. El resto de los
vencidos pudo salvarse en gran desorden, embarcándose en Pisco dista=
nte
treinta leguas. La derrota se atribuyo principalmen=
te a la
impericia del general Tristán bajo la influencia de los consejos de =
su
segundo el jefe de estado mayor divisionario, coronel Gamarra. Este primer
contratiempo causó viva sensación en todo el país, que
hasta entonces había creído invencibles a sus libertadores, y
restableció la moral en el ejército español. El general Bolívar despu&eac=
ute;s de
consolidar la independencia de Venezuela y Nueva Granada envió al
territorio de Quito una división colombiana a las ordenes del general
Sucre. Los españoles ocupaban todavía la capital despué=
;s
del pronunciamiento de Guayaquil. El general Sucre no considerándose
bastante fuerte para medirse con los realistas, pidió auxilio al gen=
eral
San Martín: este lo reforzó con una división compuesta=
de
cuerpos argentinos y peruanos a las ordenes del coronel D. Andrés Sa=
nta
Cruz. El teniente coronel de granaderos a=
caballo
D. Juan Lavalle pertenecía a esta división. Habiendo este jefe
perseguido de cerca a los enemigos y a gran distancia del cuartel general, =
se
encontró comprometido en las inmediaciones de Riobamba. Era en tal
situación peligrosa la retirada y el teniente coronel Lavalle no
encontró mejor arbitrio que cargar la caballería enemiga, fue=
rte
de 450 hombres muy acreditados, con solo 95 de su escuadrón: este
puñado de valientes guiado por su intrépido jefe,
persiguió y acuchillo a sus numerosos contrarios, causándoles
gran perdida; todos habrían sido exterminados sin la protecció=
;n
de su infantería, que lograron alcanzar. Reforzados los enemigos, el
valiente Lavalle se retiraba al trote, cuando volviendo caras repentinamente, en una segun=
da
carga tan brillante como la primera, los sableo a placer. Los enemigos
sufrieron la perdida de sesenta muertos y mayor numero de heridos: debieron=
su
salvación a la proximidad de sus batallones. Dos días después[29]<=
/span>,
tuvo lugar la batalla de Pichincha. Las fuerzas de ambos ejércitos El combate de Riobamba es incuestio=
nable
que preparo el triunfo de Pichincha, porque difundió el terror en las
filas españolas: se observo gran timidez e irresolución en sus
movimientos. Estaban impresionados y absortos todavía por el inaudito
arrojo de sus contrarios en Riobamba. Honor al valiente Lavalle. La capital abrió sus puertas=
a los
vencedores, y el territorio de la antigua presidencia de Quito asumió
una existencia de nación independiente con el nombre de Repúb=
lica
del Ecuador. He ahí el noble rol de nuest=
ros
antepasados, bien que la gratitud no sea siempre la recompensa de tan costo=
sos
sacrificios. Puédese asegurar, sin temor de ser desmentidos, que tal
compensación no se ha obtenido por los muy notorios sacrificios de v=
idas
y fortunas que a la faz de Bolívar se aproximaba al ecu=
ador,
sobraban motivos para sospechar que sus miras eran de absorción. En
Quito y Guayaquil se habían pronunciado dos partidos; el uno por la
independencia absoluta, por la anexión al Perú el otro. La
antipatía hacia Colombia era manifiesta, y diminuto el numero de los
partidarios de Bolívar. El general San Martín conoc&=
iacute;a
las tendencias del general Bolívar, y después del triunfo de
Pichincha se embarco en el Callao para llegar el primero a Guayaquil, con el
pretexto de hacer una visita al jefe libertador colombiano, y concertar pla=
nes
de campaña. Envió algunas fuerzas y pertrechos de guerra para
realizar la ocupación, pero Bolívar se había anticipad=
o, y
cuando San Martín llegó a la isla Puna, inmediata a la entrada
del puerto, se sintió contrariado al saber que su antagonista
había llegado a la ciudad doce días antes. Hizo regresar sus
fuerzas a Lima. Entro San Martín en Guayaqui=
l con
solo su comitiva, y los habitantes lo recibieron con tales demostraciones de
júbilo y respeto que Bolívar debió lastimarse, como se
lastimo en efecto de tan marcada y significante predilección.=
En la entrevista de los dos capitan=
es reino
una aparente cordialidad, pero el general San Martín, hombre de mund=
o y
de alta penetración, comprendió muy luego que no podían
coexistir dos cabezas -la suya y la de Bolívar- en una empresa común. No es fácil, sin embargo, de=
cidir,
si esta poderosa consideración fue la única que obro en su an=
imo
para dejar el campo libre a su rival, porque solo al todopoderoso es dado
penetrar los recónditos pensamientos del corazón humano; y el
general a sus indisputables grandes cualidades, unía la muy importan=
te y
necesaria para la alta misión de que estaba encargado, de una reserv=
a y
circunspección inalterables. Puede muy razonablemente conjeturarse,
teniendo en cuenta su manifiesta aversión a la anarquía, y la
certidumbre de sus consecuencias desastrosas para las armas de la patria, si
llegaba a estallar en el Perú, que la impresión que produjo e=
n su
espíritu la fundada sospecha de las miras ulteriores de Bolív=
ar,
debió tener un influjo directo e inmediato en la resolución q=
ue
no tardo en adoptar, de abandonarle el teatro de sus glorias, y de un porve=
nir
que debía colmarlas. Otro motivo mas grave acabarí=
;a de
decidirlo si, como no tenemos datos suficientes para asegurar, la entrevista
con Bolívar no fue la =
causa
eficaz de su abdicación del mando supremo. Durante la ausencia de la capital d=
e su
protectorado, sobrevino en Lima una revolución contra su favorito y
hechura, el ministro Monteagudo, que el general había dejado encarga=
do
como alma y director de la administración bajo el gobierno provisorio
del Marqués de Torre Tagle. De este acontecimiento tan trascendente,=
no
tuvo el general San Martín la mínima noticia hasta su llegada=
al
Callao el 19 de agosto de regreso de Guayaquil. Su mortificación fue
extrema cuando al instruirse de los pormenores de la revolución que
derroco a su ministro, depositario de sus planes de administración, =
supo
con sorpresa que el ejército había permitido y presenciado
impasible su caída, sin defenderlo ni tomar parte para contener la
muchedumbre que habría sido muy fácil refrenar; porque el
movimiento, llamado popular, no fue tanto obra del pueblo limeño, si=
no
muy principalmente de las sugestiones de los aspirantes que, para encubrir =
sus
designios, colocaron aquel en primera línea. El gobierno del Perú era un =
poder
esencialmente militar; su denominación de protectorado nos exime de
fáciles pruebas sobre la índole de aquella administraci&oacut=
e;n,
sin que por esto se comprenda que nos proponemos ejercer la censura. Lejos =
de
esto, reconocemos que por las circunstancias especiales en que el paí=
;s
se encontraba, ese sistema de gobierno bien que siempre funesto para los pu=
eblos
en situaciones normales, era por entonces el único salvador.<=
/p>
Se alarmó, pues, y con raz&o=
acute;n
el general San Martín, y se agolparían a su mente, aun sin ser
hombre de segunda vista, las consecuencias de aquella revolución. Er=
a la
primera vez que sus jefes no lo secundaban: temía la reincidencia y =
ver
perdido el prestigio de su poder, de una autoridad que hasta entonces nadie
había contrariado. Promovió la instalació=
;n del
congreso peruano, que se verifico el 20 de septiembre, y en la primera
sesión publica y solemne de inauguración, resigno el protecto=
rado
en manos de los representantes del pueblo, cuyas reiteradas instancias no
consiguieron persuadirlo a que continuase con las riendas del gobierno. Acto con=
tinuo
se despidió para siempre de las playas del Perú, y fue a dese=
mbarcar
en Valparaíso. II. Separado el general San Martí=
;n
voluntariamente del teatro de sus glorias, el congreso nombro al general Lamar, al conde =
Vista
Florida y a D. Felipe Antonio de Alvarado (hermano del general) para que lo=
reemplazasen
en el mando supremo. La elección fue acertada: el general Lamar
principalmente tenia reconocida capacidad como soldado y estadista para dir=
igir
los negocios, y virtudes cívicas poco comunes en los grandes
sacudimientos que, cuando se prolongan, concluyen por corromper el
corazón y viciar la moral; y sin embargo el general Lamar carec&iacu=
te;a
de una calidad esencial, sin cuya posesión las mas relevantes son sin
eficacia en las grandes crisis: era irresoluto y mas moderado de lo que
podría convenir en medio a la borrasca política que asomaba
amenazante en el horizonte de los partidos. Estos con la ausencia del gener=
al
San Martín, hombre de prestigio y energía para reprimirlos,
debía temerse que habían de desbordarse. Poco tiempo después de la
separación del general San Martín, llegó a Lima una
división colombiana; la mandaba el general Paz del Castillo: su fuer=
za,
3.000 hombres de las tres armas. Eran los colombianos soldados muy Estas tropas auxiliares no prestaron
entonces activos y eficaces servicios a la causa de la independencia peruan=
a;
se limitaron al sedentario de guarnición. Fueron huéspedes
incómodos y dispendiosos, consumidores que nada produjeron. Pero la
mansión de estas tropas en la capital fue de corta duración: =
el
general Bolívar ordeno que regresasen a Colombia, lo que inmediatame=
nte
verificaron embarcándose en el Callao. La retirada de la división
colombiana indujo a sospechar miras de ambición personal en el gener=
al
Bolívar, y a este respecto nos limitaremos a indicar el juicio que se
formo entonces de medida tan inesperada, porque carecemos de pruebas para
inculpar al héroe de Colombia, y no es posible, por lo tanto, formul=
ar
un cargo que si fuese fundado gravitaría sobre este personaje
histórico, y un cargo bien serio por cierto, puesto que
comprometió y puso en gran peligro la causa de la independencia del
Perú. Puédese si afirmar que, cual=
esquiera
que fuesen los fines del libertador, la retirada de las tropas colombianas =
del
teatro de la guerra fue causa de grandes desastres, porque esas tropas
debían concurrir a un vasto plan de operaciones, como mas adelante se
manifestara, que por el vacío que dejaron, no pudo ejecutarse del mo=
do
que se había acordado. La no concurrencia de la división
colombiana dio por resultado inmediato una derrota, un cambio de
situación que hubo de ser funestísima a la causa de la
independencia. En el mes de octubre salió d=
el
puerto del Callao un convoy conduciendo 4.000 hombres a las ordenes del gen=
eral
Alvarado con dirección a puertos intermedios. Esta expedición
estaba resuelta por el general San Martín antes de descender del man=
do,
y se había preparado, aunque lentamente. El nuevo gobierno adopt&oac=
ute;
el plan y concluyó los aprestos para realizarla. El ejército expedicionario
desembarcó en Arica a fines de noviembre, su fuerza total en las tres
armas ascendía aproximadamente a 4.000 hombres. El plan de operacion=
es
estaba bien calculado: desde el momento que el general Alvarado abriese la =
campana,
el general Arenales a la cabeza de mas de 5.000 hombres, inclusa la
división colombiana, debía marchar sobre el valle de Jauja pa=
ra
llamar la atención del general Canterac que lo ocupaba con 5.000
hombres, e impedir que auxiliase a Valdéz que maniobraba con 3.000
veteranos sobre la costa. En tanto que el general Alvarado caía sobre
esta fuerza, una división volante a las ordenes del coronel Miller
marcharía a encontrar a Olañeta, situado en la provincia de
Potosí, y fuerte de tres a cuatro mil soldados, incluyendo las
guarniciones. Las fuerzas realistas estaban separ=
adas
entre si a grandes distancias, en un país sumamente áspero y
breñoso de muy difíciles comunicaciones. Se esperaba batirlas=
en
detal, tal era el pensamiento. Pertenecientes al ejército, =
150
hombres desembarcaron en Iquique y marcharon a Tarapaca en observació=
;n
del alto Perú. El 9 de diciembre el general D. Enr=
ique
Martínez marchó con su división a situarse en Lluta,
distante tres leguas de Arica. Las tropas del general españ=
ol
Valdéz maniobraban sobre Tacna: estaban escalonadas en los valles de
Moquegua, Lucumba y Sama, manteniendo un pequeño cuerpo avanzado
inmediato a Tacna. El 23 de diciembre una brigada a las
ordenes del coronel Correa marcho a Tacna. Pocos días después=
el
general Martínez levantó su campo con el resto de la
división y llego a Tacna en momentos que Valdéz se presentaba=
con
la intención de un golpe de mano. La presencia de la división
Martínez reunida obligo a Valdéz a retirarse hasta Calana,
distante dos leguas de Tacna. En el capítulo correspondien=
te se
verá el éxito desgraciado que tuvo una expedición tan =
bien
calculada. Al terminar este año, el pro=
specto
no era en verdad muy lisonjero. Por un lado, se temían los conatos de
dominación del general Bolívar, porque sobraban motivos y
antecedentes para sospechar que su anunciada presencia en el teatro de la
guerra, y la eficaz cooperación que prestase con los refuerzos que
traería de Colombia, no seria gratuita: de tal suerte, que aun cuando
consiguiese debelar al enemigo común, no se descuidaría en ha=
cer
valer sus servicios, y esto no era posible se realizase de otro modo que en
perjuicio y mengua del Perú, es decir: haciendo pesar sobre el
país, sino los efectos de la conquista, su autocracia militar.
Bolívar era hombre de genio, y por desgracia, la ambición es =
casi
siempre su invariable asociada. Agréguese que la ausencia del
general San Martín dejaba la puerta abierta a la intriga y pretensio=
nes
de un numero no muy corto de aspirantes, cuyos conatos habían ya
empezado a transpirarse. El feliz éxito de la revolución cont=
ra
el ministro Monteagudo alentó a los desorganizadores, estableciendo =
un
precedente que, como mas adelante se vera, fecundizo el germen de
división y anarquía que se desarrollo muy luego. Los brillantes y eficaces servicios=
que
lord Cochrane presto a la cau=
sa de
la independencia del Perú como jefe de la escuadra chilena, tuvieron
incontestablemente muy poderoso influjo en su asecucion. Su nombre ocupara =
un
lugar prominente en los fastos de la guerra de América. Sus proezas
exceden a todo encarecimiento: empezó a ilustrarse a fines de 1818. =
Su
separación voluntaria dejó un gran vacío en la escuadra
chilena: tuvo por causa la mala inteligencia con el general San Martí=
;n.
Esta se manifestó desde muy temprano y no ceso de obrar en el
ánimo de ambos jefes. Retirado lord Cochrane a su posesi&=
oacute;n
agrícola de Quinteros (Chile), paso poco después a prestar sus
servicios al emperador del Brasil. III. El Brasil, a pesar de abrigar en su=
seno
copiosos elementos de desorganización, continuaba tranquilo y feliz.=
Don
Juan VI se traslado a Lisboa con su corte, porque el régimen
constitucional, introducido recientemente en sus dominios europeos, hacia
presagiar disturbios sociales que requerían su presencia en el reino=
. Su
heredero el príncipe D. Pedro quedo en Río de Janeiro al fren=
te
de la administración. Era este un gran acontecimiento precursor de o=
tros
mayores, que no podía ocultarse a la perspicacia de los estadistas. =
Las
provincias unidas por su inmediación al Brasil debían estar
apercibidas. El príncipe Don Pedro, el
primogénito de la casa de Braganza y heredero de la corona,
después de la ausencia de su padre no se hizo esperar mucho tiempo:
emancipó al Brasil de la dependencia de la metrópoli, y al ro=
mper
el vinculo de unión, se hizo proclamar emperador constitucional y
defensor perpetuo del Brasil. Habíase así acordado entre el p=
adre
y el hijo. Las tropas portuguesas en La
división brasilera que ocupaba la campaña, cuyo cuartel princ=
ipal
estaba en la villa de Canelones, distante nueve leguas de Montevideo, aplaudió la
independencia, y desde luego se pronunció en disidencia con los
Voluntarios Reales, negando la obediencia a las autoridades europeas que
dependían de D. Juan VI. El Barón de Desde Canelones impartió sus=
ordenes
a Montevideo requiriendo la obediencia al nuevo emperador Don Pedro I; pero=
el
mismo no fue obedecido y tuvo un sucesor en el mando de la ciudad en la per=
sona
del brigadier D. Álvaro da Costa, a quien el mando correspondí=
;a
por el orden de sucesión. Desde entonces empezó la competenci=
a de
ambas autoridades, que fue precursora de la guerra entre los antiguos
súbditos de un mismo soberano. La escisión de la monarqu&ia=
cute;a
portuguesa debía necesariamente producir un cambio en la existencia
política de los habitantes del país, y proporcionarles, tal v=
ez,
una ocasión favorable para sacudir el yugo que exasperados soportaba=
n.
Así es que inmediatamente se despertó en el ánimo de l=
os
patriotas tan natural tendencia. Nada podían emprender desde luego en
este sentido, porque cualquiera de las dos facciones habría
inmediatamente salídole al encuentro para reprimirlos, en la
campaña o en la ciudad, que respectivamente dominaban. La primera
impresión instintiva fue simpatizar con los europeos porque estos
estaban de transito, pues los brasileros ya se dejaba ver que, como vecinos
continentales, aspiraban al dominio perpetuo. Se alude, bien entendido, a la
gran mayoría de los orientales notables: en las masas no se hab&iacu=
te;a
extinguido el fuego del amor patrio: rechazaba a los unos y a los otros. El
número de los disidentes era menguado: se habían embarcado co=
n el
general Lecor en la farsa Cis-platina, y no era extraño que continua=
sen navegando
en el mismo rumbo. La sociedad de "caballeros
orientales" volvió a abrir sus trabajos secretos: eranles
igualmente repulsivas ambas dominaciones, pero los patriotas de Montevideo,
sometidos a la autoridad portuguesa, tenían necesidad de disimular t=
odo
conato de emancipación. No se requiere un gran poder de
penetración para comprender que, obligados los súbditos del p=
adre
a abandonar la conquista, preferirían verla pasar a manos del hijo a=
ntes
que devolverla a sus legítimos dueños. Y así
sucedió en efecto. Los miembros más influyentes=
del
cabildo se ha dicho anteriormente que estaban afiliados en el club
patriótico. Eso era importantísimo, por ser el cabildo, en vi=
rtud
de los tratados celebrados en 1817, la única autoridad patria que los
portugueses reconocían y con la que directamente se entendiesen.
