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GLORIAS ARGENTINAS Y RECUERDOS HISTÓRICOS=

TOMÁS DE IRIARTE

 

 

 

 


GLORIAS ARGENTINAS

 

 

Y

 

 

RECUERDOS HISTORICOS

 

 

 

 

1818 – 1825

 

 

 

 

Por el General Tomás de  Ir= iarte

 

 

BUENOS AIRES

1858


Advertencia preliminar

 

 

No hemos llegado todavía a la época en que pueda escribirse la historia de nuestra revolució= ;n con libertad y sin reticencias, sobre los hechos y las personas. Nuestros nietos la redactarán con más imparcialidad y perfección recogiendo de las memorias que encuentren publicadas, de los archivos y de = las tradiciones orales, los materiales que han de servir para confeccionarla.

Esta tarea, aun para ellos mismos, será bien difícil y delicada; y hará prueba de discernimiento el historiador que tenga buena elección y no se deje = seducir por la pasión y el espíritu de partido y de localidad que, ma= s o menos, ha de desfigurar en los escritos contemporáneos el cuadro de = los acontecimientos, y el retrato de nuestros prohombres de la era revolucionar= ia, juzgándolos por los efectos sin conocimiento de las causas.

Mr. Gu= izot, autoridad bien respetable, dice textualmente en el tomo 1° de sus interesantes memorias: "La mayor parte de las "Memorias" se publican demasiado temprano o demasiado tarde. Demasiado temprano, son indiscretas o insignificantes; se dice lo que todavía convendr&iacut= e;a callar, o bien se calla lo que sería curioso y útil decir. Demasiado tarde, las memorias han perdido mucho de su oportunidad y de su interés; los contemporáneos no están presentes para aprovechar las verdades que revelar y para gozar en su narración un placer casi personal".

Si en los "Recuerdos Históricos" que doy a la luz publica no se encuentran las belle= zas del mérito artístico, estoy al menos seguro que las reminiscencias de nuestras glorias y de la época de nuestros heroicos esfuerzos por la emancipación colonial, excitarán en los corazones generosos un noble sentimiento de admiración y de orgullo nacional por esa lucha de gigantes que, en los anales de este país, = ha de inmortalizar algún día el nombre Argentino, trasmitiendo a= las mas remotas generaciones el valor de nuestros guerreros, la labor y abnegación de nuestros estadistas, el civismo y constancia de nuestr= os compatriotas, y los magnánimos sacrificios de todos los argentinos p= or la causa de la independencia y de la regeneración social.

He leído, visto y vivido lo = bastante para haber aprendido a juzgar los hombres y las cosas y como escribo en el invierno de la vida, cuando languidecen las pasiones bajo el peso abrumador= de los años, cuando las ilusiones de la edad poética y febricien= te desaparecen para hacer lugar a la prosaica realidad, me lisonjea que se han= de aceptar estos "Recuerdos Históricos"' como el producto sazonado por la experiencia y la conciencia íntima de los hombres y = las cosas, narrados sin otro ulterior interés ni propósito que el= de ofrecer en sus páginas un tributo de amor a la patria argentina, ostentando en ellos con verdad y sin afectación, el valor y las glor= ias de sus hijos en la lucha por la emancipación. Y para que en los tiem= pos que han de venir, cuando en las largas veladas de la estación borras= cosa los padres lean a sus hijos los anales de una época como la nuestra,= tan fecunda en grandes hechos, magnificados por el transcurso del tiempo como se magnifican las sombras cuando el sol va a terminar su carrera diurna en el ocaso, los latidos de sus tiernos corazones acelerándose con la memo= ria escrita de los tiempos hazañosos de sus antepasados y dejando en sus almas impresiones indelebles, les sirva de estímulo el mas poderoso = para imitarlos; y para elevar su espíritu a la alta esfera de los penosos pero meritorios sacrificios que impone la patria, con la creencia no infund= ada de que sus mayores, por sus heroicas y arrojadas empresas, en nada fueron inferiores a los hombres ilustres vaciados en el molde de Plutarco, de una = era que se pierde en la oscuridad de los tiempos y cuya historia apenas conserv= a la apariencia de la verdad.

Y si tan solo ofrezco a mis j&oacut= e;venes compatriotas este escaso tributo, pequeño fragmento de mis estudios históricos, y por las razones que he citado, apoyadas en una reconoc= ida autoridad; me es grato asegurarles que en los hechos que voy a narrar han de encontrar la mas estricta y severa imparcialidad, que están escritos= sin pasión, con verdad en fin y, sobre todo, depurados del innoble y corrosivo espíritu de partido que todo lo altera y desfigura.=

La época de esta publicaci&o= acute;n es bien oportuna, por cierto: la república está actualmente fraccionada aunque temporariamente, y comprendo que para la nueva generaci&= oacute;n  -a la que especialmente dedico los "Recuerdos" de este interesante período de nuestra historia contemporánea- debe ser un gran estímulo a la suspirada reconstrucción de nuestra nacionalidad, la memoria de los esfuerzos = y de las glorias comunes a las dos porciones en que ahora se encuentra dividida = la patria de los primeros próceres de nuestra gloriosa revolució= n, y de los que sellaron con su sangre la independencia de la República A= rgentina, una e indivisible condición forzosa de un porvenir de grandeza y prosperidad.

 

T. IRIARTE<= /span>

 

 

 

INTRODUCCION

 

 

 

La revolución de las Provinc= ias Unidas del Río de la Plata contaba un período de ocho años, y después de alternados sucesos de triunfos y reveses en la guerra de emancipación y en la intestina que las devoraba, la situación= de la República era bien deplorable.

El poder español dominaba en= el Alto Perú, que nuestras tropas evacuaron después de la desastrosa jornada de Sipe Sipe.

En la Banda Oriental el caudillo D. José Artigas después de haber negado obediencia al gobierno central de la república, y segregado de hecho la provincia = de Montevideo de las demás de la Unión, se había visto forzado= a ceder el puesto a un ejército portugués y brasilero que, bajo= el especioso pretexto de evitar que la anarquía contaminase las provinc= ias limítrofes brasileras, pero en realidad con la mira ulterior de cons= umar la conquista, invadió la Banda Oriental por orden de su gobierno.

Su fuerza era imponente por el número y la disciplina; estaba mandada por generales y jefes experim= entados, y compuesta en su mayor parte de oficiales y soldados aguerridos en las campañas de la península española contra los ejércitos franceses.

En Chile tremolaba el pabelló= ;n republicano después de la batalla decisiva de Chacabuco, ganada a los españoles por el ilustre general San Martín a la cabeza de un ejército argentino organizado en Mendoza, que escaló los Andes con admirable intrepidez. Pero una formidable expedición se preparab= a en Lima por el Virrey Pezuela para invadir aquel Estado, y no era fácil presagiar de qué lado se inclinaría la victoria. Si los españoles vencían, la causa de la independencia estaba expues= ta, si no a zozobrar, al menos a prolongar una contienda sangrienta cuyos efect= os destructores gravitaban ya grandemente sobre un vasto teatro. En algunas provincias de la Unión se había enarbolado muy alto el estandarte de la rebelión por caudillos en su mayor parte de origen oscuro, que reconocían o acataban a Artigas como jefe supremo de una confederación nominal. La palabra Federación, instintiva en t= odos los pueblos, se oyó por primera vez en ambas márgenes del Pla= ta y en todo el ámbito de la república; y desde entonces fue el gr= ito de guerra que concitaba a la anarquía y a la guerra civil. Era el no= mbre prestigioso, aunque no comprendido, del que, como de un talismán fascinador, se servían los jefes demagogos y los aspirantes al poder para sublevar las masas, y hacerlas servir de instrumento a sus miras de ambición personal, a sus conatos antisociales.

Pero entiéndase bien que el régimen federal, modificación la mas perfecta del sistema representativo, bajo cuya égida tanto ha prosperado y engrandecídose la república modelo de los Estados Unidos del norte, jamás entró en sus cabezas; por que esa palabra tan muy empleada, lo único que representaba era el caudillaje, la concentración mas absoluta del poder; y la última expresión del régimen ultra-unitario, cual la empleó R= osas con idéntico propósito; y que, bien que representase una idea= , se hacia servir para fines diametralmente opuestos. Era, por último, una palabra como otra cualquiera para provocar a la revuelta y a la guerra intestina; y la más santa que hubieran adoptado, la habrían h= echo servir al mismo objeto, como ha acontecido siempre en las guerras sociales = y de religión. Los ejércitos republicanos en sus lides con la España,= aunque no siempre vencedores, se cubrieron constantemente de gloria.

Abrióse la nueva era bajo los mejores auspicios, el triunfo obtenido en Suipacha[1] desde los primeros pasos marciales; porque fue de inmensa trascendencia sal= udar con una victoria la aurora de la revolución. Y si la fortuna no nos = fue propicia en Huaqui[2], Vilcapugio[3], Ayohuma[4], Sipe-Sipe[5], y Cancha Rayada[6], los guerreros argentinos repararon con usura tan grandes reveses, en los campos= de Las Piedras[7], Tucumán[8], Cer= rito[9], San Lorenzo[10], Sa= lta[11]<= /span>, Florida[12]<= /span>, murallas de Montevideo[13]<= /span>, Chacabuco[14] y la mas espléndida de todas las batallas, Maipú[15]<= /span>, ciñeron sus sienes con los laureles inmarcesibles de la victoria, legando a las páginas de la historia un timbre de gloria inmortal; y= a los contemporáneos un precedente del mas feliz augurio, puesto que dieron auténtico testimonio del denuedo y capacidad bélica de= la nueva nación en la continuación de la guerra en que segu&iacu= te;a empeñada; y como consecuencia inmediata su éxito probable.

En esas memorables jornadas los Gen= erales D. Antonio Ortiz de Ocampo, D. Juan José Viamonte, D. Juan Mart&iacu= te;n de Pueyrredón, D. Martín Rodríguez, D. Antonio Balcarc= e, D. Manuel Belgrano, D. José Rondeau, D. José de San Martín, D. Carlos Alvear, D. Miguel Soler, D. Juan Antonio Arenales,= D. Juan Gregorio de Las Heras, D. Juan R. Balcarce, D. Eustoquio Díaz Vélez y D. Hilarión de la Quintana, ilustraron sus nombres adquiriendo títulos gloriosos a ser inscriptos en las páginas impereceder= as de la historia de la revolución.

Aunque de rango más subalter= no, otros muchos jefes cuyos nombres serían por su número demasia= do prolijo mencionar, se distinguieron con altos hechos de valor. Basta a nues= tro propósito referirnos a los más expectables por ser su acción de más consecuencia, en razón de sus elevadas y trascendentales funciones como generales en jefe.

Incumbe al historiador llenar con l= etras de oro el vacío que se encuentre en estos "Recuerdos" en los = que tan solo nos proponemos hacer una rápida reseña de las cosas y personas más expectables.

Merece especial noticia uno de los = mas importantes hechos de armas de la época, por el poderoso é inmediato influjo que tuvo en la rendición de la plaza de Montevideo. Una escuadrilla organizada con buques mercantes armados a la ligera en Buen= os Aires surcó las aguas del Plata con admiración y hasta desconfianza de los espectadores, para ir a medir sus débiles fuerzas con la prepotente escuadra española compuesta de bajeles de guerra b= ien artillados, y mandada por oficiales inteligentes y facultativos de la marina real.

Montevideo, el baluarte de la España = en el Río de la Plata, era inexpugnable en tanto que estas fuerzas navales conservasen el dominio = de las aguas, y socorriesen la plaza sin impedimento alguno, a la sazón bloqueada por tierra; y su defensa por los enemigos de duración indefinida, puesto que se encontraba abastecida de víveres por = su escuadra, y con sobradas municiones de guerra para prolongarla, mientras no= se estrechase el asedio con un sitio formal y en regla, lo que ofrecía,= y había ofrecido desde el primer bloqueo terrestre en 1812, dificultad= es casi insuperables.

La empresa era de las más at= revidas y arriesgadas, y el estilo muy dudoso. Se habían agotado las arcas d= el tesoro público para subvenir a los ingentes gastos que demandaba la creación de una escuadrilla improvisada, amén de las atencion= es del ejército del Perú y las interiores. Pero la elecció= ;n del jefe que había de dirigirla y mandarla fue de las más acertadas, porque con solo su arrojo supo vencer tamaños inconvenien= tes.

El intrépido marino Don Guil= lermo Brown, natural de Irlanda, en un combate naval[16]<= /span> con la escuadra enemiga, en las aguas y casi a la vista de Montevideo, obtu= vo la más decisiva victoria capturando muchas embarcaciones españolas; y las que pudieron salvar del conflicto, buscaron su seguridad bajo los fuegos de las baterías que guardan el puerto. Este contraste hizo desesperada la situación de los defensores de la plaza asediada, porque quedó bloqueada por mar y tierra.

Un mes después el ejé= rcito bloqueador a las órdenes del distinguido general Alvear, clavó sus estandartes vencedores en las almenas de Montevideo.

Se verá mas tarde, en la gue= rra del Brasil, al mismo Almirante Brown, hacer prodigios de valor incomparable luchando contra las fuerzas navales del Imperio, diez veces más fuer= tes que los mal dotados cascos mercantes, donde el osado Almirante tremol&oacut= e; su insignia casi siempre vencedora.

No es esta la ocasión de ref= erir sus heroicas proezas,

En la guerra fratricida, los soldad= os de la legalidad lucharon con destino adverso en una serie de contratiempos. Así que, en largos periodos, el jefe supremo del Estado medía= un radio de acción tan limitado, que exceptuando las tres provincias de Cuyo, donde sus delegados eran respetados; la del Tucumán, cuartel general del ejército denominado del Perú a las órdenes= del esclarecido y benemérito patriota general Belgrano, y la de Buenos Aires, asiento y residencia de la administración central, las restan= tes se habían declarado en disidencia mas o menos pronunciada; y puede decirse con verdad que eran conservando algunas el aparente y fingido pudor= de las formas enteramente independientes de hecho.

Este estado peligroso, convulso, y = por lo mismo precario, había no precisamente relajado los resortes del patriotismo; pero si, y muy sensiblemente, amortiguado el espíritu público que al principio de la revolución, en su mas alto gra= do de entusiasmo y civismo, había obrado prodigios.

Tal era el cuadro de la situaci&oac= ute;n, poco lisonjera por cierto, al concluir el octavo año de la revolución en las Provincias unidas del Río de la Plata. Ni uno so= lo de los gobiernos extranjeros había hasta entonces reconocido la independencia proclamada por el Congreso de Tucumán[17]<= /span>; y agregaremos para hacer resaltar el colorido sombrío que hemos bosquejado, que se temía con razón que el gobierno de la España = hiciese un grande esfuerzo para reconquistar la antigua colonia, enviando al efecto= una poderosa expedición de fuerza armada. Se preparaban en Cádiz extraordinarios elementos bélicos para lanzarlos sobre el Río= de la Plata.  &= nbsp;      

Es fácil, pues, comprender c= uales habrían sido las consecuencias de un triunfo del ejército español en Chile, de que tamaño los conflictos en que estos países se habrían visto envueltos. Pero la victoria quiso cor= onar los heroicos esfuerzos de nuestros valientes en los para siempre memorables campos de Maipú, triunfo el más completo en la guerra de la revolución, y allí se salvó el honor de las armas americanas, y los defensores de la independencia asumieron una actitud preponderante.

Ese mismo ejército vencedor, continuando su noble rol de libertador de los estados hermanos, invadi&oacu= te; mas tarde el Perú y coadyuvó muy eficazmente a la definitiva expulsión del poder español del suelo americano.

Esta breve reseña es un ante= cedente necesario para facilitar el conocimiento de la situación polí= tica y militar de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en la é= ;poca en que la Banda Or= iental fue invadida por las fuerzas de su Majestad Fidelísima al mando del teniente general Carlos Federico Lecor, Barón de la Laguna.  = ;   

No entra en nuestro plan la narración de los antecedentes -en su origen- que condujeron al gabin= ete de San Cristóbal a lanzarse desaforadamente en la empresa de la conq= uista con manifiesta violación de la ley de las naciones: la historia de la época exhibirá algún día los pretextos dolosos,= las rastreras intrigas y los sucesos que la prepararon, poniendo en relaci&oacu= te;n este escandaloso salteo con las exageradas e injustas pretensiones que el gabinete de Lisboa no cesó de alimentar y debatir con el de Madrid d= esde el descubrimiento de estos países en el siglo XVI; que fueron objeto= de continuas guerras y transacciones diplomáticas, y que pusieron en transparencia la desmesurada e insaciable ambición de la casa de Braganza, y sus conatos hasta hoy día no extinguidos, de adquisición clandestina -faltando a la fe de los tratados- de un territorio que estos mismos habían demarcado como perteneciente a la corona de Castilla; y en ese gran libro en que siempre se consignan las lecciones mas prácticas y provechosas para los pueblos y para los gobiernos, se encontrarán también registradas las maquinacion= es y las intrigas promovidas por la princesa Da. Carlota  -después reina de Portugal- durante el cautiverio de su hermano el Rey D. Fernando VII, para realizar el sueño dorado de una dinastía tan adversa y codiciosa de los bienes ajenos, como poco escrupulosa en la observancia del respeto que es debido a los derechos bien adquiridos.

Basta para nuestro propósito= hacer mención de las ocurrencias más notables desde la ocupaci&oacu= te;n en 1816, que es el punto de partida. Es decir, acopiar noticias para que la historia las coordine algún día. Y aunque nos proponemos conservar el orden cronológico de los acontecimientos, no debe esper= arse encontrar en estos "Recuerdos Históricos" la relació= ;n detallada y continua de ellos.

Poseemos abundantes materiales para= marchar mucho mas adelante por la senda que empezamos a recorrer, y si suspendemos = la carrera limitándola a un pequeño espacio, se encontrará= ;n nuestros motivos en la Advertencia Preliminar que precede: ella nos releva de la necesidad de reproducirlos en este lugar.

Hemos creído muy conducente introducirnos por medio de esta explicación para que sea bien comprendido el plan que nos proponemos, y para evitar que nuestros lectores sufran la pena de esperanza engañada. No es, pues, la historia la que van a leer; y nada encontrarán que no corresponda al honroso pero modesto título que encabeza esta obra.     =       

La historia, por otro lado, es una especialidad literaria, un trabajo ímprobo de muy difícil ejecución que requiere profundos conocimientos y grandes dotes, y pa= ra escribirla con hábil gravedad y altura se necesita ser un sabio  -un Tácito-.

Hemos sido contemporáneos, t= estigos presenciales, y actores mas ó menos activos en algunas de las escenas que vamos a describir, y por esta circunstancia especial, nos atrevemos a esperar que ha de considerársenos suficientemente instruidos y autorizados, y con favorable presunción de veracidad.

 

 

Año 1818

 

 

I. Vista retrospectiva a la Banda Oriental. - Dominación portuguesa - El General Lecor: su retrato - II. Otra vista retrospectiva al Alto Perú. - Expedición de La Madrid: asalto malo= grado de Chuquisaca. - III. Batalla de Maipú - Rendición de Talcahuano= .- “Memoria” de D. Tomas Guido.

 

 

 

I.

 

 

Cuando en 1816 las tropas portugues= as invadieron con fuerzas considerables el territorio oriental del Río = de la Plata, el caudillo D. José Artigas a la cabeza de los habitantes armados les opuso toda la resistencia de que era capaz; y aunque el país detestaba la dominación extranjera, todos los esfuerzos que hizo para rechazarla = no produjeron mas que la sangre derramada en combates desiguales, y la desolac= ión de la tierra devastada ya por la guerra de que había sido teatro des= de el principio de la revolución, y muy principalmente por la intestina= que sobrevino, a consecuencia del estandarte de rebelión enarbolado por Artigas.

Medirse con tropas aguerridas y dis= ciplinadas era una empresa superior a la capacidad del jefe oriental, cuyos conocimien= tos militares se limitaban a los muy necesarios a un jefe de partidarios que ha= ce la guerra para defender su país natal con tropas irregulares y colecticias, sin jefes ni oficiales de suficiente instrucción. Se di= eron algunos combates, y en ellos a pesar de su natural ardimiento, los patriotas orientales tuvieron casi siempre la peor parte. La resistencia a los invaso= res los recomienda y hace acreedores a la estimación pública, pero para realizar su noble intento eran exiguos los medios disponibles; y esta deficiencia realza más su mérito y acrisolado amor patrio.

El Cabildo de Montevideo abri&oacut= e; las puertas de esta plaza y puerto importantes al general portugués medi= ante una estipulación de deberes recíprocos. La Colonia del Sacram= ento fue también ocupada y guarnecida militarmente por las tropas invasoras, = que establecieron acantonamientos en los puntos más considerables y estratégicos de la provincia. De modo que la conquista quedó consumada; porque las fuerzas orientales bajo el mando y dirección de Artigas no podían extender sus hostilidades a otro sistema o plan de resistencia que el de la guerra de recursos, a favor de las simpatía= s de todos los habitantes y del conocimiento práctico de las localidades; con cuyos medios tan solo conseguían incomodar a los enemigos, pero no disputarles eficazmente el dominio de la tierra de la que eran señores merced a su preponderancia numérica, incrementada con la calidad y pericia militar de sus jefes, oficiales y soldados que, sin disputa, eran lo mas selecto del ejército portugués.         &nbs= p;            <= /span>

Tal era la situación respect= iva de agresores y agredidos cuando la victoria de Maipú, obtenida por el ejército argentino en el territorio de Chile sobre el ejército español, puso término a su dominación en aquella república; y cambió la faz política y militar de los pueblos que luchaban después de ocho años consecutivos por conquistar su independencia, despertando, en los que todavía estaban= sometidos, el deseo y la esperanza bien fundada de trozar sus cadenas.

El eco de aquel triunfo tan complet= o y grandioso repercutió hasta la margen del Yaguarón y el genera= l en jefe Lecor penetrado como estaba que la provincia oriental simpatizaba con = los hermanos de occidente, soportando de mal grado la dominación extranj= era, debió alarmarse por el triunfo de las armas argentinas, porque aproximando el momento de la definitiva emancipación de la metrópoli, era muy razonable esperar que para complementar un evento= tan trascendente, mas tarde mas temprano, atravesarían el Uruguay para reconquistar la provincia usurpada, parte integrante entonces del territori= o de la Unión.

Es evidente que el Barón de = la Laguna se preocup&o= acute;; y en el orden estaba que la fuerte impresión recibida fuese desagrad= able en extremo, porque la terminación de la guerra con la España traía aparejado el cese de una de las garantías de la posesión tranquila y no disputada de la margen izquierda del R&iacut= e;o de la Plata, y de las tierras que baña del mismo lado su afluente el Uruguay.

Todos los que en la época a = que nos referimos tuvieron relación inmediata con el general Lecor, han de recordar sus continuas y prolijas investigaciones sobre el ejército = de los Andes, su fuerza, su calidad y composición; y que no cesaba de indagar de cuantos lo rodeaban, y podían satisfacer sus cuestiones s= obre el carácter, las aptitudes, los antecedentes del general San Martín, y sus miras probables sobre la Banda Oriental. No disimulaba sus aprehensiones, y por algún tiempo y hasta tanto que l= os preparativos bélicos en Chile y en Buenos Aires revelaron la proyect= ada expedición al Perú, fue el tópico favorito de las conversaciones del general portugués con los hijos del país q= ue lo frecuentaban, todo cuanto tenia relación con el general San Martín y el ejército a sus órdenes. Era su pesadilla.<= /span>

Esta inquietud era natural y se exp= lica por si misma. Ella se renovó y subió de punto con la ocupaci&oacu= te;n de Lima por el ejército Libertador; y después, cuando el gene= ral Bolívar -el hombre prestigioso de la América del Sur- asumió el ma= ndo de los ejércitos republicanos combinados, y la dirección de la guerra de la independencia, Bolívar reemplazó a San Mart&iacu= te;n en las prolijas investigaciones del barón de la Laguna.

No era este, en verdad, un hombre v= aciado en el molde común, pero es igualmente cierto que no se distingu&iacu= te;a por calidades relevantes, expresión del genio. Su aspecto y su carácter revelaban la escuela y profesión del soldado envejec= ido en los campos; pero ni se entienda por esto que careciese de urbanidad y cortesanía: al contrario, era afable y complaciente, sin derogar de = su dignidad con cuantos cultivaban su trato; y unía a un talante severo= la compostura del hombre culto avezado a la alta sociedad. Hombre de mundo, su espíritu conciliador fue un resorte eficaz que constantemente puso en juego para consolidar su conquista; y si porque los orientales no pod&iacut= e;an soportar el yugo extranjero, el general Lecor no fue el ídolo del pueblo, tampoco puede aseverarse que alimentasen contra él sentimien= tos de odio y reprobación personal. Si mas tarde la presa se le escapó de las manos, no se podría con justicia hacerle un car= go de incapacidad, porque los acontecimientos se agolparon con fracaso y rapid= ez, y todo el saber humano no habría podido dominarlo. En fin, y para concluir el retrato del general Lecor, en que insensiblemente nos hemos empeñado, daremos la ultima pincelada: era frío por carácter y absolutista por hábito profesional, bajo una monar= quía ilimitada: no había en su dilatada carrera conocido otro sistema que= el de la obediencia pasiva, y lo creía el único conveniente; pero los estímulos de su corazón eran nobles y desapasionados.

 

 

 

 

II.

 

 

Necesario es desviarnos por un mome= nto del orden cronológico de los acontecimientos, porque para no perder la hilación y conservar la unidad del conjunto, es de absoluta necesidad fijar una mirada retrospectiva sobre la situación del Alto Per&uacut= e;, y de nuestras provincias del norte después de la desgraciada tornada= de Sipe - Sipe. Los restos del ejército argentino se retiraron del Alto Perú y se acuartelaron en las provincias de Salta y Tucumán: y los españoles quedaron en posesión de aquel país, sin = otra atención interior que las continuas aunque no eficaces hostilidades,= con que continuaban molestándolos las partidas llamadas republiquetas compuestas en su mayor parte de indígenas, y mandadas algunas de ell= as por jefes de línea: las que a favor de las fragosidades del terreno = eran inextinguibles, a pesar de su debilidad relativa. Para interceptar convoyes= y comunicaciones aquellas partidas sostenían con los destacamentos del ejército español continuas y sangrientas refriegas, cuyos resultados muchas veces se reducían a los hombres perdidos de una y = otra parte; pero que en otras ocasiones reportaban ventajas reales. Acreditaban siempre de un modo práctico y el más auténtico la deci= dida aversión del país a la dominación extraña, y contribuían a conservar latente este sentimiento patrio.  =          

Después de Sipe - Sipe, el g= eneral fue reemplazado en el mando del ejército, denominado del Perú, por el general Belgrano, y este fijó su cuartel general en Tucumán, dedicándose con asidua contracción a reorganizarlo; estableciendo al efecto la mas severa disciplina e incesante instrucción.

Era el general Belgrano un patriota= a toda prueba, verdadero modelo de virtudes republicanas y de una probidad proverb= ial; el dictado mas adecuado para caracterizarlo seria el de Catón argent= ino, pero sin la estoica austeridad del romano. Se vio forzado a permanecer esta= cionario, porque toda la atención y recursos del gobierno central se dedicaban exclusivamente a la formación del ejército que el general San Martín organizaba en Mendoza para escalar los altos Andes.

El ejército español después de su triunfo avanzó al sur, pero no pasó de Humahuaca; y por último se acantonó en Santiago de Cotagaita y sus inmediaciones: de una y otra parte cesaron las operaciones activas.

El general español La Serna con 4.000 homb= res abrió la campaña en 1817 e invadió la provincia de Sal= ta. Desde su llegada a Jujuy se encontró asediado por el general D. Martín Güemes, gobernador de la provincia, y sufrió considerables bajas en continuas refriegas con los habitantes armados, decididamente adversos a los realistas. La Serna ocupó la ciudad de Salta. En l= os Cerritos una fuerte división de las tres armas, compuesta de sus mej= ores tropas, tuvo un serio encuentro con las milicias de caballería que pusieron en conflicto a los veteranos españoles causándoles g= ran pérdida: estos se retiraron a la ciudad. El brillante batalló= n de Gerona con otros que los españoles llamaban del país, y dos escuadrones de caballería muy acreditados, se vieron obligados a for= mar cuadro y retirarse en este orden al cuartel general perseguidos y acosados = sin cesar por los bravos salteños que en aquel día, como de costumbre, dieron un testimonio mas de su bien adquirida reputación = de valientes: lucharon brazo a brazo y mal armados contra las mejores tropas españolas, superiores en numero; y con temerario arrojo aquellos pat= riotas denodados bajo los fuegos bien nutridos de sus contrarios, se lanzaban sobre las bayonetas. Estos sufrieron un desengaño bien cruel, porque = los peninsulares se creían invencibles: abandonaron el campo de batalla conduciendo mal herido al jefe de la división coronel Sardina, que murió a su llegada a Salta.

Este revés, y la convicci&oa= cute;n del jefe español de serle imposible vencer el formidable muro que los salteños le oponían con sus desnudos pechos, lo decidió= ; a retirarse al Alto Perú en el mes de Mayo del mismo año, cuatro meses después de la invasión. Mientras el general La Serna experimentaba = tan imprevistas contrariedades, las republiquetas interceptaban sus comunicacio= nes con el Alto Perú, base de sus operaciones y centro de recursos: habían apoderádose por sorpresa de Humahuaca, pueblo atrinche= rado e intermediario. En tal estado, el general Belgrano concibió el feliz pensamiento de insurreccionar todo el país a retaguardia de los enemigos, contando al efecto con la decidida adhesión de los habitan= tes. El comandante D. Gregorio Aráoz de La Madrid fue encargado de esta importante operación, y salió de Tucumán con una pequeña columna de 500 hombres de caballería.

Se apoderó de Tarija por capitulación y avanzo hasta Chuquisaca; pero en el asalto que dio a = esta ciudad fue rechazado. Amagado por fuerzas muy superiores, el comandante La Madrid a pesar de su intrepidez proverbial, y bien adquirida fama, se vio forzado a emprender una peligrosa retirada hasta Tucumán; y esta expedición tan bien calculada no tuvo resultados. Habrían sido inmensos y hecho muy difícil la situación del ejército español, si <= st1:PersonName ProductID=3D"La Madrid" w:st=3D"on">La Madrid hubiera entr= ado en Chuquisaca: los españoles perdían el Alto Perú, y el general La Serna habríase encontrado aislado y sin retirada posible, rodeado de enemi= gos en todas direcciones.

Los realistas después de su desgraciada campaña sobre las provincias argentinas, volvieron a ocu= par sus antiguas posiciones en Santiago de Cotagaita, Tupiza y adyacencias, ces= ando del todo las operaciones marciales. La vanguardia a las órdenes de Olañeta se situó de observación en la quebrada de Humahuaca.

La expedición que se prepara= ba en Lima a las órdenes del general Osorio, debía decidir la suert= e de la Repúb= lica de Chile. Si los españoles vencían, el ejército argent= ino de los Andes se vería forzado a repasar la cordillera; y el general = La Serna se pondr&iacut= e;a otra vez en campaña para caer sobre nuestro ejército en Tucumán. En caso contrario -venciendo nuestras armas en Chile- el general Belgrano levantaría su campo para marchar sobre el ejército español; y nos consta que tal era su resolució= ;n y la del gobierno, por habérnoslo así asegurado el mismo genera= l, pero desgraciadamente la guerra civil ardía en las provincias interiores, y el gobierno no creyó conveniente distraer estas fuerzas empleándolas en un teatro lejano: las necesitaba para sofocar la anarquía y el vandalaje. Vana esperanza: quedó completamente frustrada, porque mas tarde veremos disuelto aquel virtuoso ejército= , y entronizado el caudillaje, propagarse el incendio con imponente rapidez.

Deploremos las funestas divisiones = de un pueblo de hermanos que se despedaza en fracciones recíprocamente inútiles, cuando más necesaria es la unión para cicatr= izar las hondas heridas del cuerpo social.

 

 

 

III.

 

 

Todas las miradas se fijaban en Chi= le: era el teatro destinado a un gran acontecimiento que habría de decidir la preponderancia de los españoles a la de los patriotas. Una sola bata= lla es casi siempre decisiva en aquella república, y pone término= a la campañ= ;a. Es estrecha la zona comprendida entre el mar pacifico y la cordillera de los Andes: no hay espacio para maniobras estratégicas = en grandes distancias; y un ejército vencido, por lo tanto, no tiene ti= empo para reponerse y volver a otro campo de batalla con probabilidades favorabl= es. De modo que, bajo tales condiciones, si los enemigos triunfaban era de temer que simultáneamente y en combinación con el general La Serna, hiciesen teat= ro de guerra las provincias argentinas. Si eran vencidos el Perú deb&iacut= e;a ser invadido. Se comprenderá fácilmente que la situació= ;n de los beligerantes era recíprocamente crítica. Pero los realistas tenían la ofensiva.