Tenían estos conocido interés político, cuyo alcance es
fácil comprender para llevar adelante la decepción en aparent=
ar
deferencia al cabildo. Esta corporación no limitaba su acción=
al
ejercicio de sus atribuciones municipales; en ciertas ocasiones funcionaba =
como
cuerpo representativo. Recuérdese que cuando el gen=
eral
Lecor entró con sus tropas en Montevideo recibió del cabildo =
las
llaves de la ciudad, mediante un tratado que firmaron conjuntamente ambos
contratantes. Reconoció el general portugués la obligaci&oacu=
te;n
de devolver al cabildo ese símbolo de dominio, cuando evacuase el
territorio oriental. Fuerza es decir lo que ya debe habe=
rse
penetrado, que las deliberaciones y actos de ejecución del cabildo
emanaban de la sociedad de "caballeros orientales", que desde su
instalación dirigía la marcha y procederes administrativos de
aquel cuerpo municipal, y, en ocasiones, hasta ciertos procederes del
Barón de la laguna, el que interesado en captarse la benevolencia de=
la
única autoridad oriental en ejercicio, aceptaba sus acuerdos facilit=
ando
la ejecución. Pero la acción de la sociedad era oculta e igno=
rada
su existencia por el general =
Lecor
y por los miembros del cabildo no afiliados. Este temía dar un paso falso=
y
avanzado que lo comprometiese con las autoridades portuguesas, bajo cuyas
bayonetas se encontraba coartado, pero tampoco podía conformarse con=
la
inacción en coyuntura tan propicia. En la necesidad de empezar a
trabajar por la causa de la independencia con la mayor reserva posible, la
sociedad comisionó a uno de sus miembros[30]<=
/span>
para que premunido de la competente credencial, con instrucciones y amplios
poderes, pasase a Buenos Aires con el carácter de agente confidencial
cerca del gobierno, a pedir protección y auxilio para realizar el
patriótico designio de emancipación. Un articulo de las
instrucciones recomendaba al agente el mas absoluto secreto, y no entenderse
sobre el objeto de su misión sino con el ministro de gobierno y
relaciones exteriores, Don Bernardino Rivadavia, y en caso necesario, con el
general D. Martín Rodríguez, gobernador y capitán gene=
ral
de la provincia. El agente fue muy bien recibido por el Sr. Rivadavia=
, que
desde luego le expreso su simpatía por el patriótico
propósito de los orientales. La negociación se inicio por med=
io
de conferencias verbales y sin testigos, a fin de conservarla secreta. Desde la primera conferencia el Sr.
Rivadavia se manifestó perfectamente dispuesto a proteger una empresa
que, llevada a cabo, reivindicaría los derechos y la integridad nacional, pero en =
esta
entrevista como en las subsiguientes en seis días consecutivos, el
ministro opuso constantemente el obstáculo de no corresponder a la
dignidad del gobierno, abrir relaciones con individuos sin investidura ofic=
ial,
cualquiera que fuese el merito y la justicia de sus pretensiones, y sin
competente representación ni carácter público e
independiente; por que el cabildo, decía el ministro, "es una
corporación subordinada a las bayonetas extranjeras". De modo q=
ue
el agente solo pudo obtener simpatías y deseos que no alcanzaban a
llenar los fines de su misión. El gobernador D. Martín
Rodríguez ofrecía enviar a En una de las conferencias el Sr. R=
ivadavia
hizo entender, como resolución definitiva del gobierno, que este no
comprometería su dignidad ni el orden público del país=
que
administraba, iniciando una contienda con un poder vecino, y entendié=
;ndose
previamente con individuos que aunque patriotas conspicuos, carecían=
de
personería legal. Que se manifestase al cabildo y a todos los
señores que conocían el secreto de la negociación que =
el
gobierno de Buenos Aires para prestar su cooperación y auxilios, para
tomar una parte activa en los acontecimientos próximos a estallar,
exigía como condición sine qua non, que el cabildo y l=
os
patriotas de Montevideo instalasen una autoridad que, aun cuando no estuvie=
se
legalmente caracterizada como representación popular, cosa que las c=
ircunstancias
no permitían, tuviese al menos la apariencia de un simulacro de la
expresión de la voluntad del pueblo oriental, a fin que el gobierno =
de
Buenos Aires tuviera con quien tratar, sin derogar de su dignidad, por la
consideración que se debía a si mismo, y a la nación c=
uyos
altos intereses le estaban encomendados. Agregó, por ultimo, "q=
ue
era absolutamente imprescindible entenderse con una autoridad responsable en
todos sus actos públicos, para que los compromisos que habían=
de
contraerse no gravitasen única y exclusivamente sobre el gobierno de
Buenos Aires, si los resultados eran adversos". El Sr. Rivadavia temía con
razón que la anarquía volviera a entronizarse en El Sr. Rivadavia deseaba evitar que=
el
gobierno fuese instrumento de la repetición de iguales escenas, cuyo
término probable seria la anexión de la provincia oriental al
imperio del Brasil, con menoscabo de toda Tales fueron los motivos que el min=
istro
alegó, para no prestarse abierta y decididamente a acordar la
protección impetrada, no obstante su buena disposición y sinc=
eras
protestas de adhesión. Y es evidente a todas luces que los
antecesores que rápidamente se han delineado, justificaban tanta
circunspección: al menos obraba en favor de su juicio anticipado la
presunción sancionada por hechos consumados y palpitantes
todavía. Mas tarde, en 1826, el Sr. Rivadavia acredito de un modo bi=
en
practico el fervor patriótico que abrigaba por la noble causa de los
orientales, y que sus votos, aunque estériles en 1822, partían
del corazón. En las instrucciones dadas al agente
confidencial se le prevenía ofreciese al gobierno de Buenos Aires, a
nombre de sus comitentes, la reincorporación de la provincia orienta=
l a Al mismo tiempo, el Sr. Rivadavia f=
ue
instruido del obstáculo invencible que oponía la presencia de=
los
portugueses para establecer, no ya una autoridad representativa legalmente
constituida, pero ni aun el simulacro de tal representación; y que e=
n la
campaña era todavía mas difícil y peligroso intentarlo=
por
la ocupación de los brasileros, que era indudable la aspiració=
;n
de estos al dominio permanente del país, y que los portugueses sin o=
rden
expresa del gobierno de Lisbo=
a para
evacuar la capital, no permitirían introducir la menor innovaci&oacu=
te;n
que tuviese tendencia a sustraerse de su autoridad. Contestó el ministro "q=
ue le
era muy sensible la dificultad, porque imposibilitaba a su gobierno para da=
r la
cara de frente y abiertamente", pues no podía ni debía
comprometerse con individuos que, según el agente se expresaba, no
tenían acción libre y propia, que estaban bajo la dependencia=
de
un poder extraño. Pero repitió que el gobierno estaría
pronto a cumplir lo que por el órgano del agente confidencial
prometía al cabildo de Montevideo, siempre que este venciendo los
inconvenientes alegados verificase la única condición que se =
le
imponía. Al regresar el agente a Montevideo =
a dar
cuenta del resultado de su cometido fue encargado por el Sr. Rivadavia de o=
tra
misión cerca del general Don Álvaro da Costa, y recibió=
; al
efecto una credencial. El gobierno de Buenos Aires ofrecía al general
portugués buques de transporte para conducir a Portugal la
división de voluntarios reales a sus ordenes, y costear todos los ga=
stos
del viaje. Don Álvaro debía entregar las llaves de la plaza al
cabildo, en cumplimiento del convenio celebrado con su antecesor el
Barón de El cabildo y la sociedad de
"caballeros orientales" sufrieron un desengaño bien cruel,
porque desde luego se apercibieron que siendo impracticable la condici&oacu=
te;n
que les imponía el gobierno de Buenos Aires, era también ilus=
oria
la prometida cooperación. La proposición dirigida al g=
eneral
portugués era igualmente inadmisible: no evacuaría a Montevid=
eo
sin orden expresa de su gobierno. Desde la separación del Brasil le
había dado cuenta y pedido ordenes. No obstante las dificultades y emba=
razos de
la situación, el cabildo y los miembros del club patriótico se
pusieron en movimiento para hacer valer su influjo y relaciones en la
campaña, a fin de obtener lo que el gobierno de Buenos Aires
exigía como condición indeclinable. Se dedicaron al mismo tie=
mpo
a conciliarse la opinión de los jefes y oficiales lusitanos, para que
estos preparasen la de los vocales del consejo militar, porque sin la
deliberación de esta corporación, a cuyo examen debía
someterse la proposición del gobierno de Buenos Aires, Don Ál=
varo
nada podía resolver. Por esta razón aplazó el recibimi=
ento
del agente confidencial. El consejo militar se reunió=
varias
veces; los debates fueron muy animados por la divergencia de opiniones, per=
o al
fin prevaleció la negativa. Inmediatamente tuvo lugar la entrevista del agent=
e con
el general portugués, y es fácil presumir el resultado, desde=
que
el asunto estaba previamente acordado. El general expresó que
preferiría entregar la plaza de Montevideo al gobierno de Buenos Air=
es,
antes que a las tropas brasileras. No hablaba con sinceridad, porque como en
ultimo resultado debía evacuarla por no tener su gobierno miras de d=
ominación
perpetua, le seria mas grato y honroso ponerla en posesión de sus
dueños naturales, cumpliendo con lo pactado, en la capitulació=
;n
celebrada al tiempo de la ocupación. Pero que el no podía baj=
o su
responsabilidad tomar una resolución semejante sin ordenes terminant=
es
del gobierno de Lisboa, al que sobre el particular había elevado una
consulta, y que se prometía que las ordenes que recibiese
estarían de acuerdo con los principios de justicia del gabinete
portugués, y con los deseos del gobierno de Buenos Aires. Dijo
también, que aun no existiendo tan poderosos motivos, no habrí=
;a
adherido a la proposición que se le hacia, porque carecía de =
los
fondos necesarios para atender a los gastos de fletes, víveres y dem=
ás
indispensables en tan larga travesía, y que sin el beneplácit=
o y
autorización de su gobierno tampoco podía aceptar los auxilios
que se le ofrecían. Así terminó la misión cerca=
de
Don Álvaro, como era de esperarse, sin resultado útil.=
El cabildo no pudo realizar la
condición que el gobierno de Buenos Aires exigía como paso
previo. Se conocen ya los obstáculos invencibles que hacían d=
el
todo imposible la asecución: los portugueses no lo consentirí=
an y
hasta habría peligrado la seguridad individual de los promotores. De modo que los patriotas orientale=
s vieron
con gran descontento frustradas y desvanecidas por entonces sus seductoras
esperanzas. Ellos, no obstante, no abandonaron el campo de sus pretensiones,
porque con laudable perseverancia las reiteraron: enviaron sucesivamente va=
rios
comisionados para renovarla, cerca de los gobiernos de Buenos Aires y Santa=
Fe,
y acreditaron con su insistencia la noble aspiración de librarse de =
la
opresión de los extranjeros, y la profunda aversión que abrig=
aban
hacia sus forzosos huéspedes. El Sr. Rivadavia al recibir la
contestación del general portugués se expreso en térmi=
nos
poco favorables a este jefe, y se manifestó muy contrariado por la p=
oca
energía de los patriotas de Montevideo: estaba en error. El Sr.
Rivadavia deseaba auxiliarlos, porque simpatizaba con su noble causa, que e=
ra
al mismo tiempo causa argentina, y este deseo sincero lo alucinaba a punto =
que
no se prestaba a conceder que la condición que exigía era
impracticable, porque estaba fuera de la esfera del limitado poder de indiv=
iduos
sometidos a un poder mayor, y por consiguiente sin acción libre y ef=
icaz
para dominar la situación. IV. Las provincias interiores, desde el
año 1820 de triste recuerdo, continuaban segregadas y rigiénd=
ose
cada una de ellas por gobiernos independientes entre sí, pero el de
Buenos Aires estaba encargado de las relaciones exteriores. Los furores de =
la
anarquía habían calmado. En esta ultima provincia empezaban a
radicarse las instituciones liberales, y la paz publica de que disfrutaba
después de tantos disturbios y calamidades, daba pábulo a la
esperanza de un porvenir de ventura y libertad. El Sr. Rivadavia extrañ&oacu=
te;, por
su larga residencia en Europa, a todos los partidos que acababan de lidiar =
con
frenético encarnizamiento: se presentó en el año anter=
ior
de regreso a su país natal como el iris precursor de la cesaci&oacut=
e;n
de una gran borrasca; y el general Rodríguez, entonces gobernador y
capitán general, se apresuro a asociarlo a la administración,
nombrándolo ministro de gobierno y relaciones exteriores, dán=
dole
por colegas a los Sres. Don Manuel García y general Don Francisco de=
La situación era en verdad b=
ien
precaria. Después de la excitación febril producida por la
anarquía y la guerra intestina, el cuerpo social yacía en
completa agonía: el tesoro estaba exhausto, se necesitaba una cabeza
privilegiada y un corazón bien puesto para aceptar la responsabilida=
d de
hacer flotar el bajel del Estado, encallado y sin mástiles.=
p>
La elección fue acertada, po=
rque el
nuevo ministro reunía tales condiciones, y un patriotismo bien proba=
do
desde el principio de la revolución: calidades que tuvo ocasió=
;n
de patentizar en la gestión de la cosa pública, como miembro =
de
uno de los primeros gobiernos instalados después de 1810. Es incuestionable que el Sr. Rivada=
via, a
la elevación de su espíritu unía el saber adquirido po=
r el
estudio y la practica de los negocios; que era en fin uno de nuestros prime=
ros
estadistas; esta clasificación se apoya en la opinión
generalmente admitida hasta por sus mismos adversarios políticos, que
eliminando los menguados intereses del espíritu de partido, no
podrían con justicia y de lo intimo de su conciencia, desconocer las
virtudes patrióticas y la capacidad que nos complacemos en reconocer=
le,
pagando así un tributo, aunque débil, a una de las primeras
notabilidades argentinas. La ausencia en Europa de un hombre =
de
letras tan estudioso y observador como el Sr. Rivadavia, contribuyo eficazm=
ente
a enriquecerlo con un caudal de conocimientos en la ciencia del gobierno; y
premunido de tan valuables dotes abrió su carrera administrativa como
primer ministro y centro de dirección, bajo los mas felices auspicio=
s. Desde sus primeros procederes ofici=
ales
acredito sus aptitudes, su tino y previsión, porque como base y punt=
o de
partida introdujo en la sala de representantes un proyecto de ley de olvido
que, aun cuando encontró acalorados opositores, tuvo suficiente
habilidad y energía para vencerlos en la tribuna parlamentaria,
después de las mas agitadas discusiones, recabando la sanción=
de
una ley altamente conciliadora y popular. Este solo rasgo colocó al Sr.
Rivadavia en el mas alto pedestal a que puede aspirar un buen ministro: la
confianza publica, es decir, la opinión uniforme de los hombres sano=
s de
todos los partidos; porque ofreció a sus compatriotas la saludable
lección del olvido de los rencores por ofensas y errores
recíprocos, en obsequio de un noble sentimiento de humanidad, no solo
para enjugar las lagrimas de las familias con l regreso al hogar domestico de los deudos desterrado=
s, y
aproximar así el momento de una reconciliación necesaria, sino
también, y esto es aun mas importante, porque dio un practico testim=
onio
de la altura de su espíritu, depurado de mezquinas y nocivas pasione=
s, y
de su capacidad como hombre público: esto es, porque comprendi&oacut=
e;
muy luego, en presencia del estado candente de los espíritus, la
necesidad de apagar el incendio y que la amnistía era el arbitrio mas
eficaz, sino el único, para conseguirlo. Después no ha tenido
imitadores. Se ha censurado y se censura todav&=
iacute;a
al Sr. Rivadavia por la rapidez de las reformas que introdujo; se pretende,
bien que las opiniones están divididas, que acelero su marcha en lug=
ar
de acompasarla haciéndola lenta y gradual, porque muchas veces convi=
ene,
cuando el terreno no esta bien preparado, contemporizar hasta con las
preocupaciones para después arrancarlas de raíz. No nos avanzaremos a resolver esta
difícil cuestión, no obstante que reconozcamos como un axioma=
o
verdad inmutable que, no se violan impunemente las leyes del tiempo. Carece=
mos
de un dato muy esencial para que el problema sea determinado, esto es, si el
campo destinado a la explotación estaba ya limpio de cizaña p=
ara
proceder a la siembra. Nos separan cerca de ocho lustros de la época=
a
que nos referimos. Los tiempos han cambiado, y lo que =
entonces
pudo ser prematuro esta en la actualidad sazonado. El espíritu del s=
iglo
desde entonces ha marchado a paso acelerado por la vía del progreso,=
y
estos países han recibido inmensa luz y fortificado su órgano
visual, para soportarla sin riesgo de perderla por un súbito resplan=
dor.
En tal estado, la postergación de los medios que promueven el progre=
so
social hasta uniformarnos con las naciones reconocidas como los mejores
modelos, nos haría responsables ante la historia, y lo que es mas se=
rio,
paralizaría el desarrollo de la inteligencia y el incremento de los
grandes recursos naturales del suelo, retardando la prosperidad y grandeza =
que
tenemos títulos y medios para alcanzar. Pero en esta grande obra de
regeneración, debemos estar constantemente en guardia y no olvidar n=
i un
momento que, es una preocupación muy vulgar, y la más
ridícula de las preocupaciones, apreciar el tiempo pasado por el
espíritu del nuestro, y medir por la altura de los hombres de una
época lejana, a los hombres de nuestros días. Esta verdad que=
da
inalterable invirtiendo los términos. En cuanto a las reformas introducid=
as por
el Sr. Rivadavia sin temor de equivocarnos nos atrevemos a aseverar que, la
militar al menos, fue extemporánea. El teatro en que con las armas e=
n la
mano se debatía la cuestión de la independencia, cuesti&oacut=
e;n
de ser o no ser, estaba bien distante, en el Perú. Pero si los
españoles triunfaban, sus fuerzas más numerosas, aguerridas y
disciplinadas que en todo el dilatado periodo de la guerra, habrían =
como
un torrente inundado Otras consideraciones no menos aten=
dibles
reforzaran los motivos que nos inducen a calificar de imprudente y
extemporánea la reforma militar. Las indicaremos muy sumariamente.=
span> Como remuneración o premio p=
or los
servicios prestados durante la guerra de la revolución, la reforma f=
ue
un verdadero contrasentido; sus efectos, por el contrario, fueron penales. =
La
demostración de esta verdad es practica y perceptible. El inter&eacu=
te;s
del capital acordado a los reformados en fondos públicos de nueva
creación, ascendía aproximadamente a la tercera parte del sue=
ldo
integro en las clases respectivas: es decir, que para satisfacer háb=
itos
y necesidades creadas, se encontraban con un déficit de dos tercios =
de
su antiguo haber; y como en la carrera militar, mas que en ninguna otra, co=
n su
continuado ejercicio, con las peculiaridades profesionales, y el deterioro =
de
la salud en una vida de penalidades, se pierden los hábitos de traba=
jo,
dificultando la adquisición de la capacidad necesaria para las
operaciones industriales; era una consecuencia precisa que surgía de=
la
nueva situación, que siendo el capital nominal, pues se mantuvo
algún tiempo al 25 ó 30 por ciento de valor, era inevitable,
decíamos, que los tenedores ocurriesen al arbitrio ruinoso de enajen=
ar
sus fondos a un precio tan ínfimo, para subvenir a sus más
premiosas necesidades. Sucedió, pues, que la mayor parte de los
reformados se encontró repentinamente destituida de recursos, y
literalmente en la calle. Como medida administrativa de conve=
niencia
general, ya se deja ver que la reforma era perniciosa. La indigencia de los
reformados que, como se acaba de demostrar, sobrevino muy luego, dio por
resultado forzoso aumentar el número de los descontentos, que no
tardaron en reforzar las filas de la oposición, y en embarcarse en
planes de trastorno y subversión del orden establecido. En una palab=
ra,
se aumentó el personal de la anarquía apenas extirpada en Bue=
nos
Aires, y por lo tanto muy peligrosa todavía. Como medida financiera, los sucesos
vinieron muy pronto a patentizar que la reforma militar fue mal calculada. =
La
guerra de la revolución hizo necesario elevar el número de je=
fes
y oficiales a una cifra muy alta, y es evidente que en el estado de paz, tal
exceso era gravoso al erario y sin retribución de servicios personal=
es.