La victoria de Chacabuco obtenida e= n las faldas de los Andes, cuya escalada, diremos de paso, no es inferior como empresa atrevida y peligrosa a la de los Alpes por Aníbal y por Napoleón; la victoria de Chacabuco decíamos, no entibió= ; un momento la sistematizada y constitucional actividad del general San Martín: era hombre de guerra y no lo distraían las ovaciones.= Se ocupó asiduamente en la conservación del ejército en perfecto estado de disciplina: el espíritu marcial del general se comunicó a sus tropas bajo tan buen modelo.

Era manifiesta la impaciencia por la llegada de la anunciada expedición de Lima. Esta llegó en efe= cto en los primeros días de enero: el general Osorio que la mandaba desembarcó en Talcahuano con 3.600 hombres de las tres armas, incluy= endo un regimiento de caballería y un escuadrón de artillerí= ;a ligera sirviendo 12 piezas. A estas fuerzas se unieron las del general Ord&= oacute;ñez, y los reclutas de Concepción que se incorporaron con el coronel Sánchez: estas tropas reunidas ascendían a 6,000 hombres.

Osorio abrió su marcha en de= manda de la capital. El general San Martín le salió al encuentro recibiendo en su tránsito las divisiones de los generales O'Higgins y Las Heras, que se le incorporaron en San Fernando el 15 de marzo. El ejército independiente contaba en sus filas más de ocho mil soldados: 6.500 de infantería, 1.500 de caballería y los arti= lleros para el servicio de treinta y tres piezas de campaña.

El 18 de marzo las vanguardias de a= mbos ejércitos se encontraron en Quechereguas. Los enemigos reconociendo = la superioridad de nuestras tropas, contramarcharon precipitadamente. En la mañana del 19 ambos ejércitos pasaron el río Lircay al mismo tiempo, distantes uno de otro legua y media: marcharon en un pa&iacut= e;s abierto en direcciones paralelas. El ejército español llegó a Talca y tomó posición: las guerrillas se desplegaron de una y otra parte para sostener ligeras escaramuzas. &nb= sp;        

La situación de los republic= anos era más ventajosa que la de sus contrarios. Se conocía que estos = no estaban bien dispuestos para medir sus fuerzas en una acción campal; pero no podían evitarla, porque la retirada era difícil; tenían que atravesar el Maule por un vado distante cinco leguas, y seguidos por sus contrarios.

En tal situación, el general Ordóñez y el coronel Beza del regimiento de Burgos, inconsult= o al general Osorio, se arrojaron con tres batallones favorecidos por la oscurid= ad de la noche a una empresa temeraria y desesperada: formados en columna carg= aron con ímpetu sobre nuestra línea, en momentos en que el general= San Martín ejecutaba un cambio de dirección para situarla con mas ventaja.

El pánico se apoderó = de la tropa por un ataque nocturno tan imprevisto y en momento tan delicado, y la desbandada se hizo general en el centro y la izquierda: la derecha a las órdenes del general Las Heras se conservo formada, y en el mejor ord= en emprendió la retirada con dirección a Santiago. El general Las Heras se condujo en esta ocasión con admirable serenidad y valor; salvó dos mil hombres que sirvieron de centro de reunión a los dispersos, que sucesivamente se incorporaban durante la marcha en retirada.= Los españoles se entretuvieron en el botín.

El general San Martín espero= al general Las Heras en San Fernando, y marcharon juntos a la capital. La noti= cia del desastre había impresionado los ánimos de los habitantes;= no creían posible la reacción; y considerable número de familias abandonaban el país, para interponer la cordillera salvando así de las crueldades perpetradas durante el anterior periodo del ma= ndo de Osorio. Es un hecho comprobado que sin la actividad y oportunas disposiciones del distinguido chileno D. Manuel Rodríguez ¡dig= no de mejor suerte! el general San Martín y el director O’Higgins= a su llegada a Santiago, habrían encontrado la ciudad desierta y vístose imposibilitados para hacer frente a los vencedores: Chile se habría perdido. Rodríguez a la primer noticia del desgraciado suceso de Cancha rayada, asumió temporariamente el mando supremo, calmó los espíritus agitados por el terror, restableció= ; la confianza, prohibió la emigración, alzó en masa todo el país circunvecino, y reunió recursos de todo genero para presentarlos a aquellos dos jefes, y habilitarlos para una nueva lucha. Es = esta la verdad histórica, y nos es grato tributar este honroso recuerdo a= un patriota tan benemérito como desgraciado.

La debilidad característica = del general Osorio no permitió a los jefes españoles sacar todas = las ventajas de un triunfo tan completo. Perdió algún tiempo en Talca, y cuando se resolvió a seguir la huella de sus adversarios, lo hizo a marchas lentas, dándoles así tiempo a que lo esperasen apercibidos: estábanlo en efecto cuando diecisiete días después los encontró formados en orden de batalla en los llan= os de Maipú a la distancia de dos leguas de la capital.

El 5 de Abril el ejército español, fuerte de 6,000 hombres, desplegó en línea paralela al frente del ejército americano. Inmediatamente se rompió entre ambas líneas un vivo fuego de artillería.= Dos batallones del ejército independiente cargaron con denuedo y buen or= den la derecha enemiga; pero fueron vigorosamente rechazados sufriendo gran pérdida. Malogrado este ataque, dos batallones enemigos avanzaron rápidamente para romper la línea opuesta. Después del revés sufrido el momento era supremo. Esos dos batallones al despleg= ar se encontraron inopinadamente con nuestra reserva, a las órdenes del general D. Hilarión de la Quintana, que los accidentes del terreno encubrían hasta el instante en que se vieron a quemarropa. Los batallones enemigos asaltados y hechos pedazos por una carga simultánea e inesperada, buscaron su salvación en la fuga. Al mismo tiempo algunas cargas de caballería sobre la izquierda enemiga, tenían el más f= eliz éxito: conmovida la línea española, antes de una hora había abandonado todas sus posiciones y retirádose precipitadamente.   

El general español Ordóñez se esforzó en vano en hacer una extraordinaria resistencia en la hacienda y desfiladero de Espejo, una legua distante del campo de batalla. Los españoles hicieron prodigios de valor; pe= ro agobiados por el número rindieron las armas y se entregaron prisione= ros. Los realistas en esta brillante jornada, sufrieron la pérdida de dos= mil hombres entre muertos y heridos, y de tres mil quinientos prisioneros; el general Osorio logró escapar con 150 a 200 fugitivos, y llegó salvo= a Talcahuano.

La pérdida de los independie= ntes consistió en más de mil muertos y heridos.

Chile se había salvado, y las puertas del Perú quedaban abiertas para el ejército vencedor.= Tal fue el resultado del triunfo obtenido en Maipú. Desde entonces se vio lucir clara y refulgente la estrella de la patria que había de guiar= nos al puerto deseado.

La plaza de Talcahuano que en 1816, después de la victoria de Chacabuco, rechazó un asalto dado p= or una división argentina y chilena a las ordenes del general Brayer; después de la victoria de Maipú fue otra vez asediada por los generales D. Bernardo O'Higgins, Director del Estado, y el argentino D. Juan Gregorio de Las Heras: los españoles capitularon, y en toda la república chilena no quedó un solo enemigo armado.

Es justo recomendar a los contemporáneos y a la historia el mérito contraído por= un gran pensamiento, cuya ejecución dio los importantes resultados de l= os triunfos de Chile y del Perú, y la definitiva emancipación de= la América del Sur.

La guerra del Alto Perú hab&= iacute;a extenuado las fuerzas y consumido el tesoro de la república. Se pens= aba continuarla y al efecto debía reforzarse nuestro ejército del Perú con tropas enviadas desde Buenos Aires, que estaban ya en march= a.

El teniente coronel D. Tomas Guido,= a la sazón oficial mayor del ministerio de la guerra, presentó al gobierno una luminosa y demostrativa "Memoria"[18]<= /span>, que hace honor a su aventajada capacidad, en la que se desenvuelve un vasto plan de operaciones militares y altas vistas políticas, con tendenci= a a probar la necesidad y ventajas que se reportarían con la variación del teatro de la guerra: es decir, considerar como secunda= ria la del Alto Perú, organizar en Mendoza un ejército para transportarlo del otro lado de los Andes, y libertar a Chile del poder español en constante amago sobre las provincias trasandinas.<= /p>

El general D. Antonio Gonzál= ez Balcarce, jefe provisorio del poder ejecutivo, aceptó el pensamiento del Sr. G= uido y dirigió su "Memoria" al general D. Juan Martín de Pueyrredón, recientemente nombrado Director Supremo del Estado, ause= nte en Tucumán. El general Pueyrredón contestó aprobando el pensamiento, e impartió sus órdenes en consecuencia. Las trop= as destinadas al Alto Perú recibieron orden de contramarchar a Mendoza, para reforzar el ejército que organizaba el general San Martí= n, gobernador intendente de las provincias de Cuyo.[19]<= /span>

 

 

 

Años 1819 y 1820.

 

 

I. La anarquía - Revolución de Arequito - Caída del Directorio - Disoluci&oacu= te;n nacional - Federación malentendida. - II. El General San Martí= ;n: expedición al Perú - Rasgos de patriotismo: abnegación= y generosidad de los argentinos - Desembarco en la costa del Perú; primeras operaciones - Comisión cerca del Virrey - General Arenales: batalla de Pasco - Lord Cochrane; captura de la Esmeralda: capitán Guise - Batallón de Numancia - Revolución de Guayaquil – Defecciones - III. La situación de la Banda Oriental: pacificación. - Expedición española; D. Andrés Arguivel - Artigas y los portugueses - El coronel Claudinho en Montevideo: sublevación militar - Falsa posición del general Lecor -  IV. Diputados del Rey Fernando -  V. General Belgrano: su muerte.<= /span>

 

 

 

I.

 

 

Mientras en Chile y en Buenos Aires= se apuraban los aprestos marciales de una expedición sobre las costas d= el Perú, en las Provincias Unidas resonaba con atronador estallido el estentóreo y espantoso alarido de la anarquía y la guerra fra= tricida. Muchas de ellas relajaron sus vínculos de obediencia al gobierno central, y luchaban encarnizadamente contra las tropas del directorio. El descontento y desquicio de los pueblos era universal, y los efectos de la conflagración pueden compararse con los de la lava ardiente, que abr= aza cuantos objetos encuentra al paso que sirven de obstáculo a la rapid= ez de su curso. El espectro de la muerte se paseaba triunfante al travé= s de las vastas soledades de los campos argentinos, tinto el sudario en sangre de hermanos.

Para complemento de tantos males y desolación, el gobierno español preparaba en el puerto de San= ta María una formidable armada destinada a sojuzgar ambas márgen= es del Plata. La situación de la república era de las más afligentes; una verdadera crisis la que atravesaba, y su prospecto el más siniestro. En todas direcciones el horizonte político ama= gaba tempestad, y la acción inmediata de poderosos elementos de destrucción y perturbación social.

El ejército del Perú = se contaminó también con el virus revolucionario.  En marcha sobre la provincia de Sa= nta Fe para combatir la anarquía, cuando era la única esperanza del gobierno para extinguirla, al llegar a Arequito se sublevó[20]<= /span>, encabezada la rebelión por algunos de sus jefes principales, que neg= aron obediencia y arrestaron al general D. Francisco de la Cruz, que interinamen= te mandaba por ausencia del general Belgrano, cuya autoridad fue desconocida p= or los amotinados. El resultado de este atentado fue bien funesto para toda la república, y principalmente para la capital, porque la disoluci&oacu= te;n del ejército dejo abiertas sus puertas a los sediciosos. Tres meses después ocurrió la separación de todas las provincias,= y el aislamiento de cada una de ellas.

El año 1820 hará &eac= ute;poca en los anales revolucionarios de la República Argentina. El gobierno directorial descendió con estrépito y violencia; la unión de las provincias quedó disuelta; el edificio nacional desquiciado hasta en sus cimientos; y la mas desenfrenada y horrible anarquía tiñó en sangre las campiñas argentinas y las calles de la capital, foco del desorden y = de continuas asonadas.

Casi todas las provincias fueron te= atro de feroces guerras de exterminio, de represalias, de pillaje y crueldades inauditas, que hacían gravitar sobre el pueblo todo el peso de tan g= ran calamidad. Aparecieron numerosos aspirantes, hombres nuevos y en su mayor p= arte desconocidos, sin principios políticos ni religión moral, que encontraron en la inercia, el cansancio y el desorden de los pueblos el age= nte mas eficaz, la mas oportuna ocasión para hacer prevalecer la fuerza bruta, con violación de todos los derechos consagrados; con olvido e ignorancia absoluta de toda idea de cultura y progreso social.

La inversión y el trastorno = del orden establecido fue completo, y la familia argentina en aquel periodo de tristísimo recuerdo, era verdaderamente la imagen del caos.

El país todo retrograd&oacut= e; inmensamente, porque las pasiones se desbordaron y los males de todo género que el desenfreno ocasionó, no se circunscribieron a la época, puesto que el germen mortífero del vandalismo retoñó mas tarde, y hasta ahora la sociedad se alimenta de sus amargos frutos. Todos los caudillos son engendros de aquel tiempo, incluyen= do la más detestable de todas las dictaduras, que vino a poner el sello= a tantas desdichas.

Es un hecho singular, y no por eso = menos cierto que en el largo catálogo de caudillejos desorganizadores no se encuentra un solo militar de alta graduación ni notable por sus servicios. Nos complacemos en ostentar esta original excepción, porq= ue refleja mucho honor en los veteranos argentinos. Los caudillos se elevaron = de propia autoridad a Brigadieres, a Capitanes Generales; pero ninguno de ellos pertenecía a la carrera de las armas: no es el uniforme la verdadera investidura del carácter profesional.

Hemos dicho en otra ocasión,= y porque lo consideramos muy conducente para desvanecer errores, volvemos a repetirlo, que aquel vandalaje soez no era la federación; que los desorganizadores la invocaban poniéndola de pantalla para ocultar la= deformidad de sus prácticas subversivas del orden social; que no era tampoco la realización de la idea que la palabra representa, el objeto de su nu= eva y repugnante bandera disfrazada con la denominación postiza de un sistema de gobierno que, por su excelencia, tiene en América y en Eu= ropa el voto y la sanción de eminentes estadistas. El fin verdadero y único que aquellos demagogos se proponían, era el dominio absoluto de las localidades en que tenían su hogar, sin perjuicio de salir del estrecho círculo de tan criminales aspiraciones, si la for= tuna los favorecía, extendiéndolo a toda la República. Caudillos de barrio, sin otro credo político que u= na ambición extraviada y sin nobles propósitos.      

Fue en el Congreso Constituyente, i= nstalado en 1824, donde se inició la discusión razonada y concienzuda = de los principios y doctrinas del sistema federal, que dividió en dos bandos a sus miembros ya sus representados bajo las denominaciones de feder= ales y unitarios; presididos los unos por el malogrado y muy benemérito coronel D. Manuel Dorrego, los otros por el no menos esclarecido patriota D. Bernardino Rivadavia, altercado este que nos dio por resultado inmediato la guerra civil, y después la tiranía de Rosas: este adopt&oacut= e; por divisa, como los anteriores caudillos, el título de federal al m= ismo tiempo que proscribió y holló de hecho el sistema durante su ominosa dictadura. Derrocada esta en 1852, la cuestión de los dos partidos se decidió en derecho, pero en el hecho ha quedado pendient= e y a resolver, puesto que ni la Confederación de las trece provincias puede consolidarse con ventaja sin el concurso de la de Buenos Aires, la mas importante de todas; ni una fracción aislada -el Estado de Buenos Ai= res- puede, propiamente hablando, constituirse por sí sola bajo el sistem= a de unidad de régimen, que además su constitución política ha repudiado adoptando el sistema federal.

En el borrascoso año 20 hizo= su aparición a banderas desplegadas el espíritu de localidad y provincialismo, origen fecundo de división y anarquía y de conmoción social: cizaña emponzoñada que aun no se ha extirpado, y que está obstruyendo el progreso de nuestro porvenir de poder y ventura. Apartemos la vista de aquel cuadro de desolación omitiendo sus detalles, para fijarla exclusivamente en las escenas de nuest= ras glorias marciales.

 

 

 

II.

 

 

El día 20 de Agosto de 1820 zarpó del puerto de Valparaíso una expedición compuest= a de 4.500 hombres de las tres armas, a las órdenes y bajo la dirección del ilustre general San Martín, con destino a las c= ostas del Perú. Las fuerzas libertadoras desembarcaron el 7 de Septiembre = en la Paraca, tres leguas distante del puerto de Pisco, adonde inmediatamente se dirigieron por tierr= a. Este ejército lucido aunque reducido en número, había = de dar mas tarde la independencia al antiguo imperio de los lncas, que gemía bajo la dominación española.

Permítasenos con este motivo= llamar la atención de nuestros compatriotas para recomendarles una observación que, aun cuando momentáneamente nos desvíe= de la senda que nos hemos trazado de una simple y verídica narraci&oacu= te;n de los hechos mas culminantes, es de la mas alta importancia desde que tiene por objeto poner en evidencia la noble y heroica abnegación de nuest= ros mayores durante la guerra de la independencia: sus virtudes cívicas = y marciales; y porque ella legara a la posteridad mas remota de un modo indeleble, el ti= po grandioso de la fisonomía característica de la gran familia argentina.

Abrumados por el tamaño de la empresa en que los patriotas se comprometieron al lanzar el primer grito de libertad; exhausto el tesoro y debilitadas las fuerzas en la contienda cont= ra enemigos que estaban en posesión tranquila de este territorio, después de trescientos años, y con un poder superior para conservarlo; sin marina ni ejércitos regulares, y noveles todav&iacu= te;a en la ciencia de la guerra; la discordia de los partidos entronizada desde = los primeros destellos de la revolución, se descuidó la seguridad= del propio hogar para acudir denodados a redimir los hermanos oprimidos. Y en situación tan desesperada, un ejército improvisado troz&oacut= e; las cadenas del pueblo oriental segregándolo del poder de la España.

Se envió con el mismo fin ot= ro pequeño ejército sobre el Paraguay que, aun cuando no fue coronado con el laurel de la victoria, logró también emancipa= r de la metrópoli esa bella y rica porción de nuestro continente.<= /span>

Nuestros ejércitos lucharon = con alternados sucesos en el Alto Perú, entonces parte integrante de la Unión; y= si nuestras armas no fueron constantemente felices en todos los encuentros con= los adalides de Castilla, dejamos en aquel país sembrado el germen de la independencia y libertad, que mas tarde ha producido los más óptimos frutos.

Con nuestros solos recursos se inició y realizó la libertad de Chile, y allí en dos grandes batallas,  quedó debelado el poder de la España y afianzada la independencia de aquel pueblo guerrero que hoy sirve de modelo, por la paz y el orden público de q= ue goza, a todos los nuevos Estados de entrambos continentes de Colón.<= /span>

En fin, ese mismo ejército v= encedor en Chacabuco y Maipú, cuando la república se debatía convulsa y casi exánime, próxima ya a ser devorada por la vorágine de la mas exaltada demagogia y de la discordia intestina, se desprendió de los Andes para tremolar en la tierra de los Incas el glorioso estandarte de la revolución americana; y las legiones peninsulares vencidas en cien combates atravesaron los mares dejando en posesión perdurable de la tierra a sus dueños naturales.

He aquí en compendio la página más brillante de nuestra historia contemporánea, porque en esta rápida ojeada nada hay de exagerado; ni es tampoco exageración establecer como verdad incontestable, que ni en la histo= ria antigua ni en la moderna se encuentra el original de un desprendimiento tan sublime -el olvido de la ventura propia para atender a la felicidad extraña-. Estos altos hechos de las guerras de la revolución, dignos de la epopeya, hemos dicho que no tienen original; y agregaremos que, hasta nuestros días, tampoco tienen copia.

Roma estaba en Cartago, segú= ;n la celebrada y feliz expresión de Scipión, y este famoso capitán para libertar a su patria del peso de la invasión por Aníbal, que durante diez y seis años de combates y sitios sangrientos devastaba las fértiles campiñas del pueblo rey, voló a África atravesando el mediterráneo. Pero el trayecto era muy corto; no hay comparación posible. El ejérci= to argentino a partir de Buenos Aires, recorrió por mar y tierra forzan= do la mas alta barrera del mundo, venciendo enemigos poderosos y libertando a = los pueblos hermanos que encontró en su tránsito, la distancia de= mil quinientas leguas!! Hasta la falda del nevado Pichincha en el Ecuador; y así con un triunfo espléndido consolidó la independenc= ia de la altiva Colombia. Este rasgo brillante de nuestra historia no tiene ejemplo en ninguna otra.

Las legiones romanas se trasladaron= a África para salvar a Roma, atrayendo tras sí al ejérci= to cartaginés que la asolaba; pero el ejército argentino se trasportó al Perú durante los mayores conflictos de la república de que dependía, cuyo gobierno dio la preferencia a todos los otros pueblos del continente para librarlos de la opresión é hizo surgir con la poderosa protección de sus armas nuevos Estados independientes.

La campana sobre el Brasil para sus= traer del dominio imperial la provincia de Montevideo; y la batalla de Ituzaingó, ganada por el ejército republicano a las órdenes del distinguido general Alvear, contra fuerzas superiores en número, es otro de los sucesos de armas mas expectables que dilata l= a aureola de gloria que circuye el blasón de los guerreros argentinos.<= /p>

Es también un ejemplo &uacut= e;nico en la historia americana, que patentiza el carácter belicoso y denod= ado del pueblo argentino, y sus imponderables y magnánimos sacrificios durante la guerra de la independencia, y uno de los motivos que mas lo enaltece, haber sido la única colonia que trozó sus cadenas c= on sus solos recursos, con sus propios y únicos esfuerzos, y sin el men= or auxilio de los Estados hermanos, por los que prodigó su sangre en ci= en batallas; sin el concurso, en fin, de ningún otro poder extranjero para defend= er su noble causa.

Tal es la fisonomía guerrera= y moral del pueblo argentino, su brillante historia. Las antiguas colonias inglesas= de la América del Norte, mas adelantadas y de bases mas consistentes por su educación = en la vida democrática é instituciones verdaderamente republican= as, no consiguieron emanciparse por si solas, sino con el doble auxilio de la Francia y de la España.

Tan multiplicados y sublimes ejempl= os por la causa de la independencia y de la libertad, no es posible que sean estériles para nuestra posteridad; por que el germen de las grandes acciones y del amor patrio, así como era inextinguible el fuego sagr= ado de los antiguos persas, se conserva activo y vigoroso en los corazones argentinos; y nuestros nietos... si ¡Buenos Aires! ellos tendrá= ;n la dicha de alcanzar mejores y mas bellos días.

Pero anudemos el hilo de nuestra interrumpida narración.

El ejército libertador después de haber desembarcado en las costas del Perú y permanecido en Pisco cuarenta y ocho días, se reembarcó en di= cho puerto, y la escuadra y boques de transporte fondeó el 29 de octubre= en el puerto del Callao. Las llaves de esta fortaleza debían entregarse= al general San Martín por las maniobras secretas de varios de sus agent= es, y el golpe estuvo a punto de darse; pero la denuncia, o una casualidad imprevista, rompió el hilo de la trama urdida, y la expedició= n se hizo a la vela al siguiente día y fue a desembarcar en el puerto de Ancón.

El 28 de septiembre se estipul&oacu= te; con el Virrey Pezuela una suspensión de armas por ocho días. Los comisionados del general San Martín propusieron al Virrey la pacificación sobre la base del reconocimiento de la Independencia. Esta proposición fue rechazada. El Virrey exigía el reembarco del ejército patrio: se rompieron las negociaciones y el armisticio.

El 5 de Octubre el general Arenales salió de Pisco con dirección a la sierra a la cabeza de 1,200 hombres y dos piezas de artillería. En su tránsito por Ica, N= asca y Guamanga recibió las más cordiales y prácticas demostraciones de todos los habitantes de aquella comarca, entusiasmados co= n la presencia de los libertadores, a los que auxiliaron con sus recursos y cooperación personal Este espíritu patriótico dominaba= en todos los peruanos, y se manifestó en todos los pueblos desde la lle= gada del ejército, que aumentaba día a día sus filas con la defección de sus contrarios. En esta marcha el general Arenales sost= uvo un combate con el jefe español Quimper: este fue derrotado y dispers= o. Más de doscientos hombres de sus fuerzas se  incorporaron a nuestras banderas: = eran milicianos, y el general Arenales los restituyó a sus hogares.

La división libertadora lleg= ó al cerro de Pasco; y allí el esforzado general Arenales presto un servicio bien importante, derrotando completamente en una acción cam= pal al general español O'Reilly que se contó entre los prisionero= s. Este brillante hecho de armas[21]<= /span>, primer encuentro formal después del desembarco, fue de gran trascendencia y precursor de sucesivos triunfos.

Otra acción de guerra no men= os gloriosa ocurrió en el mismo puerto del Callao. El denodado almirant= e de la escuadra chilena lord Cochrane, asaltó y capturó la fragat= a de guerra Esmeralda de 44 cañones, protegida bajo los fuegos de los castillos, y resguardada, como todos los buques españoles, por una fuerte cadena que impedía el abordaje.

Los capitanes Guise y Crósbie mandaban la fuerza que asaltó y capturó la Esmeralda la noc= he del 5 de Noviembre. El almirante dirigió en persona la atrevida operación a la cabeza de 240 marineros voluntarios embarcados en cat= orce chalupas. El éxito fue completo, y a mas de la Esmeralda se apresó otro buque de guerra español. Tan arrojada empresa mer= ece bien, por la importancia de sus consecuencias y por el temerario valor de aquellos esforzados marinos, ocupar un lugar prominente en estos "Recuerdos" y también como ilustración de la época hazañosa de la guerra de la independencia.

Un rasgo que revela la sublime gene= rosidad de dos hombres de corazón, es digno de consignarse en este lugar. El almirante Cochrane estaba en abierta ruptura con su segundo el capitá= ;n Guise, por una desavenencia ocurrida en Chile. Estos dos bravos marinos intentaron disputarse el honor de ser cada uno de ellos el primero que esca= lase la fragata española pero ninguno obtuvo la prioridad: ambos por lados opuestos subieron al mismo tiempo a bordo del buque atacado, y encontrándose sobre cubierta al pié del palo mayor, se dieron= un estrecho abrazo relegando al olvido su recíproca enemistad.

Desde el año 1819 el almiran= te Cochrane surcaba las aguas del Pacífico con buques armados a la lige= ra, de fuerza comparativamente inferior por su tripulación colecticia, a= la disponible del Virrey Pezuela; y sin embargo, con tan menguados medios, el experto marino bloqueaba el puerto del Callao cuando así conven&iacu= te;a a sus planes navales combinados con las operaciones militares del ejército, de cuyo general en jefe dependía; y obligaba a la escuadra española a fondear bajo los fuegos de las baterías d= el Callao, que en muchas ocasiones no fue refugio seguro contra los ataques de= tan formidable y emprendedor adversario. Aumentó sus fuerzas navales con= los buques de guerra que apresó, y el resultado de sus repetidos y brillantes triunfos, fue hacer desaparecer de aquellos mares la marina española.

La batalla del Cerro de Pasco, y la= toma de la fragata Esmeralda, marcaron los primeros pasos de los libertadores del Perú. Se veía ya que gradual y sucesivamente, se escapaba de = las manos de los españoles la tierra de la conquista después de t= res siglos de dominación.

Una conmoción eléctri= ca se sintió en todo el Perú a la llegada de los independiente= s; la vibración se propagó más allá de sus límites: la ciudad  de Guayaquil en los últimos días de octubre declaró su independencia de la España. Esta fausta nueva llegó al cuartel general de los independientes el 4 de noviembre, y el general San Martín al mismo tiempo recibió despachos del nuevo gobierno patrio, con la oferta de todos sus recursos pa= ra coadyuvar a la independencia del Perú. Los Coroneles Guido (d. T.) y Luzuriaga partieron inmediatamente para Guayaquil a cumplimentar las autoridades; prestaron el importante servicio de hacer copiosas remesas de pertrechos de guerra, municiones y otros efectos necesarios para auxiliar al ejército libertador.

La defección de las tropas d= el rey había tomado grandes proporciones: casi diariamente acudían a presentarse a los libertadores considerable número de soldados y naturales que aumentaban las filas del ejército: fugaron de la capit= al muchas personas notables y varios jefes y oficiales de origen peruano.

Una estipulación acordada en= tre el general San Martín y el Virrey Pezuela para el canje de prisioneros, restituyó a las filas del ejército patrio veintidós je= fes y oficiales y ochenta y cinco individuos de tropa, que gemían en los subterráneos de Casas-matas desde el principio de la revolució= ;n, y eran los únicos que sobrevivían de mas de mil compañ= eros de infortunio, tomados por los españoles en las campañas del = Alto Perú.

El 3 de noviembre el batallón español Numancia, en número de 650 hombres armados, se incorporó con sus oficiales, para prestar sus servicios a la causa d= e la independencia.  Esta adquisición fue de gran trascendencia= , y contribuyó como los triunfos que se han mencionado, a desorientar a = los jefes españoles, abrumados con tan continuos contratiempos.

Tan repetidos golpes hicieron muy difícil y complicada la situación de los súbditos del = Rey Fernando: el edificio se desmoronaba sobre sus cabezas; y como se ver&aacut= e; en el lugar correspondiente, dieron por resultado inmediato la deposición del Virrey Pezuela.

Pero al paso que la defecció= n de los enemigos acrecía la fuerza numérica del ejército americano, las enfermedades endémicas lo diezmaban: fue necesario ocurrir al reclutamiento entre los naturales. 

 

 

 

III.

 

 

La Banda Oriental estaba postrada y exhausta; sus cuantiosos ganados habían desaparecido, a c= ausa de la guerra incesante de que fue teatro desde el principio de la revolución. El poder de Artigas en gran decadencia desde la invasión portuguesa, estaba a punto de fenecer: no obstante, conserv= aba como recuerdo de sus pasados bríos algunas fuerzas que más contribuían a asolar el país que a defenderlo.

Se creyó por lo tanto que es= ta mejoraría de condición, si se conseguía poner término a una guerra inútil y destructora, para que los habitantes de la campaña se dedicasen a sus antiguas y productivas faenas de la cría de ganados.

Para los buenos ciudadanos era una necesidad de urgencia la pacificación, porque se tenia por cierto que las tropas portuguesas se retirarían al arribo de la anunciada expedición española; y les quedaría así el campo despejado y sin concurrentes turbulentos, para organizar y dirigir el siste= ma de guerra que estaba acordado a fin de defender la independencia. Artigas a= la sazón estaba entretenido en las contiendas suscitadas por sus antigu= os tenientes, emancipados ya de su autoridad dictatorial: acababa de sufrir fuertes y continuos descalabros.

Los portugueses que en 1816 entraro= n en el territorio oriental a mano armada, para ocuparlo temporariamente -seg&uacut= e;n decían- y con el ostensible y simulado pretexto de impedir que la anarquía y la guerra intestina se propagáse a las provincias = del Brasil, por el intermedio de la limítrofe de San Pedro del Sur, dominaban ya todo el país como verdaderos conquistadores, y con el manifiesto propósito de no abandonar su presa. A la sombra de las disensiones que agitaban las Provincias Unidas, y de las frecuentes derrota= s de Artigas, estaban en posesión de aquel bello país: no quedaban= otros opositores a la dominación lusitana que algunos comandantes del abat= ido caudillo, fieles a la persona y sistema de su jefe, cuyas fuerzas eran muy menguadas. Vivaqueaban algunos de ellos con sus partidas en las inmediacion= es de Montevideo, haciendo difícil -pero sin poder impedir- la introducción del ganado para el consumo de la capital y su guarnición extranjera; y era esta la única hostilidad, o la m= as importante en la esfera de su poder.

Así, la guerra que hac&iacut= e;an era meramente de partidarios, y sus débiles impulsos daban por todo resultado agravar la desgraciada situación del país fatigado y destituido de recursos no solo por los efectos destructores de la guerra ci= vil, sino también por las depredaciones autorizadas de sus nuevos Señores. Estos hacían en la campaña grandes cuereadas,= y vendían el ganado de las estancias violando el sagrado derecho de propiedad.

Considerable número de estos= ganados se transportaron a la Provincia Brasilera de San Pedro del Sur para la que la ocupación de la Banda Oriental fue un verdadero manantial de riquezas, y = el origen de su rehabilitación y engrandecimiento. Escusado es decir qu= e el comercio yacía en completa paralización, desde que su origen estaba agotado.

Bajo el imperio de tan excepcionales circunstancias, y con el beneplácito bien sincero del Barón d= e la Laguna, el cabildo = de Montevideo puso en acción su influjo y autoridad, y sus relaciones e= n la campana, a fin de suprimir las partidas armadas que la infestaban hostiliza= ndo débilmente a los invasores, sin probabilidad ni esperanza de resulta= dos eficaces, y por el contrario, consumando la ruina del país. En una palabra, acometió la empresa de la pacificación a la que era = de imprescindible necesidad que concurriesen los mismos jefes de Artigas. Este= se encontraba a la sazón en la Provincia Argentina de Entre Ríos luchando contra sus tenientes sublevados.

Una sociedad secreta instalada en Montevideo con fines exclusivamente patrióticos, en la que estaban afiliados la mayor y mas influyente parte de los miembros del cabildo, considerando que la guerra de montonera era positivamente desastrosa y sin ventajas para la causa de la independencia: convencida, en fin, que la dominación extranjera era entonces incontrastable, inicio y trabajo = con habilidad y eficacia en el proyecto de pacificación, sin desesperar = de mejores días para realizar sus miras patrióticas.

Se obtuvo en efecto el éxito deseado: el general portugués celebró el convenio, venciendo = con |a persuasión y las promesas algunas resistencias entre los jefes de= Artigas. Estos fueron sucesivamente deponiendo las armas, y muchos de ellos se diero= n a buen partido continuando sus servicios en cuerpos de milicias del paí= ;s de nueva creación, bajo la autoridad portuguesa. El que se presento = mas obstinado y resistente fue el comandante D. Fructuoso Rivera, uno de los je= fes orientales mas acreditados, y el predilecto de Artigas: pero por últ= imo adhirió a la transacción, y se estipulo entre las partes contratantes el pacto de pacificación, en el que el Cabildo de Montevideo desempeñó el rol de mediador.

El comandante Rivera fue condecorad= o por el gobierno portugués con el rango de brigadier y jefe principal de un regimiento de dragones de la Provincia, cuyo núcleo lo formaban los individuos = que habían servido a sus ordenes. El comandante D. Juan Antonio Lavallej= a, recientemente llegado del Río de Janeiro donde estuvo detenido como prisionero de guerra, fue incorporado a este regimiento en clase de teniente coronel.

Esta negociación fue muy benéfica para los intereses materiales del país, que empezó a prosperar rápidamente bajo los auspicios de la paz y= del orden público. Las propiedades rurales que hasta entonces no habían cesado de sufrir todo genero de depredaciones por los desorde= nes de la guerra y de la anarquía, fueron mas respetadas y la seguridad personal obtuvo mayores garantías.

Preparados así los patriotas orientales, esperaron apercibidos el arribo de la muy anunciada expedición española para emprender nuevos trabajos marciales y administrativos; porque se aseguraba que los gabinetes de Madrid y Rí= ;o de Janeiro habían acordado que las tropas portuguesas evacuarí= ;an la Banda Oriental, cuando las fuerzas españolas llegasen al Río de la Plata. La decant= ada expedición no se realizo, a consecuencia de la sublevación de= las tropas expedicionarias próximas ya a embarcarse en el Puerto de Santa Maria, donde estaban acantonadas. Se amotinaron por el motivo ostensible de= no querer embarcarse para ultramar.

Es en efecto evidente que los milit= ares españoles repugnaban el ausentarse de su país natal para concurrir a la guerra de América; y sin embargo la expedición= se habría realizado sin los obstáculos suscitados por el benemérito argentino D. Andrés Arguivel, natural de Buenos Ai= res. Agente secreto del directorio, empleó con habilidad los fondos que e= ste le facilitó y los suyos propios, para impedir la salida de las tropa= s a las ordenes del general O'Donnell Conde de la Bisbal. Le cupo= la satisfacción de ver coronados del mejor éxito sus patrióticos trabajos, para alejar de nuestras playas la formidable armada. Una revolución en el puerto de Santa Maria trastornó = los planes del gobierno español, que no pudo realizar el envío de aquellas fuerzas. El Sr. Arguivel se hizo sospechoso a las autoridades, y s= e vio forzado a refugiarse en Gibraltar: se habían descubierto sus trabajo= s, y la parte activa que tuvo en el movimiento insurreccional,

Este distinguido argentino sacrific= o su fortuna y expuso su persona por servir la causa de la revolución: su patriotismo era de antigua data. Los corsarios de Buenos Aires causaron gra= ndes quebrantos a su casa de comercio; pero la perdida de su fortuna no mitigó un momento sus sentimientos patrióticos. Es justo honr= ar su memoria con la mención de sus importantes servicios.

Este acontecimiento hizo ilusorios = los planes de defensa de los patriotas de Montevideo: el país continúo en poder de los lusitanos.

Justo es declarar que no fue Artiga= s el único agente de la ruina de las fortunas en la Banda Oriental: tuvo activos coadjutores en los portugueses y brasileros que, con sus viole= ntas y arbitrarias exacciones a mano armada de ganado vacuno y caballar, con la rapiña y expoliaciones que ejercieron los generales y los funcionari= os mas subalternos, pusieron el sello a las desdichas de los habitantes. Porque ese pueblo agobiado bajo el peso de una prolongada y feroz anarquía,= de un despotismo el mas soez e inhumano, paso al dominio de los portugueses pa= ra sufrir todas las consecuencias de la conquista.

La prosperidad del general Lecor fue interrumpida por un acontecimiento imprevisto. La revolución de la Isla de León (= enero 1820) había desarrollado el germen de las doctrinas liberales, largo tiempo encubierto en la península española desde la paz gener= al de Europa en 1814 y la restitución de Fernando al trono. La constitu= ción española de 1812, que las nuevas Cortes volvieron a jurar, fue provisoriamente aceptada en Lisboa.

Este ejemplo se reprodujo en Montev= ideo en donde el coronel Claudinho de un regimiento de infantería pertenecie= nte a la división de Voluntarios Reales, la hizo también proclama= r al frente de todos los cuerpos de la guarnición. Formóse esta en= la plaza principal sin que el general en jefe Lecor lo sospechase.

El coronel Claudinho adquirió= ; un gran ascendiente en la división portuguesa, y coartó la autor= idad de su general: estableció un consejo militar bajo la presidencia de = este jefe, compuesto de un individuo de cada clase hasta la de sub-teniente inclusive, desde la mas elevada de general. El Barón de la Laguna adverso al n= uevo régimen constitucional, tuvo, no obstante que aceptar las prescripci= ones de su subalterno por la ley imperiosa de la fuerza, y quedo sometido a las deliberaciones de la corporación tumultuaria instalada bajo el influ= jo y prepotencia de un motín militar.

Tal fue el origen de la decadencia = del poder preponderante y discrecional que el general Lecor había ejerci= do sin trabas ni coacción. Sistema este, el mas análogo y en armonía con su educación y hábitos de soldado, bajo un gobierno irresponsable modelado por el mas puro absolutismo. Hubo de ceder = sin oponer la mínima resistencia, porque comprendía que con solo intentarla, lo habrían despojado del mando con la misma facilidad con que los novadores realizaron sus designios.

El coronel Claudinho y los jefes de= su parcialidad estaban afiliados en una logia masónica que el mismo presidía. La logia se constituyo de hecho en autoridad sublime, y el general Lecor envuelto en la red hubo de plegarse a sus resoluciones y exigencias.

 

 

 

IV.

 

 

El bergantín español = Aquiles fondeó en el puerto de Buenos Aires en el mes de Diciembre. Conducía una comisión de cuatro individuos enviados por el gobierno español para abrir negociaciones de paz. Fue requerida para= que declarase si, como preliminar, estaba suficientemente autorizada para recon= ocer la independencia de las Provincias Unidas. La contestación fue negat= iva; y sin desembarcar los comisionados, el bergantín se hizo a la vela de regreso a España. El gobierno sin tal condición no tuvo a bien recibirlos.

 

 

V.

 

El ilustre general Belgrano, el pat= riota por excelencia, dejo de existir el 20 de Junio de 1820. La pérdida de tan virtuoso varón fue un acontecimiento verdaderamente lamentable, = no sólo para sus numerosos amigos, sino para la causa del país.<= /span>

Desde el principio de la revoluci&o= acute;n, de la que fue uno de los primeros autores, le dedicó sus servicios c= on abnegación inimitable. Los pesares aceleraron el término de u= na vida tan preciosa; hasta sus últimos momentos, la lastimosa situación del país despedazado por la anarquía no cesó de torturar el espíritu del noble guerrero. La revolución de Arequito, y los desafueros de que después fue victima en Tucumán, hirieron el corazón del mártir: la llaga no pudo cicatrizarse porque la ingratitud la había abierto.

El nombre de Belgrano es imperecede= ro, y esta vinculado a sus triunfos y a sus reveses, siempre gloriosos. Por sus distinguidos servicios, la sincera severidad de sus principios republicanos= : su sublime desprendimiento y devoción a la causa publica; por su probid= ad proverbial, la figura del general Belgrano en el gran cuadro de los próceres de la revolución, ocupara sin duda el lugar preferen= te. Al terminar su gloriosa carrera, su alma elevada quedo purificada en el cri= sol de la adversidad; voló incólume a mas felices regiones. Es es= te un homenaje de gratitud que todos los argentinos debemos a su memoria.

 

 

 

Año 1821.

 

 

I. Bolívar: guerra de Col= ombia - Discordia entre los españoles: Pezuela y La Serna - Miller en la= costa - Nuevo plan de campaña de los realistas - Armisticio: Punchauca: entrevista de San Martín y La Serna - Evacuación de Lima - Ocupación por = los independientes. - II. Asedio del Callao - Declaración de la independencia - Protectorado - Retirada de los españoles: consideraciones - Contramarcha de Canterac: entra en el Callao: su retirada= - Conducta de San Martín - Excitación patriótica en Lima - Rendición del Callao: general Lamar - III. República de Chile= - Alto Perú: Olañeta - Los salteños - Provincias argenti= nas: Buenos Aires. - IV. Lecor: maniobras clandestinas - Usurpación: Esta= do Cis-platino.

 

 

 

 

I.

 

 

Este año conmemora en la his= toria de la guerra del Perú una serie de acontecimientos prósperos y notables. Pero antes de continuar la narración con las operaciones militares del ejército Libertador argentino y sus aliados, es oportu= no dar una noticia muy compendiada de la guerra de Colombia, llevada a feliz término por el libertador Simón Bolívar, cuyo influjo y presencia en la escena del Perú, sobrevino inmediatamente despu&eacu= te;s que afianzo la independencia de Colombia.

La guerra de la independencia, inic= iada en Venezuela por el general Miranda, había terminado en Colombia, después de repetidos y sangrientos combates sostenidos contra las fuerzas españolas. Estas fueron sucesivamente mandadas por los gener= ales Monteverde y Morillo, a la cabeza este de los soldados mas aguerridos de la península.

Las alternadas vicisitudes de esta = guerra de exterminio, pusieron mas de una vez en conflicto la noble causa de los valientes venezolanos, a punto que en dos distintas ocasiones los enemigos lograron dominar todo el país. Los jefes de la revolución abandonaron y fueron a buscar un asilo en las Antillas y en los Estados Uni= dos. El general Miranda[22]<= /span> notable ya durante la guerra de la revolución francesa (1789), acabó de ilustrar su nombre por sus reiteradas tentativas a favor de= la independencia de Venezuela. Prisionero de los españoles.

Cuando en 1811 estos se hicieron dueños de Caracas, fue conducido a España para terminar sus días en una prisión de Estado. El mismo Bolívar se había visto forzado a expatriarse, cediendo el campo a sus más felices adversarios.

Volvió de su destierro para = atizar el fuego mal apagado de la revolución venezolana; y lidiando contra = las tropas de Morillo en sangrientos y aguerridos combates con alternados resultados de triunfos y derrotas, libertó a Venezuela de la presenc= ia de sus enemigos.

Las crueldades del pro-cónsul Morillo en el periodo de su dominación exceden a toda exageración: diezmó la población mas inteligente, las primeras notabilidades fueron arrastradas al patíbulo para expiar su amor a la causa de la libertad, y saciar la sed del jefe español de sangre americana.

Terminada la guerra de Venezuela el infatigable campeón marchó con sus legiones a la Nueva Granada, cuya independencia conquistó en duros combates: y ambos pueblos quedaron incorporados formando una sola nación bajo la común denominación de Colombia, nombre justamente consagrado para perpetua= r la memoria del hábil y arrojado navegante Cristóbal Colón, descubridor del nuevo mundo.

Morillo puso término a sus c= rueldades sin poder dominar al pueblo de Colombia: sufrió en Nueva Granada frecuentes derrotas; y al fin capituló para abandonar la tierra embarcándose para España.

La guerra de Colombia es una de las= mas obstinadas y sangrientas de que han sido teatro ambos continentes, en el la= rgo periodo transcurrido desde el descubrimiento.

Las operaciones militares del ejército Libertador del Perú, las ventajas obtenidas desde el desembarco de sus batallones; el espíritu patriótico de los peruanos manifestado en todas ocasiones; y la defección que aclaraba= las filas enemigas, eran síntomas de la pronta y feliz conclusión= de la guerra. Un grave acontecimiento hizo aun más probable tan lisonje= ro prospecto.

La discordia se introdujo entre los españoles: era una consecuencia de su desventajosa situación.= Los jefes partidarios del general La Serna, adictos a la Constitución de las Cortes españolas, en contraposición del Virrey Pezuela, hombre de la antigua escuela y ultra-absolutista, depusieron a este mandatario[23]<= /span> y alzaron sobre el pavés a su ídolo el general La Serna: los espa&ntil= de;oles se habían contaminado del vértigo revolucionario. Pretextaron= la ineptitud del ex-Virrey, prometiéndose que bajo una mas hábil dirección anonadarían a los independientes. La Serna, como es f&aac= ute;cil comprender, no conservó desde entonces más que la investidura= del poder -criatura de los amotinados-. El general San Martín en el mes = de Mayo destacó sobre Pisco al emprendedor e inteligente Teniente Coron= el Miller, con una fuerza de 500 infantes y cincuenta caballos. Después= de algunas operaciones de poca importancia, Miller evacuó a Pisco y fue= a desembarcar en el Morro de Zaina.

Su presencia hizo vibrar la cuerda = del patriotismo entre los habitantes de aquellos parajes generalmente adictos, = como todos los del Perú, a la causa de la independencia. El jefe expedicionario y sus tropas fueron acogidos con las más vivas demostraciones de entusiasmo y confraternidad en toda la comarca, que cooperó muy eficazmente en todas las operaciones militares con sus recursos y acción personal.

El comandante Miller extendió= ; su excursión hasta Moquegua, siempre rodeado de las simpatías de= los naturales. Prestó en aquella ocasión importantes servicios; y= en los combates que sostuvo con bizarría contra los realistas, le cupo = siempre la mejor parte. Se apodero de algunos caudales públicos que ingresar= on en el tesoro peruano.

Esta incursión fue de corta duración. Se reincorporo al ejército con sus fuerzas, después de haber restablecido y afirmado el espíritu republic= ano que, aunque dominante, por la fuerza de represión estaba comprimido antes de la presencia del comandante Miller. En esta rápida batida la comportación de este jefe mereció la aprobación del general San Martín, cuyas instrucciones desempeñó con saber y delicadeza, y con la actividad y arrojo que requería su peligrosa misión.

Al nuevo Virrey y sus tenientes en posesión del mando y de la dirección de la guerra, no podía ocultárseles que la ocupación de la capital concluiría por postrar sus fuerzas. La insalubridad del clima debili= taba las filas, los hospitales estaban llenos de enfermos; en Lima no podí= ;a reemplazar las bajas; los habitantes adversos a la causa realista no cesaba= n de emplear todos los medios de seducción para fomentar la deserci&oacut= e;n. En tal estado resolvieron abandonar la capital y marchar a la sierra.

Pero para perfeccionar sus nuevos p= lanes necesitaba el Virrey ganar tiempo, a fin de proporcionarse los medios de conducción de sus caudales, armamento y pertrechos de guerra, y de t= odos los objetos de que carecerían en el interior.  Para llenar la importante necesidad el Virrey propuso al general San Martín un armisticio de veinte días y lo invito a una entrevista, cuya mira ostensible era acordar las bases de una negociación pacifica u para regularizar la guerra, y hacer menos sensibles a los pueblos y a los contendientes sus efectos destructores.

El general San Martín acept&= oacute; la proposición de su adversario. El se proponía explorar a sus contrarios y abrir relaciones con las personas influyentes de la capital. S= egún se aseguro entonces, el general hubo de lisonjearse con la muy halagüeña esperanza de dar fin a la guerra por medio de una capitulación o tratado.

La entrevista tuvo efectivamente lu= gar en Punchauca[24], en= tre los dos generales. El Virrey acepto la proposición del reconocimient= o de la independencia con ciertas condiciones: debían enviarse comisionad= os a España para recabar la ratificación de este tratado, y as&iac= ute; quedo acordado.

Pero dos días después= de su llegada a Lima participo su retractación: fundóla en el prete= xto de que los jefes de su ejército a quienes había consultado, consideraban inadmisibles las condiciones estipuladas en Punchauca.<= /p>

El general San Martín conoc&= iacute;a que el gobierno español no aceptaría sus condiciones, pero quería comprometer a La Serna y sus jefes para que se le uniesen. Es evidente, sin embargo, que obtuvo grandes ventajas de esta entrevista, porque las relaciones que con tal ocasión estableció con la capital fueron muy valiosas e importantes por sus resultados posteriores.

Tampoco los españoles perdie= ron su tiempo, porque el armisticio les dio el necesario para llevar adelante su p= lan y preparativos de marcha a la sierra. Esta fue la jornada de los engaños.

La necesidad del desalojo de la cap= ital era urgente para los españoles por las causas que se han manifestado: y porque la decidida adhesión de los habitantes a la causa americana, = se insinuaba con alarmantes manifestaciones. Se distinguió el bello sex= o en las pruebas practicas de su amor a la libertad, coadyuvando con su influjo = en las familias y con maniobras sagaces y atrevidas que caracterizan el fecundo ingenio y noble corazón de las limeñas. Fomentaban la deserción de los soldados, y se apoderaban de los íntimos secretos de los jefes españoles. Estos comprendieron que en Lima vivían sobre un volcán.

El Virrey La Serna abandonó= ; la capital[25]<= /span>, foco y centro de su prestigioso poderío: marchó a la sierra a reponerse allí de sus quebrantos; y librar después la suerte = del Perú al éxito de nuevos combates. Agonizaba el poder de la España = en aquellas regiones.

El ejército libertador ocup&= oacute; la antigua ciudad de los Reyes[26]<= /span>, capital del Virreinato.

 

 

 

II.

 

 

La fortaleza del Callao continu&oac= ute; ocupada por los españoles: el general Las Heras la asedió con= la división de su mando. Un ataque a viva fuerza dirigido por el general Necochea, a pesar del valor de nuestras tropas, no tuvo buen resultado.&nbs= p; Un momento falto para que los independientes penetrasen, porque los españoles apenas tuvieron tiempo para cerrar la puerta, cuando llega= ban nuestros soldados: sufrieron alguna perdida en muertos heridos por los fueg= os de la artillería enemiga. Estos hicieron una salida el 26, que fue gallardamente rechazada por el valiente Necochea.

El 28 se declaró solemnement= e la independencia del Perú. El 3 de agosto el general San Martín asumió el mando supremo y militar con el titulo de Protector. El gen= eral Las Heras fue nombrado general en jefe del ejército.

La retirada de los realistas fue una verdadera derrota: el contagio de la deserción penetró en sus filas. Las partidas de montoneros y los indios los rodeaban en todas direcciones, haciendo muy penosa su marcha: se apoderaban de los rezagados,= del bagaje, y hacían muy difícil los medios de subsistencia de los enemigos.  Si estas hostilidades hubieran sido secundadas con mayor eficacia por el ejército libertador, la guerra habría tal vez terminado: tal era la opinión en la época a que nos referimos; pero nuestro ejército se mantuvo en la capital y acantonamientos adyacentes, y los españoles a duras penas y con enorme baja alcanzar= on la sierra.

El plan de los españoles al abandonar a Lima fue bien calculado, no solo por los motivos anteriormente expuestos, sino porque la dominación del Perú ofrecía = mas probabilidades al que ocupase la sierra, aun con preferencia a la misma cap= ital y al resto de la costa. En la sierra se encuentran los principales recursos para alimentar la guerra: hombres para reemplazar las bajas, los metales de sus inagotables minas, y un vasto campo de explotación de víveres para la subsistencia del soldado.

De modo que, el cambio fue  favorable a los españoles, = no obstante el efecto moral de la ocupación de la  capital por el adversario. La nece= sidad por un lado y por otro la conveniencia, habían decidido al  Virrey a elegir un nuevo teatro pa= ra sus operaciones sucesivas. Esto no obstante el movimiento era en extremo delica= do y peligroso. Si el general americano, aprovechando los primeros momentos de entusiasmo por la reciente adquisición de la capital, y del desalien= to que debió apoderarse de los enemigos al retirarse de las delicias de Capua para sufrir las penalidades consiguientes al transito por un pa&iacut= e;s fragoso, y con un inmenso bagaje que aumentaba las penalidades de la marcha= : si los españoles, decimos, hubieran sido acompañados en zaga, la= retirada pudo serles bien funesta, diez probabilidades contra una; y tal era la opinión de los maestros del arte, y de los hombres prácticos = del país, cuya experiencia y conocimientos especiales de las localidades, del clima, y de los elementos naturales para nutrir la guerra, deben siempre apreciarse por los mas hábiles capitanes.

Al poner de manifiesto estas consideraciones, distamos mucho de querer ejercer la censura contra el gene= ral San Martín; como prueba de que no es tal la intención, agregaremos que los españoles fueron perseguidos hasta las faldas de= la sierra, desde donde no fue ya fácil continuar en su alcance, porque = las enfermedades endémicas raleaban las filas del ejército libertador, y el clima de la puna habría acrecentado las bajas, sin = otras causas que sin duda obrarían en el animo del general, esencialmente previsor. Respetemos sus motivos.

Bajo el punto de vista del arte, fácil es comprender, aun para los que no tienen nociones elementales= de la ciencia militar, cuan preferible es, y las grandes ventajas que resulta, maniobrar desde el centro a la circunferencia, que en sentido contrario. Es= to no necesita más explicaciones.

La prueba más inequív= oca del juicio anteriormente emitido, se encuentra corroborada en la serie de reves= es que sorpresivamente sufrieron nuestras armas, sin excluir el periodo calami= toso en que se ganaron las batallas de Junín y Ayacucho, que afianzaron la independencia del Perú. Téngase bien presente, cual era la situación militar de nuestro ejército, y cual la de sus adver= sarios, cuando el genio de la patria en aquellas imponentes jornadas coronó a nuestros valientes con el laurel de la victoria.

A fines del mes de agosto el general Canterac se desprendió de Jauja con un ejército de 5.000 homb= res, inclusos 900 de caballería.  El general San Martín salió a encontrarlo en dirección de Lurin: antes de llegar a = este punto los dos ejércitos estuvieron a la vista el 9 de septiembre y tomaron posición frente a frente en orden de batalla.

El general republicano aguardaba el= ataque, cuando el general enemigo rompió su marcha en demanda de los Castill= os del Callao. El general San Martín lo  siguió por el flanco derech= o y paralelo: atravesó la ciudad de Lima y fue a campar en una fuerte posición a una legua del Callao que Canterac ocupó. Los españoles no se atrevieron a provocar una acción campal, y frustrado su plan resolvieron retirarse después de haber reforzado la guarnición de la fortaleza y abastecídola de víveres.<= /span>

Verificaron su movimiento a las 12 = de la noche sin ser sentidos; y a las cuatro de la mañana se habían presentado en el campo de los americanos 27 oficiales: al medio día = el número de los pasados ascendía a 1.500 entre jefes, oficiales= y soldados.

Cuando Canterac Ilegó a la s= ierra después de tan desastrosa retirada, había perdido las tres cuartas partes de su fuerza numérica: dispersa o pasada a nuestras filas.

Durante la presencia de Canterac un= a gran excitación se hizo sentir en la capital en el débil partido español: el general San Martín hizo arrestar un numero consid= erable de sospechosos privándoles de libre acción en aquellos moment= os.

El pueblo limeño en esta ocasión puso una vez mas en evidencia un entusiasmo que mucho lo honró.

Pero las limeñas se hicieron= mucho mas expectables, por la exaltación de su patriotismo y los servicios prácticos y eficaces que prestaron en tan critica coyuntura.<= /p>

El general San Martín estuvo decidido a aceptar el combate pero al mismo tiempo resuelto a no tomar la iniciativa. Esta conducta fue objeto de la más acerba censura entre = sus mismos jefes. Carecemos de los datos necesarios para aseverar si fueron o no fundadas sus opiniones; pero es de presumir que el gral. San Martín, hombre de penetración y aplomo, debió tener poderosos motivos para esquivar un encuentro formal. Para formar un tal juicio bastara tener presente el considerable numero de reclutas que formaban en el ejérc= ito patrio; mientras que el ejército realista se componía en su totalidad de soldados veteranos y aguerridos en el mejor estado de discipli= na.

El general Arenales recibió = ordenes del general San Martín para abandonar la sierra y no comprometer sus fuerzas en un encuentro formal. Ascendían a mas de 4.000 hombres de = las tres armas: el general Canterac evito así un desastre. El gral. Aren= ales llegó a Guacho con su división el 26 de julio.

Después de la retirada de Ca= nterac, la fortaleza de San Felipe y Santiago del Callao se entregó[27]<= /span> por capitulación al general libertador: y el distinguido general Lam= ar que la mandaba, se incorporo a las filas de sus compatriotas. Era natural de Guayaquil, y había servido con distinción en la Península durante la guerra que esta sostuvo contra la invasión francesa. La adquisición de este nuevo campeón de la causa americana fue de alta importancia, por las relevantes prendas que lo adornaban, y por sus sobresalientes conocimientos militares, de que mas tarde dio autentico testimonio en el campo de batalla. El coronel D. Tomas Guido fue nombrado gobernador de los Castillos.

 

 

 

III.

 

 

La República de C= hile reposaba tranquila a la sombra de sus laureles: no tenía en su seno = un solo enemigo que le disputase la independencia conquistada a costa de grand= es sacrificios y heroicos esfuerzos, y con los mucho mas poderosos y eficaces = de su generoso libertador el ejército argentino. Chile poseía un= a fuerza naval empleada en coadyuvar a la independencia del Perú: dominaba las aguas del Océano pacifico, después de haber aniquilado las escuadras españolas en aquellos remotos mares, feudatarios en o= tros tiempos del formidable león de Castilla.

El Alto Perú continuaba ocup= ado militarmente por las tropas del rey a las ordenes del general Olañet= a, cuyos vínculos con su superior La Serna empezaban a relajarse por divergencia= de opiniones políticas. Era Olañeta hombre de la antigua escuela; ultra-absolutista, no solo por sistema sino también por carác= ter y falta de ilustración. Su rol militar en la época  a que nos referimos, se reducía a las practicas vandálicas de la pequeña guerra en invasiones transitorias a la provincia de Salta. En los indomables y belicosos salteños, infatigables defensores del hog= ar domestico y firmes columnas de la independencia nacional, el jefe español encontraba siempre la mas obstinada resistencia, a pesar de = la inferioridad numérica.

El mérito que contrajo la pr= ovincia de Salta y la de Jujuy, entonces parte integrante de aquella, desde el principio y en todo el curso de la guerra, merece una mención especi= al, y la gratitud de la Nación entera. Nuestra humilde pluma le consagra u= na cordial ofrenda de admiración y respeto. Esa provincia verdaderamente heroica fue el antemural y valladar que defendió las restantes de la Unión, y= soporto por largo tiempo todo el peso de las calamidades de una contienda la mas obstinada; era la roca inconmovible donde se estrellaron, como las olas de = un mar borrascoso, los ejércitos de la antigua metrópoli. Después del desastre de Sipe - Sipe cuando el ejército patrio= se estaciono en Tucumán, a gran distancia del teatro de sus glorias y de sus reveses, cuando el ejército español no tenía otros enemigos a  su frente que los salteños armados, jamás, en repetidas incursiones pudieron domeñarlos, siempre tuvieron que retirarse desengañados a las asperezas del Alto Perú para cubrir sus fronteras.

Tan cierto es esto que Olañe= ta viendo que sus invasiones vandálicas no le proporcionaban otra venta= ja que los productos de la rapiña, pero al caro precio de la sangre de = sus soldados, en el mes de julio celebro un armisticio con el gobierno de Salta= .

La República Argentina entre tanto, estaba perfectamente a cubierto de una invasi&oacut= e;n, no solo por el baluarte inconquistable de una provincia hermana, sino también porque las fuerzas principales del ejército español maniobraban en el Perú contra el ejército libertador, compuesto de argentinos, chilenos y peruanos a las ordenes del general San Martín y porque con la promulgación de la constitución de las cortes españolas, se había introdu= cido una vez mas la discordia en las filas de los sucesores de Pizarro.

Buenos Aires, después de las contiendas civiles y las turbulencias del malhadado año 20, abri&oac= ute; una nueva era de regeneración política y social: por primera = vez se establecían las bases del sistema representativo, y se adquiría gradualmente el practico conocimiento de las inagotables riquezas del suelo, bajo el imperio de la paz publica, y del rápido vuelo que era posible tomar, si la discordia no volvía a asaltarnos = con su antorcha sangrienta. El pastoreo, el comercio, la industria y la inteligencia hacían rápidos progresos bajo la égida de= las nuevas instituciones.

Las provincias interiores quedaron lánguidas  y fatigadas, después de haber sido por largo tiempo teatro de horrores en una gue= rra fratricida sostenida con furiosa pertinacia, y fomentada por los odios de v= ecindad que explotaban los aspirantes al poder. Pero conociendo la necesidad vital = de cicatrizar sus profundas heridas, empezaban a apaciguarse los ánimos= y a modelarse algún tanto por la nueva marcha de la capital; hací= an tregua gradualmente a los funestos rencores de rivalidad, porque en su impotente atonía carecían de acción para alimentarla. = El estado de pobreza las conducía virtualmente a solicitar auxilios, qu= e el gobierno de Buenos Aires les acordó en muchos casos; y que, si no conquistaba una cordial amistad, proporcionaban por el momento la garantía de la paz.

Así, aunque lentamente, se amortiguaban los perniciosos elementos de la situación anormal que t= oda la nación acababa de atravesar: el orden público empezaba a restablecerse.

Hermanos recién emancipados = de la patria potestad, o si se quiere manumitidos de la esclavitud: gobernantes o gobernados, los unos abusando de su mandato, algunas veces por salvar la ca= usa común -porque el conflicto fue extremo- y otras por ignorancia de la ciencia del gobierno como administradores noveles; los otros por celos mal o bien fundados: todos pecamos, porque todos sin excepción estábamos afectados de igual dolencia: los resabios y susceptibilida= des características de una perversa educación colonial, cuyas peculiaridades siempre se reproducen en todos los pueblos nuevos con idénticos antecedentes. Las recriminaciones se hicieron reciprocas, y para dirimir las diferencias,  cegados por la pasión, no se encontró un arbitrio más expeditivo que el de las armas. ¡Guerra de hermanos!

Es un hecho autentico que la discor= dia de la familia argentina tuvo sus escenas de exterminio en el mismo borde del abismo que amenazaba devorarnos: es decir, contiguo al vivac de sus enemigos comunes. Que la Providencia quiera ahora protegernos; y que la memoria del riesgo que corrimos entonces, sirva de correctivo y lección saludable que nos guíe a un puerto seguro y bonancible, salvándonos de = la crisis en que volvemos a encontrarnos. Tal debe ser el voto mas ardiente y fervoroso de los buenos ciudadanos argentinos; el legado mas valioso que trasmitiésemos a la generación que ha llegado; y un bello eje= mplo que imitar a las que sucesivamente han de venir a reemplazarnos.

 

 

IV.

 

 

El general Lecor como anteriormente= se ha manifestado era astuto y sagaz: alma fría: de semblante tan impasibl= e, como inalterable su sistema de lenidad aparente, mientras el país sufría con exceso todas las consecuencias de la conquista. No podía prometerse en su tierra natal un puesto tan elevado e independiente como el pro-consulado de Montevideo: deseaba conservarlo, y halagaba a su gobierno con la supuesta voluntad de los habitantes para continuar bajo la autoridad del Rey D. Juan VI.