Este fue sin duda el motivo principal para reformar el ejército. Pero téngase bien presente q=
ue
cuando se sancionó la ley, como anteriormente hemos dicho, la guerra
continuaba en el continente, y que aun después de terminada felizmen=
te,
los menos previsores veían inminente otra guerra con el Brasil, en la
que volverían a alistarse los mismos jefes y oficiales que se separa=
ban
del servicio. Así sucedió en efecto: casi todos con muy pocas
excepciones ingresaron en el ejército nacional en su antigua clase y=
con
su sueldo integro, siendo raro, rarísimo, el que conservaba el capit=
al
de la reforma, que había pasado a manos de especuladores. Fueron est=
os
los verdaderamente favorecidos por la ley de premios, los que lucraron
extraordinariamente abusando de la situación e urgencia de los
reformados, que negociaron sus fondos en los valores mas ínfimos. El
resultado fue que nos encontramos con una deuda interior de algunos millone=
s de
pesos a amortizar, cuyos réditos gravitaban sobre el tesoro
público y en provecho, no de los reformados, sino de los agiotistas.
Así que, el principio económico fue mal entendido. Con respecto a la supresión =
del
cabildo es cierto que esta corporación que tan grandes servicios
rindió a la causa publica desde la invasión inglesa, hab&iacu=
te;a
en los tiempos a que nos referimos, degenerado y adquirido una
supremacía peligrosa: amparaba a los revoltosos y se constituyo en un
poder abusivo que contrabalanceaba el del ejecutivo: era un estado dentro de
otro. Pero ni tan serios motivos podían justificar la supresió=
;n.
Si el cabildo ultrapasaba sus atribuciones invadiendo la de los otros poder=
es
públicos, no era por cierto menos necesaria la existencia de un cuer=
po
municipal, que el gobierno pudo reducir al limite bien marcado de sus
funciones, con menos riesgo que el que corrió por la supresión
absoluta, atendida su gran popularidad. Resultó además el gra=
ve
inconveniente del recargo de atenciones de que el ejecutivo se vio inmediat=
amente
agobiado, cuando mas asiduamente se ocupaba de la ímproba tarea de
innovaciones administrativas, y rodeado de las dificultades consiguientes a=
la
creación de otro régimen de nueva importación:
llamó a si la gestión de las atenciones secundarias del munic=
ipio,
con perjuicio de la pronta expedición de los negocios público=
s. Algo mas, el cabildo fue reemplazad=
o por el
departamento de policía, y el pueblo perdió en el cambio los
efectos benéficos de una institución paternal para el gobiern=
o de
la familia que velaba su bienestar y aliviaba la situación de las cl=
ases
industriales y menesterosas, por otra parte de nueva creación y de
carácter prebostal, con tendencias invasoras de sus fueros y liberta=
des. Por lo demás, ya se deja ver=
que aun
cuando las reformas sean necesarias, es un verdadero delirio aspirar a
nivelarse instantáneamente, con solo leyes y decretos, hasta las mas
aventajadas naciones europeas, que si han llegado a la altura en que hoy
día se encuentran, ha sido al través de quince siglos de guer=
ras,
las mas sangrientas, exteriores, sociales y de religión. Que diferen=
cia!
nos encontrábamos en la segunda década de nuestra existencia
política como nación y luchando todavía por afianzar la
independencia; y agregaremos sin hábitos y costumbres sazonadas,
análogas y en armonía con la nueva marcha administrativa. La reforma eclesiástica se r=
edujo
esencialmente a la supresión de algunos conventos de regulares y a la
expropiación de los bienes raíces anexos, pero dejando a estos
religiosos en libertad para secularizarse o hacer vida conventual, con tal que el nu=
mero
de cada convento no bajase de doce o dieciséis individuos. Así
fue que, no obstante la secularización de muchos franciscanos, domin=
icos
y mercedarios, quedaron en pie hasta el día los dos primeros
monasterios. Un asunto tan grave requería=
tomarse
algún tiempo para preparar la opinión. Esta reforma
suscitó obstáculos a la marcha gubernativa; los descontentos
aprovecharon la oportunidad para sublevar la conciencia de los timoratos y =
de
los fanáticos. Las innovaciones en materia de
religión son tan serias y vidriosas que los legisladores antes de
introducirlas deben tener presentes las lecciones de la historia. Esta en t=
odas
sus épocas nos enseña que el pueblo es muy fácil de
conmover por el poderoso resorte de la religión profanada, y que sin
ulterior investigación grita siempre a la herejía, y la
cátedra sagrada rara vez se olvida de empuñar sus armas de
resistencia, para proclamar las palabras del divino maestro, nolli me
tangere christos meos, que
eleva el espíritu de los oyentes a un entusiasmo peligroso, por la b=
ien
o mal fundada persuasión de la violación de sus creencias, y =
de
la religión de sus padres. Tan cierto es esto, que un añ=
;o
después[31] de =
esta
reforma sobrevino una asonada y los amotinados hacían llegar hasta la
casa de gobierno el alarido imponente, viva la religión, mueran los
herejes. Pretexto, sin duda, para encubrir ulteriores miras política=
s y
planes ambiciosos de partido, pero pretexto que los gobiernos están =
en
el deber de evitar por la facilidad con que los demagogos, que no conocen a=
rmas
vedadas, arrastran a la multitud irreflexiva. Las cortes españolas durante=
la
regencia de Vastísimo es el campo que se=
ofrece
a nuestra vista para continuar sobre este tema, pero fuerza es terminar por=
no
ser difusos, y porque basta el buen sentido para penetrarse de la necesidad=
que
tienen los pueblos nuevos de contener la rapidez de su marcha en la carrera=
de
las reformas sociales. Haremo=
s, sin
embargo, una ligera observación que, en nuestra humilde opinió=
;n,
es digna de la profunda meditación de los legisladores y estadistas =
de Muy reciente es en aquella Rep&uacu=
te;blica
la ley que abolió los mayorazgos, con un corto beneficio a favor de =
la
primogenitura. Una institución anómala, por su diametral
oposición a la igualdad democrática: el feudalismo de hecho c=
omo
en los primitivos tiempos de la conquista, cuando se prodigaban por el mona=
rca
español y los adelantados, sus delegados en América, las
encomiendas y repartimientos. Institución en fin, que no se conoce n=
i en
la vieja Europa, sino en las monarquías absolutas, y en la alta nobl=
eza,
y que Chile había conservado más de treinta años
después de su emancipación y del establecimiento de un gobier=
no
republicano. Los legisladores chilenos han tenid=
o el
buen sentido de comprender, y están cosechando con abundancia el fru=
to
benéfico de su sabia previsión, que las reformas sociales
requieren tiempo y sazón; y es por esto que han marchado pausadamente
por tan espinosa vía, que en nuestro país se pretendió
recorrer con la velocidad impulsiva del vapor. V. El general d. Ramón Freire,
gobernador intendente de la provincia de Concepción, y jefe militar =
de
las fuerzas allí acantonadas, alzó la enseña de la
rebelión[32] con=
tra
la autoridad del director del estado. Fue uno de los periodos mas calamitos=
os
porque Chile ha pasado desde el principio de la revolución. Para
completar el cuadro de la anarquía y de la miseria publica, que es su
inmediata consecuencia, un fuerte terremoto[33]<=
/span>
arruinó la ciudad de Valparaíso hasta en sus cimientos, causa=
ndo
considerable mortandad. Se sintieron los destructores efectos de tan violen=
to
sacudimiento en un extenso radio: fue el mas terrible de cuantos hasta ento=
nces
hiciese mención la tradición desde la conquista. En el periodo correspondiente se en=
contrara
el resultado del alzamiento del general Freire. Año
1823 I. Continúa la guerra del
Perú - situación reciproca de los beligerantes - movimientos =
de
la división Martínez sobre Valdéz - el general Alvarado
maniobrando sobre los realistas: retirada de estos - combate de Torata:
Valdéz reforzado por Canterac - los españoles toman la ofensi=
va -
retirada de los independientes - batalla y derrota de Moquegua - retirada d=
el
general Alvarado - Necochea y Lavalle - reembarco en el morro de Zama - II.
Riva Agüero - caída de Lamar - Riva Agüero llama a los
colombianos - el general Sucre - otra expedición a puertos intermedi=
os:
general Santa Cruz: plan de campaña - Canterac asedia el Callao - los
patriotas abandonan a Lima y se refugian en los castillos - el general Sucre
asume la dirección de la guerra: su expedición a puertos
intermedios - Canterac levanta el asedio del Callao y marcha al interior -
combate de Zepita - reembarco de Santa Cruz en Arica - retirada del general
Sucre - III. Bolívar en el Perú investido del supremo poder -
critica situación del país - antipatía de los peruanos
hacia Bolívar y los colombianos - el marqués Torre Tagle -
intrigas y maniobras subversivas - IV. Alto Perú - I. El aspecto militar y polític=
o del
Perú, como se ha manifestado en el año anterior, nada tenia de
lisonjero. Los españoles se reestablecieron en la sierra de sus pasa=
dos
reveses y levantaban nuevos batallones para maniobrar con ventaja en una
próxima campaña de la que tendrían la iniciativa. Entre
sus generales y jefes se encontraban no pocos muy distinguidos y de acredit=
ada
habilidad profesional teórica y practica. Los dos rivales Canterac y=
Valdéz
tenían la primacía. No importa, se ha de llegar a buen =
puerto;
porque a la vista menos perspicaz no podía ya ocultarse que en el li=
bro
misterioso del destino se registraba con letras indestructibles, aun para el
tiempo, la independencia del nuevo mundo de Colón, y entre las
vicisitudes inherentes a tan =
alta
empresa, a pesar de las faltas, los reveses, las intrigas, la traició=
;n
también; pero en contraste con grandes rasgos de heroísmo, y =
con
la decidida opinión de todo el continente, se veía al
través de tantos elementos contrapuestos en pugna y reacción,=
que
la guerra no podía terminar sino con el triunfo de la buena causa. Se
comprendía que las contrariedades eran trabajos inevitables de
alumbramiento de nuevos estados, próximos ya a hacer su entrada en el
mundo, para concurrir a la gran asociación de las naciones. <=
/p>
Los ánimos de los patriotas =
estaban
preocupados y en gran expectación: se aguardaba con impaciencia el
resultado de la expedición a intermedios a las ordenes del general
Alvarado. Es forzoso declarar que despu&eacut=
e;s del
desembarco en arica se perdió algún tiempo en la inacci&oacut=
e;n:
El buen éxito en la guerra depende de la celeridad de los movimiento=
s,
aun más que de los planes especulativos mejor combinados. En el año anterior hemos dej=
ado al
general d. Enrique Martínez maniobrando sobre Valdéz retirado
momentáneamente a Calana distante dos leguas de Tacna. Perseguidos c=
on
tesón por nuestras fuerzas, ocurrieron algunos encuentros ventajosos
para los patriotas. El jefe español continu&oacu=
te; en
buen orden su movimiento retrogrado a Pachia, y de este punto a Tarrata,
catorce leguas de Tacna, siempre seguido en zaga. Por este tiempo el general
Alvarado no se había aun movido de arica. Levantó al fin su c=
ampo
y verifico la reunión de todas sus fuerzas el 13 de enero en el Vall=
e de
Lucumba, y siguió avanzando sobre Valdéz. El 18 el general Alvarado con todo =
el
ejército llego a las inmediaciones de Moquegua, e hizo alto a tiro de
cañón de la
división de Valdéz que estaba reunida y vivaqueaba en las alt=
uras
adyacentes, donde había tomado posición para esperar a su
adversario. Al amanecer del 19 el ejérci=
to
independiente marcho sobre los enemigos; estos se retiraron disputando el
terreno palmo a palmo en las elevaciones que encontraban en su transito, y
volvieron a tomar posición en los cerros de Torata. Allí se l=
es
incorporo el general Canterac con un pequeño destacamento de
caballería: el resto de su división la había dejado a
retaguardia a pocas millas de distancia. La posición de Valdéz=
era tan
fuerte que diferentes tentativas del general Alvarado para desalojarlo fuer=
on
del todo infructuosas. Sin embargo, la situación de=
los
españoles era de las mas apuradas, y fatal habría sido su des=
tino
si la fortuna en momentos de crisis tan solemne no hubiera llegado en su au=
xilio.
Reforzado Valdéz por las tropas de Canterac, ambos jefes tomaron
inmediatamente la ofensiva, que nuestras tropas a pesar de su bizarra condu=
cta
no pudieron contrarrestar: cedieron el campo. Durante la noche el general Alvarado
continuó la retirada e hizo alto en las inmediaciones de Moquegua,
distante cinco leguas del campo de batalla de Torata. Eligio una fuerte y b=
ien
calculada posición y se preparo a un nuevo combate. La totalidad de las fuerzas
españolas al mando de los generales Canterac y Valdéz
habían realizado su reunión. El 21 cargaron con gran
ímpetu la línea de los independientes, y aunque estos con su
acostumbrado ardimiento defendieron brillantemente la posición, esta=
fue
tomada por los enemigos, y la derrota se declaró en las filas americ=
anas. Las armas españolas obtuvier=
on una
completa victoria. En las sangrientas batallas de Torata y Moquegua, el
ejército expedicionario perdió quinientos soldados muertos y
heridos, sesenta jefes y oficiales, y una gran parte de su material de guer=
ra. La
perdida de los enemigos fue también considerable: en su parte oficia=
l la
hacen subir a ciento cincuenta muertos y doscientos cincuenta heridos, pero
esta cifra, se sabe con evidencia, esta muy rebajada. El general Alvarado se retiro
precipitadamente con el resto de sus fuerzas y consiguió embarcarse =
con
mil hombres escasos en el morro de Zama. Desde allí hizo rumbo a Iqu=
ique
con trescientos hombres que quisieron seguirlo. Pero Olañeta estaba =
en
Iquique, y a su llegada a este puerto el general considero necesario navegar
con dirección al Callao donde desembarco. Algunos buques del convoy
hicieron escala en Pisco. El coronel d. Eugenio Necochea, jef=
e de la
caballería, para proteger la retirada del ejército dio una ca=
rga
a fondo con su acostumbrada intrepidez sobre las tropas enemigas, pero
desgraciadamente fue herido y puesto fuera de combate; el desorden se intro=
dujo
en las filas de nuestros valientes. Los enemigos aprovechando momentos tan
solemnes consiguieron cortar el ejército patrio. El comandante Laval=
le
pudo reestablecer el orden y la formación, y secundado por las fuerz=
as
que quedaban cortadas logro en una brillante carga romper la columna enemiga
e incorporarse al resto del
ejército que marchaba en retirada precipitada. Así nuestro
ejército pudo ganar tiempo y llegar a la costa para embarcarse. Hemos dicho anteriormente que la
expedición del general Alvarado a puertos intermedios fue una
operación bien calculada. Los generales Arenales y Paz del Castillo,=
con
sus fuerzas respectivas, debían caer sobre Canterac, situado en el v=
alle
de Jauja, en tanto que el general Alvarado abría su campana sobre
Valdéz. La ausencia de los colombianos hizo fallar este plan combina=
do y
el general Alvarado se encontró solo sin sus auxiliares. Deshecha la
combinación por la partida inesperada de la división colombia=
na,
el gral. Arenales no pudo ponerse en campaña, y las derrotas de Tora=
ta y
Moquegua fueron el resultado forzoso del plan frustrado. Canterac libre de toda otra atenci&=
oacute;n
pudo incorporarse a Valdéz para salvarlo y anonadar al ejérci=
to
patrio a favor de su superioridad numérica. Estos contrastes cambiaron la faz d=
e la
guerra en favor de los españoles. La actitud militar de los
ejércitos del rey adquirió, sino una decidida preponderancia,=
un
prospecto probable de ulteriores ventajas, al paso que la situación =
de
los republicanos perdió inmenso terreno, haciéndose muy
difícil y complicada por los importantes y recientes triunfos de sus
competidores. II. Otro nuevo aspirante, que estuvo a =
punto de
ser bien funesto a la causa de la libertad, el Sr. d. Jose de Riva Agüero, el nuevo jefe del=
poder
ejecutivo, necesitaba después de la derrota de Moquegua un apoyo efi=
caz
para afianzar su usurpación, y con tal intento había llamado =
al
gral. Bolívar. No se hicieron los colombianos esperar mucho tiempo y
pisaron el territorio del Perú 3.500 hombres de aquella Repúb=
lica,
mandados por el gral. Sucre, primer teniente y brazo derecho de Bolí=
var
en el ramo militar. Después del desastre de Moqu=
egua el
Sr. Riva Agüero envió otra expedición a puertos intermed=
ios
a las órdenes del gral. d. Andrés Santa Cruz, compuesta de ma=
s de
5.000 hombres. Estas fuerzas desembarcaron en Iquique a mediados de junio y
abrieron la campaña con dirección al sur. Según el plan
concertado, el gral. Santa Cruz debía cargar sobre Olañeta y
contramarchar después de haberlo aniquilado para caer sobre Canterac=
y
Valdéz. Se contaba para esta operación con el refuerzo de una
división chilena a las órdenes del gral. d. Antonio Pintos,
fuerte de 2.800 hombres: esta división desembarcó efectivamen=
te
en Arica, bien que no tan pronto como se esperaba. El gral. Sucre, por disposici&oacut=
e;n del
gral. Bolívar, debía ponerse a las ordenes del gral. Alvarado=
, y
este fue en efecto nombrado general en jefe y director de la guerra, pero
resistió tenazmente excusándose de un modo decisivo. El gral.
Alvarado reunía las condiciones principales para desempeñar t=
an
elevado como difícil cargo; capacidad militar, buen soldado y virtud=
es
republicanas, si bien la veleidosa fortuna no le fue siempre propicia. En
consecuencia de su indeclinable excusación, el general Sucre fue inv=
estido
con el generalato en jefe y la dirección de la guerra. Acabamos de manifestar que el gral.=
Sucre
era el primer teniente, el brazo derecho de Bolívar en sus empresas
marciales, y agregaremos que la opinión generalmente admitida entre =
las
autoridades mas competentes, asignaba a Sucre un lugar de preferencia sobre=
su
jefe, considerándolo como mas aventajado en la ciencia de la guerra,
pero sus inspiraciones no eran tan brillantes y profundas para abrazar el
conjunto, ni tan vehemente y poderosa su cabeza para las grandes concepcion=
es,
como la del libertador Simón Bolívar. Después de las desgraciadas =
jornadas
de Torata y Moquegua, el gral. Canterac, cuyo cuartel habitual era el valle=
de
Jauja, no creyó posible que el gobierno patrio pudiera organizar otr=
a expedición
a puertos intermedios; y con tal persuasión se desprendió de =
la
sierra con más de 8.000 hombres y se dirigió a la capital. La
noticia de esta marcha causó gran consternación en Lima, y a =
la
aproximación de las fuerzas enemigas se celebró en la casa de
gobierno una junta de guerra de oficiales generales presidida por el jefe d=
e la
administración d. José de La junta resolvió que, en at=
ención
a la inferioridad numérica de las tropas disponibles, se abandonase =
la
capital refugiándose en los castillos, y el gral. Sucre fue nombrado
general en jefe de todas las fuerzas reunidas. El gral. Canterac hizo su entrada e=
n Lima
el día 18 de junio a la cabeza de nueve batallones, nueve escuadrone=
s y
catorce piezas de artillería: tropas aventajadas en instrucció=
;n,
perfectamente equipadas y de la más bella apariencia. Los enemigos s=
in
perder un momento, inmediatamente estrecharon el asedio de la fortaleza del
Callao, cuya guarnición consistía en 3.000 colombianos, 1.000
argentinos, resto del ejército de los Andes, y 1.000 milicianos del
Perú. Riva Agüero y el Congreso se habían también
refugiado en los castillos; las sesiones de este fueron muy acaloradas, has=
ta
que por ultimo Riva Agüero fue depuesto de la suprema autoridad y obli=
gado
a salir del territorio de Los españoles al estrechar e=
l asedio
de la fortaleza provocaban a sus adversarios, y varias veces cambiaron sus
fuegos, y es indudable que el gral. Canterac estuvo resuelto a asaltar los
castillos, cuya guarnición, durante el mes del asedio, estuvo en
constante alarma y bien dispuesta a recibir militarmente a sus contrarios.<=
/span> En una junta de guerra que el gral.=
Sucre
celebró en el Callao, quedo decidido que con sus 3.000 colombianos
zarparía con destino a puertos intermedios para maniobrar en
combinación con el gral. Santa Cruz y la división chilena que=
por
momentos se esperaba en el puerto de Arica. Antes de embarcarse tuvo la mala
elección, contrariando prudentes consejos, de investir con el gobier=
no
provisorio al marqués de Torre Tagle. Hemos de ver mas adelante las
funestas consecuencias de tan desacordado nombramiento. Cuando el gral. Sucre desembarc&oac=
ute; en
Ilo, el gral. Santa Cruz maniobraba sobre Sepulturas en el Alto Perú=
, en
demanda de Olañeta. El gral. Sucre inmediatamente
después de su desembarco en Ilo, se dirigió a Arequipa cuya
ciudad ocupó. Para adquirir noticias del gral. Santa Cruz,
destacó sobre Puno al jefe Raulet con 90 soldados de caballerí=
;a.