Con razón el general portugués creía este medio el mas eficaz para no ser removido, porque era claro que debiéndose a su sistema de simulada contemporiz= ación y tolerancia, la pretendida adhesión del país, y lo que era mas practico, la posesión pacifica de tan valuable conquist= a, el gobierno del Río de Janeiro lo continuaría en el mando, po= r el temor bien fundado de que un sucesor cualquiera, alterando la marcha de su predecesor, provocase los habitantes a la revuelta; pues la sumisión= de estos era en realidad forzada. El general Lecor tenia mas que ningún otro motivos para no alucinarse. Sabia con evidencia que la resignaci&oacut= e;n tenia solo por causa la impotencia para rechazar el predominio extranjero p= or mas que la detestasen con todo el poder del sentimiento y despecho por la dignidad nacional ofendida, y los vejámenes de la dependencia. No querían ni podían disimular su radicada aversión, y la exhibían impunemente seguros como estaban que el general Lecor se contentaba con el hecho -la posesión- y que tenia conocido interés en ocultar todo estrépito, cualquier incidente o explosión de escándalo que descubriera los patrióticos estímulos de los naturales, que tanto le convenía y estudiaba ocultar.

No quiere esto decir que faltasen a= lgunas almas mercenarias, que sofocando en sus pechos todo sentimiento de dignidad= y patriotismo, dejasen de prestarse abyectos con su prejuicioso influjo y mala doctrina, para consolidar en su patria el dominio de los extranjeros: guiábalos sin duda la pasión bastarda del interés personal, y del mas criminal egoísmo. Excepciones comunes a todos los pueblos, pero cuyo corto numero en nada altera su fisonomía moral.

Algunas notabilidades contribuyeron= con su ascendiente y malos consejos, con sus practicas también, a tan pérfido designio, y una vez empeñados en tan mal camino -cont= ra la causa de la patria- no tenían ya otra garantía probable, o= tro prospecto de un porvenir tranquilo después de su prevaricato, que en= la perpetua estabilidad del nuevo orden de cosas: y cooperaron con todas sus fuerzas para cimentarlo. Habían pecado, y en aquellos tiempos de entusiasmo nacional, tiempos de sincera y leal pasión patriót= ica, la culpa era sin remisión.

Avanzando tan prósperamente = y sin obstáculos al objeto capital de sus aspiraciones -el pro-consulado vitalicio- el Barón de la Laguna no consideraba aun realizado su sueño dorado con el feliz éxito de la pacificación. Verdad es, que debía combinar su interés privado con las miras ulteriores e inveteradas de aumento de territorio para la corona de Portugal: y que, aun cuando este acrecentamiento existía de hecho, no era suficiente garantía para la posesión no disputada, puesto que no tenia o= tra sanción que la de la fuerza: se requería la sanción le= gal y para remendarla adornar la adquisición o el despojo con las apariencias ficticias del buen derecho, bien que este solo se apoyase en el falseamiento de las formas y en la supuesta adhesión del pueblo. Tod= os los procederes electorales que se emplearon fueron postizos y clandestinos:= no podía ser de otro modo, cuando la prenda adquirida tenia el origen impuro de la usurpación mas manifiesta y atentatoria. Empero, el barón sabía muy bien que las conquistas no tienen títu= los mas valederos.

De modo que, haciendo uso de la fue= rza preponderante de que disponía, y utilizando las circunstancias excepcionales que en ventaja de los invasores dominaban en estos paí= ses; el general Lecor impartió sus ordenes, y puso en juego los conocidos resortes del poder para obligar a los habitantes a que se reuniesen en comi= cios públicos, a fin de deliberar y votar si la provincia de Montevideo había o no de incorporarse a la corona de Portugal, Brasil y Algarve= s. Desconocería el ascendiente de las bayonetas, el que creyese que en tales reuniones pudo prevalecer otro voto que el afirmativo. Es, pues, excu= sado indicar que el dolo, el cohecho, las promesas y hasta las amenazas, se pusi= eron en juego con cínica impudencia, a fin de obtener el objeto anhelado; porque no puede ignorarse que tal es constantemente la practica y los resor= tes de las operaciones ilegales.

El resultado de esta farsa electora= l fue acopiar crecido numero de firmas, supuestas la mayor parte, suscriptas en u= na exposición dirigida al gobierno portugués, implorando la incorporación de la provincia oriental a los dominios de la casa de Braganza. Suplica que, como es fácil colegir, fue favorable y prontamente otorgada. La reincorporación quedó así consumada. Es la historia de las usurpaciones disfrazadas con el mal disimu= lado ropaje de las formas legales parodiadas.

Se transformo así la provinc= ia oriental, en un nuevo Estado con la denominación de Cis-platino, que enriqueció con un florón mas la diadema de d. Juan VI.=

Las fiestas para celebrar un evento= de tanta trascendencia fueron brillantes y formaron contraste con la penuria y= el descontento público, por la reciente calamidad. Estaban calculadas p= ara distraer con el regocijo de los nuevos señores, y el aparato del fal= so brillo, el ánimo del pueblo contristado por tan impopular cuanto violenta transición. Los buenos orientales han rechazado siempre el dominio brasilero: sus nobles pechos no sabrían abrigar tanta mengua= .

El artificioso Lecor, frío p= or carácter, por sistema y por el hielo de los años, emple&oacut= e; todos los medios que su sagacidad pudo sugerirle, para consolidar la fraudulenta posesión, condecoró con altas graduaciones milita= res a algunos hijos del país, que fueron bastante débiles para dejarse seducir por el oropel del uniforme, y un mezquino sueldo mal pagado, adquirido al vil precio del olvido criminal de los sentimientos mas nobles = del corazón. No se olvidó la corte de recompensar a sus adeptos, haciendo una remesa de títulos, cruces y decoraciones que rebelaron = la infidencia de los agraciados. Fácil nos seria exhibir los nombres de= los prevaricadores; pero nos abstenemos de ponerlos en la picota en obsequio a = su irresponsable posteridad.

Con idéntico fin de perpetua= r la dominación, el general portugués fomentaba y protegía = los enlaces matrimoniales de sus jefes y oficiales con las principales familias= del país. Él mismo se unió con ese vinculo a una señorita de las más distinguidas.

Las tropas portuguesas desde entonc= es continuaron en inalterada posición del territorio usurpado por la violencia y la cábala: y los naturales lamentando su situació= n, al ver cambiados por las quinas portuguesas sus bellos colores republicanos, emblema de recientes glorias.

El gobierno de Buenos Aires y toda = la República soportaba, aunque con manifiesto disgusto, la usurpación del territo= rio oriental por los intrusos extranjeros; y al mismo tiempo deploraba -con sobrados motivos- la vecindad de tan peligrosos y ambiciosos vecinos. La antipatía hacia los usurpadores de una parte integrante tan preciosa= de la Unión, e= ra muy pronunciada. Este sentimiento de repulsión y de tan antigua data era reciproco: adquisición legada por entrambas metrópolis a sus colonos de ultramar. En Europa se había nutrido con las guerras de vecindad y de sucesión; y en América las mismas causas producían  idént= ico efecto para fomentarlo.

Era de absoluta necesidad no distra= er la atención de los altos intereses de actualidad  y reponerse del cansancio de la contienda empeñada contra la España; de la debilidad y desquicio = que había sido su consecuencia forzosa en una lucha tan dilatada y desig= ual; fortificarse en fin con nuevos bríos, para promover una formal reclamación de los derechos violados; y como condición indispensable asumir previamente una actitud imponente porque la repulsa obligaría al gobierno, guardián y conservador de la dignidad nacional, a ocurrir extemporáneamente a las armas para hacer valer s= us justas pretensiones y su buen derecho. Estas consideraciones obligaban a aplazar la reclamación.

He ahí el grave aspecto, la posición difícil de los nuevos Estados de la América del Sur al terminar el año 1821. Se bogaba con tesón y, aunque lentamente, algo adelantaba el bajel impelido por la desecha borrasca; no había aun llegado a buen puerto: la independencia no estaba asegurad= a. Se peleaba todavía con inimitable constancia para conquistarla, y una sola batalla perdida en el Perú, podía, si no decidir la suer= te futura de estos países, al menos -y con certidumbre- prolongar la gu= erra y su cortejo obligado de ruinas y exterminio: frutos de maldición, de cuya cosecha ni la victoria y sus glorias pueden sustraerse.

 

 

 

Año de 1822

 

 

I. Guerra del Perú - desa= stre de Ica - general Sucre - coronel Santa Cruz - Lavalle en Riobamba: batalla de Pichincha - entrada en Quito - Bolívar y San Martín: entrevis= ta en Guayaquil - revolución en Lima: Monteagudo - abdicación de= San Martín: se embarca para Chile - II. Nuevo gobierno: gral. Lamar - los colombianos -  expedició= ;n de Alvarado a intermedios - plan combinado - situación - Lord Cochrane;= se retira a Chile. III. El Brasil: Don Juan VI: se traslada a Lisboa - el príncipe Don Pedro: proclama la independencia: emperador constitucio= nal - el Barón de la= Laguna: disidencia entre portugueses y brasileros - el cabildo de Montevideo - soci= edad de "caballeros orientales" - misión a Buenos Aires: result= ado de la negociación. IV. Provincias argentinas: año 1820 - D. Bernardino Rivadavia: sus calidades: sus trabajos administrativos -  consideraciones generales - reforma militar - supresión del cabildo - reforma eclesiástica - consideraciones sobre las reformas. V. República de Chile - sublevación de Freire.

 

 

 

I.

 

El abandono de la sierra del Per&ua= cute; por las tropas republicanas cambio la faz de la guerra, y después del mes de enero los españoles empezaron a recoger el fruto de su bien meditado plan.

Un suceso desgraciado eclips= ó, aunque momentáneamente, el brillo de las armas libertadoras. Una división destacada a las ordenes del general D. Domingo Tristá= ;n fue atacada y desecha por el general Canterac, en las inmediaciones de Ica,= [28]<= /span> que se situó en la estancia de Macacona distante legua y media, para cortarle la retirada. La división libertadora sufrió alguna perdida en muertos y heridos, y la muy considerable de mil prisioneros, cua= tro piezas de artillería y gran cantidad de armamento. El resto de los vencidos pudo salvarse en gran desorden, embarcándose en Pisco dista= nte treinta leguas.

La derrota se atribuyo principalmen= te a la impericia del general Tristán bajo la influencia de los consejos de = su segundo el jefe de estado mayor divisionario, coronel Gamarra. Este primer contratiempo causó viva sensación en todo el país, que hasta entonces había creído invencibles a sus libertadores, y restableció la moral en el ejército español.

El general Bolívar despu&eac= ute;s de consolidar la independencia de Venezuela y Nueva Granada envió al territorio de Quito una división colombiana a las ordenes del general Sucre. Los españoles ocupaban todavía la capital despué= ;s del pronunciamiento de Guayaquil. El general Sucre no considerándose bastante fuerte para medirse con los realistas, pidió auxilio al gen= eral San Martín: este lo reforzó con una división compuesta= de cuerpos argentinos y peruanos a las ordenes del coronel D. Andrés Sa= nta Cruz.

El teniente coronel de granaderos a= caballo D. Juan Lavalle pertenecía a esta división. Habiendo este jefe perseguido de cerca a los enemigos y a gran distancia del cuartel general, = se encontró comprometido en las inmediaciones de Riobamba. Era en tal situación peligrosa la retirada y el teniente coronel Lavalle no encontró mejor arbitrio que cargar la caballería enemiga, fue= rte de 450 hombres muy acreditados, con solo 95 de su escuadrón: este puñado de valientes guiado por su intrépido jefe, persiguió y acuchillo a sus numerosos contrarios, causándoles gran perdida; todos habrían sido exterminados sin la protecció= ;n de su infantería, que lograron alcanzar. Reforzados los enemigos, el valiente Lavalle se retiraba al trote, cuando volviendo  caras repentinamente, en una segun= da carga tan brillante como la primera, los sableo a placer. Los enemigos sufrieron la perdida de sesenta muertos y mayor numero de heridos: debieron= su salvación a la proximidad de sus batallones.

Dos días después[29]<= /span>, tuvo lugar la batalla de Pichincha. Las fuerzas de ambos ejércitos  eran próximamente iguales: = cuatro mil hombres. Los españoles fueron vencidos, y tuvieron la perdida de quinientos hombres entre muertos y heridos; la de los patriotas ascendi&oac= ute; a trescientos. En esta victoria tuvieron una parte muy principal el coronel colombiano Córdoba, y los jefes argentinos D. Félix de Olazábal y el de caballería D. Juan Lavalle. El ejérci= to español capituló: Quito fue comprendida en este pacto.=

El combate de Riobamba es incuestio= nable que preparo el triunfo de Pichincha, porque difundió el terror en las filas españolas: se observo gran timidez e irresolución en sus movimientos. Estaban impresionados y absortos todavía por el inaudito arrojo de sus contrarios en Riobamba. Honor al valiente Lavalle.

La capital abrió sus puertas= a los vencedores, y el territorio de la antigua presidencia de Quito asumió una existencia de nación independiente con el nombre de Repúb= lica del Ecuador.

He ahí el noble rol de nuest= ros antepasados, bien que la gratitud no sea siempre la recompensa de tan costo= sos sacrificios. Puédese asegurar, sin temor de ser desmentidos, que tal compensación no se ha obtenido por los muy notorios sacrificios de v= idas y fortunas que a la faz de la América y del mundo entero, han prodigado los arge= ntinos en pro de republicas hermanas.

Bolívar se aproximaba al ecu= ador, sobraban motivos para sospechar que sus miras eran de absorción. En Quito y Guayaquil se habían pronunciado dos partidos; el uno por la independencia absoluta, por la anexión al Perú el otro. La antipatía hacia Colombia era manifiesta, y diminuto el numero de los partidarios de Bolívar.

El general San Martín conoc&= iacute;a las tendencias del general Bolívar, y después del triunfo de Pichincha se embarco en el Callao para llegar el primero a Guayaquil, con el pretexto de hacer una visita al jefe libertador colombiano, y concertar pla= nes de campaña. Envió algunas fuerzas y pertrechos de guerra para realizar la ocupación, pero Bolívar se había anticipad= o, y cuando San Martín llegó a la isla Puna, inmediata a la entrada del puerto, se sintió contrariado al saber que su antagonista había llegado a la ciudad doce días antes. Hizo regresar sus fuerzas a Lima.

Entro San Martín en Guayaqui= l con solo su comitiva, y los habitantes lo recibieron con tales demostraciones de júbilo y respeto que Bolívar debió lastimarse, como se lastimo en efecto de tan marcada y significante predilección.=

En la entrevista de los dos capitan= es reino una aparente cordialidad, pero el general San Martín, hombre de mund= o y de alta penetración, comprendió muy luego que no podían coexistir dos cabezas -la suya y la de Bolívar-  en una empresa común.

No es fácil, sin embargo, de= cidir, si esta poderosa consideración fue la única que obro en su an= imo para dejar el campo libre a su rival, porque solo al todopoderoso es dado penetrar los recónditos pensamientos del corazón humano; y el general a sus indisputables grandes cualidades, unía la muy importan= te y necesaria para la alta misión de que estaba encargado, de una reserv= a y circunspección inalterables. Puede muy razonablemente conjeturarse, teniendo en cuenta su manifiesta aversión a la anarquía, y la certidumbre de sus consecuencias desastrosas para las armas de la patria, si llegaba a estallar en el Perú, que la impresión que produjo e= n su espíritu la fundada sospecha de las miras ulteriores de Bolív= ar, debió tener un influjo directo e inmediato en la resolución q= ue no tardo en adoptar, de abandonarle el teatro de sus glorias, y de un porve= nir que debía colmarlas.

Otro motivo mas grave acabarí= ;a de decidirlo si, como no tenemos datos suficientes para asegurar, la entrevista con Bolívar no fue la  = causa eficaz de su abdicación del mando supremo.

Durante la ausencia de la capital d= e su protectorado, sobrevino en Lima una revolución contra su favorito y hechura, el ministro Monteagudo, que el general había dejado encarga= do como alma y director de la administración bajo el gobierno provisorio del Marqués de Torre Tagle. De este acontecimiento tan trascendente,= no tuvo el general San Martín la mínima noticia hasta su llegada= al Callao el 19 de agosto de regreso de Guayaquil. Su mortificación fue extrema cuando al instruirse de los pormenores de la revolución que derroco a su ministro, depositario de sus planes de administración, = supo con sorpresa que el ejército había permitido y presenciado impasible su caída, sin defenderlo ni tomar parte para contener la muchedumbre que habría sido muy fácil refrenar; porque el movimiento, llamado popular, no fue tanto obra del pueblo limeño, si= no muy principalmente de las sugestiones de los aspirantes que, para encubrir = sus designios, colocaron aquel en primera línea.

El gobierno del Perú era un = poder esencialmente militar; su denominación de protectorado nos exime de fáciles pruebas sobre la índole de aquella administraci&oacut= e;n, sin que por esto se comprenda que nos proponemos ejercer la censura. Lejos = de esto, reconocemos que por las circunstancias especiales en que el paí= ;s se encontraba, ese sistema de gobierno bien que siempre funesto para los pu= eblos en situaciones normales, era por entonces el único salvador.<= /p>

Se alarmó, pues, y con raz&o= acute;n el general San Martín, y se agolparían a su mente, aun sin ser hombre de segunda vista, las consecuencias de aquella revolución. Er= a la primera vez que sus jefes no lo secundaban: temía la reincidencia y = ver perdido el prestigio de su poder, de una autoridad que hasta entonces nadie había contrariado.

Promovió la instalació= ;n del congreso peruano, que se verifico el 20 de septiembre, y en la primera sesión publica y solemne de inauguración, resigno el protecto= rado en manos de los representantes del pueblo, cuyas reiteradas instancias no consiguieron persuadirlo a que continuase con  las riendas del gobierno. Acto con= tinuo se despidió para siempre de las playas del Perú, y fue a dese= mbarcar en Valparaíso.

 

 

 

 

II.

 

 

 

Separado el general San Martí= ;n voluntariamente del teatro de sus glorias, el congreso  nombro al general Lamar, al conde = Vista Florida y a D. Felipe Antonio de Alvarado (hermano del general) para que lo= reemplazasen en el mando supremo. La elección fue acertada: el general Lamar principalmente tenia reconocida capacidad como soldado y estadista para dir= igir los negocios, y virtudes cívicas poco comunes en los grandes sacudimientos que, cuando se prolongan, concluyen por corromper el corazón y viciar la moral; y sin embargo el general Lamar carec&iacu= te;a de una calidad esencial, sin cuya posesión las mas relevantes son sin eficacia en las grandes crisis: era irresoluto y mas moderado de lo que podría convenir en medio a la borrasca política que asomaba amenazante en el horizonte de los partidos. Estos con la ausencia del gener= al San Martín, hombre de prestigio y energía para reprimirlos, debía temerse que habían de desbordarse.

Poco tiempo después de la separación del general San Martín, llegó a Lima una división colombiana; la mandaba el general Paz del Castillo: su fuer= za, 3.000 hombres de las tres armas.

Eran los colombianos soldados muy  valientes y aguerridos, endurecido= s a la intemperie de las estaciones y la vida del vivac: habían pasado por = el bautismo de sangre en una larga serie de duros combates contra selectas tro= pas españolas; y se fortificaron sus almas en la severa escuela de las privaciones y peligros inherentes a  la honrosa profesión de las armas; pero en disciplina e instrucciones no habían hecho grandes progresos. Fue necesaria toda = la acción del genio de un Bolívar, hombre que sobresalía = del nivel común de cuantos lo rodeaban, para conducir a la victoria una = masa de hombres los mas belicosos pero poco ordenados.

Estas tropas auxiliares no prestaron entonces activos y eficaces servicios a la causa de la independencia peruan= a; se limitaron al sedentario de guarnición. Fueron huéspedes incómodos y dispendiosos, consumidores que nada produjeron. Pero la mansión de estas tropas en la capital fue de corta duración: = el general Bolívar ordeno que regresasen a Colombia, lo que inmediatame= nte verificaron embarcándose en el Callao.

La retirada de la división colombiana indujo a sospechar miras de ambición personal en el gener= al Bolívar, y a este respecto nos limitaremos a indicar el juicio que se formo entonces de medida tan inesperada, porque carecemos de pruebas para inculpar al héroe de Colombia, y no es posible, por lo tanto, formul= ar un cargo que si fuese fundado gravitaría sobre este personaje histórico, y un cargo bien serio por cierto, puesto que comprometió y puso en gran peligro la causa de la independencia del Perú.

Puédese si afirmar que, cual= esquiera que fuesen los fines del libertador, la retirada de las tropas colombianas = del teatro de la guerra fue causa de grandes desastres, porque esas tropas debían concurrir a un vasto plan de operaciones, como mas adelante se manifestara, que por el vacío que dejaron, no pudo ejecutarse del mo= do que se había acordado. La no concurrencia de la división colombiana dio por resultado inmediato una derrota, un cambio de situación que hubo de ser funestísima a la causa de la independencia.

En el mes de octubre salió d= el puerto del Callao un convoy conduciendo 4.000 hombres a las ordenes del gen= eral Alvarado con dirección a puertos intermedios. Esta expedición estaba resuelta por el general San Martín antes de descender del man= do, y se había preparado, aunque lentamente. El nuevo gobierno adopt&oac= ute; el plan y concluyó los aprestos para realizarla.

El ejército expedicionario desembarcó en Arica a fines de noviembre, su fuerza total en las tres armas ascendía aproximadamente a 4.000 hombres. El plan de operacion= es estaba bien calculado: desde el momento que el general Alvarado abriese la = campana, el general Arenales a la cabeza de mas de 5.000 hombres, inclusa la división colombiana, debía marchar sobre el valle de Jauja pa= ra llamar la atención del general Canterac que lo ocupaba con 5.000 hombres, e impedir que auxiliase a Valdéz que maniobraba con 3.000 veteranos sobre la costa. En tanto que el general Alvarado caía sobre esta fuerza, una división volante a las ordenes del coronel Miller marcharía a encontrar a Olañeta, situado en la provincia de Potosí, y fuerte de tres a cuatro mil soldados, incluyendo las guarniciones.

Las fuerzas realistas estaban separ= adas entre si a grandes distancias, en un país sumamente áspero y breñoso de muy difíciles comunicaciones. Se esperaba batirlas= en detal, tal era el pensamiento.

Pertenecientes al ejército, = 150 hombres desembarcaron en Iquique y marcharon a Tarapaca en observació= ;n del alto Perú.

El 9 de diciembre el general D. Enr= ique Martínez marchó con su división a situarse en Lluta, distante tres leguas de Arica.

Las tropas del general españ= ol Valdéz maniobraban sobre Tacna: estaban escalonadas en los valles de Moquegua, Lucumba y Sama, manteniendo un pequeño cuerpo avanzado inmediato a Tacna.

El 23 de diciembre una brigada a las ordenes del coronel Correa marcho a Tacna. Pocos días después= el general Martínez levantó su campo con el resto de la división y llego a Tacna en momentos que Valdéz se presentaba= con la intención de un golpe de mano. La presencia de la división Martínez reunida obligo a Valdéz a retirarse hasta Calana, distante dos leguas de Tacna.

En el capítulo correspondien= te se verá el éxito desgraciado que tuvo una expedición tan = bien calculada.

Al terminar este año, el pro= specto no era en verdad muy lisonjero. Por un lado, se temían los conatos de dominación del general Bolívar, porque sobraban motivos y antecedentes para sospechar que su anunciada presencia en el teatro de la guerra, y la eficaz cooperación que prestase con los refuerzos que traería de Colombia, no seria gratuita: de tal suerte, que aun cuando consiguiese debelar al enemigo común, no se descuidaría en ha= cer valer sus servicios, y esto no era posible se realizase de otro modo que en perjuicio y mengua del Perú, es decir: haciendo pesar sobre el país, sino los efectos de la conquista, su autocracia militar. Bolívar era hombre de genio, y por desgracia, la ambición es = casi siempre su invariable asociada.

Agréguese que la ausencia del general San Martín dejaba la puerta abierta a la intriga y pretensio= nes de un numero no muy corto de aspirantes, cuyos conatos habían ya empezado a transpirarse. El feliz éxito de la revolución cont= ra el ministro Monteagudo alentó a los desorganizadores, estableciendo = un precedente que, como mas adelante se vera, fecundizo el germen de división y anarquía que se desarrollo muy luego.

Los brillantes y eficaces servicios= que lord Cochrane  presto a la cau= sa de la independencia del Perú como jefe de la escuadra chilena, tuvieron incontestablemente muy poderoso influjo en su asecucion. Su nombre ocupara = un lugar prominente en los fastos de la guerra de América. Sus proezas exceden a todo encarecimiento: empezó a ilustrarse a fines de 1818. = Su separación voluntaria dejó un gran vacío en la escuadra chilena: tuvo por causa la mala inteligencia con el general San Martí= ;n. Esta se manifestó desde muy temprano y no ceso de obrar en el ánimo de ambos jefes.

Retirado lord Cochrane a su posesi&= oacute;n agrícola de Quinteros (Chile), paso poco después a prestar sus servicios al emperador del Brasil.

 

 

 

III.

 

 

 

El Brasil, a pesar de abrigar en su= seno copiosos elementos de desorganización, continuaba tranquilo y feliz.= Don Juan VI se traslado a Lisboa con su corte, porque el régimen constitucional, introducido recientemente en sus dominios europeos, hacia presagiar disturbios sociales que requerían su presencia en el reino= . Su heredero el príncipe D. Pedro quedo en Río de Janeiro al fren= te de la administración. Era este un gran acontecimiento precursor de o= tros mayores, que no podía ocultarse a la perspicacia de los estadistas. = Las provincias unidas por su inmediación al Brasil debían estar apercibidas.

El príncipe Don Pedro, el primogénito de la casa de Braganza y heredero de la corona, después de la ausencia de su padre no se hizo esperar mucho tiempo: emancipó al Brasil de la dependencia de la metrópoli, y al ro= mper el vinculo de unión, se hizo proclamar emperador constitucional y defensor perpetuo del Brasil. Habíase así acordado entre el p= adre y el hijo.

Las tropas portuguesas en la Banda Oriental recibieron con manifiesto descontento la noticia de este extraordinario suc= eso. Algunos jefes de alta graduación estaban únicamente en el sec= reto del pacto de familia.

La división brasilera que ocupaba la campaña, cuyo cuartel princ= ipal estaba en la villa de Canelones, distante nueve leguas de  Montevideo, aplaudió la independencia, y desde luego se pronunció en disidencia con los Voluntarios Reales, negando la obediencia a las autoridades europeas que dependían de D. Juan VI.

El Barón de la Laguna que ve&iacut= e;a escapársele su virreinato o pro-consulado, y que desde largo tiempo alimentaba la esperanza de no dejar sino con la existencia el mando y señorío de su mina de oro, no vaciló en tan críticas circunstancias. Sin perder tiempo y por satisfacer su ambición personal, el anciano general, el hasta entonces leal soldad= o, no se hizo un escrúpulo de abandonar las quinas portuguesas, bajo cu= yo pabellón había empezado su carrera desde sus más tiern= os años. Con el pretexto de un paseo a caballo salió de la ciudad (octubre) con una corta comitiva; no regresó. Fue a incorporarse a l= os imperiales y estos lo reconocieron por jefe.

Desde Canelones impartió sus= ordenes a Montevideo requiriendo la obediencia al nuevo emperador Don Pedro I; pero= el mismo no fue obedecido y tuvo un sucesor en el mando de la ciudad en la per= sona del brigadier D. Álvaro da Costa, a quien el mando correspondí= ;a por el orden de sucesión. Desde entonces empezó la competenci= a de ambas autoridades, que fue precursora de la guerra entre los antiguos súbditos de un mismo soberano.

La escisión de la monarqu&ia= cute;a portuguesa debía necesariamente producir un cambio en la existencia política de los habitantes del país, y proporcionarles, tal v= ez, una ocasión favorable para sacudir el yugo que exasperados soportaba= n. Así es que inmediatamente se despertó en el ánimo de l= os patriotas tan natural tendencia. Nada podían emprender desde luego en este sentido, porque cualquiera de las dos facciones habría inmediatamente salídole al encuentro para reprimirlos, en la campaña o en la ciudad, que respectivamente dominaban. La primera impresión instintiva fue simpatizar con los europeos porque estos estaban de transito, pues los brasileros ya se dejaba ver que, como vecinos continentales, aspiraban al dominio perpetuo. Se alude, bien entendido, a la gran mayoría de los orientales notables: en las masas no se hab&iacu= te;a extinguido el fuego del amor patrio: rechazaba a los unos y a los otros. El número de los disidentes era menguado: se habían embarcado co= n el general Lecor en la farsa Cis-platina, y no era extraño que continua= sen navegando en el mismo rumbo.

La sociedad de "caballeros orientales" volvió a abrir sus trabajos secretos: eranles igualmente repulsivas ambas dominaciones, pero los patriotas de Montevideo, sometidos a la autoridad portuguesa, tenían necesidad de disimular t= odo conato de emancipación. No se requiere un gran poder de penetración para comprender que, obligados los súbditos del p= adre a abandonar la conquista, preferirían verla pasar a manos del hijo a= ntes que devolverla a sus legítimos dueños. Y así sucedió en efecto.

Los miembros más influyentes= del cabildo se ha dicho anteriormente que estaban afiliados en el club patriótico. Eso era importantísimo, por ser el cabildo, en vi= rtud de los tratados celebrados en 1817, la única autoridad patria que los portugueses reconocían y con la que directamente se entendiesen. Tenían estos conocido interés político, cuyo alcance es fácil comprender para llevar adelante la decepción en aparent= ar deferencia al cabildo. Esta corporación no limitaba su acción= al ejercicio de sus atribuciones municipales; en ciertas ocasiones funcionaba = como cuerpo representativo.

Recuérdese que cuando el gen= eral Lecor entró con sus tropas en Montevideo recibió del cabildo = las llaves de la ciudad, mediante un tratado que firmaron conjuntamente ambos contratantes. Reconoció el general portugués la obligaci&oacu= te;n de devolver al cabildo ese símbolo de dominio, cuando evacuase el territorio oriental.

Fuerza es decir lo que ya debe habe= rse penetrado, que las deliberaciones y actos de ejecución del cabildo emanaban de la sociedad de "caballeros orientales", que desde su instalación dirigía la marcha y procederes administrativos de aquel cuerpo municipal, y, en ocasiones, hasta ciertos procederes del Barón de la laguna, el que interesado en captarse la benevolencia de= la única autoridad oriental en ejercicio, aceptaba sus acuerdos facilit= ando la ejecución. Pero la acción de la sociedad era oculta e igno= rada su existencia por el  general = Lecor y por los miembros del cabildo no afiliados.

Este temía dar un paso falso= y avanzado que lo comprometiese con las autoridades portuguesas, bajo cuyas bayonetas se encontraba coartado, pero tampoco podía conformarse con= la inacción en coyuntura tan propicia. En la necesidad de empezar a trabajar por la causa de la independencia con la mayor reserva posible, la sociedad comisionó a uno de sus miembros[30]<= /span> para que premunido de la competente credencial, con instrucciones y amplios poderes, pasase a Buenos Aires con el carácter de agente confidencial cerca del gobierno, a pedir protección y auxilio para realizar el patriótico designio de emancipación. Un articulo de las instrucciones recomendaba al agente el mas absoluto secreto, y no entenderse sobre el objeto de su misión sino con el ministro de gobierno y relaciones exteriores, Don Bernardino Rivadavia, y en caso necesario, con el general D. Martín Rodríguez, gobernador y capitán gene= ral de la provincia.

El agente fue muy  bien recibido por el Sr. Rivadavia= , que desde luego le expreso su simpatía por el patriótico propósito de los orientales. La negociación se inicio por med= io de conferencias verbales y sin testigos, a fin de conservarla secreta.

Desde la primera conferencia el Sr. Rivadavia se manifestó perfectamente dispuesto a proteger una empresa que, llevada a cabo, reivindicaría los derechos  y la integridad nacional, pero en = esta entrevista como en las subsiguientes en seis días consecutivos, el ministro opuso constantemente el obstáculo de no corresponder a la dignidad del gobierno, abrir relaciones con individuos sin investidura ofic= ial, cualquiera que fuese el merito y la justicia de sus pretensiones, y sin competente representación ni carácter público e independiente; por que el cabildo, decía el ministro, "es una corporación subordinada a las bayonetas extranjeras". De modo q= ue el agente solo pudo obtener simpatías y deseos que no alcanzaban a llenar los fines de su misión. El gobernador D. Martín Rodríguez ofrecía enviar a la Banda Oriental una división de fuerza armada, siempre que se hiciese efectiva la condición que el ministro proponía.

En una de las conferencias el Sr. R= ivadavia hizo entender, como resolución definitiva del gobierno, que este no comprometería su dignidad ni el orden público del país= que administraba, iniciando una contienda con un poder vecino, y entendié= ;ndose previamente con individuos que aunque patriotas conspicuos, carecían= de personería legal. Que se manifestase al cabildo y a todos los señores que conocían el secreto de la negociación que = el gobierno de Buenos Aires para prestar su cooperación y auxilios, para tomar una parte activa en los acontecimientos próximos a estallar, exigía como condición sine qua non, que el cabildo y l= os patriotas de Montevideo instalasen una autoridad que, aun cuando no estuvie= se legalmente caracterizada como representación popular, cosa que las c= ircunstancias no permitían, tuviese al menos la apariencia de un simulacro de la expresión de la voluntad del pueblo oriental, a fin que el gobierno = de Buenos Aires tuviera con quien tratar, sin derogar de su dignidad, por la consideración que se debía a si mismo, y a la nación c= uyos altos intereses le estaban encomendados. Agregó, por ultimo, "q= ue era absolutamente imprescindible entenderse con una autoridad responsable en todos sus actos públicos, para que los compromisos que habían= de contraerse no gravitasen única y exclusivamente sobre el gobierno de Buenos Aires, si los resultados eran adversos".

El Sr. Rivadavia temía con razón que la anarquía volviera a entronizarse en la Banda Oriental, porque el ejemplo y el recuerdo del vandalaje y tiranía de la &eacut= e;poca de Artigas hablaban todavía muy alto, y sospechaba como hombre prude= nte y previsor que el país se extraviase una vez mas en el camino, único que había frecuentado desde que empezó a regirse= sin dependencia.

La Banda Oriental era en= tonces considerada como la tierra clásica del ultra-montonerismo, y, en efe= cto, en sus vastas y deliciosas campiñas tuvo origen el sistema desorganizador del caudillo Artigas, nombre entonces sinónimo de anarquía y despotismo: seudo-federación que había hund= ido en el caos y contaminado todas las provincias de la República. De allí salto con alarmante detonación la primer chispa de conflagración y el funesto ejemplo de desobediencia al gobierno cent= ral. Esa chispa produjo un vasto incendio, la completa disolución de los antiguos vínculos de familia, y por ultimo concitó la funesta subversión del orden público en el año 1820 de infausta recordación.

El Sr. Rivadavia deseaba evitar que= el gobierno fuese instrumento de la repetición de iguales escenas, cuyo término probable seria la anexión de la provincia oriental al imperio del Brasil, con menoscabo de toda la República, y mas inmediatamente de la provincia de Buenos Aires, sobre cuyo gobierno gravitaría toda la responsabilidad de tan estéril intervención ante las provincias de la antigua Unión. Presentía también la extinción del tesoro públi= co, con peligro de que los embarazos del erario provocasen a la guerra civil qu= e, con más o menos desarrollo, no había cesado de germinar en las provincias interiores, así como en la de Buenos Aires.

Tales fueron los motivos que el min= istro alegó, para no prestarse abierta y decididamente a acordar la protección impetrada, no obstante su buena disposición y sinc= eras protestas de adhesión.

Y es evidente a todas luces que los antecesores que rápidamente se han delineado, justificaban tanta circunspección: al menos obraba en favor de su juicio anticipado la presunción sancionada por hechos consumados y palpitantes todavía. Mas tarde, en 1826, el Sr. Rivadavia acredito de un modo bi= en practico el fervor patriótico que abrigaba por la noble causa de los orientales, y que sus votos, aunque estériles en 1822, partían del corazón.

En las instrucciones dadas al agente confidencial se le prevenía ofreciese al gobierno de Buenos Aires, a nombre de sus comitentes, la reincorporación de la provincia orienta= l a la República A= rgentina, bajo las mismas condiciones que las demás de la Unión.<= /span>

Al mismo tiempo, el Sr. Rivadavia f= ue instruido del obstáculo invencible que oponía la presencia de= los portugueses para establecer, no ya una autoridad representativa legalmente constituida, pero ni aun el simulacro de tal representación; y que e= n la campaña era todavía mas difícil y peligroso intentarlo= por la ocupación de los brasileros, que era indudable la aspiració= ;n de estos al dominio permanente del país, y que los portugueses sin o= rden expresa del  gobierno de Lisbo= a para evacuar la capital, no permitirían introducir la menor innovaci&oacu= te;n que tuviese tendencia a sustraerse de su autoridad.

Contestó el ministro "q= ue le era muy sensible la dificultad, porque imposibilitaba a su gobierno para da= r la cara de frente y abiertamente", pues no podía ni debía comprometerse con individuos que, según el agente se expresaba, no tenían acción libre y propia, que estaban bajo la dependencia= de un poder extraño. Pero repitió que el gobierno estaría pronto a cumplir lo que por el órgano del agente confidencial prometía al cabildo de Montevideo, siempre que este venciendo los inconvenientes alegados verificase la única condición que se = le imponía.

Al regresar el agente a Montevideo = a dar cuenta del resultado de su cometido fue encargado por el Sr. Rivadavia de o= tra misión cerca del general Don Álvaro da Costa, y recibió= ; al efecto una credencial. El gobierno de Buenos Aires ofrecía al general portugués buques de transporte para conducir a Portugal la división de voluntarios reales a sus ordenes, y costear todos los ga= stos del viaje. Don Álvaro debía entregar las llaves de la plaza al cabildo, en cumplimiento del convenio celebrado con su antecesor el Barón de la Lagu= na, y permitir simultáneamente la ocupación de la ciudad por las tropas que se enviasen de Buenos Aires al evacuar la plaza.

El cabildo y la sociedad de "caballeros orientales" sufrieron un desengaño bien cruel, porque desde luego se apercibieron que siendo impracticable la condici&oacu= te;n que les imponía el gobierno de Buenos Aires, era también ilus= oria la prometida cooperación.

La proposición dirigida al g= eneral portugués era igualmente inadmisible: no evacuaría a Montevid= eo sin orden expresa de su gobierno. Desde la separación del Brasil le había dado cuenta y pedido ordenes.

No obstante las dificultades y emba= razos de la situación, el cabildo y los miembros del club patriótico se pusieron en movimiento para hacer valer su influjo y relaciones en la campaña, a fin de obtener lo que el gobierno de Buenos Aires exigía como condición indeclinable. Se dedicaron al mismo tie= mpo a conciliarse la opinión de los jefes y oficiales lusitanos, para que estos preparasen la de los vocales del consejo militar, porque sin la deliberación de esta corporación, a cuyo examen debía someterse la proposición del gobierno de Buenos Aires, Don Ál= varo nada podía resolver. Por esta razón aplazó el recibimi= ento del agente confidencial.

El consejo militar se reunió= varias veces; los debates fueron muy animados por la divergencia de opiniones, per= o al fin prevaleció la negativa. Inmediatamente  tuvo lugar la entrevista del agent= e con el general portugués, y es fácil presumir el resultado, desde= que el asunto estaba previamente acordado. El general expresó que preferiría entregar la plaza de Montevideo al gobierno de Buenos Air= es, antes que a las tropas brasileras. No hablaba con sinceridad, porque como en ultimo resultado debía evacuarla por no tener su gobierno miras de d= ominación perpetua, le seria mas grato y honroso ponerla en posesión de sus dueños naturales, cumpliendo con lo pactado, en la capitulació= ;n celebrada al tiempo de la ocupación. Pero que el no podía baj= o su responsabilidad tomar una resolución semejante sin ordenes terminant= es del gobierno de Lisboa, al que sobre el particular había elevado una consulta, y que se prometía que las ordenes que recibiese estarían de acuerdo con los principios de justicia del gabinete portugués, y con los deseos del gobierno de Buenos Aires. Dijo también, que aun no existiendo tan poderosos motivos, no habrí= ;a adherido a la proposición que se le hacia, porque carecía de = los fondos necesarios para atender a los gastos de fletes, víveres y dem= ás indispensables en tan larga travesía, y que sin el beneplácit= o y autorización de su gobierno tampoco podía aceptar los auxilios que se le ofrecían. Así terminó la misión cerca= de Don Álvaro, como era de esperarse, sin resultado útil.=

El cabildo no pudo realizar la condición que el gobierno de Buenos Aires exigía como paso previo. Se conocen ya los obstáculos invencibles que hacían d= el todo imposible la asecución: los portugueses no lo consentirí= an y hasta habría peligrado la seguridad individual de los promotores.

De modo que los patriotas orientale= s vieron con gran descontento frustradas y desvanecidas por entonces sus seductoras esperanzas. Ellos, no obstante, no abandonaron el campo de sus pretensiones, porque con laudable perseverancia las reiteraron: enviaron sucesivamente va= rios comisionados para renovarla, cerca de los gobiernos de Buenos Aires y Santa= Fe, y acreditaron con su insistencia la noble aspiración de librarse de = la opresión de los extranjeros, y la profunda aversión que abrig= aban hacia sus forzosos huéspedes.

El Sr. Rivadavia al recibir la contestación del general portugués se expreso en térmi= nos poco favorables a este jefe, y se manifestó muy contrariado por la p= oca energía de los patriotas de Montevideo: estaba en error. El Sr. Rivadavia deseaba auxiliarlos, porque simpatizaba con su noble causa, que e= ra al mismo tiempo causa argentina, y este deseo sincero lo alucinaba a punto = que no se prestaba a conceder que la condición que exigía era impracticable, porque estaba fuera de la esfera del limitado poder de indiv= iduos sometidos a un poder mayor, y por consiguiente sin acción libre y ef= icaz para dominar la situación.

 

 

 

IV.

 

 

Las provincias interiores, desde el año 1820 de triste recuerdo, continuaban segregadas y rigiénd= ose cada una de ellas por gobiernos independientes entre sí, pero el de Buenos Aires estaba encargado de las relaciones exteriores. Los furores de = la anarquía habían calmado.

En esta ultima provincia empezaban a radicarse las instituciones liberales, y la paz publica de que disfrutaba después de tantos disturbios y calamidades, daba pábulo a la esperanza de un porvenir de ventura y libertad.

El Sr. Rivadavia extrañ&oacu= te;, por su larga residencia en Europa, a todos los partidos que acababan de lidiar = con frenético encarnizamiento: se presentó en el año anter= ior de regreso a su país natal como el iris precursor de la cesaci&oacut= e;n de una gran borrasca; y el general Rodríguez, entonces gobernador y capitán general, se apresuro a asociarlo a la administración, nombrándolo ministro de gobierno y relaciones exteriores, dán= dole por colegas a los Sres. Don Manuel García y general Don Francisco de= la Cruz, respectivamente ministros de hacienda y guerra.

La situación era en verdad b= ien precaria. Después de la excitación febril producida por la anarquía y la guerra intestina, el cuerpo social yacía en completa agonía: el tesoro estaba exhausto, se necesitaba una cabeza privilegiada y un corazón bien puesto para aceptar la responsabilida= d de hacer flotar el bajel del Estado, encallado y sin mástiles.

La elección fue acertada, po= rque el nuevo ministro reunía tales condiciones, y un patriotismo bien proba= do desde el principio de la revolución: calidades que tuvo ocasió= ;n de patentizar en la gestión de la cosa pública, como miembro = de uno de los primeros gobiernos instalados después de 1810.

Es incuestionable que el Sr. Rivada= via, a la elevación de su espíritu unía el saber adquirido po= r el estudio y la practica de los negocios; que era en fin uno de nuestros prime= ros estadistas; esta clasificación se apoya en la opinión generalmente admitida hasta por sus mismos adversarios políticos, que eliminando los menguados intereses del espíritu de partido, no podrían con justicia y de lo intimo de su conciencia, desconocer las virtudes patrióticas y la capacidad que nos complacemos en reconocer= le, pagando así un tributo, aunque débil, a una de las primeras notabilidades argentinas.

La ausencia en Europa de un hombre = de letras tan estudioso y observador como el Sr. Rivadavia, contribuyo eficazm= ente a enriquecerlo con un caudal de conocimientos en la ciencia del gobierno; y premunido de tan valuables dotes abrió su carrera administrativa como primer ministro y centro de dirección, bajo los mas felices auspicio= s.

Desde sus primeros procederes ofici= ales acredito sus aptitudes, su tino y previsión, porque como base y punt= o de partida introdujo en la sala de representantes un proyecto de ley de olvido que, aun cuando encontró acalorados opositores, tuvo suficiente habilidad y energía para vencerlos en la tribuna parlamentaria, después de las mas agitadas discusiones, recabando la sanción= de una ley altamente conciliadora y popular.

Este solo rasgo colocó al Sr. Rivadavia en el mas alto pedestal a que puede aspirar un buen ministro: la confianza publica, es decir, la opinión uniforme de los hombres sano= s de todos los partidos; porque ofreció a sus compatriotas la saludable lección del olvido de los rencores por ofensas y errores recíprocos, en obsequio de un noble sentimiento de humanidad, no solo para enjugar las lagrimas de las familias con l regreso al hogar  domestico de los deudos desterrado= s, y aproximar así el momento de una reconciliación necesaria, sino también, y esto es aun mas importante, porque dio un practico testim= onio de la altura de su espíritu, depurado de mezquinas y nocivas pasione= s, y de su capacidad como hombre público: esto es, porque comprendi&oacut= e; muy luego, en presencia del estado candente de los espíritus, la necesidad de apagar el incendio y que la amnistía era el arbitrio mas eficaz, sino el único, para conseguirlo. Después no ha tenido imitadores.

Se ha censurado y se censura todav&= iacute;a al Sr. Rivadavia por la rapidez de las reformas que introdujo; se pretende, bien que las opiniones están divididas, que acelero su marcha en lug= ar de acompasarla haciéndola lenta y gradual, porque muchas veces convi= ene, cuando el terreno no esta bien preparado, contemporizar hasta con las preocupaciones para después arrancarlas de raíz.

No nos avanzaremos a resolver esta difícil cuestión, no obstante que reconozcamos como un axioma= o verdad inmutable que, no se violan impunemente las leyes del tiempo. Carece= mos de un dato muy esencial para que el problema sea determinado, esto es, si el campo destinado a la explotación estaba ya limpio de cizaña p= ara proceder a la siembra. Nos separan cerca de ocho lustros de la época= a que nos referimos.

Los tiempos han cambiado, y lo que = entonces pudo ser prematuro esta en la actualidad sazonado. El espíritu del s= iglo desde entonces ha marchado a paso acelerado por la vía del progreso,= y estos países han recibido inmensa luz y fortificado su órgano visual, para soportarla sin riesgo de perderla por un súbito resplan= dor. En tal estado, la postergación de los medios que promueven el progre= so social hasta uniformarnos con las naciones reconocidas como los mejores modelos, nos haría responsables ante la historia, y lo que es mas se= rio, paralizaría el desarrollo de la inteligencia y el incremento de los grandes recursos naturales del suelo, retardando la prosperidad y grandeza = que tenemos títulos y medios para alcanzar.

Pero en esta grande obra de regeneración, debemos estar constantemente en guardia y no olvidar n= i un momento que, es una preocupación muy vulgar, y la más ridícula de las preocupaciones, apreciar el tiempo pasado por el espíritu del nuestro, y medir por la altura de los hombres de una época lejana, a los hombres de nuestros días. Esta verdad que= da inalterable invirtiendo los términos.

En cuanto a las reformas introducid= as por el Sr. Rivadavia sin temor de equivocarnos nos atrevemos a aseverar que, la militar al menos, fue extemporánea. El teatro en que con las armas e= n la mano se debatía la cuestión de la independencia, cuesti&oacut= e;n de ser o no ser, estaba bien distante, en el Perú. Pero si los españoles triunfaban, sus fuerzas más numerosas, aguerridas y disciplinadas que en todo el dilatado periodo de la guerra, habrían = como un torrente inundado la América del sur en todas direcciones; y la República en previsión de un acontecimiento posible, y aun probable a juzgar por = la situación respectiva de los contendientes, debía permanecer en guardia y bien preparada. No fue pues prudente, y pudo costarnos muy caro, haber colgado prematuramente las espadas despidiendo de las filas a nuestros guerreros cuando mas necesario era conservarlos; porque los independientes pudieron sufrir una derrota tan completa en Ayacucho, como la que aniquilo a los españoles.

Otras consideraciones no menos aten= dibles reforzaran los motivos que nos inducen a calificar de imprudente y extemporánea la reforma militar. Las indicaremos muy sumariamente.

Como remuneración o premio p= or los servicios prestados durante la guerra de la revolución, la reforma f= ue un verdadero contrasentido; sus efectos, por el contrario, fueron penales. = La demostración de esta verdad es practica y perceptible. El inter&eacu= te;s del capital acordado a los reformados en fondos públicos de nueva creación, ascendía aproximadamente a la tercera parte del sue= ldo integro en las clases respectivas: es decir, que para satisfacer háb= itos y necesidades creadas, se encontraban con un déficit de dos tercios = de su antiguo haber; y como en la carrera militar, mas que en ninguna otra, co= n su continuado ejercicio, con las peculiaridades profesionales, y el deterioro = de la salud en una vida de penalidades, se pierden los hábitos de traba= jo, dificultando la adquisición de la capacidad necesaria para las operaciones industriales; era una consecuencia precisa que surgía de= la nueva situación, que siendo el capital nominal, pues se mantuvo algún tiempo al 25 ó 30 por ciento de valor, era inevitable, decíamos, que los tenedores ocurriesen al arbitrio ruinoso de enajen= ar sus fondos a un precio tan ínfimo, para subvenir a sus más premiosas necesidades. Sucedió, pues, que la mayor parte de los reformados se encontró repentinamente destituida de recursos, y literalmente en la calle.

Como medida administrativa de conve= niencia general, ya se deja ver que la reforma era perniciosa. La indigencia de los reformados que, como se acaba de demostrar, sobrevino muy luego, dio por resultado forzoso aumentar el número de los descontentos, que no tardaron en reforzar las filas de la oposición, y en embarcarse en planes de trastorno y subversión del orden establecido. En una palab= ra, se aumentó el personal de la anarquía apenas extirpada en Bue= nos Aires, y por lo tanto muy peligrosa todavía.

Como medida financiera, los sucesos vinieron muy pronto a patentizar que la reforma militar fue mal calculada. = La guerra de la revolución hizo necesario elevar el número de je= fes y oficiales a una cifra muy alta, y es evidente que en el estado de paz, tal exceso era gravoso al erario y sin retribución de servicios personal= es. Este fue sin duda el motivo principal para reformar el ejército.

Pero téngase bien presente q= ue cuando se sancionó la ley, como anteriormente hemos dicho, la guerra continuaba en el continente, y que aun después de terminada felizmen= te, los menos previsores veían inminente otra guerra con el Brasil, en la que volverían a alistarse los mismos jefes y oficiales que se separa= ban del servicio. Así sucedió en efecto: casi todos con muy pocas excepciones ingresaron en el ejército nacional en su antigua clase y= con su sueldo integro, siendo raro, rarísimo, el que conservaba el capit= al de la reforma, que había pasado a manos de especuladores. Fueron est= os los verdaderamente favorecidos por la ley de premios, los que lucraron extraordinariamente abusando de la situación e urgencia de los reformados, que negociaron sus fondos en los valores mas ínfimos. El resultado fue que nos encontramos con una deuda interior de algunos millone= s de pesos a amortizar, cuyos réditos gravitaban sobre el tesoro público y en provecho, no de los reformados, sino de los agiotistas. Así que, el principio económico fue mal entendido.

Con respecto a la supresión = del cabildo es cierto que esta corporación que tan grandes servicios rindió a la causa publica desde la invasión inglesa, hab&iacu= te;a en los tiempos a que nos referimos, degenerado y adquirido una supremacía peligrosa: amparaba a los revoltosos y se constituyo en un poder abusivo que contrabalanceaba el del ejecutivo: era un estado dentro de otro. Pero ni tan serios motivos podían justificar la supresió= ;n. Si el cabildo ultrapasaba sus atribuciones invadiendo la de los otros poder= es públicos, no era por cierto menos necesaria la existencia de un cuer= po municipal, que el gobierno pudo reducir al limite bien marcado de sus funciones, con menos riesgo que el que corrió por la supresión absoluta, atendida su gran popularidad. Resultó además el gra= ve inconveniente del recargo de atenciones de que el ejecutivo se vio inmediat= amente agobiado, cuando mas asiduamente se ocupaba de la ímproba tarea de innovaciones administrativas, y rodeado de las dificultades consiguientes a= la creación de otro régimen de nueva importación: llamó a si la gestión de las atenciones secundarias del munic= ipio, con perjuicio de la pronta expedición de los negocios público= s.

Algo mas, el cabildo fue reemplazad= o por el departamento de policía, y el pueblo perdió en el cambio los efectos benéficos de una institución paternal para el gobiern= o de la familia que velaba su bienestar y aliviaba la situación de las cl= ases industriales y menesterosas, por otra parte de nueva creación y de carácter prebostal, con tendencias invasoras de sus fueros y liberta= des.

Por lo demás, ya se deja ver= que aun cuando las reformas sean necesarias, es un verdadero delirio aspirar a nivelarse instantáneamente, con solo leyes y decretos, hasta las mas aventajadas naciones europeas, que si han llegado a la altura en que hoy día se encuentran, ha sido al través de quince siglos de guer= ras, las mas sangrientas, exteriores, sociales y de religión. Que diferen= cia! nos encontrábamos en la segunda década de nuestra existencia política como nación y luchando todavía por afianzar la independencia; y agregaremos sin hábitos y costumbres sazonadas, análogas y en armonía con la nueva marcha administrativa.

La reforma eclesiástica se r= edujo esencialmente a la supresión de algunos conventos de regulares y a la expropiación de los bienes raíces anexos, pero dejando a estos religiosos en libertad para secularizarse o hacer  vida conventual, con tal que el nu= mero de cada convento no bajase de doce o dieciséis individuos. Así fue que, no obstante la secularización de muchos franciscanos, domin= icos y mercedarios, quedaron en pie hasta el día los dos primeros monasterios.

Un asunto tan grave requería= tomarse algún tiempo para preparar la opinión. Esta reforma suscitó obstáculos a la marcha gubernativa; los descontentos aprovecharon la oportunidad para sublevar la conciencia de los timoratos y = de los fanáticos.

Las innovaciones en materia de religión son tan serias y vidriosas que los legisladores antes de introducirlas deben tener presentes las lecciones de la historia. Esta en t= odas sus épocas nos enseña que el pueblo es muy fácil de conmover por el poderoso resorte de la religión profanada, y que sin ulterior investigación grita siempre a la herejía, y la cátedra sagrada rara vez se olvida de empuñar sus armas de resistencia, para proclamar las palabras del divino maestro, nolli me tangere christos  meos, que eleva el espíritu de los oyentes a un entusiasmo peligroso, por la b= ien o mal fundada persuasión de la violación de sus creencias, y = de la religión de sus padres.

Tan cierto es esto, que un añ= ;o después[31] de = esta reforma sobrevino una asonada y los amotinados hacían llegar hasta la casa de gobierno el alarido imponente, viva la religión, mueran los herejes. Pretexto, sin duda, para encubrir ulteriores miras política= s y planes ambiciosos de partido, pero pretexto que los gobiernos están = en el deber de evitar por la facilidad con que los demagogos, que no conocen a= rmas vedadas, arrastran a la multitud irreflexiva.

Las cortes españolas durante= la regencia de la = Reina Cristina deseaban hacer una reforma radical en el clero regular, cuyo numero y posesiones valiosas en manos muertas, paralizaba la fortuna publica, retardando los progresos de la industria. No se atrevieron= a llevar al campo del debate un asunto tan trascendente, pero hicieron algo p= eor, y la pluma se resiste a trazar el cuadro de los horribles atentados que mancharon con sangre los claustros y el santuario, hasta extirpar a sus ministros. Este medio atroz fue sugerido so capa, y el pueblo españo= l, religioso por excelencia, cayo en la red, haciéndose instrumento de escenas de horror injustificables. Se prefirió este arbitrio feroz a= l de la discusión en las cámaras legislativas. He aquí una prueba de la delicadeza y gravedad  de tales innovaciones.

Vastísimo es el campo que se= ofrece a nuestra vista para continuar sobre este tema, pero fuerza es terminar por= no ser difusos, y porque basta el buen sentido para penetrarse de la necesidad= que tienen los pueblos nuevos de contener la rapidez de su marcha en la carrera= de las  reformas sociales. Haremo= s, sin embargo, una ligera observación que, en nuestra humilde opinió= ;n, es digna de la profunda meditación de los legisladores y estadistas = de la América del sur.

La República de C= hile por la paz publica que disfruta, después de un largo periodo; por la sucesión no interrumpida, aunque lenta, de su progreso en los mas importantes ramos del orden social, puede citarse como el único mode= lo que merezca imitarse por todos los nuevos estados de la lengua castellana. = Pues bien, Chile conserva todavía el ejercicio de prácticas e instituciones del antiguo régimen, en manifiesta y hasta chocante contradicción con el sistema representativo.

Muy reciente es en aquella Rep&uacu= te;blica la ley que abolió los mayorazgos, con un corto beneficio a favor de = la primogenitura. Una institución anómala, por su diametral oposición a la igualdad democrática: el feudalismo de hecho c= omo en los primitivos tiempos de la conquista, cuando se prodigaban por el mona= rca español y los adelantados, sus delegados en América, las encomiendas y repartimientos. Institución en fin, que no se conoce n= i en la vieja Europa, sino en las monarquías absolutas, y en la alta nobl= eza, y que Chile había conservado más de treinta años después de su emancipación y del establecimiento de un gobier= no republicano.

Los legisladores chilenos han tenid= o el buen sentido de comprender, y están cosechando con abundancia el fru= to benéfico de su sabia previsión, que las reformas sociales requieren tiempo y sazón; y es por esto que han marchado pausadamente por tan espinosa vía, que en nuestro país se pretendió recorrer con la velocidad impulsiva del vapor.

 

 

 

V.

 

 

La República de C= hile después de la ausencia del ejército libertador continuaba baj= o la administración del supremo director general O’Higgins, sin que= la paz interior hubiera sido alterada. Las tropas españolas habí= an desaparecido con los triunfos de los independientes, pero la situació= ;n del país nada tenia de lisonjera, por las penurias del erario y el déficit creciente del presupuesto anual.

El general d. Ramón Freire, gobernador intendente de la provincia de Concepción, y jefe militar = de las fuerzas allí acantonadas, alzó la enseña de la rebelión[32] con= tra la autoridad del director del estado. Fue uno de los periodos mas calamitos= os porque Chile ha pasado desde el principio de la revolución. Para completar el cuadro de la anarquía y de la miseria publica, que es su inmediata consecuencia, un fuerte terremoto[33]<= /span> arruinó la ciudad de Valparaíso hasta en sus cimientos, causa= ndo considerable mortandad. Se sintieron los destructores efectos de tan violen= to sacudimiento en un extenso radio: fue el mas terrible de cuantos hasta ento= nces hiciese mención la tradición desde la conquista.

En el periodo correspondiente se en= contrara el resultado del alzamiento del general Freire.

 

 

Año 1823

 

 

 

I. Continúa la guerra del Perú - situación reciproca de los beligerantes - movimientos = de la división Martínez sobre Valdéz - el general Alvarado maniobrando sobre los realistas: retirada de estos - combate de Torata: Valdéz reforzado por Canterac - los españoles toman la ofensi= va - retirada de los independientes - batalla y derrota de Moquegua - retirada d= el general Alvarado - Necochea y Lavalle - reembarco en el morro de Zama - II. Riva Agüero - caída de Lamar - Riva Agüero llama a los colombianos - el general Sucre - otra expedición a puertos intermedi= os: general Santa Cruz: plan de campaña - Canterac asedia el Callao - los patriotas abandonan a Lima y se refugian en los castillos - el general Sucre asume la dirección de la guerra: su expedición a puertos intermedios - Canterac levanta el asedio del Callao y marcha al interior - combate de Zepita - reembarco de Santa Cruz en Arica - retirada del general Sucre - III. Bolívar en el Perú investido del supremo poder - critica situación del país - antipatía de los peruanos hacia Bolívar y los colombianos - el marqués Torre Tagle - intrigas y maniobras subversivas - IV. Alto Perú - La Serna y Olañe= ta: disidencia - los salteños - guerra civil entre los españoles = - V. provincias argentinas - administración de Buenos Aires: errores: situación general - reacción benéfica en la provincia = de Buenos Aires - espíritu mercantil - VI. La Banda Oriental - el Brasil - don Pedro I - Reclamaciones del gobierno de Buenos Aires - consideraciones generales - asedio de Montevideo - VII.  Reconocimiento de la independencia= por los Estados Unidos - Chile - rebelión del general Freire.

 

 

 

I.

 

El aspecto militar y polític= o del Perú, como se ha manifestado en el año anterior, nada tenia de lisonjero. Los españoles se reestablecieron en la sierra de sus pasa= dos reveses y levantaban nuevos batallones para maniobrar con ventaja en una próxima campaña de la que tendrían la iniciativa. Entre sus generales y jefes se encontraban no pocos muy distinguidos y de acredit= ada habilidad profesional teórica y practica. Los dos rivales Canterac y= Valdéz tenían la primacía.

No importa, se ha de llegar a buen = puerto; porque a la vista menos perspicaz no podía ya ocultarse que en el li= bro misterioso del destino se registraba con letras indestructibles, aun para el tiempo, la independencia del nuevo mundo de Colón, y entre las vicisitudes  inherentes a tan = alta empresa, a pesar de las faltas, los reveses, las intrigas, la traició= ;n también; pero en contraste con grandes rasgos de heroísmo, y = con la decidida opinión de todo el continente, se veía al través de tantos elementos contrapuestos en pugna y reacción,= que la guerra no podía terminar sino con el triunfo de la buena causa. Se comprendía que las contrariedades eran trabajos inevitables de alumbramiento de nuevos estados, próximos ya a hacer su entrada en el mundo, para concurrir a la gran asociación de las naciones. <= /p>

Los ánimos de los patriotas = estaban preocupados y en gran expectación: se aguardaba con impaciencia el resultado de la expedición a intermedios a las ordenes del general Alvarado.

Es forzoso declarar que despu&eacut= e;s del desembarco en arica se perdió algún tiempo en la inacci&oacut= e;n: El buen éxito en la guerra depende de la celeridad de los movimiento= s, aun más que de los planes especulativos mejor combinados.

En el año anterior hemos dej= ado al general d. Enrique Martínez maniobrando sobre Valdéz retirado momentáneamente a Calana distante dos leguas de Tacna. Perseguidos c= on tesón por nuestras fuerzas, ocurrieron algunos encuentros ventajosos para los patriotas.

El jefe español continu&oacu= te; en buen orden su movimiento retrogrado a Pachia, y de este punto a Tarrata, catorce leguas de Tacna, siempre seguido en zaga. Por este tiempo el general Alvarado no se había aun movido de arica. Levantó al fin su c= ampo y verifico la reunión de todas sus fuerzas el 13 de enero en el Vall= e de Lucumba, y siguió avanzando sobre Valdéz.

El 18 el general Alvarado con todo = el ejército llego a las inmediaciones de Moquegua, e hizo alto a tiro de cañón  de la división de Valdéz que estaba reunida y vivaqueaba en las alt= uras adyacentes, donde había tomado posición para esperar a su adversario.

Al amanecer del 19 el ejérci= to independiente marcho sobre los enemigos; estos se retiraron disputando el terreno palmo a palmo en las elevaciones que encontraban en su transito, y volvieron a tomar posición en los cerros de Torata. Allí se l= es incorporo el general Canterac con un pequeño destacamento de caballería: el resto de su división la había dejado a retaguardia a pocas millas de distancia.

La posición de Valdéz= era tan fuerte que diferentes tentativas del general Alvarado para desalojarlo fuer= on del todo infructuosas.

Sin embargo, la situación de= los españoles era de las mas apuradas, y fatal habría sido su des= tino si la fortuna en momentos de crisis tan solemne no hubiera llegado en su au= xilio. Reforzado Valdéz por las tropas de Canterac, ambos jefes tomaron inmediatamente la ofensiva, que nuestras tropas a pesar de su bizarra condu= cta no pudieron contrarrestar: cedieron el campo.

Durante la noche el general Alvarado continuó la retirada e hizo alto en las inmediaciones de Moquegua, distante cinco leguas del campo de batalla de Torata. Eligio una fuerte y b= ien calculada posición y se preparo a un nuevo combate.

La totalidad de las fuerzas españolas al mando de los generales Canterac y Valdéz habían realizado su reunión. El 21 cargaron con gran ímpetu la línea de los independientes, y aunque estos con su acostumbrado ardimiento defendieron brillantemente la posición, esta= fue tomada por los enemigos, y la derrota se declaró en las filas americ= anas.