El gral. Santa Cruz supo en Sepulturas la llegada de una fuerza amiga a Pun=
o, y
creyendo que era el gral. Sucre con su división, contramarchó
sobre Puno para incorporársele. Este movimiento practicado a
consecuencia de tan craso error, fue causa de un gran desastre. El gral. Canterac solo permaneci&oa=
cute; en
Lima un mes, porque comprendió la necesidad de oponerse a las
operaciones combinadas de los generales Santa Cruz, Pintos y Sucre.
Evacuó la capital el 15 de julio y se dirigió a su antigua po=
sición
del valle de Jauja, para estar a la expectativa de los acontecimientos. Después de la contramarcha d=
el gral.
Santa Cruz sobre Puno, creyendo encontrar allí al gral. Sucre que no=
se
había movido de Arequipa, tuvo un encuentro en Zepita el 25 de agosto
con la división del gral. Valdéz. Esta acción qued&oac=
ute;
indecisa: el coronel Brandsen se distinguió a la cabeza de su regimi=
ento
de caballería. Incorporado el Virrey eran próximamente iguales: =
cuatro
mil hombres. Los españoles fueron vencidos, y tuvieron la perdida de
quinientos hombres entre muertos y heridos; la de los patriotas ascendi&oac=
ute;
a trescientos. En esta victoria tuvieron una parte muy principal el coronel
colombiano Córdoba, y los jefes argentinos D. Félix de
Olazábal y el de caballería D. Juan Lavalle. El ejérci=
to
español capituló: Quito fue comprendida en este pacto.=
valientes y aguerridos, endurecido=
s a la
intemperie de las estaciones y la vida del vivac: habían pasado por =
el
bautismo de sangre en una larga serie de duros combates contra selectas tro=
pas
españolas; y se fortificaron sus almas en la severa escuela de las
privaciones y peligros inherentes a
la honrosa profesión de las armas; pero en disciplina e
instrucciones no habían hecho grandes progresos. Fue necesaria toda =
la
acción del genio de un Bolívar, hombre que sobresalía =
del
nivel común de cuantos lo rodeaban, para conducir a la victoria una =
masa
de hombres los mas belicosos pero poco ordenados.
Los fugitivos se dirigieron a Ilo: = y como 1.000 hombres consiguieron embarcarse en los transportes que los condujeron= al Callao.
La división chilena reciente= mente desembarcada en Arica, se reembarco precipitadamente a la primer noticia que allí se recibió del desastre: regresó a Valparaí= ;so. Cuando los fugitivos llegaron a la costa ya no la encontraron.
El gral. Sucre se retiró de = Arequipa a Ilo con la división colombiana de su mando y allí se embarco para ir a desembarcar en Pisco. Los realistas quedaron en completa posesión de todo el país al sur de Lima.
Tal fue el resultado siniestro de u= na hábil concentración de fuerzas imponentes por su númer= o y calidad, y en cuyas operaciones se fundaban con razón las más lisonjeras esperanzas. De su buen éxito dependía el triunfo definitivo de nuestras armas y el término feliz de la guerra de la independencia.
El regreso del pequeño resto= del ejército expedicionario difundió la alarma en la capital.
¡Funesto contraste! se cosech= aba el fruto amargo de una mala semilla sembrada por el error, y quien sabe, porqu= e no pretendemos acriminar, si fue por la ley imperiosa de la necesidad el aband= ono de la sierra, cuya ocupación nos habría dado grandes ventajas sobre los españoles.
III.
La impresión fue profunda, p= ero ni los patriotas ni Bolívar se intimidaron. Este infatigable campe&oacu= te;n de la independencia americana llegó a Lima en tales conflictos. No s= olo el revés sufrido, sino las maniobras subversivas de los desorganizad= ores y aspirantes al poder, hacían ya necesaria su presencia en el teatro= de sus futuras glorias. En el mes de septiembre se presento en la escena con un corto refuerzo de tropas colombianas: dos batallones de infantería y= un regimiento de granaderos a caballo.
Desde su llegada fue investido por = el congreso con el mando supremo con el título de libertador, que ya le había acordado el gobierno de Colombia por los decisivos triunfos que dieron la independencia a aquella República. Bolívar, pues, e= ra un dictador y arbitro regulador, del que emanaban todas las resoluciones en= los grandes negocios del estado. La salvación del país, en gran c= onflicto en aquellos momentos, así lo requería: se estaba en el caso extremo de la suprema ley.
El temple de Bolívar era muy= alto, porque su ser moral se nutría de la savia vigorosa del genio. Su vida militar ofrecía una serie de sucesos no interrumpidos, próspe= ros y adversos, y constantemente al través de escollos y contratiempos e= n el mar borrascoso de la revolución. Estaba pues avezado a los reveses d= e la fortuna durante la guerra de Colombia, tan prodiga en alternadas peripecias= de triunfos y reveses. Su alma se fortifico e hizo incontrastable su constanci= a: no era hombre de arredrarse aun en los mayores conflictos. Bolívar e= ra una potencia.
El gral. Bolívar encontr&oac= ute; el tesoro exhausto: se necesitaban considerables fondos para hacer frente a las premiosas necesidades del momento. Reunió a los principales capitali= stas de Lima y les manifestó la urgencia, pero no encontró sus arc= as dispuestas a abrirse para conjurar una tempestad de la que ellos serian las primeras victimas, y el libertador se manifestó íntimamente lastimado de tan mal entendido egoísmo. Los amenazo con su regreso a Colombia dejándolos entregados a su destino: pero ni esto fue bastan= te para obligarlos a una conveniente erogación pecuniaria.
Entonces cuatro argentinos, los Sre= s. Riglos, Sarratea, Castilla y Lynch, que habían acompañado al ejército patrio desde Chile, y dos casas inglesas: los Sres. Cockran= e y Robertson y Begg, ostentaron el mas acrisolado patriotismo y noble desprendimiento, oblando la cantidad que por el momento se requería = para atender a las mas urgentes necesidades. El libertador pedía por lo pronto 400.000 pesos fuertes. Nuestros compatriotas jamás se han desmentido, cuando se ha interpuesto la salud de la patria.
A la media hora habían puest= o en manos del libertador la cantidad designada sin interés alguno, y sin querer admitir, como no admitieron, la menor garantía escrita. Loor a los dos comerciantes ingleses por su generoso y patriótico desprendimiento. En cuanto a nuestros compatriotas, es de publica notoriedad que en esta como en otras muchas ocasiones en que la salud de la patria lo requería, contribuyeron constantemente con erogaciones pecuniarias p= ara aliviar los conflictos en que con frecuencia se encontró el gobierno= del Perú, por la eventualidad de sus recursos.
Jamás en los cuatro añ= ;os que duro la guerra del Perú, se había encontrado el país en circunstancias tan difíciles y azarosas como lo encontró el g= ral. Bolívar a su llegada. No era la falta de recursos para alimentar la guerra la única causa de tan triste situación; otras y aun mas graves concurrían a reagravarla. Se supo con evidencia que Riva Agüero desde Trujillo había abierto relaciones con los jefes enemigos, y puéstose cuerpo y bienes en el camino de la traici&oacut= e;n. Además, la animadversión de los peruanos contra el libertador= y sus compañeros era publica y manifiesta, y hacia su explosión= en las ocasiones. Reinaba una antipatía y un odio implacable y reciproco entre las tropas peruanas y las de Colombia, porque estas en efecto hacían alarde de una superioridad ofensiva.
Agréguese a tantos elementos= de disolución que el periodo de la administración del marqu&eacu= te;s de Torre Tagle, comprendido desde la salida del Callao del gral. Sucre, has= ta la llegada del gral. Bolívar, fue fatal para la causa de la libertad= . La marquesa de Torre Tagle tenia gran ascendiente sobre su esposo, y era notoriamente adicta a la causa realista, así que ella no cesó= de intrigar en el sentido de sus afecciones poniéndose en relació= ;n con sus correligionarios políticos, y difundiendo con sus maniobras = de zapa y mina en consorcio con sus coadyutores, el desaliento y descontento público. Era el marqués el hombre mas adecuado para que tomas= en cuerpo tan subversivos y criminales manejos, porque si no es posible testif= icar su connivencia, al menos es de todo punto evidente su nulidad como gobernan= te, y su debilidad como hombre. Se pueden, pues, comprender todos los defectos = de su administración, el pábulo que su incapacidad daría a los proyectos de los enemigos de la causa y la consiguiente relajació= ;n del principio de autoridad.
Fue este uno de los periodos m&aacu= te;s prósperos para los españoles. Pero ni los elementos de discor= dia y malestar que acabamos de mencionar, ni las derrotas sufridas en Torata, Moquegua y Zepita y sus consecuencias, eran todavía los únicos grandes y serios confl= ictos que se aglomeraban en aquel semillero de discordias. Un carácter más grave tenían las disensiones internas fomentadas por la traición, porque en tanto que languidecían nuestras fuerzas, = en la misma razón que acrecentaban en vigor y numero las falanges de los enemigos, el horizonte se encapotaba con densas y negras nubes que presagia= ban una gran borrasca. El supremo poder en Lima estaba en almoneda, y como los emperadores romanos, a merced de la guardias pretorianas: Se vivía s= obre un volcán encubierto por la traición.
La ambición de mando dominab= a en los próceres del Perú: las revoluciones y los cambios de gobierno= se sucedían con rapidez verdaderamente teatral, y contribuyeron no poco= las aberraciones y escándalos de las facciones, a embarazar y disminuir = en momentos de inminente peligro, la acción salvadora del poder militar= . El mismo Bolívar con toda su prepotencia y firmeza de carácter, = fue muchas veces contrariado por aquellos gobiernos efímeros, que desmoralizando al ejército con sus cohechos y seducciones de bandería, entorpecían la marcha del libertador haciendo iluso= rios sus planes de guerra, con manifiesta ventaja de los enemigos que se aprovechaban de la discordia domestica de sus contrarios.
Así, en el bajo imperio, en =
tanto
que Mahomet II golpeaba las puertas de Constantinopla amagando la escalada,=
los
teólogos distrayéndose de la defensa se ocupaban con fervor
escolástico de controversias metafísicas, con sofismas y oscu=
ras
argucias sobre los inefables misterios del dogma, que ellos mismos no
comprendían: los turcos entraron en Constantinopla en el Alto
Perú no fue idéntico el resultado, porque lo salvo el genio d=
e la
patria y el destino de
Por no anticipar los acontecimientos aplazamos los detalles de la de perdida de la fortaleza del Callao.<= /p>
IV.
En el Alto Perú, el gral.
español Olañeta se conservaba preponderante. Hemos dicho en l=
os
dos años anteriores que estaba en abierta disidencia y formal ruptura
con el Virrey
Los valientes salteños adies= trados después de muchos años en la guerra de partidarios, y conserv= ando siempre a la par del aliento guerrero que tanto los distingue, el noble espíritu por la causa de la independencia, oponían para contrarrestar las vandálicas invasiones del jefe español y en defensa de sus hogares, la mas viva resistencia; era entonces proverbial que Olañeta en sus frecuentes razzias combinaba su acendrado amor= por la causa de un amo absolutista, con sus intereses pecuniarios. Especie de corsario disfrazado con la decoración respetable pero postiza de sus entorchados.
El desastre que nuestras armas sufr=
ieron en
la segunda expedición a intermedios, permitió al Virrey
Los españoles que con gran c=
lamor
han levantado la voz para vituperar nuestra ruptura del vinculo de familia y
nuestras guerras fratricidas, nos daban por cierto mal ejemplo para
convertirnos, y este ejemplo no era único en la época que vam=
os
describiendo: tenia mas antigua data. Pizarro y sus tenientes fueron los
primeros que encendieron la tea de la discordia en la tierra que ellos desc=
ubrieron.
Nuestro derecho era legitimo, el de ellos bien bastardo, puesto que la hist=
oria
nos revela que sus conatos manifiestos y sus sangrientas reyertas tuvieron =
por
objeto hacerse dueños y señores de este continente,
emancipándose no de una madrastra sino de su verdadera y legitima
madre patria.
V.
Las provincias argentinas restantes=
eran
espectadoras pacificas de una contienda en cuyo teatro, aunque a gran
distancia, debía decidirse la importantísima cuestión =
de
nuestra independencia iniciada después de trece años. Sentimos
decir que esta inercia, o defecto de participación, fue en aquel tie=
mpo
un motivo de censura contra el gobierno de Buenos Aires, pero fieles a nues=
tros
"Recuerdos", y por conservar en ellos el carácter de
imparcialidad con que los exhibimos, hemos creído que no debemos omi=
tir,
para ser consecuentes con un tal fin, la mención del descontento
difundido en todos los ánimos, que por mas que nos mortifique y por =
mas
injusto que parezca, era en la época a que nos referimos, la
expresión de un sentimiento dominante y popular. Sentimiento
fácil de comprender aun después del transcurso de tantos
años, si se reflexiona que la prosperidad y el mas brillante prospec=
to
del país, era del todo consistente y transitorio, no reposando sobre=
la
base sólida e inconmovible de la independencia: no estaba consolidad=
a.
Era precisamente la gran crisis la que se estaba atravesando, y no se
habrá olvidado que después del triunfo de Ayacucho que
concluyó en un solo día con la dominación españ=
ola
en estas regiones, se supo con evidencia que, si el ejército de Fern=
ando
VII hubiera cantado una victoria tan completa como la que obtuvieron en
aquellos campos de eterno recuerdo los ínclitos guerreros americanos,
los afamados tenientes del Virrey
Era urgente armonizar nuestra organización social con las luces del siglo, pero la independencia política que aun no estaba asegurada, era una necesidad vital, cuestión de ser o no ser, y por lo tanto de indisputable preferencia= .
Respetamos los motivos del jefe de = la administración, motivos que indudablemente harían imposible su cooperación armada, porque es cierto que las dificultades que suscitó la anarquía, que fermentaba entonces en algunas de las provinc= ias interiores y con apariencias de propagación general, pudieron arredr= ar con razón al gobierno de Buenos Aires por el temor de debilitar sus fuerzas destinadas a impedir la conflagración en la casa propia. Y es cierto también que en la época a que aludimos, se debía atender con eficacia a la seguridad de las fronteras contra las depredacion= es de los bárbaros. Es del resorte de la historia, y no omitirá hacerlo, nos atrevemos a asegurar, fallar decisivamente sobre la razó= ;n o sinrazón de un tal cargo. Por nuestra parte nos limitamos a una reminiscencia imprescindible de acuerdo con nuestros programa.
Sin abrir opinión bien decid= ida y terminante, porque no es de nuestra competencia formular cargos sobre asunto tan grave, y porque nos faltan los datos necesarios para resolver el proble= ma que dejamos indeterminado, hemos creído, no obstante, que nos incumbía no pasar en silencio las precedentes observaciones sobre un= o de los tantos "Recuerdos" de que nos ocupamos, pero dejando el campo abierto y libre a nuestros lectores para que mediten sobre ellos sin prejuzgarnos.
Para evitar este escollo y probar c= on incidentes de la época que tienen un carácter oficial, que tan solo referimos lo que entonces ocurría en buen o mal sentido y por s= er fieles a la verdad histórica, consignaremos un testimonio inequívoco de la tendencia política en las altas regiones del poder.
El 25 de mayo de 1823, la pir&aacut= e;mide de la plaza de la victoria que conmemora tan glorioso día, estaba decorada con varias estrofas alusivas al aniversario que se celebraba, y co= nservamos grabados en nuestra memoria por la desagradable impresión que nos causó su lectura, los dos primeros versos de una de ellas:
"al hondo del abismo de ha lanzado
el carro de la guerra asoladora"
En tanto, las detonaciones de la
artillería, aunque en lontananza, vibraban por todo el continente y
estremecían las sierras, los valles y las vastas llanuras de
Y si todavía se quiere un te= stimonio mas irrecusable de que narramos sin pasión, con conocimiento de caus= a y con el único fin de exhibir la verdad desnuda, sin consideraci&oacut= e;n de ningún genero para ocultarla, como es nuestro deber de cronistas, citaremos un hecho presente a la memoria por la tradición y registra= do en documentos oficiales que, = por su magnitud y trascendencia, nos ahorrara la ingrata tarea de abundar en citas= que mucho mortifican el amor propio o la susceptibilidad nacional.
Mientras los soldados argentinos,
colombianos y peruanos, disputaban en duros combates con los español=
es
la presa que aun tenían estos asida con fuertes garras,
VI.
En las provincias interiores se con= servaba, bien que con menos intensidad, el fuego mal apagado de la discordia. Aunque= con la apariencia de las formas, o por mejor decir de la nomenclatura copiada de las instituciones de Buenos Aires, sus gobernadores continuaban en pleno ejercicio de un poder omnímodo e irresponsable. Caudillos aventurero= s y felices surgidos de la anarquía y, con muy pocas excepciones, hombres oscuros sin doctrina moral ni religión política.
Entre tanto la provincia de Buenos = Aires restablecía sus fuerzas y salía del marasmo producido por la reciente agitación a favor de las instituciones liberales cuya aclimatación se ensayaba para dar forma y vida democrática ba= jo el cuerpo representativo al cuerpo social, pero con mas eficacia bajo el poderosísimo influjo de la paz publica de que disfrutaba, porque ell= o restañaba la sangre que aun vertían las heridas abiertas en las guerras fratricidas. Sus desastres se reparaban con admirable rapidez, merced a la riqueza exuberante de un suelo privilegiado por la mano del creador. Los ruinosos vestigios desaparecían día a día.
El espíritu mercantil se pro= pagaba con una actividad hasta entonces desconocida. Bajo el sistema colonial se había establecido como axioma, la aversión al trabajo de los hijos del país y su natural inclinación al reposo y a la moli= cie, sus hábitos de holgazanería. Injusta acusación que carecía de pruebas, porque desde que no había habido ocasión y libertad para fecundizar el germen oculto de una capacidad, que mas tarde se ha manifestado con la desaparición de las trabas que impedían su desarrollo, mal se podía establecer una clasificación tan inmerecida. Las restricciones impuestas a las colo= nias durante la dominación eran una barrera insuperable. Los naturales no podían dedicarse con absoluta libertad a los diferentes ramos de industria, que un clima el mas benéfico, y la feracidad de la tierra, les brindaba con el prospecto de una explotación colmada de grandes beneficios. No les era permitido cultivar libremente la industria agrícola y manufacturera, alma y vida de las especulaciones mercanti= les. Hasta el cultivo de la inteligencia les estaba vedado por las retrogradas l= eyes de indias, y es fácil comprender que bajo un sistema de tan alta presión, el rol de los americanos no era ni podía ser otro, según la expresión despreciativa y antisocial del Virrey de L= ima Abascal, que vegetar en la oscuridad y abatimiento.
Así que, si en realidad existía, esa apatía de carácter que se han gozado en atribuirnos y propalar, ellos eran los agentes y no podían con razón reprocharnos su obra. Debían por el contrario ruborizar= se si, como creían, nos habían embrutecido.
En los primeros años de la revolución, cuando se declaro el comercio libre con todas las nacion= es, los hijos del país no pudieron contraerse con fervor a sacar buen partido de una ley tan benéfica, vehículo del verdadero y mas= eficaz progreso, porque la guerra era la atención mas seria y capital, y los brazos de la tierra escasos para distraerlos por especulaciones de lucro, q= ue no podían proporcionarnos sino goces transitorios si sucumbía= mos en la contienda.
La paz de que empezábamos a disfrutar, por estar el teatro bélico a gran distancia, y las nuevas instituciones protectoras de la libertad e industria individual, de que som= os deudores a la ilustrada administración del Sr. Rivadavia, nos presentó por primera vez el campo abierto para dar los primeros paso= s en la nueva carrera del comercio. Y los hijos del plata dieron, y están dando desde entonces, un solemne desmentido a la infundada cuanto ofensiva calificación de incapacidad y desidia, que tan gratuitamente se nos = ha atribuido en el largo periodo de nuestra existencia colonial.
Séanos permitido emitir una opinión que, sospechamos, ha de encontrar opositores; haremos este sacrificio en obsequio de nuestras convicciones. Y si estuviésemos en error habremos acreditado una vez mas la sincera imparcialidad de nuestros juicios, y la franqueza con que los exhibimos aun corriendo el riesgo de que puedan ser reprobados. Es un sacrificio exigido por la mas severa imparcial= idad tal cual alcanzamos a comprender.
La época a que nos referimos= no era adecuada para desarrollar el germen del espíritu comercial de los hi= jos del Plata, porque si el espíritu comercial se hermana con el espíritu de libertad, y esta es una verdad incontestable apoyada en = el testimonio de la historia de todos los pueblos libres, no por eso es menos cierto que cuando ese espíritu comercial se desarrolla durante una contienda nacional de vida o muerte, es las mas veces prematuro, porque contribuye a marchitar el germen de las grandes acciones con riesgo inminen= te de la salvación de la patria, que casi siempre requiere en tales ocasiones suspender temporariamente hasta la acción benéfica y creadora de la libertad. Tal era nuestra opinión de entonces, y no h= emos encontrado hasta ahora razón para alterarla.
VII.
Las negociaciones estériles = del Cabildo de Montevideo por medio de sus comisionados cerca de los gobiernos = de Buenos Aires y Santa Fe, continuaron este año sin producir resultado notable y que merezca referirse, porque ellas no mejoraron la situaci&oacut= e;n azarosa de los orientales. Las dificultades estaban siempre en pie, porque = el Sr. Rivadavia no pudo, mal que le pesase, alterar la condición perentoria que impuso al iniciar los primeros pasos dados en el año anterior.
El Brasil abría su marcha de nación independiente bajo el régimen de monarquía constitucional, y al mismo tiempo empezaba su carrera revolucionaria. Fue en ella muy feliz y la recorrió casi sin sangre, porque la traslación de la corte de Lisboa (1807) a Río de Janeiro lo familiarizo con la acción legal del gobierno, y sobre todo porque co= n la presencia y administración de d. Juan VI, el pueblo adquirió hábitos de respeto a la suprema autoridad y sus agentes. No obstante= , en algunas provincias se manifestó adhesión y fidelidad al gobie= rno portugués, aunque en la mayor parte prevaleció el conato a la independencia bajo el gobierno imperial. La transición pudo ser peligrosa en un país que tiene tan apartados limites, una población tan heterogénea, y que encierra en su seno tantos elementos de disolución por la preponderancia numérica de la = raza africana.
El nuevo monarca, a pesar de su edad juvenil, tenia energía y fuerza de voluntad, y con su infatigable y extraordinaria actividad, con sus oportunas medidas represivas y violentas, pero eficaces -con sus bayonetas- fue bastante feliz para sofocar la discor= dia en su origen, y hacer volver los pueblos sublevados a la obediencia y sumisión a la ley.
El no descuidó un instante l= a nueva adquisición -el estado Cis-platino- manteniendo en el un ejér= cito y una fuerza naval en sus aguas para tenerlo en freno y sujeción. He= mos dicho lo bastante al hablar de este nuevo estado para que se conozca su verdadera y penosa situación política, reagravada por la división hostil entre portugueses y brasileros: las fuerzas de estos estrechaban por tierra el bloqueo de Montevideo.
El gobierno de Buenos Aires, encarg=
ado de
las relaciones exteriores de
El Sr. Rivadavia lisonjeóse = tal vez que la emancipación del Brasil de su antigua metrópoli, era la ocasión mas favorable para hacer valer tan justas pretensiones; que = el nuevo gobierno americano repudiaría de sus consejos, el inveterado espíritu de conquista y avidez de adquisición clandestina de territorio de sus antecesores, y que abjurando pretensiones tan injustifica= bles como contrarias a la paz y buena armonía tan conveniente a los inter= eses recíprocos de dos pueblos limítrofes, se uniformaría en principios de moderación y lealtad con los nuevos estados del continente. Estos no habían manifestado hasta entonces otras pretensiones territoriales, que la de los antiguos y reconocidos limites coloniales.
Pero aunque el Sr. Rivadavia sospec=
hase que
el gobierno imperial no acogería favorablemente tan fundada demanda,=
y
que se escudaría con el derecho del Brasil, emanado de la voluntad d=
el
pueblo oriental manifestada por libre y espontáneo pronunciamiento -=
la
farsa cis-platina- aquel hombre de estado tuvo sin duda en vista que el
silencio largo tiempo guardado sin hacer la mas leve reclamación,
robusteciese el derecho de prescripción, por la posesión abus=
iva
no interrumpida desde la ocupación, que mas adelante pudiera, aunque=
sin
razón, alegarse por el imperio, y al mismo tiempo fortificar la
negociación subsiguiente con antecedentes y datos documentados que
esclareciesen el buen derecho a la luz de la verdad, a fin de continuarla en
época mas feliz, cuando
El agente diplomático pidi&o= acute; su pasaporte y se retiro de Río de Janeiro[34]<= /span> desabrido y descontento por el mal éxito de su misión, y el gobierno de Buenos Aires devoró en silencio la impresión desagradable de amor propio ofendido, por la lesión y el desaire inferidos a sus derechos incontestables, y reservo para mas oportuna coyunt= ura repetir con mas energía y en actitud mas imponente la misma demanda,= con el firme propósito de ocurrir en caso necesario a un medio extremo p= ero el mas eficaz: el de las armas.
Es una verdadera calamidad para las= dos Repúblicas de entrambas orillas del Plata tener tan mala vecindad, porque es en efecto la mayor de las desgracias para pueblos nuevos cuya pup= ila hiere por primera vez la luz del progreso social, y que carecen de la viril= idad y fortaleza que solo la edad sazona, tener que conservarse incesantemente en guardia y apercibidos, para contrarrestar desmanes y desafueros, desatendie= ndo el incremento de sus intereses materiales y distrayendo la atención = de la premiosa necesidad de contener las oscilaciones y conflictos de su turbulenta vida interior. Es la historia de estos países desde mucho antes de la emancipación, desde la conquista, y la ultima guerra con= el Brasil nos legó con la extinción del tesoro y con los motines militares un cúmulo de desdichas cuyos funestos resultados son tal v= ez la causa mas eficiente de la situación anormal que estamos atravesan= do. Rosas mismo fue el engendro de las revueltas que después de aquella guerra se suscitaron.
El Emperador constitucional del Bra=
sil d.
Pedro I, al mismo tiempo que con golpes enérgicos sofocaba la
rebelión que asomo en algunas provincias del nuevo imperio, trabajaba
asiduamente para establecer en todas ellas una organización regular
sobre las bases estables y en armonía con las luces del siglo. Fue el
fundador del sistema representativo en el imperio fluminense, e inicio su
reinado presentándose en la escena gubernativa como un monarca
constitucional por excelencia. Sus laboriosas tareas por la regeneraci&oacu=
te;n
del país presagiaban que el vasto imperio del Brasil, cuyo territori=
o es
el mas reconcentrado por su forma y situación geográfica, y u=
no
de los mas privilegiados de
Por su habilidad e incesantes desve= los, el estado militar de mar y tierra recibió una organización regul= ar modelada por la escuela de las naciones mas aventajadas del otro hemisferio= , y un aumento de fuerza personal y material que hasta ahora conserva.= p>
El extenso litoral que mide 900 leg= uas, la gran mayoría de su población establecida en las costas, sus numerosos y seguros puertos, y las excelentes maderas de construcción tan abundantes en aquel país favorecido, ofrece al Brasil el futuro prospecto de uno de los mas fuertes poderes marítimos del universo. = Pero para arribar a este gran resultado es de absoluta necesidad que modifique y mejore la índole de la raza africana, que aproximadamente se eleva a= la alta cifra de un ochenta por ciento de toda la población. De otro mo= do sus mas rápidos progresos serán de apariencia, porque el germ= en emponzoñado de la esclavitud, y su cortejo obligado de costumbres y hábitos análogos, no cesando de desarrollarse, ha de impedir = que alcance a nivelarse en poderío y vigor moral con las naciones cuya población tiene por base una raza mas privilegiada y castiza.=
la Laguna, el mismo gr=
al.
Lecor promovido recientemente a esta categoría nobiliaria.
Eran diarias las guerrillas y encue= ntros parciales al frente de Montevideo, y en ellas tomaban parte algunas partidas urbanas de hijos del país, que se armaron con consentimiento de la autoridad portuguesa como auxiliares de la defensa.
Se sospechaba que el gral. d. &Aacu= te;lvaro da Costa conservaba perfecta y oculta inteligencia con el gral. Lecor, de q= uien había sido protegido: mas tarde no quedo duda de su connivencia. Era= muy natural que el padre no pudiendo conservar la valiosa conquista, prefiriese pasarla integra a manos del hijo primogénito antes que entregarla a = sus legítimos dueños, los naturales de la tierra. Sin embargo, mu= chos jefes europeos por animosidad hacia sus nuevos antagonistas, habrían preferido poner a los patriotas orientales en posesión de Montevideo= .
Encerrado el gral. portugués= en aquel recinto, se veía próximo el termino de su poder por fal= ta de recursos materiales. Entrambos beligerantes habían sostenido un débil combate naval en las aguas de Montevideo, o por mejor decir, u= na parodia teatral, porque se quemo mucha pólvora a una muy prudente distancia, y por lo tanto sin el más leve resultado.
Don Fructuoso Rivera, con el cargo = de brigadier brasilero, mandaba las milicias del país. Este jefe inspir= aba grandes recelos al gral. Lecor, porque veía en él al representante de la revolución, una sombra que prolongaba las vigili= as del viejo general. Rivera disfrutaba de una inmensa popularidad entre sus compatriotas de la campana: el gral. Lecor lo halagaba con la estudiada apariencia de un sincero afecto. Lavalleja y otros muchos jefes y oficiales, que detestaban cordialmente la dominación extranjera, relajaron sus vínculos por no continuar sirviendo bajo el pabellón de los u= surpadores, y emigraron a Buenos Aires.
VIII.
Una comisión del gobierno español fue reconocida por el gobierno de la provincia de Buenos Air= es, con la que celebró una convención preliminar que fue ratifica= da.
El gobierno de los Estados Unidos
acreditó cerca del de
Mas tarde[35]<=
/span>
el gobierno inglés hizo igual demostración por medio de su
encargado de negocios Mr. Parish. Pero en obsequio de la justicia y de la
verdad, y como un justo tributo al gobierno de los Estados Unidos, es oport=
uno
que los argentinos sepamos no olvidarlo, que fue a consecuencia de la reite=
rada
instancia del gabinete de Washington al gobierno de Londres, rechazado en
primera instancia por este con pretextos y evasiones, que el gabinete de St.
James acelero tal reconocimiento. y el autor de estos 'recuerdos" no
trepida en asegurarlo así, puesto que le cupo el honor de recoger es=
tos
antecedentes del mismo presidente de
El gral. Freire en Chile, despu&eac= ute;s de enarbolar el estandarte de la rebelión, marchó a la capital a= la cabeza de sus fuerzas. Cuando llegó a las inmediaciones recibió la noticia que los jefes de los mal contentos habían, el 23 de enero, depuesto del mando al Director O'Higgins. Acampado con su ejército en los llanos de Maipú, recibió Freire una diputación que= le ofreció el mando supremo: rehusólo al principio, pero lo aceptó al fin.
Este cambio en el personal del gobi= erno no pudo mitigar el descontento público. Las mismas provincias disidente= s de Concepción y Coquimbo se quejaban de que los males de la patria no habían desaparecido con la nueva administración.
Año 1824
I. Concluye la guerra del Per&ua=
cute; -
Bolívar en Trujillo - destierro de Riva Agüero -
organización de un ejército&=
nbsp;
por Bolívar - entrega a los españoles de la fortaleza =
del
Callao: causas - defección de Torre Tagle - II. Situación de =
los
independientes - los españoles en preponderancia - impresión =
moral
por el acontecimiento de los castillos - abandono de la capital - victoria =
de
Junín - el comandante don Isidro Suárez - el gral. Necochea
herido: gran hombre de guerra - Bolívar se separa del ejércit=
o -
Sucre toma el mando - III. Retirada de los libertadores - los españo=
les
los siguen - contraste de matara - batallón de Rifles - critica
situación del ejército americano - posiciones respectivas
-batalla y triunfo espléndido de Ayacucho - los españoles capitulan y r=
inden
las armas - conclusión de la guerra - IV. Observaciones generales - =
V.
Buenos Aires: nueva administración - el Sr. Rivadavia deja el minist=
erio
- estado general del país - noble carácter del Sr. Rivadavia:=
su
misión a Europa - provincias interiores: Quiroga - VI. Olañet=
a en
el Alto Perú: sus incursiones en Salta - Valdéz derrotado por=
las
tropas de Olañeta - Chile: guerra civil - expedición a
Chiloé: su mal éxito - VII. Brasil - don Pedro I - los
portugueses evacuan Montevideo - emigración - regreso del enviado ce=
rca
del gobierno del Brasil - instalación del Congreso constituyente.
I.
Los sucesos de este año, adv= ersos al principio, tuvieron al fin el más feliz desenlace.
La cuestión de la independen= cia continuaba debatiéndose en el Perú por medio de las armas, sin que una situación tan peligrosa fuese bastante a refrenar la discord= ia civil que en todos los nuevos Estados oscurecía las glorias de la revolución. Tal es el destino de todos los pueblos que de las tinieb= las de la esclavitud hacen transición instantánea a la esplendoro= sa luz de la libertad.
El libertador Simón Bol&iacu=
te;var
había encaminádose a Trujillo con todo el ejército
para apoderarse de la persona=
de
Riva Agüero, guarecido en aquella ciudad, y que no cesaba de conspirar
entreteniendo relaciones criminales con los jefes españoles, y
conservando siempre el titulo de jefe supremo del Perú. El gral.
Bolívar creyó necesario hacer desaparecer un poder que parali=
zaba
su marcha. El gral.
Bolívar sobre la base de las=
fuerzas
que condujo a Trujillo y con las del gral.
Entre tanto, un acontecimiento ines= perado vino a dar un colorido aun mas siniestro a la situación, y consterno= a los defensores de la independencia.
La traición entregó a=
los
españoles la importante fortaleza de San Felipe y Santiago del Calla=
o.
Se sospecho entonces que
Los gastos extraordinarios de la gu= erra absorbían las cortas entradas del tesoro público; las tropas argentinas estaban impagas, no así las colombianas: la pobreza era extrema, los veteranos de los Andes recorrían diariamente las calles recomendándose a la caridad publica -pidiendo limosna- como ú= nico medio para no perecer de hambre.
Es escusado decir que tan depresiva
condición había fomentado el descontento. En tal estado, se
creyó necesario tomar una medida de seguridad para impedir los desma=
nes
de la soldadesca, que se presentaba con síntomas de rebelión:=
el
batallón Río de
Aquellos hombres enfurecidos, que e= n un momento de exasperación y delirio febril habían roto las barr= eras de la subordinación para pedir pan, ni un instante ocuparon su imaginación con la idea de abandonar sus banderas; era la rabia del hambre la que los convulsionaba.
El coronel español Casariego,
prisionero a la sazón en el Callao, supo sacar buen partido de la
situación: le dijo al sargento argentino Moyano, hombre ignorante y
vulgar pero con ascendiente en la tropa, que no quedaba otro arbitrio para
salvarse que enarbolar el pabellón español. Persuadido Moyano=
por
la artificiosa seducción de Casariego se aproximo a los sublevados, =
y al
hacerlos tal proposición todos se indignaron. Moyano entonces
creyó necesario levantar el puente levadizo, pero antes que lo
verificase, salieron huyendo por la puerta del castillo considerable numero=
de
soldados del Río de
Casariego se constituyó jefe= de la fortaleza, en cuyas murallas enarboló el pabellón españ= ;ol. Los castillos estaban definitivamente perdidos para los independientes, que intentaron inútilmente recuperarlos por medio de una negociaci&oacut= e;n pacifica.
Hemos entrado en estos pormenores p=
ara
hacer justicia a los soldados del Río de
El general Alvarado, gobernador de = la fortaleza, y algunos jefes y oficiales, quedaron prisioneros.
Según el testimonio de mucho= s que presenciaron el drama del Perú, otros motivos contribuyeron tambié= ;n a la consumación de tan desconsolante escena. Nos abstenemos de indica= rlos porque carecemos de pruebas para exhibir y calificar todos los antecedentes= que produjeron tan gran conflicto, y porque además toda conclusión basada en conjeturas mas o menos arbitrarias, no debe ocupar lugar en estos "Recuerdos".
La animosidad que se desplegó= ; contra Torre Tagle y su familia, por las sospechas que se hacían recaer principalmente sobre su esposa, tomó grandes proporciones. Un incide= nte vino a imposibilitar la justificación del marqués: se interce= pto una carta que le dirigía Canterac, y fuese o no ardid de guerra, Tor= re Tagle se intimidó y se refugió a un convento. El libertador al que fue preciso dar parte, se exasperó en extremo: habría fus= ilado al culpado, pero sus amigos le aconsejaron que fugase a Chile, y el se prestó aparentemente a embarcarse.
Salió en efecto de Lima con dirección a Chorrillos, y contramarchó a la fortaleza del Cal= lao en la que se encerró con toda su familia, revelando así que no carecían de fundamento las sospechas de sus maniobras clandestinas.<= /span>
II.
La pérdida del Callao fue una verdadera calamidad: nuestra situación militar en aquellos momentos = era la peor posible. los reveses sufridos en al año anterior habí= an alentado a los españoles dándoles tiempo para restablecerse de sus pasados quebrantos, y organizar con gran incremento sus fuerzas militar= es bajo la dirección de jefes hábiles y experimentados en el art= e de la guerra, y de una constancia que siempre ha caracterizado a la naci&oacut= e;n española.