Las armas españolas obtuvier= on una completa victoria. En las sangrientas batallas de Torata y Moquegua, el ejército expedicionario perdió quinientos soldados muertos y heridos, sesenta jefes y oficiales, y una gran parte de su material de guer= ra. La perdida de los enemigos fue también considerable: en su parte oficia= l la hacen subir a ciento cincuenta muertos y doscientos cincuenta heridos, pero esta cifra, se sabe con evidencia, esta muy rebajada.

El general Alvarado se retiro precipitadamente con el resto de sus fuerzas y consiguió embarcarse = con mil hombres escasos en el morro de Zama. Desde allí hizo rumbo a Iqu= ique con trescientos hombres que quisieron seguirlo. Pero Olañeta estaba = en Iquique, y a su llegada a este puerto el general considero necesario navegar con dirección al Callao donde desembarco. Algunos buques del convoy hicieron escala en Pisco.

El coronel d. Eugenio Necochea, jef= e de la caballería, para proteger la retirada del ejército dio una ca= rga a fondo con su acostumbrada intrepidez sobre las tropas enemigas, pero desgraciadamente fue herido y puesto fuera de combate; el desorden se intro= dujo en las filas de nuestros valientes. Los enemigos aprovechando momentos tan solemnes consiguieron cortar el ejército patrio. El comandante Laval= le pudo reestablecer el orden y la formación, y secundado por las fuerz= as que quedaban cortadas logro en una brillante carga romper la columna enemiga e  incorporarse al resto del ejército que marchaba en retirada precipitada. Así nuestro ejército pudo ganar tiempo y llegar a la costa para embarcarse.

Hemos dicho anteriormente que la expedición del general Alvarado a puertos intermedios fue una operación bien calculada. Los generales Arenales y Paz del Castillo,= con sus fuerzas respectivas, debían caer sobre Canterac, situado en el v= alle de Jauja, en tanto que el general Alvarado abría su campana sobre Valdéz. La ausencia de los colombianos hizo fallar este plan combina= do y el general Alvarado se encontró solo sin sus auxiliares. Deshecha la combinación por la partida inesperada de la división colombia= na, el gral. Arenales no pudo ponerse en campaña, y las derrotas de Tora= ta y Moquegua fueron el resultado forzoso del plan frustrado.

Canterac libre de toda otra atenci&= oacute;n pudo incorporarse a Valdéz para salvarlo y anonadar al ejérci= to patrio a favor de su superioridad numérica.

Estos contrastes cambiaron la faz d= e la guerra en favor de los españoles. La actitud militar de los ejércitos del rey adquirió, sino una decidida preponderancia,= un prospecto probable de ulteriores ventajas, al paso que la situación = de los republicanos perdió inmenso terreno, haciéndose muy difícil y complicada por los importantes y recientes triunfos de sus competidores.

 

 

 

II.

 

 

Otro nuevo aspirante, que estuvo a = punto de ser bien funesto a la causa de la libertad, el Sr. d. Jose de la Riva Agüero, apareció en la arena política y complico mas la situaci&oacut= e;n. Derroco la administración del gral. Lamar y se invistió del supremo poder. Sobraban pretendientes, pero faltaban hombres de calidades. = El gral. Lamar lo era en efecto, no solo por su capacidad sino por sus virtudes cívicas y republicanas: empero, en tiempos de revueltas es siempre infalible el destino de los Arístides: el ostracismo. El gral. Lamar, paguemos este tributo de justicia a su mérito, era un hombre probo, y esta excelencia es heterogénea cuando pululan los intrigantes. Mas t= arde lo hemos de ver cubriéndose de gloria en los campos de Ayacucho, en = cuyo triunfo tuvo una parte principal.

Riva Agüero, el nuevo jefe del= poder ejecutivo, necesitaba después de la derrota de Moquegua un apoyo efi= caz para afianzar su usurpación, y con tal intento había llamado = al gral. Bolívar. No se hicieron los colombianos esperar mucho tiempo y pisaron el territorio del Perú 3.500 hombres de aquella Repúb= lica, mandados por el gral. Sucre, primer teniente y brazo derecho de Bolí= var en el ramo militar.

Después del desastre de Moqu= egua el Sr. Riva Agüero envió otra expedición a puertos intermed= ios a las órdenes del gral. d. Andrés Santa Cruz, compuesta de ma= s de 5.000 hombres. Estas fuerzas desembarcaron en Iquique a mediados de junio y abrieron la campaña con dirección al sur. Según el plan concertado, el gral. Santa Cruz debía cargar sobre Olañeta y contramarchar después de haberlo aniquilado para caer sobre Canterac= y Valdéz. Se contaba para esta operación con el refuerzo de una división chilena a las órdenes del gral. d. Antonio Pintos, fuerte de 2.800 hombres: esta división desembarcó efectivamen= te en Arica, bien que no tan pronto como se esperaba.

El gral. Sucre, por disposici&oacut= e;n del gral. Bolívar, debía ponerse a las ordenes del gral. Alvarado= , y este fue en efecto nombrado general en jefe y director de la guerra, pero resistió tenazmente excusándose de un modo decisivo. El gral. Alvarado reunía las condiciones principales para desempeñar t= an elevado como difícil cargo; capacidad militar, buen soldado y virtud= es republicanas, si bien la veleidosa fortuna no le fue siempre propicia. En consecuencia de su indeclinable excusación, el general Sucre fue inv= estido con el generalato en jefe y la dirección de la guerra.

Acabamos de manifestar que el gral.= Sucre era el primer teniente, el brazo derecho de Bolívar en sus empresas marciales, y agregaremos que la opinión generalmente admitida entre = las autoridades mas competentes, asignaba a Sucre un lugar de preferencia sobre= su jefe, considerándolo como mas aventajado en la ciencia de la guerra, pero sus inspiraciones no eran tan brillantes y profundas para abrazar el conjunto, ni tan vehemente y poderosa su cabeza para las grandes concepcion= es, como la del libertador Simón Bolívar.

Después de las desgraciadas = jornadas de Torata y Moquegua, el gral. Canterac, cuyo cuartel habitual era el valle= de Jauja, no creyó posible que el gobierno patrio pudiera organizar otr= a expedición a puertos intermedios; y con tal persuasión se desprendió de = la sierra con más de 8.000 hombres y se dirigió a la capital. La noticia de esta marcha causó gran consternación en Lima, y a = la aproximación de las fuerzas enemigas se celebró en la casa de gobierno una junta de guerra de oficiales generales presidida por el jefe d= e la administración d. José de la Riva Agüero. A esta junta asistió el gral. Sucre en su carácter de enviado diplomático del gobierno de Colombia.

La junta resolvió que, en at= ención a la inferioridad numérica de las tropas disponibles, se abandonase = la capital refugiándose en los castillos, y el gral. Sucre fue nombrado general en jefe de todas las fuerzas reunidas.

El gral. Canterac hizo su entrada e= n Lima el día 18 de junio a la cabeza de nueve batallones, nueve escuadrone= s y catorce piezas de artillería: tropas aventajadas en instrucció= ;n, perfectamente equipadas y de la más bella apariencia. Los enemigos s= in perder un momento, inmediatamente estrecharon el asedio de la fortaleza del Callao, cuya guarnición consistía en 3.000 colombianos, 1.000 argentinos, resto del ejército de los Andes, y 1.000 milicianos del Perú. Riva Agüero y el Congreso se habían también refugiado en los castillos; las sesiones de este fueron muy acaloradas, has= ta que por ultimo Riva Agüero fue depuesto de la suprema autoridad y obli= gado a salir del territorio de la República. Pero Sucre que habí= ;a sido investido con el carácter de generalísimo y con poderes = que lo constituían en un verdadero dictador, le permitió fuese a establecerse en Trujillo, donde debían reunirse los miembros del Congreso.

Los españoles al estrechar e= l asedio de la fortaleza provocaban a sus adversarios, y varias veces cambiaron sus fuegos, y es indudable que el gral. Canterac estuvo resuelto a asaltar los castillos, cuya guarnición, durante el mes del asedio, estuvo en constante alarma y bien dispuesta a recibir militarmente a sus contrarios.<= /span>

En una junta de guerra que el gral.= Sucre celebró en el Callao, quedo decidido que con sus 3.000 colombianos zarparía con destino a puertos intermedios para maniobrar en combinación con el gral. Santa Cruz y la división chilena que= por momentos se esperaba en el puerto de Arica.

Antes de embarcarse tuvo la mala elección, contrariando prudentes consejos, de investir con el gobier= no provisorio al marqués de Torre Tagle. Hemos de ver mas adelante las funestas consecuencias de tan desacordado nombramiento.

Cuando el gral. Sucre desembarc&oac= ute; en Ilo, el gral. Santa Cruz maniobraba sobre Sepulturas en el Alto Perú= , en demanda de Olañeta.

El gral. Sucre inmediatamente después de su desembarco en Ilo, se dirigió a Arequipa cuya ciudad ocupó. Para adquirir noticias del gral. Santa Cruz, destacó sobre Puno al jefe Raulet con 90 soldados de caballerí= ;a. El gral. Santa Cruz supo en Sepulturas la llegada de una fuerza amiga a Pun= o, y creyendo que era el gral. Sucre con su división, contramarchó sobre Puno para incorporársele. Este movimiento practicado a consecuencia de tan craso error, fue causa de un gran desastre.

El gral. Canterac solo permaneci&oa= cute; en Lima un mes, porque comprendió la necesidad de oponerse a las operaciones combinadas de los generales Santa Cruz, Pintos y Sucre. Evacuó la capital el 15 de julio y se dirigió a su antigua po= sición del valle de Jauja, para estar a la expectativa de los acontecimientos.

Después de la contramarcha d= el gral. Santa Cruz sobre Puno, creyendo encontrar allí al gral. Sucre que no= se había movido de Arequipa, tuvo un encuentro en Zepita el 25 de agosto con la división del gral. Valdéz. Esta acción qued&oac= ute; indecisa: el coronel Brandsen se distinguió a la cabeza de su regimi= ento de caballería.

Incorporado el Virrey La Serna al gral. Vald&= eacute;z tomo el mando de todas las fuerzas reunidas. La esperanza frustrada de incorporarse al gral. Sucre hizo muy siniestra impresión en el ejército de los independientes, no obstante el aumento de sus fuerzas que ascendían a 7.000 hombres. En precipitada retirada hacia la cost= a y seguidos sin descanso por el Virrey, a quien acababa de reunírsele Olañeta, fue alcanzado en Sica Sica en la mañana del 17. El coronel Brandsen cubrió la retirada hasta Ayo - Ayo distante nueve leguas, y sin embargo que contuvo a los enemigos, la perdida de los patriot= as en esta marcha fue considerable en bagajes, y por la deserción. El pánico se hizo general, la insubordinación fue su consecuenci= a: se abandonó la artillería, y se hizo ya imposible impedir la deserción.

Los fugitivos se dirigieron a Ilo: = y como 1.000 hombres consiguieron embarcarse en los transportes que los condujeron= al Callao.

La división chilena reciente= mente desembarcada en Arica, se reembarco precipitadamente a la primer noticia que allí se recibió del desastre: regresó a Valparaí= ;so. Cuando los fugitivos llegaron a la costa ya no la encontraron.

El gral. Sucre se retiró de = Arequipa a Ilo con la división colombiana de su mando y allí se embarco para ir a desembarcar en Pisco. Los realistas quedaron en completa posesión de todo el país al sur de Lima.

Tal fue el resultado siniestro de u= na hábil concentración de fuerzas imponentes por su númer= o y calidad, y en cuyas operaciones se fundaban con razón las más lisonjeras esperanzas. De su buen éxito dependía el triunfo definitivo de nuestras armas y el término feliz de la guerra de la independencia.

El regreso del pequeño resto= del ejército expedicionario difundió la alarma en la capital.

¡Funesto contraste! se cosech= aba el fruto amargo de una mala semilla sembrada por el error, y quien sabe, porqu= e no pretendemos acriminar, si fue por la ley imperiosa de la necesidad el aband= ono de la sierra, cuya ocupación nos habría dado grandes ventajas sobre los españoles.

 

 

 

III.

 

 

 

La impresión fue profunda, p= ero ni los patriotas ni Bolívar se intimidaron. Este infatigable campe&oacu= te;n de la independencia americana llegó a Lima en tales conflictos. No s= olo el revés sufrido, sino las maniobras subversivas de los desorganizad= ores y aspirantes al poder, hacían ya necesaria su presencia en el teatro= de sus futuras glorias. En el mes de septiembre se presento en la escena con un corto refuerzo de tropas colombianas: dos batallones de infantería y= un regimiento de granaderos a caballo.

Desde su llegada fue investido por = el congreso con el mando supremo con el título de libertador, que ya le había acordado el gobierno de Colombia por los decisivos triunfos que dieron la independencia a aquella República. Bolívar, pues, e= ra un dictador y arbitro regulador, del que emanaban todas las resoluciones en= los grandes negocios del estado. La salvación del país, en gran c= onflicto en aquellos momentos, así lo requería: se estaba en el caso extremo de la suprema ley.

El temple de Bolívar era muy= alto, porque su ser moral se nutría de la savia vigorosa del genio. Su vida militar ofrecía una serie de sucesos no interrumpidos, próspe= ros y adversos, y constantemente al través de escollos y contratiempos e= n el mar borrascoso de la revolución. Estaba pues avezado a los reveses d= e la fortuna durante la guerra de Colombia, tan prodiga en alternadas peripecias= de triunfos y reveses. Su alma se fortifico e hizo incontrastable su constanci= a: no era hombre de arredrarse aun en los mayores conflictos. Bolívar e= ra una potencia.

El gral. Bolívar encontr&oac= ute; el tesoro exhausto: se necesitaban considerables fondos para hacer frente a las premiosas necesidades del momento. Reunió a los principales capitali= stas de Lima y les manifestó la urgencia, pero no encontró sus arc= as dispuestas a abrirse para conjurar una tempestad de la que ellos serian las primeras victimas, y el libertador se manifestó íntimamente lastimado de tan mal entendido egoísmo. Los amenazo con su regreso a Colombia dejándolos entregados a su destino: pero ni esto fue bastan= te para obligarlos a una conveniente erogación pecuniaria.

Entonces cuatro argentinos, los Sre= s. Riglos, Sarratea, Castilla y Lynch, que habían acompañado al ejército patrio desde Chile, y dos casas inglesas: los Sres. Cockran= e y Robertson y Begg, ostentaron el mas acrisolado patriotismo y noble desprendimiento, oblando la cantidad que por el momento se requería = para atender a las mas urgentes necesidades. El libertador pedía por lo pronto 400.000 pesos fuertes. Nuestros compatriotas jamás se han desmentido, cuando se ha interpuesto la salud de la patria.

A la media hora habían puest= o en manos del libertador la cantidad designada sin interés alguno, y sin querer admitir, como no admitieron, la menor garantía escrita. Loor a los dos comerciantes ingleses por su generoso y patriótico desprendimiento. En cuanto a nuestros compatriotas, es de publica notoriedad que en esta como en otras muchas ocasiones en que la salud de la patria lo requería, contribuyeron constantemente con erogaciones pecuniarias p= ara aliviar los conflictos en que con frecuencia se encontró el gobierno= del Perú, por la eventualidad de sus recursos.

Jamás en los cuatro añ= ;os que duro la guerra del Perú, se había encontrado el país en circunstancias tan difíciles y azarosas como lo encontró el g= ral. Bolívar a su llegada. No era la falta de recursos para alimentar la guerra la única causa de tan triste situación; otras y aun mas graves concurrían a reagravarla. Se supo con evidencia que Riva Agüero desde Trujillo había abierto relaciones con los jefes enemigos, y puéstose cuerpo y bienes en el camino de la traici&oacut= e;n. Además, la animadversión de los peruanos contra el libertador= y sus compañeros era publica y manifiesta, y hacia su explosión= en las ocasiones. Reinaba una antipatía y un odio implacable y reciproco entre las tropas peruanas y las de Colombia, porque estas en efecto hacían alarde de una superioridad ofensiva.

Agréguese a tantos elementos= de disolución que el periodo de la administración del marqu&eacu= te;s de Torre Tagle, comprendido desde la salida del Callao del gral. Sucre, has= ta la llegada del gral. Bolívar, fue fatal para la causa de la libertad= . La marquesa de Torre Tagle tenia gran ascendiente sobre su esposo, y era notoriamente adicta a la causa realista, así que ella no cesó= de intrigar en el sentido de sus afecciones poniéndose en relació= ;n con sus correligionarios políticos, y difundiendo con sus maniobras = de zapa y mina en consorcio con sus coadyutores, el desaliento y descontento público. Era el marqués el hombre mas adecuado para que tomas= en cuerpo tan subversivos y criminales manejos, porque si no es posible testif= icar su connivencia, al menos es de todo punto evidente su nulidad como gobernan= te, y su debilidad como hombre. Se pueden, pues, comprender todos los defectos = de su administración, el pábulo que su incapacidad daría a los proyectos de los enemigos de la causa y la consiguiente relajació= ;n del principio de autoridad.

Fue este uno de los periodos m&aacu= te;s prósperos para los españoles. Pero ni los elementos de discor= dia y  malestar que acabamos de mencionar, ni las derrotas sufridas en Torata, Moquegua y Zepita y sus consecuencias, eran todavía los únicos grandes y serios confl= ictos que se aglomeraban en aquel semillero de discordias. Un carácter más grave tenían las disensiones internas fomentadas por la traición, porque en tanto que languidecían nuestras fuerzas, = en la misma razón que acrecentaban en vigor y numero las falanges de los enemigos, el horizonte se encapotaba con densas y negras nubes que presagia= ban una gran borrasca. El supremo poder en Lima estaba en almoneda, y como los emperadores romanos, a merced de la guardias pretorianas: Se vivía s= obre un volcán encubierto por la traición.

La ambición de mando dominab= a en los próceres del Perú: las revoluciones y los cambios de gobierno= se sucedían con rapidez verdaderamente teatral, y contribuyeron no poco= las aberraciones y escándalos de las facciones, a embarazar y disminuir = en momentos de inminente peligro, la acción salvadora del poder militar= . El mismo Bolívar con toda su prepotencia y firmeza de carácter, = fue muchas veces contrariado por aquellos gobiernos efímeros, que desmoralizando al ejército con sus cohechos y seducciones de bandería, entorpecían la marcha del libertador haciendo iluso= rios sus planes de guerra, con manifiesta ventaja de los enemigos que se aprovechaban de la discordia domestica de sus contrarios.

Así, en el bajo imperio, en = tanto que Mahomet II golpeaba las puertas de Constantinopla amagando la escalada,= los teólogos distrayéndose de la defensa se ocupaban con fervor escolástico de controversias metafísicas, con sofismas y oscu= ras argucias sobre los inefables misterios del dogma, que ellos mismos no comprendían: los turcos entraron en Constantinopla en el Alto Perú no fue idéntico el resultado, porque lo salvo el genio d= e la patria y el destino de la América, pero el vértigo, aunque de otro genero, fascinó también a los espíritus de considerabl= e numero de notabilidades. Verdaderos griegos del bajo imperio por sus implacables animosidades, y por las teorías impracticables en situaciones anorma= les.

Por no anticipar los acontecimientos aplazamos los detalles de la de perdida de la fortaleza del Callao.<= /p>

 

 

 

IV.

 

 

 

En el Alto Perú, el gral. español Olañeta se conservaba preponderante. Hemos dicho en l= os dos años anteriores que estaba en abierta disidencia y formal ruptura con el Virrey La S= erna. Este se vio obligado a prestar mas seria y exclusiva aten= ción a las operaciones militares del ejército libertador del Perú.= El jefe rebelde se limito a hacer incursiones pasajeras en las provincias confinantes de Salta y Jujuy. Pequeña guerra de escaramuzas, asalto = de pirata en provecho del mismo Olañeta, que aumento su fortuna particu= lar con la adquisición de ganado, y con el despojo de toda propiedad mue= ble y transportable.

Los valientes salteños adies= trados después de muchos años en la guerra de partidarios, y conserv= ando siempre a la par del aliento guerrero que tanto los distingue, el noble espíritu por la causa de la independencia, oponían para contrarrestar las vandálicas invasiones del jefe español y en defensa de sus hogares, la mas viva resistencia; era entonces proverbial que Olañeta en sus frecuentes razzias combinaba su acendrado amor= por la causa de un amo absolutista, con sus intereses pecuniarios. Especie de corsario disfrazado con la decoración respetable pero postiza de sus entorchados.

El desastre que nuestras armas sufr= ieron en la segunda expedición a intermedios, permitió al Virrey La Serna distraer por un momento su atención de resistencia a las fuerzas americanas. Olañeta desconocía su autoridad, los españoles estaban= en disidencia, constitucionales los unos, los otros absolutistas, y para somet= er a estos últimos, envió a uno de sus tenientes mas acreditados al gral. Valdéz; pero este jefe fue derrotado en un sangriento encuentro que sostuvo  contra otro de la parcialidad de Olañeta y de su mismo nombre, y hubo de abandonar el campo a su feliz adversario, el que hasta la conclusión de la guerra= no volvió a ser inquietado en el Alto Perú que continuó dominando.

Los españoles que con gran c= lamor han levantado la voz para vituperar nuestra ruptura del vinculo de familia y nuestras guerras fratricidas, nos daban por cierto mal ejemplo para convertirnos, y este ejemplo no era único en la época que vam= os describiendo: tenia mas antigua data. Pizarro y sus tenientes fueron los primeros que encendieron la tea de la discordia en la tierra que ellos desc= ubrieron. Nuestro derecho era legitimo, el de ellos bien bastardo, puesto que la hist= oria nos revela que sus conatos manifiestos y sus sangrientas reyertas tuvieron = por objeto hacerse dueños y señores de este continente, emancipándose no de una madrastra sino de su verdadera y legitima madre patria.

 

 

 

V.

 

 

Las provincias argentinas restantes= eran espectadoras pacificas de una contienda en cuyo teatro, aunque a gran distancia, debía decidirse la importantísima cuestión = de nuestra independencia iniciada después de trece años. Sentimos decir que esta inercia, o defecto de participación, fue en aquel tie= mpo un motivo de censura contra el gobierno de Buenos Aires, pero fieles a nues= tros "Recuerdos", y por conservar en ellos el carácter de imparcialidad con que los exhibimos, hemos creído que no debemos omi= tir, para ser consecuentes con un tal fin, la mención del descontento difundido en todos los ánimos, que por mas que nos mortifique y por = mas injusto que parezca, era en la época a que nos referimos, la expresión de un sentimiento dominante y popular. Sentimiento fácil de comprender aun después del transcurso de tantos años, si se reflexiona que la prosperidad y el mas brillante prospec= to del país, era del todo consistente y transitorio, no reposando sobre= la base sólida e inconmovible de la independencia: no estaba consolidad= a. Era precisamente la gran crisis la que se estaba atravesando, y no se habrá olvidado que después del triunfo de Ayacucho que concluyó en un solo día con la dominación españ= ola en estas regiones, se supo con evidencia que, si el ejército de Fern= ando VII hubiera cantado una victoria tan completa como la que obtuvieron en aquellos campos de eterno recuerdo los ínclitos guerreros americanos, los afamados tenientes del Virrey La Serna se habrían ya repartido como los sucesores de Alejandro, las Repúblicas de la América del sur para llevar a ellas = la guerra con sus tropas vencedoras, y entonces fácil es calcular, si <= st1:PersonName ProductID=3D"la República Argentina" w:st=3D"on">la República A= rgentina habría podido luchar con mas ventaja a la sombra de sus nuevas y liberales instituciones, saliendo al encuentro de los atilas español= es sin estar previamente preparados militarmente para poner dique a un torrente devastador e inesperado. Habríamos si vencido en la contienda bien q= ue esta se prolongase, porque los pechos argentinos jamás han desmayado ante la adversidad, pero entre tanto es incuestionable que la tierra quedaría asolada, y que el edificio social que empezaba a levantarse, cuando apenas se había construido su armazón, aunque venciésemos habría venido por tierra con gran estrépit= o.

Era urgente armonizar nuestra organización social con las luces del siglo, pero la independencia política que aun no estaba asegurada, era una necesidad vital, cuestión de ser o no ser, y por lo tanto de indisputable preferencia= .

Respetamos los motivos del jefe de = la administración, motivos que indudablemente harían imposible su cooperación armada, porque es cierto que las dificultades que suscitó la anarquía, que fermentaba  entonces en algunas de las provinc= ias interiores y con apariencias de propagación general, pudieron arredr= ar con razón al gobierno de Buenos Aires por el temor de debilitar sus fuerzas destinadas a impedir la conflagración en la casa propia. Y es cierto también que en la época a que aludimos, se debía atender con eficacia a la seguridad de las fronteras contra las depredacion= es de los bárbaros. Es del resorte de la historia, y no omitirá hacerlo, nos atrevemos a asegurar, fallar decisivamente sobre la razó= ;n o sinrazón de un tal cargo. Por nuestra parte nos limitamos a una reminiscencia imprescindible de acuerdo con nuestros programa.

Sin abrir opinión bien decid= ida y terminante, porque no es de nuestra competencia formular cargos sobre asunto tan grave, y porque nos faltan los datos necesarios para resolver el proble= ma que dejamos indeterminado, hemos creído, no obstante, que nos incumbía no pasar en silencio las precedentes observaciones sobre un= o de los tantos "Recuerdos" de que nos ocupamos, pero dejando el campo abierto y libre a nuestros lectores para que mediten sobre ellos sin prejuzgarnos.

Para evitar este escollo y probar c= on incidentes de la época que tienen un carácter oficial, que tan solo referimos lo que entonces ocurría en buen o mal sentido y por s= er fieles a la verdad histórica, consignaremos un testimonio inequívoco de la tendencia política en las altas regiones del poder.

El 25 de mayo de 1823, la pir&aacut= e;mide de la plaza de la victoria que conmemora tan glorioso día, estaba decorada con varias estrofas alusivas al aniversario que se celebraba, y co= nservamos grabados en nuestra memoria por la desagradable impresión que nos causó su lectura, los dos primeros versos de una de ellas:

 

"al hondo del abismo de ha lanzado

el carro de la guerra asoladora"

 

En tanto, las detonaciones de la artillería, aunque en lontananza, vibraban por todo el continente y estremecían las sierras, los valles y las vastas llanuras de la América del sur, desde quito hasta la tierra del fuego.

Y si todavía se quiere un te= stimonio mas irrecusable de que narramos sin pasión, con conocimiento de caus= a y con el único fin de exhibir la verdad desnuda, sin consideraci&oacut= e;n de ningún genero para ocultarla, como es nuestro deber de cronistas, citaremos un hecho presente a la memoria por la tradición y registra= do en documentos  oficiales que, = por su magnitud y trascendencia, nos ahorrara la ingrata tarea de abundar en citas= que mucho mortifican el amor propio o la susceptibilidad nacional.

Mientras los soldados argentinos, colombianos y peruanos, disputaban en duros combates con los español= es la presa que aun tenían estos asida con fuertes garras, la Sala de Representantes sancionaba una ley (22 de julio de 1822) proyectada por el gobierno, para q= ue este invitase a todos los nuevos estados de entrambos continentes, a que contribuyesen con cuotas proporcionales hasta reunir la suma de veinte mill= ones de pesos fuertes, que había de donarse al gobierno español pa= ra los gastos de la guerra de invasión en que la nación estaba empeñada contra la Francia. Nos consta que en los momentos que el gobierno d= el Perú recibía la invitación oficial, los clarines tocab= an generala por la presencia amenazante del ejército español a l= as ordenes del gral. Canterac.

 

 

VI.

 

 

En las provincias interiores se con= servaba, bien que con menos intensidad, el fuego mal apagado de la discordia. Aunque= con la apariencia de las formas, o por mejor decir de la nomenclatura copiada de las instituciones de Buenos Aires, sus gobernadores continuaban en pleno ejercicio de un poder omnímodo e irresponsable. Caudillos aventurero= s y felices surgidos de la anarquía y, con muy pocas excepciones, hombres oscuros sin doctrina moral ni religión política.

Entre tanto la provincia de Buenos = Aires restablecía sus fuerzas y salía del marasmo producido por la reciente agitación a favor de las instituciones liberales cuya aclimatación se ensayaba para dar forma y vida democrática ba= jo el cuerpo representativo al cuerpo social, pero con mas eficacia bajo el poderosísimo influjo de la paz publica de que disfrutaba, porque ell= o restañaba la sangre que aun vertían las heridas abiertas en las guerras fratricidas. Sus desastres se reparaban con admirable rapidez, merced a la riqueza exuberante de un suelo privilegiado por la mano del creador. Los ruinosos vestigios desaparecían día a día.

El espíritu mercantil se pro= pagaba con una actividad hasta entonces desconocida. Bajo el sistema colonial se había establecido como axioma, la aversión al trabajo de los hijos del país y su natural inclinación al reposo y a la moli= cie, sus hábitos de holgazanería. Injusta acusación que carecía de pruebas, porque desde que no había habido ocasión y libertad para fecundizar el germen oculto de una capacidad, que mas tarde se ha manifestado con la desaparición de las trabas que impedían su desarrollo, mal se podía establecer una clasificación tan inmerecida. Las restricciones impuestas a las colo= nias durante la dominación eran una barrera insuperable. Los naturales no podían dedicarse con absoluta libertad a los diferentes ramos de industria, que un clima el mas benéfico, y la feracidad de la tierra, les brindaba con el prospecto de una explotación colmada de grandes beneficios. No les era permitido cultivar libremente la industria agrícola y manufacturera, alma y vida de las especulaciones mercanti= les. Hasta el cultivo de la inteligencia les estaba vedado por las retrogradas l= eyes de indias, y es fácil comprender que bajo un sistema de tan alta presión, el rol de los americanos no era ni podía ser otro, según la expresión despreciativa y antisocial del Virrey de L= ima Abascal, que vegetar en la oscuridad y abatimiento.

Así que, si en realidad existía, esa apatía de carácter que se han gozado en atribuirnos y propalar, ellos eran los agentes y no podían con razón reprocharnos su obra. Debían por el contrario ruborizar= se si, como creían, nos habían embrutecido.

En los primeros años de la revolución, cuando se declaro el comercio libre con todas las nacion= es, los hijos del país no pudieron contraerse con fervor a sacar buen partido de una ley tan benéfica, vehículo del verdadero y mas= eficaz progreso, porque la guerra era la atención mas seria y capital, y los brazos de la tierra escasos para distraerlos por especulaciones de lucro, q= ue no podían proporcionarnos sino goces transitorios si sucumbía= mos en la contienda.

La paz de que empezábamos a disfrutar, por estar el teatro bélico a gran distancia, y las nuevas instituciones protectoras de la libertad e industria individual, de que som= os deudores a la ilustrada administración del Sr. Rivadavia, nos presentó por primera vez el campo abierto para dar los primeros paso= s en la nueva carrera del comercio. Y los hijos del plata dieron, y están dando desde entonces, un solemne desmentido a la infundada cuanto ofensiva calificación de incapacidad y desidia, que tan gratuitamente se nos = ha atribuido en el largo periodo de nuestra existencia colonial.

Séanos permitido emitir una opinión que, sospechamos, ha de encontrar opositores; haremos este sacrificio en obsequio de nuestras convicciones. Y si estuviésemos en error habremos acreditado una vez mas la sincera imparcialidad de nuestros juicios, y la franqueza con que los exhibimos aun corriendo el riesgo de que puedan ser reprobados. Es un sacrificio exigido por la mas severa imparcial= idad tal cual alcanzamos a comprender.

La época a que nos referimos= no era adecuada para desarrollar el germen del espíritu comercial de los hi= jos del Plata, porque si el espíritu comercial se hermana con el espíritu de libertad, y esta es una verdad incontestable apoyada en = el testimonio de la historia de todos los pueblos libres, no por eso es menos cierto que cuando ese espíritu comercial se desarrolla durante una contienda nacional de vida o muerte, es las mas veces prematuro, porque contribuye a marchitar el germen de las grandes acciones con riesgo inminen= te de la salvación de la patria, que casi siempre requiere en tales ocasiones suspender temporariamente hasta la acción benéfica y creadora de la libertad. Tal era nuestra opinión de entonces, y no h= emos encontrado hasta ahora razón para alterarla.

 

 

VII.

 

 

Las negociaciones estériles = del Cabildo de Montevideo por medio de sus comisionados cerca de los gobiernos = de Buenos Aires y Santa Fe, continuaron este año sin producir resultado notable y que merezca referirse, porque ellas no mejoraron la situaci&oacut= e;n azarosa de los orientales. Las dificultades estaban siempre en pie, porque = el Sr. Rivadavia no pudo, mal que le pesase, alterar la condición perentoria que impuso al iniciar los primeros pasos dados en el año anterior.