Jamás las tropas del Rey Fer=
nando en
El ejemplo de aquella perfidia pudo ser funestísimo a la c= ausa de la independencia. Los valientes que en tantas cruentas acciones habían defendido el pabellón republicano, ostentaban ahora los colores de castilla. La impresión moral que este suceso produjo en t= odos los patriotas, solo pueden valorarla los que, testigos presenciales entonce= s, aun la recuerdan con profundo sentimiento, porque ha dejado un lugar negro = en el capitulo consagrado a la fidelidad, y mancillado aunque transitoriamente nuestras glorias. Es tal vez el hecho mas humillante de nuestra historia militar.
Perdidos los castillos del Callao, = los enemigos aproximaron un ejército de operaciones, y los independientes evacuaron la capital el 24 ó 25 de febrero: era insostenible.=
El dominio de la sierra por los ejércitos del rey, y la adquisición de Lima y los castillos inclinaban la balanza en su favor. Pero Bolívar no desfalleció= ; un momento: incorporósele el gral. Sucre y abrió en persona una campana con todas sus fuerzas reunidas, muy inferiores no obstante a las de= los españoles, y maniobró al sud este de Lima frecuentado también por el ejército español a las ordenes inmediat= as del Virrey.
En esta ocasión las partidas= de montoneros rindieron los mayores servicios: implacables con los enemigos pe= ro respetando a los pacíficos habitantes.
El general Bolívar en el mes= de julio levantó su campo de Huaras, donde había permanecido algún tiempo organizando el ejército, y se dirigió a Pasco. Las tropas estaban regularmente equipadas y armadas. El ejérc= ito constaba de tres divisiones de infantería, dos colombianas y una peruana; una división de caballería colombiana, otra peruana = y el regimiento de granaderos a caballo de Buenos Aires: todas estas fuerzas de caballería las mandaba en jefe el gral. Necochea; se componía= tal vez de los mejores jinetes del mundo: los gauchos argentinos,= los guasos de Chile y los llaneros de Venezuela.
El 2 de agosto el gral. Bolí= var revisto sus tropas en la llanura situada entre Rancas y Pasco; ascend&iacut= e;an a 9.000 hombres.
El general Canterac se decidi&oacut= e; a atacar a los libertadores prometiéndose hacerlo en detal, cayendo sucesivamente sobre cada una de sus divisiones a medida que bajasen a la ll= anura. Con tal propósito reconcentró sus fuerzas en Jauja, y rompió la marcha el 1 de agosto. Los dos ejércitos, o mas bie= n la caballería, se encontraron en los llanos de Junín el 6 de ago= sto. Desde el principio de esta jornada la fortuna fue adversa a los independien= tes. La derrota se había pronunciado, cuando una hábil y atrevida maniobra del valiente comandante d. Isidro Suárez restableció= el combate con gran ventaja para nuestras armas.
El comandante Suárez carg&oa= cute; con su escuadrón a los españoles en los momentos en que estos entonaban las aclamaciones del triunfo. El gral. Canterac fue sorprendido p= or un choque tan violento como inesperado, y su ejército puesto en confusión y derrota.
Los honores del triunfo no deben at= ribuirse al libertador Bolívar, sino a la intrepidez y noble inspiració= ;n de nuestro distinguido compatriota, el comandante Suárez.
La victoria habría sido comp= leta si Bolívar hubiese tenido disponibles en el campo del combate dos de sus batallones, que no llegaron a tiempo por haberse rezagado en la marcha.
El general d. Mariano Necochea, jef= e de la caballería, se distinguió en Junín con su bizarr&iacut= e;a acostumbrada; mandaba en jefe la caballería, y cargando a la cabeza = de los granaderos a caballo se encontró solo con 4 ó 5 soldados rodeado en todas direcciones de las fuerzas enemigas cuya línea había forzado con aquellos valientes compañeros. Hizo prodigi= os de valor, y cayo con siete heridas; fue tomado prisionero, pero rescatado al poco tiempo por una feliz casualidad.
Nos complacemos en tributar a la me= moria de este guerrero los honores merecidos por sus altas proezas: desde el princip= io de la guerra de la independencia ilustró su nombre en las campanas d= el Alto Perú, y en Chacabuco y Maipú por su admirable intrepidez acabo de consolidar su alta reputación militar. Nuestra débil pluma le dedica esta ofrenda, justo aunque escaso tributo debido a uno de l= os primeros adalides argentinos, cuya espada en diferentes campos de batalla h= izo inclinar la balanza de la victoria en favor de la noble causa de la independencia, por la que lidió hasta su asecución prodigando su sangre y desplegando en todas ocasiones, un valor y osadía marcial en nada inferior a las mas exageradas tradiciones populares de los esforzados paladines de las cruzada= s. El nombre del general Necochea pertenece a la historia, y las generaciones argentinas que han de venir lo pronunciaran con admiración y respeto. Nos es grato asegurar que ni uno solo de nuestros compatriotas dejara de aceptar con entusiasmo elogios tan merecidos, porque nadie puede ignorar que Necochea tenia sobrados títulos para ser aclamado el valiente entre = los valientes.
Esta gloriosa jornada no dio, emper= o, resultados decisivos, porque los españoles continuaron en prepondera= ncia a favor de la superioridad de su fuerza numérica, y de la habilidad = de sus generales, Valdéz y Canterac principalmente.
Los españoles con tan manifi= estas ventajas conservaban la ofensiva. Separado el gral. Bolívar del ejército a causa de otras muy serias atenciones, fue reemplazado en = el mando por el gral. Sucre con orden terminante de no comprometer la totalida= d de sus fuerzas en una batalla campal: el precio a que compraría su desobediencia era bien alto: la vida; porque el libertador intimó a Sucre, a su predilecto, su amigo y primer teniente, que si infligía = sus órdenes lo fusilaría. No es esto una chanza: el general Alvear nos lo refirió, y el tuvo este conocimiento del mismo general Sucre,= que agrego hablando con el gral. Alvear: "y tenga Ud. por cierto general, = que el libertador me habría irremisiblemente fusilado si hubiera sido vencido en Ayacucho".
No necesitaba el gral. Sucre tan im= ponente y conminatorio mandamiento, desde que sus&= nbsp; fuerzas disponibles no le permitían medirse con las muy superiores del ejército realista.
III.
Este maniobraba para obligarlo a una batalla campal, y Sucre se puso en precipitada aunque ordenada retirada. El ejército combinado de colombianos y peruanos[36]<= /span> la practicaba a duras penas por un país en extremo fragoso. No llevaba en zaga a sus adversarios = porque estos marchaban sobre un flanco, y en direcciones paralelas entrambos contendientes forzaban sus marchas, el uno con el propósito de alcan= zar y atravesarse al frente de su adversario para forzarlo al combate; el otro = para no ser alcanzado y obligado a pelear con desventaja. Un río los separaba.
Algunas veces se interrumpía= el paralelismo de las dos columnas, pues se aproximaban tanto que se trababan ligeras escaramuzas de puestos avanzados.
Tal era la penosa y difícil situación de los guerreros de la independencia. El peligro era inmin= ente cuando, como preludio de mayores desastres, su vanguardia en un encuentro en matara (3 de diciembre) con la enemiga, sufrió un descalabro con per= dida de parte de su parque y bagaje. En este encuentro casi todo el bravo batall= ón de Rifles quedo tendido en el campo del combate: así salvó to= do el ejército.
La retirada continuo sin embargo con obstinada aunque fatigosa perseverancia, pero al fin fue preciso hacer alto, los enemigos a favor de los accidentes muy irregulares del terreno consigui= eron por fin el objeto de sus afan= es: cortaron el camino a sus adversarios, y estos de vieron obligados a aceptar= un combate que ya les era imposible evitar. Forzados, pero rebozando entusiasm= o y ardor marcial.
Con los tintes mas oscuros no podr&= iacute;a trazarse un cuadro que representase al vivo la crisis espantosa en que el ejército combinado de los independientes se encontraba en aquellos momentos supremos, no solo por el mayor numero de probabilidades favorables= del ejército español, sino porque en un radio de 40 leguas los in= dios sublevados por los realistas aguardaban con feroz impaciencia el triunfo de estos, para caer sobre los vencidos y devorarlos. Como consecuencia inmedia= ta, el ejército americano carecía de subsistencias y la penuria e= ra extrema.
El ejército patrio ocupaba un pequeño seno de la montaña donde apenas tenia espacio para maniobrar; tan estrecho era que no alcanzaba para desplegar en línea= .
Aquella reducida localidad, aquel páramo inhabitable, debía alcanzar una gloriosa e imperecedera celebridad: era AYACUCHO!
Los realistas acamparon en una
elevación que dominaba el campo de sus contrarios: los contemplaban a
vista de pájaro, como el cóndor desde las mas elevadas cumbre=
s de
los Andes contempla y mide el espacio que lo separa de la presa que ha de
devorar. Para ellos, los españoles, la presa era al parecer tan segu=
ra
como si la tuviesen en la mano, y al fuego del vivac pasaron aquella noche,=
del
8 al 9 de diciembre, formando castillos en el aire y repartiéndose l=
os
despojos de sus prisioneros del día siguiente. Tan fácil vict=
oria
iba a hacerlos herederos forzosos de
Las fuerzas realistas ascendí= ;an a 9.300 hombres de las tres armas, y el ejército combinado de los independientes a 5.400, y sin embargo los españoles no podían utilizar su superioridad numérica por la pequeñez de aquel recinto para desplegar sus columnas: de tal modo que sus alas extremas no encontrarían enemigos, resultando, por lo tanto, un numero casi igua= l de combatientes de una y otra parte en iguales frentes de batalla. Tan reducido era, como ya hemos dicho, el terreno ocupado por el ejército america= no, que lo llenaban con su línea desplegada dejando cubiertos sus dos costados de derecha e izquierda, por un terreno accidentado de muy difícil sino imposible acceso.
En la mañana del 9 de diciem= bre los enemigos bajaron de la montaña en extremo pedregosa y desigual, como= un torrente, formados en columnas paralelas y halagados con la seguridad del triunfo. El Virrey marchaba a la cabeza de la primera división. No h= ay militar medianamente instruido que ignore que este orden de marcha al frente del enemigo para ejecutar un despliegue bajo sus fuegos, es una de las operaciones mas peligrosas aun para un ejército el mas instruido y maniobrero. La dificultad consiste en conservar el paralelismo, es decir la igualdad de los espacios necesarios para ejecutar el despliegue, porque si = esos espacios se han aumentado durante la marcha resultan claros que debilitan la línea por falta de continuidad, y, si por el contrario, los interval= os de las columnas se estrechan al tiempo del despliegue, es fácil comprender la confusión que necesariamente ha de resultar por la superposición entre si de los cuerpos en el orden de batalla.=
Cuando desde las alturas se miran l= os objetos a vista de pájaro, disminuyen aparentemente en tamaño= y extensión. Las líneas visuales dirigidas desde distintos punt= os, es difícil que aprecien con exactitud las distancias para conservar = el paralelismo, y entre las concausas que concurrieron en aquel día memorable para consumar la derrota del ejército realista, es muy sab= ido que el defecto de dirección precisa de sus columnas de ataque fue tal vez la principal.
Las columnas de los enemigos descen= dieron en direcciones convergentes, y a medida que se aproximaban al llano estrech= aban sus distancias: les faltó terreno para desplegar en línea en = ese momento supremo en que el éxito depende de la celeridad de los movimientos y de los fuegos bien nutridos: se introdujo la confusión= en las filas de los españoles, y los soldados americanos sacaron de ella buen partido. El joven general Córdoba, uno de los primeros adalides= del ejército de Colombia, lleno de ardimiento y elevación después de haber atravesado con la espada el único caballo qu= e le quedaba, se lanzó con sus batallones al grito de "adelante paso= de vencedores!" sobre la falange española, y la victoria corono las sienes del joven guerrero y de sus intrépidos soldados. Una carga brillante del coronel Silva, acabó de desordenar a los realistas decidiendo la jornada en favor de los independientes.
Hemos salido tal vez de los estrech= os límites de nuestro programa al ocuparnos de estos pormenores, pero la batalla de Ayacucho merece bien tal excepción. Los incidentes que he= mos narrado son los más salientes, bien que otros menos notables tuvieron también su parte proporcional en aquella brillante y decisiva acción de armas.
El distinguido gral. Lamar acredito=
su
pericia militar por sus acertadas disposiciones. El Arístides americ=
ano
correspondió así al injusto ostracismo que sus compatriotas le
impusieron en 1823: noble venganza. El gral. Sucre se condujo con su habili=
dad
acostumbrada. En Ayacucho se derramo también sangre argentina, porque
esta durante la lucha con
Los trofeos de tan señalada = victoria excedieron a cuantos hasta entonces laurearon la frente de los guerreros americanos. Pero el mas grandioso de todos fue la terminación defini= tiva de la guerra de la independencia, después de 14 años de una l= ucha obstinada y sangrienta, sostenida con una constancia que ofrece pocos ejemp= los en la historia de las naciones que se han encontrado en casos idénti= cos, en guerra de emancipación.
El Virrey
Se acordó una capitulaci&oac=
ute;n
por la generosidad de los vencedores, para salvar el honor de los vencidos =
ante
su gobierno, firmada por los generales Sucre y
Es una coincidencia notable, y que = merece bien consignarse en estos "Recuerdos Históricos" que la última batalla dada por los españoles a los indios en tiempo = de la conquista, tuviese lugar en el mismo campo de Ayacucho, que en el idioma quíchua significa "campo de sangre", en conmemoració= ;n de la derramada en defensa de los derechos de los Incas. Ayacucho era la tu= mba de los conquistados, y desde el 9 de diciembre la de los conquistadores. ¡Justicia de Dios!.
La fortaleza del Callao comprendida= en la capitulación, no quiso sin embargo abrir sus puertas a los vencedore= s, y el obstinado gral. Rodil que la mandaba, continuo ostentando el pabell&oacu= te;n español en sus baluartes. Mas tarde lo veremos ceder a la ley imperi= osa de la necesidad, con el abandono del Callao: ultima guarida en estas region= es del león de España.
En el mes de diciembre el libertador Simón Bolívar hizo su entrada en Lima, e inmediatamente estableció el asedio del Callao.
IV.
Durante la guerra de la independenc=
ia los
ejércitos beligerantes frecuentaron en todos sentidos la inmensa
superficie de
De desear sería que los gobi= ernos y los pueblos tuviesen siempre presente la incontestable verdad que dejamos consignada, porque fielmente respetada conduciría la raza humana a un porvenir de bienestar y ventura, que la imaginación mas activa apenas puede concebir.
No importa que el espíritu h= umano contrariado en sus teorías por los acontecimientos y las pasiones, no siempre avance con rapidez a sus altos destinos: él marcha, sin emba= rgo, y hasta sus caídas y sus extravíos ofrecen un testimonio irrefragable de la perpetua y no interrumpida acción del progreso social, del poder invencible de la idea, del triunfo infalible de la inteligencia.
En Ayacucho se dio pues la ultima b=
atalla;
la guerra cesó en todo el continente y la independencia quedo para
siempre consolidada. Esa guerra llamada de la independencia, no fue glorios=
a y
útil en sus resultados tan solo para sus sostenedores.
Después que los españ= oles se despidieron para siempre del teatro de catorce años de combates, dejándonos el dominio de la tierra y la gestión de nuestros propios intereses sociales, se hizo un vacío que no tardo en llenarse con una lid aun m&aa= cute;s ominosa: la discordia entre hermanos, la guerra civil, cuyos perniciosos vestigios todavía embarazan nuestra marcha. Ni podía ser de o= tro modo, porque carecíamos de las calidades y condiciones requeridas pa= ra gozar un privilegio -la paz interior- que nos constituyese en única = excepción entre todos los pueblos de la tierra, que en circunstancias análogas= han pasado por calamidades iguales y por idénticas causas. Es la historia del genero humano desde la creación.
Pero si este destino común a= todas las naciones nuevas es inevitable, no por eso nos arredremos: marchemos sie= mpre avanzando hasta conquistar la verdadera libertad, sometiéndonos con resignación, ya que no nos es dado sustraernos a las penalidades de = un transito peligroso, atravesemos lo mas pronto posible ese espacio funesto e imprescindible. Pero no aspiremos a la perfección: ella es inasequib= le, porque la providencia lo ha decretado así, que la vida de los pueblos sea tan duradera como sus querellas.
V.
En Buenos Aires una nueva administración dirigía los negocios públicos. El 9 de = mayo el gobernador d. Martín Rodríguez entrego el mando a su suces= or electo, el gral. d. Juan Gregorio de Las Heras. Era el primer ejemplo desde= el principio de la revolución, de un gobierno que cesaba en el ejercici= o de sus funciones sin violencia ni coacción, por haber expirado el perio= do legal. Esta circunstancia excepcional ofrecía un síntoma de la continuación del orden público, y dejaba un precedente saluda= ble para las administraciones sucesivas. Al Sr. Rivadavia, separándose d= el ministerio y de la gestión de la cosa publica, le cupo la gloria de haber, con = su doctrina y sus practicas, puesto en horror las vías de hecho. Los hombres de probidad y patriotismo se lisonjearon con demasiada anticipación, que por el ensayo de tres años el nuevo sistema representativo echaría profundas raíces; que las nuevas instituciones se aclimatarían en el país, preludiando un porv= enir de calma y prosperidad: creían llegado el momento de consolidar para siempre los principios liberales y la practica de las reglas inviolables de justicia y libertad, que los pueblos tienen derecho a gozar, y mucho mas si= han sufrido y trabajado para adquirirlos.
Por desgracia, la esperanza de tan = bello ideal no fue sino un sueño dorado, una ilusión vana y transitoria, nacida de un loable entusiasmo y buen deseo. Ni era posible que fuese de otro modo desde que la revolución estando todavía en= un periodo poco avanzado, no podía aun dar frutos bien sazonados, y debía seguir el curso forzoso de sus inevitables peripecias.<= /p>
Lo que no se había extinguid= o, ni se ha extinguido aun, era el antisocial exclusivismo de los partidos, es decir= , la ultra intolerancia, los odios inveterados sin cuya extirpación la me= jor semilla sembrada en la tierra mas feraz y productiva solo da frutos de maldición. Tal cosecha no tardamos en recoger, y tuvimos mas tarde, = como consecuencia forzosa de tan perniciosa propensión de los jefes de partido, la autocracia militar; una espantosa tiranía asociada al despotismo demagógico, y la pasión del crimen.
Paz a las cenizas del ilustre Rivad= avia. Ellas han recibido una apoteosis bien merecida, porque sus intenciones fuer= on las mas puras, y seria injusto reprocharle no habernos legado imitadores de= un alma tan elevada como la suya. La ley de olvido es un monumento impereceder= o de gloria, y el trofeo que debía adornar la portada del cenotafio levan= tado para contener su urna cineraria. Seamos justos y buenos hermanos: as&iac= ute; habrá paz. Y si se quiere que el país prospere, no olvide= mos, pero ni un solo instante, que el abuso del poder concluye por estrellarse contra un derecho armado que da por tierra con la tiranía, pero sin salir del circulo vicioso y alternado de esta a la anarquía.<= /p>
Las instancias del gobernador Las H= eras no fueron bastantes a persuadir al Sr. Rivadavia para que continuase en el Min= isterio: nos lo dijo él mismo, cuando en 1825 regreso de Inglaterra, cerca de cuyo gobierno fue comisionado con el carácter de Ministro Plenipotenciario y Enviado extraordinario.