El Brasil abría su marcha de nación independiente bajo el régimen de monarquía constitucional, y al mismo tiempo empezaba su carrera revolucionaria. Fue en ella muy feliz y la recorrió casi sin sangre, porque la traslación de la corte de Lisboa (1807) a Río de Janeiro lo familiarizo con la acción legal del gobierno, y sobre todo porque co= n la presencia y administración de d. Juan VI, el pueblo adquirió hábitos de respeto a la suprema autoridad y sus agentes. No obstante= , en algunas provincias se manifestó adhesión y fidelidad al gobie= rno portugués, aunque en la mayor parte prevaleció el conato a la independencia bajo el gobierno imperial. La transición pudo ser peligrosa en un país que tiene tan apartados limites, una población tan heterogénea, y que encierra en su seno tantos elementos de disolución por la preponderancia numérica de la = raza africana.

El nuevo monarca, a pesar de su edad juvenil, tenia energía y fuerza de voluntad, y con su infatigable y extraordinaria actividad, con sus oportunas medidas represivas y violentas, pero eficaces -con sus bayonetas- fue bastante feliz para sofocar la discor= dia en su origen, y hacer volver los pueblos sublevados a la obediencia y sumisión a la ley.

El no descuidó un instante l= a nueva adquisición -el estado Cis-platino- manteniendo en el un ejér= cito y una fuerza naval en sus aguas para tenerlo en freno y sujeción. He= mos dicho lo bastante al hablar de este nuevo estado para que se conozca su verdadera y penosa situación política, reagravada por la división hostil entre portugueses y brasileros: las fuerzas de estos estrechaban por tierra el bloqueo de Montevideo.

El gobierno de Buenos Aires, encarg= ado de las relaciones exteriores de la República Argentina, envió co= n el carácter de agente diplomático cerca del gobierno del Brasil = al canónigo d. Valentín Gómez, uno de los hombres mas notables por su talento y erudición, por su cultura e instrucción, y que recientemente acababa de desempeñar otra misión diplomática cerca del gobierno francés. El obje= to especial de su comisión era reclamar y protestar contra la ocupación de la provincia de Montevideo, y pedir el desalojo del territorio.

El Sr. Rivadavia lisonjeóse = tal vez que la emancipación del Brasil de su antigua metrópoli, era la ocasión mas favorable para hacer valer tan justas pretensiones; que = el nuevo gobierno americano repudiaría de sus consejos, el inveterado espíritu de conquista y avidez de adquisición clandestina de territorio de sus antecesores, y que abjurando pretensiones tan injustifica= bles como contrarias a la paz y buena armonía tan conveniente a los inter= eses recíprocos de dos pueblos limítrofes, se uniformaría en principios de moderación y lealtad con los nuevos estados del continente. Estos no habían manifestado hasta entonces otras pretensiones territoriales, que la de los antiguos y reconocidos limites coloniales.

Pero aunque el Sr. Rivadavia sospec= hase que el gobierno imperial no acogería favorablemente tan fundada demanda,= y que se escudaría con el derecho del Brasil, emanado de la voluntad d= el pueblo oriental manifestada por libre y espontáneo pronunciamiento -= la farsa cis-platina- aquel hombre de estado tuvo sin duda en vista que el silencio largo tiempo guardado sin hacer la mas leve reclamación, robusteciese el derecho de prescripción, por la posesión abus= iva no interrumpida desde la ocupación, que mas adelante pudiera, aunque= sin razón, alegarse por el imperio, y al mismo tiempo fortificar la negociación subsiguiente con antecedentes y datos documentados que esclareciesen el buen derecho a la luz de la verdad, a fin de continuarla en época mas feliz, cuando la República se encontrase vigorizada p= or el benéfico influjo de la paz publica y por una sabia y estable administración. Como se temía, el gabinete imperial prolongo = la negociación con estudiados subterfugios, con sofismas y evasiones, y falseando la historia de los procederes previos a la incorporación. = Por ultimo, su contestación definitiva estaba henchida de pretendidas pruebas de su buen derecho.

El agente diplomático pidi&o= acute; su pasaporte y se retiro de Río de Janeiro[34]<= /span> desabrido y descontento por el mal éxito de su misión, y el gobierno de Buenos Aires devoró en silencio la impresión desagradable de amor propio ofendido, por la lesión y el desaire inferidos a sus derechos incontestables, y reservo para mas oportuna coyunt= ura repetir con mas energía y en actitud mas imponente la misma demanda,= con el firme propósito de ocurrir en caso necesario a un medio extremo p= ero el mas eficaz: el de las armas.

Es una verdadera calamidad para las= dos Repúblicas de entrambas orillas del Plata tener tan mala vecindad, porque es en efecto la mayor de las desgracias para pueblos nuevos cuya pup= ila hiere por primera vez la luz del progreso social, y que carecen de la viril= idad y fortaleza que solo la edad sazona, tener que conservarse incesantemente en guardia y apercibidos, para contrarrestar desmanes y desafueros, desatendie= ndo el incremento de sus intereses materiales y distrayendo la atención = de la premiosa necesidad de contener las oscilaciones y conflictos de su turbulenta vida interior. Es la historia de estos países desde mucho antes de la emancipación, desde la conquista, y la ultima guerra con= el Brasil nos legó con la extinción del tesoro y con los motines militares un cúmulo de desdichas cuyos funestos resultados son tal v= ez la causa mas eficiente de la situación anormal que estamos atravesan= do. Rosas mismo fue el engendro de las revueltas que después de aquella guerra se suscitaron.

El Emperador constitucional del Bra= sil d. Pedro I, al mismo tiempo que con golpes enérgicos sofocaba la rebelión que asomo en algunas provincias del nuevo imperio, trabajaba asiduamente para establecer en todas ellas una organización regular sobre las bases estables y en armonía con las luces del siglo. Fue el fundador del sistema representativo en el imperio fluminense, e inicio su reinado presentándose en la escena gubernativa como un monarca constitucional por excelencia. Sus laboriosas tareas por la regeneraci&oacu= te;n del país presagiaban que el vasto imperio del Brasil, cuyo territori= o es el mas reconcentrado por su forma y situación geográfica, y u= no de los mas privilegiados de la América del sur, por la riqueza y exhuberancia de = sus productos naturales, tomaría un rápido vuelo de prosperidad y engrandecimiento bajo la dirección del joven monarca, cuyos talentos= y aptitudes administrativas llamaban la seria atención de los hombres pensadores del nuevo continente.

Por su habilidad e incesantes desve= los, el estado militar de mar y tierra recibió una organización regul= ar modelada por la escuela de las naciones mas aventajadas del otro hemisferio= , y un aumento de fuerza personal y material que hasta ahora conserva.

El extenso litoral que mide 900 leg= uas, la gran mayoría de su población establecida en las costas, sus numerosos y seguros puertos, y las excelentes maderas de construcción tan abundantes en aquel país favorecido, ofrece al Brasil el futuro prospecto de uno de los mas fuertes poderes marítimos del universo. = Pero para arribar a este gran resultado es de absoluta necesidad que modifique y mejore la índole de la raza africana, que aproximadamente se eleva a= la alta cifra de un ochenta por ciento de toda la población. De otro mo= do sus mas rápidos progresos serán de apariencia, porque el germ= en emponzoñado de la esclavitud, y su cortejo obligado de costumbres y hábitos análogos, no cesando de desarrollarse, ha de impedir = que alcance a nivelarse en poderío y vigor moral con las naciones cuya población tiene por base una raza mas privilegiada y castiza.=

= La Banda oriental contin= uaba bajo el doble yugo del Brasil y de Portugal: aquel dominaba todo el pa&iacu= te;s exceptuando la plaza de Montevideo y la Colonia del Sacramento, ocupadas con guarni= ciones europeas de la división de voluntarios reales, que seguían bloqueadas por tierra por las tropas brasileras al mando del vizconde de la Laguna, el mismo gr= al. Lecor promovido recientemente a esta categoría nobiliaria.

Eran diarias las guerrillas y encue= ntros parciales al frente de Montevideo, y en ellas tomaban parte algunas partidas urbanas de hijos del país, que se armaron con consentimiento de la autoridad portuguesa como auxiliares de la defensa.

Se sospechaba que el gral. d. &Aacu= te;lvaro da Costa conservaba perfecta y oculta inteligencia con el gral. Lecor, de q= uien había sido protegido: mas tarde no quedo duda de su connivencia. Era= muy natural que el padre no pudiendo conservar la valiosa conquista, prefiriese pasarla integra a manos del hijo primogénito antes que entregarla a = sus legítimos dueños, los naturales de la tierra. Sin embargo, mu= chos jefes europeos por animosidad hacia sus nuevos antagonistas, habrían preferido poner a los patriotas orientales en posesión de Montevideo= .

Encerrado el gral. portugués= en aquel recinto, se veía próximo el termino de su poder por fal= ta de recursos materiales. Entrambos beligerantes habían sostenido un débil combate naval en las aguas de Montevideo, o por mejor decir, u= na parodia teatral, porque se quemo mucha pólvora a una muy prudente distancia, y por lo tanto sin el más leve resultado.

Don Fructuoso Rivera, con el cargo = de brigadier brasilero, mandaba las milicias del país. Este jefe inspir= aba grandes recelos al gral. Lecor, porque veía en él al representante de la revolución, una sombra que prolongaba las vigili= as del viejo general. Rivera disfrutaba de una inmensa popularidad entre sus compatriotas de la campana: el gral. Lecor lo halagaba con la estudiada apariencia de un sincero afecto. Lavalleja y otros muchos jefes y oficiales, que detestaban cordialmente la dominación extranjera, relajaron sus vínculos por no continuar sirviendo bajo el pabellón de los u= surpadores, y emigraron a Buenos Aires.

 

VIII.

 

 

Una comisión del gobierno español fue reconocida por el gobierno de la provincia de Buenos Air= es, con la que celebró una convención preliminar que fue ratifica= da.

El gobierno de los Estados Unidos acreditó cerca del de la República al respetable ciudadano César Rodney en calidad de Ministro Plenipotenciario y Enviado extraordinario, para reconocer nuestra independencia de todo poder extranje= ro.

Mas tarde[35]<= /span> el gobierno inglés hizo igual demostración por medio de su encargado de negocios Mr. Parish. Pero en obsequio de la justicia y de la verdad, y como un justo tributo al gobierno de los Estados Unidos, es oport= uno que los argentinos sepamos no olvidarlo, que fue a consecuencia de la reite= rada instancia del gabinete de Washington al gobierno de Londres, rechazado en primera instancia por este con pretextos y evasiones, que el gabinete de St. James acelero tal reconocimiento. y el autor de estos 'recuerdos" no trepida en asegurarlo así, puesto que le cupo el honor de recoger es= tos antecedentes del mismo presidente de la Unión, el Sr. James Monroe, durante = su mansión en Washington como Secretario de la legación de Buenos Aires. Nos aproximamos pues al fin anhelado, causa de tantos sacrificios y objeto primordial de nuestra gloriosa revolución del 25 de mayo.

El gral. Freire en Chile, despu&eac= ute;s de enarbolar el estandarte de la rebelión, marchó a la capital a= la cabeza de sus fuerzas. Cuando llegó a las inmediaciones recibió la noticia que los jefes de los mal contentos habían, el 23 de enero, depuesto del mando al Director O'Higgins. Acampado con su ejército en los llanos de Maipú, recibió Freire una diputación que= le ofreció el mando supremo: rehusólo al principio, pero lo aceptó al fin.

Este cambio en el personal del gobi= erno no pudo mitigar el descontento público. Las mismas provincias disidente= s de Concepción y Coquimbo se quejaban de que los males de la patria no habían desaparecido con la nueva administración.

 

 

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Año 1824

 

 

I. Concluye la guerra del Per&ua= cute; - Bolívar en Trujillo - destierro de Riva Agüero - organización de un ejército&= nbsp; por Bolívar - entrega a los españoles de la fortaleza = del Callao: causas - defección de Torre Tagle - II. Situación de = los independientes - los españoles en preponderancia - impresión = moral por el acontecimiento de los castillos - abandono de la capital - victoria = de Junín - el comandante don Isidro Suárez - el gral. Necochea herido: gran hombre de guerra - Bolívar se separa del ejércit= o - Sucre toma el mando - III. Retirada de los libertadores - los españo= les los siguen - contraste de matara - batallón de Rifles - critica situación del ejército americano - posiciones respectivas -batalla y triunfo espléndido de Ayacucho -  los españoles capitulan y r= inden las armas - conclusión de la guerra - IV. Observaciones generales - = V. Buenos Aires: nueva administración - el Sr. Rivadavia deja el minist= erio - estado general del país - noble carácter del Sr. Rivadavia:= su misión a Europa - provincias interiores: Quiroga - VI. Olañet= a en el Alto Perú: sus incursiones en Salta - Valdéz derrotado por= las tropas de Olañeta - Chile: guerra civil - expedición a Chiloé: su mal éxito - VII. Brasil - don Pedro I - los portugueses evacuan Montevideo - emigración - regreso del enviado ce= rca del gobierno del Brasil - instalación del Congreso constituyente.

 

 

 

I.

 

 

Los sucesos de este año, adv= ersos al principio, tuvieron al fin el más feliz desenlace.

La cuestión de la independen= cia continuaba debatiéndose en el Perú por medio de las armas, sin que una situación tan peligrosa fuese bastante a refrenar la discord= ia civil que en todos los nuevos Estados oscurecía las glorias de la revolución. Tal es el destino de todos los pueblos que de las tinieb= las de la esclavitud hacen transición instantánea a la esplendoro= sa luz de la libertad.

El libertador Simón Bol&iacu= te;var había encaminádose a Trujillo con todo el ejército para  apoderarse de la persona= de Riva Agüero, guarecido en aquella ciudad, y que no cesaba de conspirar entreteniendo relaciones criminales con los jefes españoles, y conservando siempre el titulo de jefe supremo del Perú. El gral. Bolívar creyó necesario hacer desaparecer un poder que parali= zaba su marcha. El gral. La = Fuente mandaba las fuerzas de que disponía el seudo-presidente: este general pertenecía a su parcialidad y le era íntimamente adicto, pero= La Fuente era patriota= sincero y se indigno de tan desleal conducta. Con las ordenes de Bolívar se declaro contra Riva Agüero, que encontrándose sin apoyo y conociendo el peligro que amenazaba su vida si caía en poder del libertador, que irremisiblemente le habría aplicado la pena merecida, tomo a buen partido retirarse a Chile.

Bolívar sobre la base de las= fuerzas que condujo a Trujillo y con las del gral. La Fuente permaneció algún tiemp= o en aquel departamento, y organizo un fuerte ejército con nuevos refuerz= os de Colombia, y con el enrolamiento de los naturales, para abrir una nueva campana.

Entre tanto, un acontecimiento ines= perado vino a dar un colorido aun mas siniestro a la situación, y consterno= a los defensores de la independencia.

La traición entregó a= los españoles la importante fortaleza de San Felipe y Santiago del Calla= o. Se sospecho entonces que = la Sra. de Torre Tagle había intrigado lo bastante para tener una buena part= e en este acontecimiento desgraciado, pero concurrieron otras causas para tan infausta perdida.

Los gastos extraordinarios de la gu= erra absorbían las cortas entradas del tesoro público; las tropas argentinas estaban impagas, no así las colombianas: la pobreza era extrema, los veteranos de los Andes recorrían diariamente las calles recomendándose a la caridad publica -pidiendo limosna- como ú= nico medio para no perecer de hambre.

Es escusado decir que tan depresiva condición había fomentado el descontento. En tal estado, se creyó necesario tomar una medida de seguridad para impedir los desma= nes de la soldadesca, que se presentaba con síntomas de rebelión:= el batallón Río de la Plata, compuesto de africanos libres, entro de guarnición en el Callao. Pero las necesidades iban en aumento, hasta= que apurado el sufrimiento estallo el 4 de febrero un motín militar.

Aquellos hombres enfurecidos, que e= n un momento de exasperación y delirio febril habían roto las barr= eras de la subordinación para pedir pan, ni un instante ocuparon su imaginación con la idea de abandonar sus banderas; era la rabia del hambre la que los convulsionaba.

El coronel español Casariego, prisionero a la sazón en el Callao, supo sacar buen partido de la situación: le dijo al sargento argentino Moyano, hombre ignorante y vulgar pero con ascendiente en la tropa, que no quedaba otro arbitrio para salvarse que enarbolar el pabellón español. Persuadido Moyano= por la artificiosa seducción de Casariego se aproximo a los sublevados, = y al hacerlos tal proposición todos se indignaron. Moyano entonces creyó necesario levantar el puente levadizo, pero antes que lo verificase, salieron huyendo por la puerta del castillo considerable numero= de soldados del Río de la Plata, por no ser participes e instrumentos de tan vil perfidia: la guardia del puerto rompió sus fusiles y se retiró a  la ciudad.

Casariego se constituyó jefe= de la fortaleza, en cuyas murallas enarboló el pabellón españ= ;ol. Los castillos estaban definitivamente perdidos para los independientes, que intentaron inútilmente recuperarlos por medio de una negociaci&oacut= e;n pacifica.

Hemos entrado en estos pormenores p= ara hacer justicia a los soldados del Río de la Plata. Los que = no pudieron fugar del castillo tuvieron que plegarse, mal grado, al nuevo jefe= . El coronel Casariego se ocupó de organizar los medios de defensa y al efecto armó a mas de 60 prisioneros españoles

El general Alvarado, gobernador de = la fortaleza, y algunos jefes y oficiales, quedaron prisioneros.

Según el testimonio de mucho= s que presenciaron el drama del Perú, otros  motivos contribuyeron tambié= ;n a la consumación de tan desconsolante escena. Nos abstenemos de indica= rlos porque carecemos de pruebas para exhibir y calificar todos los antecedentes= que produjeron tan gran conflicto, y porque además toda conclusión basada en conjeturas mas o menos arbitrarias, no debe ocupar lugar en estos "Recuerdos".

La animosidad que se desplegó= ; contra Torre Tagle y su familia, por las sospechas que se hacían recaer principalmente sobre su esposa, tomó grandes proporciones. Un incide= nte vino a imposibilitar la justificación del marqués: se interce= pto una carta que le dirigía Canterac, y fuese o no ardid de guerra, Tor= re Tagle se intimidó y se refugió a un convento. El libertador al que fue preciso dar parte, se exasperó en extremo: habría fus= ilado al culpado, pero sus amigos le aconsejaron que fugase a Chile, y el se prestó aparentemente a embarcarse.

Salió en efecto de Lima con dirección a Chorrillos, y contramarchó a la fortaleza del Cal= lao en la que se encerró con toda su familia, revelando así que no carecían de fundamento las sospechas de sus maniobras clandestinas.<= /span>

 

 

 

II.

 

 

La pérdida del Callao fue una verdadera calamidad: nuestra situación militar en aquellos momentos = era la peor posible. los reveses sufridos en al año anterior habí= an alentado a los españoles dándoles tiempo para restablecerse de sus pasados quebrantos, y organizar con gran incremento sus fuerzas militar= es bajo la dirección de jefes hábiles y experimentados en el art= e de la guerra, y de una constancia que siempre ha caracterizado a la naci&oacut= e;n española.

Jamás las tropas del Rey Fer= nando en la América= del sur habían tenido tan buenos jefes ni mejor dirección: fu= e la época en que llegaron almas alto grado de instrucción y disciplina. La suma total de sus fuerzas, sin que haya exageración, incluyendo las guarniciones, ascendía a la alta cifra de 30.000 homb= res.

El ejemplo de aquella perfidia pudo ser  funestísimo a la c= ausa de la independencia. Los valientes que en tantas cruentas acciones habían defendido el pabellón republicano, ostentaban ahora los colores de castilla. La impresión moral que este suceso produjo en t= odos los patriotas, solo pueden valorarla los que, testigos presenciales entonce= s, aun la recuerdan con profundo sentimiento, porque ha dejado un lugar negro = en el capitulo consagrado a la fidelidad, y mancillado aunque transitoriamente nuestras glorias. Es tal vez el hecho mas humillante de nuestra historia militar.

Perdidos los castillos del Callao, = los enemigos aproximaron un ejército de operaciones, y los independientes evacuaron la capital el 24 ó 25 de febrero: era insostenible.=

El dominio de la sierra por los ejércitos del rey, y la adquisición de Lima y los castillos inclinaban la balanza en su favor. Pero Bolívar no desfalleció= ; un momento: incorporósele el gral. Sucre y abrió en persona una campana con todas sus fuerzas reunidas, muy inferiores no obstante a las de= los españoles, y maniobró al sud este de Lima frecuentado también por el ejército español a las ordenes inmediat= as del Virrey.

En esta ocasión las partidas= de montoneros rindieron los mayores servicios: implacables con los enemigos pe= ro respetando a los pacíficos habitantes.

El general Bolívar en el mes= de julio levantó su campo de Huaras, donde había permanecido algún tiempo organizando el ejército, y se dirigió a Pasco. Las tropas estaban regularmente equipadas y armadas. El ejérc= ito constaba de tres divisiones de infantería, dos colombianas y una peruana; una división de caballería colombiana, otra peruana = y el regimiento de granaderos a caballo de Buenos Aires: todas estas fuerzas de caballería las mandaba en jefe el gral. Necochea; se componía= tal vez de los mejores jinetes del mundo: los gauchos argentinos,= los guasos de Chile y los llaneros de Venezuela.

El 2 de agosto el gral. Bolí= var revisto sus tropas en la llanura situada entre Rancas y Pasco; ascend&iacut= e;an a 9.000 hombres.

El general Canterac se decidi&oacut= e; a atacar a los libertadores prometiéndose hacerlo en detal, cayendo sucesivamente sobre cada una de sus divisiones a medida que bajasen a la ll= anura. Con tal propósito reconcentró sus fuerzas en Jauja, y rompió la marcha el 1 de agosto. Los dos ejércitos, o mas bie= n la caballería, se encontraron en los llanos de Junín el 6 de ago= sto. Desde el principio de esta jornada la fortuna fue adversa a los independien= tes. La derrota se había pronunciado, cuando una hábil y atrevida maniobra del valiente comandante d. Isidro Suárez restableció= el combate con gran ventaja para nuestras armas.

El comandante Suárez carg&oa= cute; con su escuadrón a los españoles en los momentos en que estos entonaban las aclamaciones del triunfo. El gral. Canterac fue sorprendido p= or un choque tan violento como inesperado, y su ejército puesto en confusión y derrota.

Los honores del triunfo no deben at= ribuirse al libertador Bolívar, sino a la intrepidez y noble inspiració= ;n de nuestro distinguido compatriota, el comandante Suárez.

La victoria habría sido comp= leta si Bolívar hubiese tenido disponibles en el campo del combate dos de sus batallones, que no llegaron a tiempo por haberse rezagado en la marcha.

El general d. Mariano Necochea, jef= e de la caballería, se distinguió en Junín con su bizarr&iacut= e;a acostumbrada; mandaba en jefe la caballería, y cargando a la cabeza = de los granaderos a caballo se encontró solo con 4 ó 5 soldados rodeado en todas direcciones de las fuerzas enemigas cuya línea había forzado con aquellos valientes compañeros. Hizo prodigi= os de valor, y cayo con siete heridas; fue tomado prisionero, pero rescatado al poco tiempo por una feliz casualidad.

Nos complacemos en tributar a la me= moria de este guerrero los honores merecidos por sus altas proezas: desde el princip= io de la guerra de la independencia ilustró su nombre en las campanas d= el Alto Perú, y en Chacabuco y Maipú por su admirable intrepidez acabo de consolidar su alta reputación militar. Nuestra débil pluma le dedica esta ofrenda, justo aunque escaso tributo debido a uno de l= os primeros adalides argentinos, cuya espada en diferentes campos de batalla h= izo inclinar la balanza de la victoria en favor de la noble causa de la independencia, por la  que lidió hasta su asecución prodigando su sangre y desplegando en todas ocasiones, un valor y osadía marcial en nada inferior a las mas exageradas tradiciones populares de los esforzados paladines de las cruzada= s. El nombre del general Necochea pertenece a la historia, y las generaciones argentinas que han de venir lo pronunciaran con admiración y respeto. Nos es grato asegurar que ni uno solo de nuestros compatriotas dejara de aceptar con entusiasmo elogios tan merecidos, porque nadie puede ignorar que Necochea tenia sobrados títulos para ser aclamado el valiente entre = los valientes.

Esta gloriosa jornada no dio, emper= o, resultados decisivos, porque los españoles continuaron en prepondera= ncia a favor de la superioridad de su fuerza numérica, y de la habilidad = de sus generales, Valdéz y Canterac principalmente.

Los españoles con tan manifi= estas ventajas conservaban la ofensiva. Separado el gral. Bolívar del ejército a causa de otras muy serias atenciones, fue reemplazado en = el mando por el gral. Sucre con orden terminante de no comprometer la totalida= d de sus fuerzas en una batalla campal: el precio a que compraría su desobediencia era bien alto: la vida; porque el libertador intimó a Sucre, a su predilecto, su amigo y primer teniente, que si infligía = sus órdenes lo fusilaría. No es esto una chanza: el general Alvear nos lo refirió, y el tuvo este conocimiento del mismo general Sucre,= que agrego hablando con el gral. Alvear: "y tenga Ud. por cierto general, = que el libertador me habría irremisiblemente fusilado si hubiera sido vencido en Ayacucho".

No necesitaba el gral. Sucre tan im= ponente y conminatorio mandamiento, desde que sus&= nbsp; fuerzas disponibles no le permitían medirse con las muy superiores del ejército realista.

 

 

 

III.

 

 

Este maniobraba para obligarlo a una batalla campal, y Sucre se puso en precipitada aunque ordenada retirada. El ejército combinado de colombianos y peruanos[36]<= /span> la practicaba a duras penas por un país en extremo fragoso. No  llevaba en zaga a sus adversarios = porque estos marchaban sobre un flanco, y en direcciones paralelas entrambos contendientes forzaban sus marchas, el uno con el propósito de alcan= zar y atravesarse al frente de su adversario para forzarlo al combate; el otro = para no ser alcanzado y obligado a pelear con desventaja. Un río los separaba.

Algunas veces se interrumpía= el paralelismo de las dos columnas, pues se aproximaban tanto que se trababan ligeras escaramuzas de puestos avanzados.

Tal era la penosa y difícil situación de los guerreros de la independencia. El peligro era inmin= ente cuando, como preludio de mayores desastres, su vanguardia en un encuentro en matara (3 de diciembre) con la enemiga, sufrió un descalabro con per= dida de parte de su parque y bagaje. En este encuentro casi todo el bravo batall= ón de Rifles quedo tendido en el campo del combate: así salvó to= do el ejército.

La retirada continuo sin embargo con obstinada aunque fatigosa perseverancia, pero al fin fue preciso hacer alto, los enemigos a favor de los accidentes muy irregulares del terreno consigui= eron por  fin el objeto de sus afan= es: cortaron el camino a sus adversarios, y estos de vieron obligados a aceptar= un combate que ya les era imposible evitar. Forzados, pero rebozando entusiasm= o y ardor marcial.

Con los tintes mas oscuros no podr&= iacute;a trazarse un cuadro que representase al vivo la crisis espantosa en que el ejército combinado de los independientes se encontraba en aquellos momentos supremos, no solo por el mayor numero de probabilidades favorables= del ejército español, sino porque en un radio de 40 leguas los in= dios sublevados por los realistas aguardaban con feroz impaciencia el triunfo de estos, para caer sobre los vencidos y devorarlos. Como consecuencia inmedia= ta, el ejército americano carecía de subsistencias y la penuria e= ra extrema.

El ejército patrio ocupaba un pequeño seno de la montaña donde apenas tenia espacio para maniobrar; tan estrecho era que no alcanzaba para desplegar en línea= .

Aquella reducida localidad, aquel páramo inhabitable, debía alcanzar una gloriosa e imperecedera celebridad: era AYACUCHO!

Los realistas acamparon en una elevación que dominaba el campo de sus contrarios: los contemplaban a vista de pájaro, como el cóndor desde las mas elevadas cumbre= s de los Andes contempla y mide el espacio que lo separa de la presa que ha de devorar. Para ellos, los españoles, la presa era al parecer tan segu= ra como si la tuviesen en la mano, y al fuego del vivac pasaron aquella noche,= del 8 al 9 de diciembre, formando castillos en el aire y repartiéndose l= os despojos de sus prisioneros del día siguiente. Tan fácil vict= oria iba a hacerlos herederos forzosos de la América del sur. Y en efecto, es pre= ciso concederles que tan lisonjero prospecto no era solo producto de los delirio= s de la imaginación extraviada: ellos tenían el mayor numero de probabilidades.

Las fuerzas realistas ascendí= ;an a 9.300 hombres de las tres armas, y el ejército combinado de los independientes a 5.400, y sin embargo los españoles no podían utilizar su superioridad numérica por la pequeñez de aquel recinto para desplegar sus columnas: de tal modo que sus alas extremas no encontrarían enemigos, resultando, por lo tanto, un numero casi igua= l de combatientes de una y otra parte en iguales frentes de batalla. Tan reducido era, como ya hemos dicho, el terreno ocupado por el ejército america= no, que lo llenaban con su línea desplegada dejando cubiertos sus dos costados de derecha e izquierda, por un terreno accidentado de muy difícil sino imposible acceso.

En la mañana del 9 de diciem= bre los enemigos bajaron de la montaña en extremo pedregosa y desigual, como= un torrente, formados en columnas paralelas y halagados con la seguridad del triunfo. El Virrey marchaba a la cabeza de la primera división. No h= ay militar medianamente instruido que ignore que este orden de marcha al frente del enemigo para ejecutar un despliegue bajo sus fuegos, es una de las operaciones mas peligrosas aun para un ejército el mas instruido y maniobrero. La dificultad consiste en conservar el paralelismo, es decir la igualdad de los espacios necesarios para ejecutar el despliegue, porque si = esos espacios se han aumentado durante la marcha resultan claros que debilitan la línea por falta de continuidad, y, si por el contrario, los interval= os de las columnas se estrechan al tiempo del despliegue, es fácil comprender la confusión que necesariamente ha de resultar por la superposición entre si de los cuerpos en el orden de batalla.=

Cuando desde las alturas se miran l= os objetos a vista de pájaro, disminuyen aparentemente en tamaño= y extensión. Las líneas visuales dirigidas desde distintos punt= os, es difícil que aprecien con exactitud las distancias para conservar = el paralelismo, y entre las concausas que concurrieron en aquel día memorable para consumar la derrota del ejército realista, es muy sab= ido que el defecto de dirección precisa de sus columnas de ataque fue tal vez la principal.

Las columnas de los enemigos descen= dieron en direcciones convergentes, y a medida que se aproximaban al llano estrech= aban sus distancias: les faltó terreno para desplegar en línea en = ese momento supremo en que el éxito depende de la celeridad de los movimientos y de los fuegos bien nutridos: se introdujo la confusión= en las filas de los españoles, y los soldados americanos sacaron de ella buen partido. El joven general Córdoba, uno de los primeros adalides= del ejército de Colombia, lleno de ardimiento y elevación después de haber atravesado con la espada el único caballo qu= e le quedaba, se lanzó con sus batallones al grito de "adelante paso= de vencedores!" sobre la falange española, y la victoria corono las sienes del joven guerrero y de sus intrépidos soldados. Una carga brillante del coronel Silva, acabó de desordenar a los realistas decidiendo la jornada en favor de los independientes.

Hemos salido tal vez de los estrech= os límites de nuestro programa al ocuparnos de estos pormenores, pero la batalla de Ayacucho merece bien tal excepción. Los incidentes que he= mos narrado son los más salientes, bien que otros menos notables tuvieron también su parte proporcional en aquella brillante y decisiva acción de armas.

El distinguido gral. Lamar acredito= su pericia militar por sus acertadas disposiciones. El Arístides americ= ano correspondió así al injusto ostracismo que sus compatriotas le impusieron en 1823: noble venganza. El gral. Sucre se condujo con su habili= dad acostumbrada. En Ayacucho se derramo también sangre argentina, porque esta durante la lucha con la España enrojeció los campos de batalla desd= e el Yaguarón hasta el Ecuador.

Los trofeos de tan señalada = victoria excedieron a cuantos hasta entonces laurearon la frente de los guerreros americanos. Pero el mas grandioso de todos fue la terminación defini= tiva de la guerra de la independencia, después de 14 años de una l= ucha obstinada y sangrienta, sostenida con una constancia que ofrece pocos ejemp= los en la historia de las naciones que se han encontrado en casos idénti= cos, en guerra de emancipación.