Otra misión de igual categoría salió para los Estados Unidos, acreditada cerca de = su gobierno. El general Alvear fue investido con el carácter de Ministro Plenipotenciario y Enviado extraordinario.
Las provincias interiores de
Nuestras guerras sociales engendrar= on un famoso caudillo, el mas expectable de todos los que pululaban en las sangrientas escenas de la anarquía: d. Juan Facundo Quiroga.<= /p>
Era Quiroga un hombre de indomable = coraje, y aunque iletrado y sin educación elemental, encerraba en su mente calcinada las chispas del genio; su voluntad era dominante y se hizo el arb= itro de algunas provincias, cuyos dóciles gobernantes le estaban enterame= nte sometidos.
VI.
El general Olañeta continuab= a al frente de los negocios del Alto Perú; conservaba aquel territorio a la coro= na de España, en quieta y pacifica posesión y sin antagonistas, y siempre en disidencia con el Virrey del Perú cuya autoridad no reconocía. Como en el año anterior, hizo incursiones volantes= en las provincias de Salta y Jujuy, que asolaba sin piedad en obsequio de su R= ey Fernando y de sus propios intereses pecuniarios, que siempre combinaba con = su fidelidad al adorado soberano.
El gral. Valdéz penetro en e= l alto Perú con una fuerte división, y en un encuentro con las tropa= s de Olañeta sufrió una completa derrota, que le obligó a repasar el Desaguadero para tomar una parte activa en la guerra del Perú.
En Chile desde el año 1822 l= a paz publica estaba en receso, y los hombres de partido aspirantes al poder encontraron en el descontento del pueblo por la pobreza que lo aquejaba, un medio el mas eficaz para dar pábulo a la contienda intestinal en pro= de sus ambiciosas pretensiones. El presidente Freire había perdido ente= ramente el prestigio. Creyó que el arbitrio más eficaz para recuperar= el aura popular que tan pronto había desaparecido, seria la conquista d= el Archipiélago de Chiloé, ocupado todavía por los españoles. En el mes de marzo se puso a la cabeza de una expedición que zarpó del puerto de Valparaíso y el día 22 desembarcó en Chiloé. Un primer combate muy reñido que sostuvo contra los enemigos, no tuvo resultado decisivo. = Pero en el inmediato que ocurrió con muy corto intervalo, la suerte de las armas le fue adversa. Completamente derrotado el ejército chileno se refugió en sus naves de transporte después de haber sufrido u= na perdida considerable. La expedición regresó al puerto de sali= da.
El mal éxito de esta empresa aumentó el descontento con síntomas los mas alarmantes, y continuaron las turbulencias y la perturbación social.
VII.
En el Brasil, el emperador constitu= cional d. Pedro I marchaba imperturb= able y siempre activo e inteligente, por la carrera del progreso social marcada po= r el mismo desde su advenimiento al trono. No obstante, la oposición sistematizada y vertiginosa inherente al sistema representativo, empezaba a despertar el espíritu virulento y corrosivo de los partidos, precurs= or de disturbios y revueltas que minan la moral pública, al mismo tiempo que paralizan la acción saludable del poder, cuando este se encamina= a nobles y patrióticos fines.
La rebelión asomaba alternat= ivamente en algunas provincias del Imperio, y toda la energía de carác= ter y el espíritu marcial del joven monarca no habría alcanzado a sofocarla sin la acción constante de dos elementos poderosos -positi= vo el uno, negativo el otro- a los que el Brasil debe haber salvado hasta ahor= a de una conflagración general de las mas tremendas consecuencias, a sabe= r: el interés de los grandes propietarios de una numerosa y subordinada clientela, por el orden y la paz publica, y el temor a la raza africana que entre naturales y originarios asciende a la enorme cifra de las cuatro quin= tas partes de la población total del Imperio Fluminense.
El gral. portugués d. &Aacut=
e;lvaro
da Costa no podía por =
mas
tiempo sostenerse en Montevideo: de acuerdo con su aparente adversario el
Vizconde de
En circunstancias tan difíci= les d. Álvaro recibió ordenes del gobierno de Lisboa para evacuar a Montevideo: ajustó una capitulación con el general Lecor; le<= span style=3D'mso-spacerun:yes'> hizo entrega de la plaza y se embarcó con sus tropas para Lisboa.
Los habitantes comprometidos que aun quedaban en Montevideo, no creyeron conveniente esperar a los nuevos amos, = y la mayor parte emigró a Buenos Aires, otros a Entre Ríos, y algu= nos a Santa Fe.
Como anteriormente hemos manifestad=
o. El
emperador del Brasil se negó categóricamente a la
restitución de
El Congreso constituyente compuesto=
de los
diputados de todas las provincias de
Año 1825
I. Después de Ayacucho:
consideraciones generales - Olañeta: su muerte - conclusión d=
e la
guerra en el alto Perú - noticia anticipada: rendición del Ca=
llao
- II. Emigrados orientales - el brigadier Rivera - d. Juan Antonio Lavallej=
a -
su arrojada empresa: los treinta y tres - desembarcan en
I.
La batalla de Ayacucho dejó = libre el terreno a las exageradas y perniciosas&nbs= p; pretensiones de los partidos, y a las desaforadas tendencias del espíritu demagógico nutrido durante catorce años por l= as revueltas y disensiones intestinas, agente poderoso de desmoralizació= ;n social. Con mas o menos efervescencia, en todos los nuevos estados se elevo= muy alto el estandarte fementido de la anarquía y la guerra civil.
Tal es la historia de todos los pue= blos de la tierra en sus periodos de transición repentina de las tinieblas d= e la esclavitud a la luz de la libertad. Y dígase lo que se quiera de las turbulentas republicas americanas, porque si se exceptúan los estados unidos del norte, que ofrecen un bello ejemplo que imitar por el inalterable orden público que ha presidido su marcha progresista y circunspecta desde su emancipación, y esto por causas y circunstancias excepciona= les que favorecieron su pacífico y extraordinario desarrollo político, y que difícilmente volverán a reproducirse en ninguna otra parte del mundo civilizado, la historia del genero humano nos presenta una serie no interrumpida de procederes iguales en situaciones idénticas. La uniformidad es perfecta, y la única variedad insustancial que podría percibirse deriva de ligeros matices, de modificaciones y leves accidentes que no alteran la monótona semejan= za del conjunto, y que tienen el origen conocido de las localidades, del clima= y la educación, por sus diferentes costumbres, hábitos y tradiciones seculares.
El espíritu menos observador= y filosófico se atraería el ridículo declamando contra el escándalo; pondría así en evidencia su candoroso optimismo, su ignorancia inexcusable del corazón humano, o su manifi= esta parcialidad. Es indispensable no olvidar que, por desgracia, la humanidad entera esta sometida a la acción deletérea de la atmós= fera revolucionaria, y a sus efectos desastrosos y antisociales, y que no es per= mitido al buen sentido desentenderse de una verdad grabada con caracteres de bronc= e en los anales de todos los pueblos, a saber: que las pasiones de los hombres s= on tan inalterables -por la ley del Supremo Hacedor- como el progreso del tiem= po y la inmensidad del espacio. Y que es preciso ser ciego a la luz de los hecho= s y de la experiencia que ellos suministran, para ser utopista y exigir en la ciencia política y en la observancia de las doctrinas sociales, la precisión y exactitud de las proposiciones geométricas.
Era de temer, en efecto, que desde = que quedásemos entregados a nosotros mismos -dueños de casa como = los esclavos durante las saturnales romanas- sin la seria atención a las huestes españolas, la discordia nos devoraría; que brotarían todos los gérmenes de anarquía que con exceso habían sembrado en un dilatado periodo los resabios creados por una pésima educación bajo el régimen colonial. Era este un vaticinio o un anatema lanzado al despedirse despechados y para siempre del país cu= yo dominio no habían sabi= do conservar. Ellos no podían engañarse, porque eran nuestros padres, nos conocían, y veían reflejada en sus hijos la image= n, la copia fiel del tipo originario. Desgraciadamente el tiempo de las profec= ías llego presuroso. Pero no importa, y a pesar de todo, se habían salva= do las cabezas de la cuchilla del verdugo en un cadalso afrentoso -como traido= res- y nuestra casa nos pertenecía, no vendrían ya a allanarla del otro lado de los mares. El complemento de tan importante adquisición= , la libertad, lo legaríamos a nuestra posteridad. Es lo que esta sucedie= ndo.
El gral. español Olañ= eta continuaba ocupando el alto Perú; pero de muy corta duración = iba a ser su Pro-consulado, porque las tropas vencedoras marchaban en su demanda para anonadarlo. El comandante Medinaceli, uno de sus jefes mas acreditados, acelero su caída sublevándose en el mes de abril contra su autoridad y proclamando la independencia. En un encuentro que sostuvo con su antiguo y obstinado jefe, defensor el mas acérrimo y último d= e la corona de España, en la aldea de Tumusla, el 1 de abril, Olañ= eta perdió la vida. Así concluyó definitivamente la guerra= en el Alto Perú, y todos los soldados americanos que hasta entonces habían servido bajo las banderas del Rey Fernando, hicieron causa común declarándose soldados de la patria.
Aunque no es este el lugar seg&uacu= te;n el orden cronológico, creemos oportuno para completar el cuadro de nues= tra narración, hacer mención de la entrega de los castillos del Callao, que ocurri= ó a principios del año entrante (1826). La peste y el hambre casi exterminaron toda la guarnición y crecido número de familias refugiadas, victimas de la injustificable obstinación del gral. Rodi= l, que sin duda creyó contraer un gran merito para que le fuese product= ivo con su torpe obstinación, porque no merece el nombre de una virtud, = la constancia, desde que, tarde o temprano, la rendición del Callao era irremisible. Se hace subir a la alta cifra de 6.000 las victimas de Rodil, = por la acción de los dos mayores flagelos, el hambre y la peste. En este numero se incluye al mal aconsejado Torre Tagle, su esposa y toda su famili= a.
II.
Después del triunfo definiti= vo de los brasileros, y de la retirada de los Voluntarios Reales, muchos patriotas orientales se refugiaron en Buenos Aires y suspiraban por el regreso al país natal. Enfermos de nostalgia como todos los emigrados, no tenían pensamiento que mas los preocupase que el empleo de la fuerza para reconquistar el hogar domestico; pero grandes y al parecer invencibles dificultades se oponían a la realización de sus planes de ata= que, porque aunque el país todo repugnaba la ocupación por los extranjeros, contra los que abrigaban prevenciones y odios reconcentrados y antagonismo de vecindad, aunque los habitantes estaban exasperados y en vio= lenta excitación por tan detestada dominación, las fuerzas brasiler= as establecidas en todo el territorio y principalmente en el litoral, eran muy respetables por su número y las autoridades estaban sobre aviso, para aventurar una empresa tan temeraria, que no tenia bases consistentes por fa= lta de elementos, ni remotas probabilidades de buen éxito, y porque algu= nos orientales de influjo se habían enrolado en las filas de los conquistadores de su país. Entre estos, d. Fructuoso Rivera, antiguo comandante de Artigas, y condecorado ya con la alta clase de brigadier brasilero, era un hombre de gran prestigio y popularidad en la campana. Por esta razón los conquistadores lo habían nombrado jefe de las milicias del país y lo colmaban de distinciones y obsequios, a fin de que sirviese de contrapeso contra todo movimiento insurreccional, y para impedirlo mediante su manifiesto ascendiente sobre los naturales, paralizad= os al ver sirviendo con los enemigos a su antiguo y predilecto caudillo, objet= o de sus más intimas y fervorosas simpatías.
Los enemigos con tal propósi= to le dieron el mando de todas las milicias del país, y él estaba b= ien seguro de la devoción y lealtad de sus subordinados. Rivera, por su parte, debe racionalmente creerse, y así se ha asegurado, solo esper= aba una ocasión oportuna para levantar el mismo y de su cuenta el grito = de insurrección, pero es igualmente creíble que, si aquella no se presentaba seria su intención decidida continuar sometido y fiel a s= us últimos compromisos. Así pues, generalmente se creía y esta creencia era entonces proverbial, que Rivera prefería la tranqu= ila posesión de sus goces y honores, a todo sacudimiento que no se hicie= se en su propio interés y bajo su inmediata y exclusiva direcció= n. Estaba imbuido con la creencia no del todo infundada, que ninguno entre sus paisanos tenia como el, los títulos de que sin cesar hacia alarde, p= ara ser jefe y arbitro de la tierra, y sabia con evidencia que sus antagonistas, Lavalleja y sus parciales, no solo no le acordarían un puesto tan el= evado, sino que lo perseguirían echándole eternamente en rostro sus servicios y juramento de fidelidad a los usurpadores, y porque este, al mis= mo tiempo, seria el medio mas eficaz para inutilizarlo, concluyendo con su crédito y popularidad.
Don Juan Antonio Lavalleja, otro an= tiguo comandante en crédito con Artigas, también había vesti= do el uniforme portugués aunque con manifiesta repugnancia, pero había tirado sus condecoraciones y pronunciádose decididamente por la causa de la independencia de su país natal, y refugián= dose en Buenos Aires. Era el jefe de los patriotas emigrados, emulo y antagonista implacable de Rivera. Ambos abrigaban en sus pechos una reciproca antipat&iacut= e;a, y de naturaleza inextinguible desde que se disputaban el poder. Las recientes ocurrencias hicieron subir de punto la animosidad y prevenciones, que mas de una vez estallaron después para perturbar la paz social.
De todos los emigrados orientales, = entre los hombres de armas, era tal vez Lavalleja el que tenia medios propios de independencia personal; los demás gemían en la tierra extranj= era bajo el peso de las privaciones y de la beneficencia, que siempre es onerosa para el hombre honrado.¡Situación feliz para conspirar! como ingeniosamente dice Machiavelo, al referir una de las innumerables conspira= ciones que describe el secretario florentino durante el turbulento y dilatado peri= odo de las revoluciones italianas en los siglos XV y XVI; el orador de los conspiradores al arengarlos en los momentos que precedían a la ejecución, los estimula y acalora a la empresa poniendo con destreza ante las imaginaciones exaltadas de aquella reunión de proletarios demagogos, el cuadro de su estado indigente, contrastado con la perspectiva fascinadora de los bienes que el triunfo debía proporcionarles. &quo= t;Es indudable, les decía: los más eficaces y seguros instrumentos para un audaz golpe de mano son los descamisados que marchan con el pie desnudo".
Tan apremiantes motivos combinados =
con el
ferviente sentimiento de amor patrio que rebozaba en sus corazones, y con la
alarmante noticia que recibieron los emigrados orientales, de un proyecto de
movimiento insurreccional de Rivera próximo ya a estallar contra los
usurpadores, los acabo de decidir a acometer una de las empresas mas atrevi=
das
de que la historia revolucionaria de
Treinta y tres orientales con Laval= leja a la cabeza, e incluso en el número, provistos de armas, municiones y monturas, desaparecieron de Buenos Aires el día 11 de abril. Se embarcaron en un pequeño buque, y bajo la encubierta protecció= ;n de algunos empleados subalternos de la marina de Buenos Aires, pero sin conocimiento del gobierno, y al día siguiente habían tomado tierra en la patria querida desembarcando en la isla del Pillo, en el río Uruguay. Desde allí se dirigieron a la costa oriental, y rodeados de peligros y contratiempos en los primeros débiles e incie= rtos pasos, la pequeña pero impertérrita hueste encontró al= fin caballos y monto en el acto, para dar principio a su heroica y patriota cruzada. Algunos compatriotas que encontraron al paso se incorporaron a las diminutas filas.
Con tan débiles medios y aum= entando gradual y sucesivamente sus adquisiciones a favor de la buena disposición de los habitantes de la tierra por su odio a la esclavit= ud, adquirieron muy pronto un rápido incremento de fuerzas capaces ya de= batir la campana aunque con desventaja. Obtuvieron pequeños triunfos, pero= de gran trascendencia como preludio de otros mas importantes, porque contribuían a acrecentar su número, y porque es claro que un primer revés habría terminado con la perdida total de los valientes emprendedores. Pero el mas importante de todos, porque presagio su futuro progreso y alentó a los expedicionarios, fue la adquisición de d. Fructuoso Rivera, que se les incorporó con = las fuerzas que a la sazón tenia disponibles. Se ha hablado con variedad= con respecto a la conducta de Rivera en esta ocasión; se ha pretendido q= ue su incorporación no fue voluntaria, sino efecto consiguiente de la situación embarazosa en que repentinamente se encontró amagado por sus adversarios políticos, y sin medios disponibles de resistenc= ia por el momento. Carecemos de los datos necesarios para afirmar si obr&oacut= e; o no con espontaneidad. En cualquiera de las dos hipótesis lo que mas importa es el hecho y sus consecuencias: Rivera comprendió bien su posición, la empresa tomaba cuerpo y el se plegó. Su pronunciamiento fue importantísimo, porque desde que sus partidarios= lo vieron unido a Lavalleja, la fuerza personal y moral de este aumento considerablemente, y como por encanto, en breves días toda la campana presentó el imponente espectáculo de un pueblo armado en masa pronto y preparado a luchar contra los usurpadores.
La conducta militar de estos fue afortunadamente marcada con el doble sello de la debilidad y el desacierto, reprensible y anti-militar bajo todos aspectos: tenían fuerzas reconcentradas mas que suficientes, bien organizadas y situadas en diferent= es localidades, pero perdieron el tiempo y la oportunidad, cuando mas fá= ;cil les habría sido sofocar en su origen la insurrección que esta= llo en las mas diminutas proporciones, y después que tomo cuerpo se intimidaron y perdieron el tino. Todos sus movimientos fueron vacilantes y retrógrados.
Entre tanto, en Buenos Aires el espíritu de patriotismo combinado con el de especulación que, como todas las cosas nuevas, se insinuaba con fervoroso entusiasmo, proporc= iono sin tardanza a los patriotas orientales armas, municiones, vestuarios, dine= ro y toda clase de recursos, nutriendo y reforzando sus inesperados cuanto rápidos progresos. La opinión publica hizo simultanea explosi= ón en favor de tan patriótica empresa, pues en el noble sentimiento que esta palabra inspira, los argentinos jamás se han desmentido. Se tra= taba de librar del yugo extranjero a un pueblo hermano, con el que el de Buenos Aires tenia estrechos vínculos de origen común, costumbres y nacionalidad.
El gobierno con cautela y circunspección aplaudió el movimiento, y se dejo voluntariame= nte conducir por el clamor y voto público que pedía apoyo y protección para los bravos orientales y su noble causa. A estos vali= entes no tardaremos en encontrarlos en el campo glorioso de los combates.<= /p>
El gobierno de Buenos Aires en expectación, espera apercibido los primeros sucesos de la guerra que iba a encenderse en la provincia oriental, calculaba con razón, y esta era la opinión generalmente admitida, que los patriotas sucumbirían bajo el peso del poder superior de sus adversarios; y bien que simpatizaba decididamente con= la causa de aquel pueblo, no los auxilia franca y directamente, porque, en ver= dad, era lo que por entonces debía hacer y mas no se le podía exig= ir. Haciendo abstracción de su inmensa responsabilidad, es incontestable= que no era justo y conveniente que un pueblo que empezaba a gozar de los inestimables beneficios de la paz publica, y del influjo creador y progresi= sta de sus nuevas instituciones liberales, recientes y palpitantes todavía los est= ragos y calamidades sin cuento de una guerra intestina destructora y sangrienta, = se dejase arrastrar imprudente y prematuramente a contraer serios compromisos,= tan solo por la voluntad de un puñado de hombres, y a correr los riesgos= y las consecuencias de una contienda desigual -por no estar preparado a sostenerla- con una nación vecina y poderosa, y jugando el todo por = el todo, es decir su propia existencia.
La caridad bien ordenada empieza po= r si mismo, y esta máxima es una verdad practica y eterna de la que, dire= mos de paso, no hemos sido observantes durante la guerra de la independencia, e= n la que nos prodigamos por el bien ajeno. Es, no obstante la doctrina de abnega= ción del Evangelio, mucho mas atendible cuando se aplica a la conservación del bienestar y la dicha de las naciones. Es la regla de conducta de todos = los gobiernos de la tierra desde el principio de las sociedades; es el credo so= cial de las familias y de los individuos. No hay egoísmo en la abstención de solidaridad cuando todas las probabilidades conspiran contra un buen resultado, por santos que sean los motivos, a no ser que se interpongan los deberes imprescindibles del honor y de la salud publica. Es= ta ocasión llegó en efecto, y entonces la nación argentina con su sangre y su tesoro voló presurosa y consecuente con sus tradiciones a redimir a sus hermanos.
Pero a medida que engrosaban las fi= las de los libertadores, aumentando en la misma proporción las probabilidad= es de la terminación feliz de la lucha en que se veían seriamente empeñados -o al menos las de un equilibrio de fuerzas- tomaba mas cu= erpo en Buenos Aires el sentimiento simpático, por el buen éxito de tan patrióticos y nobles esfuerzos. Grande era el entusiasmo por la buena causa, y grande también la aversión a los usurpadores.<= /span>
El gobierno aun cuando lo hubiera i= ntentado con todo su poder y prestigio, no habría podido sofocar tan vehement= es y apasionados estímulos, porque hubiérase expuesto a concitar el descontento público, y de este a la sublevación, en las republicas especialmente, no hay mas que un paso. El gobierno pues, no pudi= endo dirigir ni limitar tan acalorados y poderosos impulsos, tenia que modelar p= or ellos su acción administrativa, y lo hacia con cierta repugnancia, porque temía con razón embarcarse en una empresa que si por s= er superior a sus fuerzas, fracasaba en ella, comprometería la dignidad= , la salud y el porvenir del pueblo cuyos intereses le estaban encomendados.
III.
Los síntomas de un próximo rompimiento con =
el
Brasil eran bien patentes, y el gobierno al mismo tiempo que toleraba las
continuas remesas de auxilio a
El 11 de mayo decreto el Congreso un acantonamiento de fuerzas de observación, en la margen derecha del río Uruguay, provincia de Entre Ríos: para el mando de estas fuerzas se nombro al ex-gobernador, gral. d. Martín Rodríguez. Estaba en su derecho para tomar esta medida de precaución, sin que el gobierno del Brasil pudiera razonablemente pedir explicaciones, porque desde que el país bañado por la margen izquierda era teatro de guer= ra, prudente, natural y permitido era también que el Estado vecino y fronterizo se precaviese a todo evento, situando sus tropas en la orilla opuesta y en territorio de su dominio.
El objeto ostensible era estar a la= mira e impedir que, si los orientales sufrían un contraste, trajesen la gue= rra civil al territorio argentino, y era esto de temer en efecto. Pero el fin principal y único al establecer la línea del Uruguay no fue o= tro en realidad que el de proteger a los patriotas, y estar prontos y apercibid= os a una cooperación directa, inmediata y decidida en el caso de un rompi= miento -que se veía inminente- por parte del imperio.
El gobierno del Brasil no pod&iacut= e;a equivocarse en este alarde acerca de las verdaderas intenciones de su futuro competidor.
En el mes de agosto el general Rodríguez salió de la capital con dirección al Entre Ríos, acompañado del Je= fe de Estado Mayor, coronel d. Manuel Rojas, y del comandante general de artillería y secretario militar, teniente coronel Iriarte. De distin= tos puntos y con la misma dirección marcharon dos escuadrones de caballería, dos o tres compañías de infantería,= y 4 piezas de artillería, núcleo y base de organización del ejército que había de acordonar la orilla derecha del Uruguay. Plantel a la verdad bien exiguo para llenar el objeto de su destino, pero e= l ejército permanente de la provincia era a la sazón muy reducido en numero, y = la muy seria atención de hacer frente a los indios salvajes para conten= er sus frecuentes irrupciones y escarmentarlos.
Las provincias todas fueron llamada= s a concurrir con sus respectivos contingentes para integrar el personal del ejército que iba a crearse, y muchos jefes y oficiales reformados volvieron al servicio activo, algunos con ascenso, así como otros del antiguo Ejército de los Andes que sucesivamente llegaban del Perú.
Los orientales habían instal=
ado una
Junta de Representantes en la villa de
Tan heroica resolución, sin = embargo, necesitaba ser apoyada en poderosos auxiliares, porque las fuerzas oriental= es eran insuficientes por su numero y calidad para lidiar con ventaja contra sus contrarios. Y c= uando decimos calidad, entiéndase que es con referencia a la deficiencia de disciplina e instrucción militar bajo un sistema regular, porque la parte del valor era perfectamente desempeñada, como prácticam= ente dieron testimonio en los dos meses inmediatos sus dos brillantes victorias.=
Poco tiempo después de la ll= egada del gral. Rodríguez a Entre Ríos, se recibió all&iacut= e; la noticia de un triunfo completo obtenido por el brigadier Rivera sobre fuerzas brasileras muy superiores en número, en el Rincón de Haedo o de las gallinas, el 24 de septiembre.
El 12 de octubre el gral. Lavalleja secundado por Rivera, derroto y puso en completa dispersión a una fu= erte división brasilera mandada por uno de sus jefes mas acreditados, el coronel Vento Manuel Riveiro. La pérdida de los enemigos en muertos y heridos fue considerable, y gran numero de jefes, oficiales y soldados qued= aron prisioneros. En esta brillante jornada los orientales, como de costumbre, pelearon con extraordinario coraje contra enemigos muy superiores en numero= y disciplina, acreditando como en otras muchas ocasiones el alto temple de sus corazones, y el renombre bien adquirido de intrepidez, que es una de sus facciones mas pronunciadas.
La victoria del Sarandi hizo subir = al mas alto grado el entusiasmo de los patriotas orientales, y no quedo un solo varón de edad y condiciones requeridas sin lugar en las filas: todo = el pueblo estaba en armas.
Y sin embargo, los hombres pensador= es conocían que si en aquellos combates había tenido una parte m= uy especial la bizarría de los orientales, no fue menor la que cupo a la fortuna. Sabían cuan desigual iba a ser la contienda, por el numero y recursos de los adversarios, y temían que el desenlace final fuese funesto a los patriotas. El mismo Lavalleja, ufano con razón por sus recientes y espléndidos triunfos, se manifestaba afectado de igual presentimiento, comprendía la situación, y de ellos somos testigos presenciales en una entrevista que tuvo con el gral. Rodríg= uez en el paso de Paysandú (Entre Ríos). Clamaba por que el ejército nacional argentino atravesase cuanto antes el Uruguay, y lo pedía con instancia al gobierno de Buenos Aires. Sin este auxilio no creía posible la asecucion de su objeto anhelado: la independencia d= e su país natal. La fama de nuestros ejércitos de la revoluci&oacu= te;n nutría su creencia, como la de todos los orientales, que ese ejército era fuerte en número y disciplina. Pero el ejército estaba en embrión, aumentado con algunos contingente= s de cuya instrucción primaria nos ocupábamos, y esperando todavía los correspondientes a las provincias lejanas. Tal era la ve= rdadera situación, no muy lisonjera en verdad. La guerra estaba próxi= ma a empeñarse, y nos encontrábamos desprevenidos para abrir la campana, pero ni aun para sostener con ventaja la defensiva.
Para llevar a buen puerto la solemne
declaración de
Y era natural que celebrasen tan fa=
usta
nueva con todo el contento y expansión de sus corazones, porque acab=
aban
de hacer la valiosa adquisición de poderosos auxiliares que
habrían de librarlos d=
el
yugo del extranjero, y de las consecuencias de la insurrección: la
venganza de sus enemigos. Porque es fuera de toda duda que sin la cooperaci=
ón
inmediata y decidida de todas las provincias de
El Congreso al mismo tiempo nombraba
brigadieres generales de los ejércitos de
IV.
El papel moneda de Buenos Aires no
tenía circulación en las provincias, y se envió una
comisión sucursal del Banco, presidida por el coronel d. Manuel
Escalada, que se estableció en
Buenos Aires y solo Buenos Aires tenia que hacer frente a las erogaciones pecuniarias de una guerra dispendiosa, y en la que sus fuerzas financieras luchando contra las de un imperio comparativamente poderoso, debían necesariamente agotarse.
El gral. Lavalleja consiguió=
al fin
el objeto de sus mas ardientes deseos, porque el gral. Rodríguez
recibió orden terminante del gobierno no solo para pasar a
Como entonces la fuerza numé= rica del ejército apenas alcanzaba a la reducida cifra de 1.500 hombres de las tres armas -las dos terceras partes reclutas- ya se deja ver que no solo er= an impracticables las operaciones activas de una campaña, y mucho mas teniendo que asumir la ofensiva y el rol de invasores, sino que una tal disposición, una vez ejecutada, necesariamente conduciría al = ejército a un gran desastre. En tal estado, el gral. Rodríguez renunció= ; al mando del ejército. No habiendo sido admitida su renuncia, se transportó (1826) a la orilla opuesta, con todas sus fuerzas disponibles.
V.
El 2 de febrero se ratifico por los=
Sres.
d. Manuel García y Sir Woodbine Parish un tratado de amistad y comer=
cio
entre el gobierno de
Sin previa declaración de gu= erra y con flagrante violación del derecho de gentes, las fuerzas navales brasileras empezaron a perpetrar actos de notoria piratería capturan= do algunos buques argentinos de cabotaje, y ejerciendo el no reconocido derech= o de visita dentro de nuestro territorio fluvial.
El 21 de diciembre el Vice-Almirante Rodrigo Lobo, jefe de la escuadra imperial, declaro y estableció el bloqueo del puerto de Buenos Aires y sus costas, y de todos los puertos de = la provincia oriental en que se encontrasen tropas argentinas.
El 10 de diciembre el emperador del=
Brasil
había declarado la guerra a
Conclusión
I.
Hasta aquí hemos llegado, y = mas adelante no queremos pasar, porque divisamos en lontananza la portada del cenotafio que encierra la arena sangrienta cubierta de restos mortales de hermanos argentinos, victimas de la guerra intestina sostenida con furibunda pasión entre individuos de una misma familia, no por el triunfo de un principio -falso- no por el triunfo de un sistema de gobierno -falso-. Seam= os imparciales y sinceros: la guerra civil ha tenido constantemente por causa = el triunfo de un partido y de sus intereses, y en muy frecuentes ocasiones, el triunfo de un nombre. ¡Vergüenza para la democracia!
No queremos, porque no seriamos consecuentes con nuestras convicciones, creyendo, como íntimamente creemos, que aquellos males inevitables ya porque se han consumado, no tien= en otro correctivo para el porvenir, que el olvido absoluto del pasado, y no seremos nosotros los que demos pábulo a la hoguera arrojando sobre e= lla mas combustible; y este combustible no es otro que la repetida menció= ;n de las escenas sangrientas de un periodo de extravíos y miserias, en= que la pasión del crimen se exhibe sin pudor bajo el horrible aspecto de= la muerte, el exterminio, y la disolución social. Un período que= los corazones generosos impregnados de un sincero e ilustrado amor patrio, desearían si posible fuese relegar para siempre al olvido, para que = las páginas de nuestra historia no aparezcan manchadas cuando nuestros nietos las recorran, porque han de estremecerse de rubor y espanto por la insólita sevicia de sus antepasados, y porque es un detestable mal ejemplo el que les legamos.
En cuanto nos ha sido posible hemos procurado llenar las condiciones de nuestro programa, consignado en la "Advertencia Preliminar" que precede a esta obra: es decir que, aunque marchando por una cuerda estrecha, no hemos perdido el equilibrio inclinándonos de uno u otro lado, contrayéndonos únicamente a la narración fiel, sencilla y desapasionada, de = los hechos que ilustran nuestro pasado, dándonos un lugar conspicuo en la historia de los pueblos belicosos que han peleado con abnegación y constancia por sacudir el yugo férreo de la esclavitud colonial. Cie= rto es, empero, que en señaladas ocasiones hemos francamente emitido opiniones no de un color político determinado, sino reflexiones prop= ias acompañadas de una templada censura, que surgían del asunto m= ismo que narrábamos. Pero en esa misma franqueza ha de encontrarse por los lectores que no estén contaminados del espíritu de partido, la mas estricta imparcialidad. Son en fin nuestros juicios, pero eliminados de mezquinas personalidades. Paz a los sepulcros, unión entre los vivos: abajo las enseñas sangrientas que representan un pasado de crímenes y extravíos; abajo las denominaciones de partidos, q= ue no tienen otro significado que el alarido del salvaje para renovar la pelea= , y cuyo recuerdo ruboriza y estremece al patriota honrado que a nada aspira si= no a la felicidad de su país.
Hemos procurado hacer justicia a to= dos, dando a cada uno su lugar, y cuando nos ha sido forzoso, por ser fieles a la verdad histórica, poner en evidencia los errores y debilidades comun= es y sin excepción a todos los partidos y a sus notabilidades, y la reprobación de algunos de sus actos, no ha obstado la censura para preconizar el merito ensalzando las mismas personas por otros dignos de alabanza.
Si la historia es el espejo en que = el pasado refleja el porvenir, importante e indispensable seria que sacásemos buen partido de esta presciencia adquirida en la larga ser= ie de nuestras publicas calamidades, no olvidando, ni por un momento, que los mismos efectos se reproducen por causas iguales, y que este conocimiento practico e incontestable del que todos los argentinos estamos en posesión, aunque a un precio bien alto -el de la sangre- debe, si queremos hacer buen uso, servirnos para salir a buen puerto, al travé= ;s de los escollos que nos rodean en el mar borrascoso de la situación actual. Queremos decir, que sin unión y olvido del pasado, sin una reconciliación bien sincera de los hermanos en discordia y animadversión recíproca, no hay paz pública posible; y como corolario o deducción inmediata, la respetabilidad exterior, la prosperidad y progreso social de la gran familia argentina es un verdadero mito, una quimera inasequible. Continuemos así y dejaremos de ser.= span>
En cuanto a las "Glorias Argentinas" durante el período de la guerra de la revolución, objeto principal sino el único de esta publicaci&= oacute;n, nos atrevemos a esperar que serán aceptables por nuestros compatriot= as como una ovación a los varones ilustres que tanto se distinguieron, y tan magnánimos sacrificios consumaron por conquistar la independenci= a y en pos de ella la libertad. Pero nos queda el pesar de haber tal vez omitido muchos sucesos dignos de especial mención, en los que los esclarecid= os patriotas argentinos que en ellos tuvieron la acción principal, se hicieron acreedores a prez y gloria inmortal. Sus nombres pertenecen a la historia y ella no ha de olvidarlos: que sus pares sean indulgentes por nue= stra involuntaria omisión.
II.
Los denodados patriotas argentinos = que iniciaron y trabajaron con inimitable constancia en el gabinete y en los ca= mpos de batalla por conquistar la independencia de su país, tenían como los hombres libres de los tiempos heroicos, un vigor republicano que se fortificaba en medio de las ruinas de la patria, cuyo amor era inmanente en= sus corazones, así como el maternal en todos los seres de la creación. Ellos durante la lucha obstinada y sangrienta, carecieron constantemente del poderoso auxilio de la unión y paz interior, y del muy eficaz de las alianzas extranjeras.
La guerra de la revolución t= uvo por objeto hacer dos grandes conquistas: la independencia y la libertad. La emp= resa era difícil, peligrosa, gigantesca, un verdadero trabajo de Hércules. La ciencia de la guerra entre nosotros apenas estaba en su infancia, pero nuestros guerreros la cultivaron y aprendieron en una escuela practica: en el campo de Marte. Y con el ferviente anhelo de sacudir el yugo colonial hicieron prodigios de valor y abnegación, que los equiparar= on con los mas afamados paladines de la edad media, aunque por una mas noble causa.
Tanta virtud y constancia fue por último bien recompensada: cúpoles la gloria de haber desempeñado el patriótico y bello rol que sus compatriotas les confiaron, con el éxito mas completo: la independencia fue conquista= da. Y ahora meros espectadores, presencian inactivos el gran drama de la lucha = por la libertad, lucha que aún no ha terminado y ha costado ya mas sangr= e, mas lágrimas y triple espacio de tiempo que el que aquellos emplearon para emancipar el suelo natal.
Que el genio de la patria ilumine a nuestros estadistas y legisladores, que depure sus almas de las perniciosas influencias de los mal entendidos intereses de partido, para que se postren ante las muy premiosas exigencias de la actualidad en obsequio de la cosa pública y del bien común, y para que lleguen cuanto antes a la meta, como alcanzaron la suya nuestros soldados.
La posteridad mas imparcial y equit= ativa que los contemporáneos, apreciara en su verdadero valor y levantara = muy alto, el relevante mérito que contrajeron nuestros guerreros en las lídes no fratricidas de la revolución americana.
FIN
[1]= 7 de Noviembre, 1810
[2]= 29 de Junio, 1811
[3]= 1 de Octubre, 1813
[4]= 26 de Noviembre, 1813
[5]= 29 Noviembre, 1815
[6]= 19 de Marzo, 1818
[7]= 18 de Mayo, 1811
[8]= 24 de Septiembre, 1812
[9]= 31 de Diciembre, 1812
[10= ] 3 de Febrero, 1813
[11= ] 20 de Febrero, 1818
[12= ] 29 de Mayo, 1814
[13= ] 22 de Junio, 1814
[14= ] 12 de Febrero, 1817
[15= ] 5 de Abril de 1818
[16= ] 16 de Mayo de 1814
[17= ] 9 de Julio de 1816
[18= ] 20 de Mayo de 1816.
[19]<= /span> La memoria del Sr. Guido es un documento oficial que debe existi= r en el archivo del ministerio de la guerra. La hemos leído en un diario = de Montevideo, titulado el "Comercio del Plata" números 2.834, 2.835 y 2.836: es importante, y pertenece a la historia del país: en= el último se registra la nota de remisión del general Balcarce al general Pueyrredón, la contestación de este aprobando el pensamiento, y una carta congratulatoria y honorífica del mismo Sr. Guido.
Son documentos muy interesantes par= a la historia.
<= o:p>
[20= ] Noviembre 1819
[21= ] 6 de Diciembre 1820
[24= ] 23 de Mayo de 1821
[25= ] 6 de Julio de 1821.
[26]<= /span> 9 de Julio de 1821.
[27= ] 21 de Septiembre 1821
[28= ] 7 de abril de 1822
[29= ] 24 de mayo de 1822
[30= ] Teniente coronel argentino D. Tomas Iriarte que a la saz&oacu= te;n se hallaba en Montevideo con licencia de su gobierno.
[31]<= /span> 19 de marzo de 1823
[32= ] 19 de noviembre de 1822
[33= ] 23 de diciembre de 1822
[34= ] tuvo lugar su retirada en 1824, pero por no interrumpir la na= rración de este negociado, se hace aquí mención de esta ocurrencia.= span>
[35]<= /span> 1825
[36= ] Había muchos jefes, oficiales y soldados argentinos: l= o eran casi todos los jefes principales de la caballería.
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. &= nbsp; = &nb= sp; Glorias argentinas y recuerdos históricos Tomá= ;s de Iriarte