El Virrey La Serna, 15 generales,= 16 coroneles, 68 tenientes coroneles, 484 oficiales y 3.200 soldados fueron tomados prisioneros; 1.400 muertos, 700 heridos y 15 piezas de artillería: el resto de disperso. Los americanos tuvieron 370 muerto= s y 600 heridos. Todo el material de guerra cayo en poder del vencedor.<= /p>

Se acordó una capitulaci&oac= ute;n por la generosidad de los vencedores, para salvar el honor de los vencidos = ante su gobierno, firmada por los generales Sucre y La Serna. Ella estipuló la disolución de todas las fuerzas españolas = en el extenso espacio de la América del sud, y el regreso voluntario a la península de todos los súbditos del Rey Fernando.

Es una coincidencia notable, y que = merece bien consignarse en estos "Recuerdos Históricos" que la última batalla dada por los españoles a los indios en tiempo = de la conquista, tuviese lugar en el mismo campo de Ayacucho, que en el idioma quíchua significa "campo de sangre", en conmemoració= ;n de la derramada en defensa de los derechos de los Incas. Ayacucho era la tu= mba de los conquistados, y desde el 9 de diciembre la de los conquistadores. ¡Justicia de Dios!.

La fortaleza del Callao comprendida= en la capitulación, no quiso sin embargo abrir sus puertas a los vencedore= s, y el obstinado gral. Rodil que la mandaba, continuo ostentando el pabell&oacu= te;n español en sus baluartes. Mas tarde lo veremos ceder a la ley imperi= osa de la necesidad, con el abandono del Callao: ultima guarida en estas region= es del león de España.

En el mes de diciembre el libertador Simón Bolívar hizo su entrada en Lima, e inmediatamente estableció el asedio del Callao.

 

 

 

 

IV.

 

 

Durante la guerra de la independenc= ia los ejércitos beligerantes frecuentaron en todos sentidos la inmensa superficie de la América del sur, y apenas s encontrara un palmo de tierra que no haya servido de teatro sangriento de nuestras victorias y reveses. En tan dilatada lucha la desolación y la muerte recorrieron= sin respiro nuestro vasto continente. Tan grandes sacrificios fueron sin embargo bien fructuosos, puesto que para los pueblos no hay nada que sea tan destru= ctor como la opresión y la conquista, porque las almas se enervan y se an= iquilan hasta los pródigos beneficios de la naturaleza y el Creador. El desenlace feliz de ese período glorioso de abnegación y del m= as depurado patriotismo, ha ofrecido la prueba practica e incontestable, como = en otras muchas ocasiones en casos análogos, de que en las cuestiones sociales cuando se encuentran en pugna dos potencias, la fuerza y la idea, = es esta la que siempre triunfa, porque su poder que jamás se desvirtúa, concluye por sobreponerse dilatando así las conqui= stas de la civilización, que hasta la consumación de los siglos ha= de marchar adelante, lentamente algunas veces, pero siempre sin interrupción. Es el destino del mundo: sucumbirá el que se proponga contrariarlo por grande que sea su prepotencia material.

De desear sería que los gobi= ernos y los pueblos tuviesen siempre presente la incontestable verdad que dejamos consignada, porque fielmente respetada conduciría la raza humana a un porvenir de bienestar y ventura, que la imaginación mas activa apenas puede concebir.

No importa que el espíritu h= umano contrariado en sus teorías por los acontecimientos y las pasiones, no siempre avance con rapidez a sus altos destinos: él marcha, sin emba= rgo, y hasta sus caídas y sus extravíos ofrecen un testimonio irrefragable de la perpetua y no interrumpida acción del progreso social, del poder invencible de la idea, del triunfo infalible de la inteligencia.

En Ayacucho se dio pues la ultima b= atalla; la guerra cesó en todo el continente y la independencia quedo para siempre consolidada. Esa guerra llamada de la independencia, no fue glorios= a y útil en sus resultados tan solo para sus sostenedores. La Europa ha reportado= grandes ventajas con la aparición instantánea de un inmenso mercado de importación de los productos de su aventajada industria fabril y manufacturera, en cambio de los inagotables y ricos frutos naturales del nu= evo mundo, y por la adquisición del vasto receptáculo que les ofr= ece una tierra feraz y hospitalaria para recibir su superabundante poblaci&oacu= te;n proletaria. Y en este sentido la independencia de las antiguas colonias españolas ha sido una gran conquista para la civilización y la humanidad en provecho del mundo entero. Y tal vez, un acontecimiento de tan= to alcance y trascendencia, que en el andar de los tiempos hay motivos para esperar ha de alterar el equilibrio actual del mundo civilizado, para que e= l de Colón asuma el rol de preponderancia a que esta destinado por las condiciones naturales que le ha acordado el Supremo Hacedor con munificente prodigalidad.

Después que los españ= oles se despidieron para siempre del teatro de catorce años de combates, dejándonos el dominio de la tierra y la gestión de nuestros propios intereses sociales, se hizo un vacío que no tardo en llenarse  con una lid aun m&aa= cute;s ominosa: la discordia entre hermanos, la guerra civil, cuyos perniciosos vestigios todavía embarazan nuestra marcha. Ni podía ser de o= tro modo, porque carecíamos de las calidades y condiciones requeridas pa= ra gozar un privilegio -la paz interior- que nos constituyese en única = excepción entre todos los pueblos de la tierra, que en circunstancias análogas= han pasado por calamidades iguales y por idénticas causas. Es la historia del genero humano desde la creación.

Pero si este destino común a= todas las naciones nuevas es inevitable, no por eso nos arredremos: marchemos sie= mpre avanzando hasta conquistar la verdadera libertad, sometiéndonos con resignación, ya que no nos es dado sustraernos a las penalidades de = un transito peligroso, atravesemos lo mas pronto posible ese espacio funesto e imprescindible. Pero no aspiremos a la perfección: ella es inasequib= le, porque la providencia lo ha decretado así, que la vida de los pueblos sea tan duradera como sus querellas.

 

V.

 

 

En Buenos Aires una nueva administración dirigía los negocios públicos. El 9 de = mayo el gobernador d. Martín Rodríguez entrego el mando a su suces= or electo, el gral. d. Juan Gregorio de Las Heras. Era el primer ejemplo desde= el principio de la revolución, de un gobierno que cesaba en el ejercici= o de sus funciones sin violencia ni coacción, por haber expirado el perio= do legal. Esta circunstancia excepcional ofrecía un síntoma de la continuación del orden público, y dejaba un precedente saluda= ble para las administraciones sucesivas. Al Sr. Rivadavia, separándose d= el ministerio y de la gestión de la cosa publica, le cupo la gloria de haber, con = su doctrina y sus practicas, puesto en horror las vías de hecho. Los hombres de probidad y patriotismo se lisonjearon con demasiada anticipación, que por el ensayo de tres años el nuevo sistema representativo echaría profundas raíces; que las nuevas instituciones se aclimatarían en el país, preludiando un porv= enir de calma y prosperidad: creían llegado el momento de consolidar para siempre los principios liberales y la practica de las reglas inviolables de justicia y libertad, que los pueblos tienen derecho a gozar, y mucho mas si= han sufrido y trabajado para adquirirlos.

Por desgracia, la esperanza de tan = bello ideal no fue sino un sueño dorado, una ilusión vana y transitoria, nacida de un loable entusiasmo y buen deseo. Ni era posible que fuese de otro modo desde que la revolución estando todavía en= un periodo poco avanzado, no podía aun dar frutos bien sazonados, y debía seguir el curso forzoso de sus inevitables peripecias.<= /p>

Lo que no se había extinguid= o, ni se ha extinguido aun, era el antisocial exclusivismo de los partidos, es decir= , la ultra intolerancia, los odios inveterados sin cuya extirpación la me= jor semilla sembrada en la tierra mas feraz y productiva solo da frutos de maldición. Tal cosecha no tardamos en recoger, y tuvimos mas tarde, = como consecuencia forzosa de tan perniciosa propensión de los jefes de partido, la autocracia militar; una espantosa tiranía asociada al despotismo demagógico, y la pasión del crimen.

Paz a las cenizas del ilustre Rivad= avia. Ellas han recibido una apoteosis bien merecida, porque sus intenciones fuer= on las mas puras, y seria injusto reprocharle no habernos legado imitadores de= un alma tan elevada como la suya. La ley de olvido es un monumento impereceder= o de gloria, y el trofeo que debía adornar la portada del cenotafio levan= tado para contener su urna cineraria. Seamos justos y buenos hermanos: as&iac= ute; habrá paz. Y si se quiere que el país prospere, no olvide= mos, pero ni un solo instante, que el abuso del poder concluye por estrellarse contra un derecho armado que da por tierra con la tiranía, pero sin salir del circulo vicioso y alternado de esta a la anarquía.<= /p>

Las instancias del gobernador Las H= eras no fueron bastantes a persuadir al Sr. Rivadavia para que continuase en el Min= isterio: nos lo dijo él mismo, cuando en 1825 regreso de Inglaterra, cerca de cuyo gobierno fue comisionado con el carácter de Ministro Plenipotenciario y Enviado extraordinario.

Otra misión de igual categoría salió para los Estados Unidos, acreditada cerca de = su gobierno. El general Alvear fue investido con el carácter de Ministro Plenipotenciario y Enviado extraordinario.

Las provincias interiores de la República A= rgentina habían hecho un corto paréntesis a la discordia civil, pero el vandalismo volvía una vez mas a levantar su horrible cabeza. Apareci= eron hombres nuevos sin antecedentes en la guerra de la independencia, y muchos = de ellos, sin mas títulos que su destreza y osadía de jinetes, regenteaban el elevado puesto de gobernadores y capitanes generales: invest= idos por si mismos con el rango de brigadieres, no eran sino unos verdaderos caciques o capitanejos, que a imitación de Breno, hacían incl= inar con la espada la balanza que pesaba el botín para saciar su rapacida= d, venciéndola en su favor con la imposición de la fuerza bruta.=

Nuestras guerras sociales engendrar= on un famoso caudillo, el mas expectable de todos los que pululaban en las sangrientas escenas de la anarquía: d. Juan Facundo Quiroga.<= /p>

Era Quiroga un hombre de indomable = coraje, y aunque iletrado y sin educación elemental, encerraba en su mente calcinada las chispas del genio; su voluntad era dominante y se hizo el arb= itro de algunas provincias, cuyos dóciles gobernantes le estaban enterame= nte sometidos.

 

 

 

VI.

 

 

El general Olañeta continuab= a al frente de los negocios del Alto Perú; conservaba aquel territorio a la coro= na de España, en quieta y pacifica posesión y sin antagonistas, y siempre en disidencia con el Virrey del Perú cuya autoridad no reconocía. Como en el año anterior, hizo incursiones volantes= en las provincias de Salta y Jujuy, que asolaba sin piedad en obsequio de su R= ey Fernando y de sus propios intereses pecuniarios, que siempre combinaba con = su fidelidad al adorado soberano.

El gral. Valdéz penetro en e= l alto Perú con una fuerte división, y en un encuentro con las tropa= s de Olañeta sufrió una completa derrota, que le obligó a repasar el Desaguadero para tomar una parte activa en la guerra del Perú.

En Chile desde el año 1822 l= a paz publica estaba en receso, y los hombres de partido aspirantes al poder encontraron en el descontento del pueblo por la pobreza que lo aquejaba, un medio el mas eficaz para dar pábulo a la contienda intestinal en pro= de sus ambiciosas pretensiones. El presidente Freire había perdido ente= ramente el prestigio. Creyó que el arbitrio más eficaz para recuperar= el aura popular que tan pronto había desaparecido, seria la conquista d= el Archipiélago de Chiloé, ocupado todavía por los españoles. En el mes de marzo se puso a la cabeza de una expedición que zarpó del puerto de Valparaíso y el día 22 desembarcó en Chiloé. Un primer combate muy reñido que sostuvo contra los enemigos, no tuvo resultado decisivo. = Pero en el inmediato que ocurrió con muy corto intervalo, la suerte de las armas le fue adversa. Completamente derrotado el ejército chileno se refugió en sus naves de transporte después de haber sufrido u= na perdida considerable. La expedición regresó al puerto de sali= da.

El mal éxito de esta empresa aumentó el descontento con síntomas los mas alarmantes, y continuaron las turbulencias y la perturbación social.

 

 

 

VII.

 

 

En el Brasil, el emperador constitu= cional d. Pedro I marchaba  imperturb= able y siempre activo e inteligente, por la carrera del progreso social marcada po= r el mismo desde su advenimiento al trono. No obstante, la oposición sistematizada y vertiginosa inherente al sistema representativo, empezaba a despertar el espíritu virulento y corrosivo de los partidos, precurs= or de disturbios y revueltas que minan la moral pública, al mismo tiempo que paralizan la acción saludable del poder, cuando este se encamina= a nobles y patrióticos fines.

La rebelión asomaba alternat= ivamente en algunas provincias del Imperio, y toda la energía de carác= ter y el espíritu marcial del joven monarca no habría alcanzado a sofocarla sin la acción constante de dos elementos poderosos -positi= vo el uno, negativo el otro- a los que el Brasil debe haber salvado hasta ahor= a de una conflagración general de las mas tremendas consecuencias, a sabe= r: el interés de los grandes propietarios de una numerosa y subordinada clientela, por el orden y la paz publica, y el temor a la raza africana que entre naturales y originarios asciende a la enorme cifra de las cuatro quin= tas partes de la población total del Imperio Fluminense.

El gral. portugués d. &Aacut= e;lvaro da Costa no podía  por = mas tiempo sostenerse en Montevideo: de acuerdo con su aparente adversario el Vizconde de la Laguna, había trabajado en el sentido de este para acelerar la entrega de la plaza y su puerto. Don Álvaro deseaba regresar cuanto antes a Europa= , y este deseo era común a toda la división de Voluntarios Reales, con algunas excepciones de individuos de todas las clases que habían contraído enlaces matrimoniales, y hecho intención de permane= cer en la tierra de cuyo clima y costumbres gustaban.

En circunstancias tan difíci= les d. Álvaro recibió ordenes del gobierno de Lisboa para evacuar a Montevideo: ajustó una capitulación con el general Lecor; le<= span style=3D'mso-spacerun:yes'>  hizo entrega de la plaza y se embarcó con sus tropas para Lisboa.

Los habitantes comprometidos que aun quedaban en Montevideo, no creyeron conveniente esperar a los nuevos amos, = y la mayor parte emigró a Buenos Aires, otros a Entre Ríos, y algu= nos a Santa Fe.

Como anteriormente hemos manifestad= o. El emperador del Brasil se negó categóricamente a la restitución de la Provincia Oriental (febrero 6) y el enviado argentino d. Valentín Gómez pidió in continenti sus pasaport= es y regreso a Buenos Aires a dar cuenta a su gobierno del mal éxito de la misión.

El Congreso constituyente compuesto= de los diputados de todas las provincias de la Unión, se instaló el 16 de diciembre de este año. Grandes bienes se esperaban de sus trabajos legislativos, porque figuraban en él las primeras notabilidades argentinas. Era necesario el acierto y buena dirección de los negoci= os públicos, porque la guerra con el Brasil era inminente.

 

 

Año 1825

 

 

 

I. Después de Ayacucho: consideraciones generales - Olañeta: su muerte - conclusión d= e la guerra en el alto Perú - noticia anticipada: rendición del Ca= llao - II. Emigrados orientales - el brigadier Rivera - d. Juan Antonio Lavallej= a - su arrojada empresa: los treinta y tres - desembarcan en la Banda Oriental: progreso gradual - conducta anti-militar de los brasileros - simpatí= as del pueblo de Buenos Aires: su gobierno - III. Síntomas de  próxima guerra con el Brasil -  línea del Uruguay; su objeto: gral. Rodríguez - llamamiento a las provincias -  gobierno oriental: declaraci&oacut= e;n de principios y protesta - combate del Rincón de Haedo o de las gallina= s: triunfo - batalla del Sarandi: victoria - ejército de Buenos Aires - incorporación de la Banda Oriental como provincia argentina - IV. Sacrificios pecuniarios de Buenos Aires - reducidas fuerzas del ejército de Buen= os Aires - renuncia del gral. Rodríguez - V. Ratificación del tratado con Inglaterra - hostilidades anticipadas del Brasil - declaración de guerra - bloqueo del puerto de Buenos Aires y sus cos= tas.

 

 

 

I.

 

 

La batalla de Ayacucho dejó = libre el terreno a las exageradas y perniciosas&nbs= p; pretensiones de los partidos, y a las desaforadas tendencias del espíritu demagógico nutrido durante catorce años por l= as revueltas y disensiones intestinas, agente poderoso de desmoralizació= ;n social. Con mas o menos efervescencia, en todos los nuevos estados se elevo= muy alto el estandarte fementido de la anarquía y la guerra civil.

Tal es la historia de todos los pue= blos de la tierra en sus periodos de transición repentina de las tinieblas d= e la esclavitud a la luz de la libertad. Y dígase lo que se quiera de las turbulentas republicas americanas, porque si se exceptúan los estados unidos del norte, que ofrecen un bello ejemplo que imitar por el inalterable orden público que ha presidido su marcha progresista y circunspecta desde su emancipación, y esto por causas y circunstancias excepciona= les que favorecieron su pacífico y extraordinario desarrollo político, y que difícilmente volverán a reproducirse en ninguna otra parte del mundo civilizado, la historia del genero humano nos presenta una serie no interrumpida de procederes iguales en situaciones idénticas. La uniformidad es perfecta, y la única variedad insustancial que podría percibirse deriva de ligeros matices, de modificaciones y leves accidentes que no alteran la monótona semejan= za del conjunto, y que tienen el origen conocido de las localidades, del clima= y la educación, por sus diferentes costumbres, hábitos y tradiciones seculares.

El espíritu menos observador= y filosófico se atraería el ridículo declamando contra el escándalo; pondría así en evidencia su candoroso optimismo, su ignorancia inexcusable del corazón humano, o su manifi= esta parcialidad. Es indispensable no olvidar que, por desgracia, la humanidad entera esta sometida a la acción deletérea de la atmós= fera revolucionaria, y a sus efectos desastrosos y antisociales, y que no es per= mitido al buen sentido desentenderse de una verdad grabada con caracteres de bronc= e en los anales de todos los pueblos, a saber: que las pasiones de los hombres s= on tan inalterables -por la ley del Supremo Hacedor- como el progreso del tiem= po y la inmensidad del espacio. Y que es preciso ser ciego a la luz de los hecho= s y de la experiencia que ellos suministran, para ser utopista y exigir en la ciencia política y en la observancia de las doctrinas sociales, la precisión y exactitud de las proposiciones geométricas.

Era de temer, en efecto, que desde = que quedásemos entregados a nosotros mismos -dueños de casa como = los esclavos durante las saturnales romanas- sin la seria atención a las huestes españolas, la discordia nos devoraría; que brotarían todos los gérmenes de anarquía que con exceso habían sembrado en un dilatado periodo los resabios  creados por una pésima educación bajo el régimen colonial. Era este un vaticinio o un anatema lanzado al despedirse despechados y para siempre del país cu= yo dominio no  habían sabi= do conservar. Ellos no podían engañarse, porque eran nuestros padres, nos conocían, y veían reflejada en sus hijos la image= n, la copia fiel del tipo originario. Desgraciadamente el tiempo de las profec= ías llego presuroso. Pero no importa, y a pesar de todo, se habían salva= do las cabezas de la cuchilla del verdugo en un cadalso afrentoso -como traido= res- y nuestra casa nos pertenecía, no vendrían ya a allanarla del otro lado de los mares. El complemento de tan importante adquisición= , la libertad, lo legaríamos a nuestra posteridad. Es lo que esta sucedie= ndo.

El gral. español Olañ= eta continuaba ocupando el alto Perú; pero de muy corta duración = iba a ser su Pro-consulado, porque las tropas vencedoras marchaban en su demanda para anonadarlo. El comandante Medinaceli, uno de sus jefes mas acreditados, acelero su caída sublevándose en el mes de abril contra su autoridad y proclamando la independencia. En un encuentro que sostuvo con su antiguo y obstinado jefe, defensor el mas acérrimo y último d= e la corona de España, en la aldea de Tumusla, el 1 de abril, Olañ= eta perdió la vida. Así concluyó definitivamente la guerra= en el Alto Perú, y todos los soldados americanos que hasta entonces habían servido bajo las banderas del Rey Fernando, hicieron causa común declarándose soldados de la patria.

Aunque no es este el lugar seg&uacu= te;n el orden cronológico, creemos oportuno para completar el cuadro de nues= tra narración, hacer  mención de la entrega de los castillos del Callao, que ocurri= ó a principios del año entrante (1826). La peste y el hambre casi exterminaron toda la guarnición y crecido número de familias refugiadas, victimas de la injustificable obstinación del gral. Rodi= l, que sin duda creyó contraer un gran merito para que le fuese product= ivo con su torpe obstinación, porque no merece el nombre de una virtud, = la constancia, desde que, tarde o temprano, la rendición del Callao era irremisible. Se hace subir a la alta cifra de 6.000 las victimas de Rodil, = por la acción de los dos mayores flagelos, el hambre y la peste. En este numero se incluye al mal aconsejado Torre Tagle, su esposa y toda su famili= a.

 

 

 

II.

 

 

Después del triunfo definiti= vo de los brasileros, y de la retirada de los Voluntarios Reales, muchos patriotas orientales se refugiaron en Buenos Aires y suspiraban por el regreso al país natal. Enfermos de nostalgia como todos los emigrados, no tenían pensamiento que mas los preocupase que el empleo de la fuerza para reconquistar el hogar domestico; pero grandes y al parecer invencibles dificultades se oponían a la realización de sus planes de ata= que, porque aunque el país todo repugnaba la ocupación por los extranjeros, contra los que abrigaban prevenciones y odios reconcentrados y antagonismo de vecindad, aunque los habitantes estaban exasperados y en vio= lenta excitación por tan detestada dominación, las fuerzas brasiler= as establecidas en todo el territorio y principalmente en el litoral, eran muy respetables por su número y las autoridades estaban sobre aviso, para aventurar una empresa tan temeraria, que no tenia bases consistentes por fa= lta de elementos, ni remotas probabilidades de buen éxito, y porque algu= nos orientales de influjo se habían enrolado en las filas de los conquistadores de su país. Entre estos, d. Fructuoso Rivera, antiguo comandante de Artigas, y condecorado ya con la alta clase de brigadier brasilero, era un hombre de gran prestigio y popularidad en la campana. Por esta razón los conquistadores lo habían nombrado jefe de las milicias del país y lo colmaban de distinciones y obsequios, a fin de que sirviese de contrapeso contra todo movimiento insurreccional, y para impedirlo mediante su manifiesto ascendiente sobre los naturales, paralizad= os al ver sirviendo con los enemigos a su antiguo y predilecto caudillo, objet= o de sus más intimas y fervorosas simpatías.

Los enemigos con tal propósi= to le dieron el mando de todas las milicias del país, y él estaba b= ien seguro de la devoción y lealtad de sus subordinados. Rivera, por su parte, debe racionalmente creerse, y así se ha asegurado, solo esper= aba una ocasión oportuna para levantar el mismo y de su cuenta el grito = de insurrección, pero es igualmente creíble que, si aquella no se presentaba seria su intención decidida continuar sometido y fiel a s= us últimos compromisos. Así pues, generalmente se creía y esta creencia era entonces proverbial, que Rivera prefería la tranqu= ila posesión de sus goces y honores, a todo sacudimiento que no se hicie= se en su propio interés y bajo su inmediata y exclusiva direcció= n. Estaba imbuido con la creencia no del todo infundada, que ninguno entre sus paisanos tenia como el, los títulos de que sin cesar hacia alarde, p= ara ser jefe y arbitro de la tierra, y sabia con evidencia que sus antagonistas, Lavalleja y sus parciales, no solo no le acordarían un puesto tan el= evado, sino que lo perseguirían echándole eternamente en rostro sus servicios y juramento de fidelidad a los usurpadores, y porque este, al mis= mo tiempo, seria el medio mas eficaz para inutilizarlo, concluyendo con su crédito y popularidad.

Don Juan Antonio Lavalleja, otro an= tiguo comandante en crédito con Artigas, también había vesti= do el uniforme portugués aunque con manifiesta repugnancia, pero había tirado sus condecoraciones y pronunciádose decididamente por la causa de la independencia de su país natal, y refugián= dose en Buenos Aires. Era el jefe de los patriotas emigrados, emulo y antagonista implacable de Rivera. Ambos abrigaban en sus  pechos una reciproca antipat&iacut= e;a, y de naturaleza inextinguible desde que se disputaban el poder. Las recientes ocurrencias hicieron subir de punto la animosidad y prevenciones, que mas de una vez estallaron después para perturbar la paz social.

De todos los emigrados orientales, = entre los hombres de armas, era tal vez Lavalleja el que tenia medios propios de independencia personal; los demás gemían en la tierra extranj= era bajo el peso de las privaciones y de la beneficencia, que siempre es onerosa para el hombre honrado.¡Situación feliz para conspirar! como ingeniosamente dice Machiavelo, al referir una de las innumerables conspira= ciones que describe el secretario florentino durante el turbulento y dilatado peri= odo de las revoluciones italianas en los siglos XV y XVI; el orador de los conspiradores al arengarlos en los momentos que precedían a la ejecución, los estimula y acalora a la empresa poniendo con destreza ante las imaginaciones exaltadas de aquella reunión de proletarios demagogos, el cuadro de su estado indigente, contrastado con la perspectiva fascinadora de los bienes que el triunfo debía proporcionarles. &quo= t;Es indudable, les decía: los más eficaces y seguros instrumentos para un audaz golpe de mano son los descamisados que marchan con el pie desnudo".

Tan apremiantes motivos combinados = con el ferviente sentimiento de amor patrio que rebozaba en sus corazones, y con la alarmante noticia que recibieron los emigrados orientales, de un proyecto de movimiento insurreccional de Rivera próximo ya a estallar contra los usurpadores, los acabo de decidir a acometer una de las empresas mas atrevi= das de que la historia revolucionaria de la América del sur nos ofrezca ejemplo. Temían con razón, y Lavalleja muy principalmente, que si Rive= ra se anticipaba y era feliz, la exclusión de sus adversarios políticos seria infalible, y tal vez perpetua.

Treinta y tres orientales con Laval= leja a la cabeza, e incluso en el número, provistos de armas, municiones y monturas, desaparecieron de Buenos Aires el día 11 de abril. Se embarcaron en un pequeño buque, y bajo la encubierta protecció= ;n de algunos empleados subalternos de la marina de Buenos Aires, pero sin conocimiento del gobierno, y al día siguiente habían tomado tierra en la patria querida desembarcando en la isla del Pillo, en el río Uruguay. Desde allí se dirigieron a la costa oriental, y rodeados de peligros y contratiempos en los primeros débiles e incie= rtos pasos, la pequeña pero impertérrita hueste encontró al= fin caballos y monto en el acto, para dar principio a su heroica y patriota cruzada. Algunos compatriotas que encontraron al paso se incorporaron a las diminutas filas.

Con tan débiles medios y aum= entando gradual y sucesivamente sus adquisiciones a favor de la buena disposición de los habitantes de la tierra por su odio a la esclavit= ud, adquirieron muy pronto un rápido incremento de fuerzas capaces ya de= batir la campana aunque con desventaja. Obtuvieron pequeños triunfos, pero= de gran trascendencia como preludio de otros mas importantes, porque contribuían a acrecentar su número, y porque es claro que un primer revés habría terminado con la perdida total de los valientes emprendedores. Pero el mas importante de todos, porque presagio su futuro progreso y alentó a los expedicionarios, fue la adquisición de d. Fructuoso Rivera, que se les incorporó con = las fuerzas que a la sazón tenia disponibles. Se ha hablado con variedad= con respecto a la conducta de Rivera en esta ocasión; se ha pretendido q= ue su incorporación no fue voluntaria, sino efecto consiguiente de la situación embarazosa en que repentinamente se encontró amagado por sus adversarios políticos, y sin medios disponibles de resistenc= ia por el momento. Carecemos de los datos necesarios para afirmar si obr&oacut= e; o no con espontaneidad. En cualquiera de las dos hipótesis lo que mas importa es el hecho y sus consecuencias: Rivera comprendió bien su posición, la empresa tomaba cuerpo y el se plegó. Su pronunciamiento fue importantísimo, porque desde que sus partidarios= lo vieron unido a Lavalleja, la fuerza personal y moral de este aumento considerablemente, y como por encanto, en breves días toda la campana presentó el imponente espectáculo de un pueblo armado en masa pronto y preparado a luchar contra los usurpadores.

La conducta militar de estos fue afortunadamente marcada con el doble sello de la debilidad y el desacierto, reprensible y anti-militar bajo todos aspectos: tenían fuerzas reconcentradas mas que suficientes, bien organizadas y situadas en diferent= es localidades, pero perdieron el tiempo y la oportunidad, cuando mas fá= ;cil les habría sido sofocar en su origen la insurrección que esta= llo en las mas diminutas proporciones, y después que tomo cuerpo se intimidaron y perdieron el tino. Todos sus movimientos fueron vacilantes y retrógrados.

Entre tanto, en Buenos Aires el espíritu de patriotismo combinado con el de especulación que, como todas las cosas nuevas, se insinuaba con fervoroso entusiasmo, proporc= iono sin tardanza a los patriotas orientales armas, municiones, vestuarios, dine= ro y toda clase de recursos, nutriendo y reforzando sus inesperados cuanto rápidos progresos. La opinión publica hizo simultanea explosi= ón en favor de tan patriótica empresa, pues en el noble sentimiento que esta palabra inspira, los argentinos jamás se han desmentido. Se tra= taba de librar del yugo extranjero a un pueblo hermano, con el que el de Buenos Aires tenia estrechos vínculos de origen común, costumbres y nacionalidad.

El gobierno con cautela y circunspección aplaudió el movimiento, y se dejo voluntariame= nte conducir por el clamor y voto público que pedía apoyo y protección para los bravos orientales y su noble causa. A estos vali= entes no tardaremos en encontrarlos en el campo glorioso de los combates.<= /p>

El gobierno de Buenos Aires en expectación, espera apercibido los primeros sucesos de la  guerra que iba a encenderse en la provincia oriental, calculaba con razón, y esta era la opinión generalmente admitida, que los patriotas sucumbirían bajo el peso del poder superior de sus adversarios; y bien que simpatizaba decididamente con= la causa de aquel pueblo, no los auxilia franca y directamente, porque, en ver= dad, era lo que por entonces debía hacer y mas no se le podía exig= ir. Haciendo abstracción de su inmensa responsabilidad, es incontestable= que no era justo y conveniente que un pueblo que empezaba a gozar de los inestimables beneficios de la paz publica, y del influjo creador y progresi= sta de sus nuevas instituciones liberales, recientes y  palpitantes todavía los est= ragos y calamidades sin cuento de una guerra intestina destructora y sangrienta, = se dejase arrastrar imprudente y prematuramente a contraer serios compromisos,= tan solo por la voluntad de un puñado de hombres, y a correr los riesgos= y las consecuencias de una contienda desigual -por no estar preparado a sostenerla- con una nación vecina y poderosa, y jugando el todo por = el todo, es decir su propia existencia.

La caridad bien ordenada empieza po= r si mismo, y esta máxima es una verdad practica y eterna de la que, dire= mos de paso, no hemos sido observantes durante la guerra de la independencia, e= n la que nos prodigamos por el bien ajeno. Es, no obstante la doctrina de abnega= ción del Evangelio, mucho mas atendible cuando se aplica a la conservación del bienestar y la dicha de las naciones. Es la regla de conducta de todos = los gobiernos de la tierra desde el principio de las sociedades; es el credo so= cial de las familias y de los individuos. No hay egoísmo en la abstención de solidaridad cuando todas las probabilidades conspiran contra un buen resultado, por santos que sean los motivos, a no ser que se interpongan los deberes imprescindibles del honor y de la salud publica. Es= ta ocasión llegó en efecto, y entonces la nación argentina con su sangre y su tesoro voló presurosa y consecuente con sus tradiciones a redimir a sus hermanos.

Pero a medida que engrosaban las fi= las de los libertadores, aumentando en la misma proporción las probabilidad= es de la terminación feliz de la lucha en que se veían seriamente empeñados -o al menos las de un equilibrio de fuerzas- tomaba mas cu= erpo en Buenos Aires el sentimiento simpático, por el buen éxito de tan patrióticos y nobles esfuerzos. Grande era el entusiasmo por la buena causa, y grande también la aversión a los usurpadores.<= /span>

El gobierno aun cuando lo hubiera i= ntentado con todo su poder y prestigio, no habría podido sofocar tan vehement= es y apasionados estímulos, porque hubiérase expuesto a concitar el descontento público, y de este a la sublevación, en las republicas especialmente, no hay mas que un paso. El gobierno pues, no pudi= endo dirigir ni limitar tan acalorados y poderosos impulsos, tenia que modelar p= or ellos su acción administrativa, y lo hacia con cierta repugnancia, porque temía con razón embarcarse en una empresa que si por s= er superior a sus fuerzas, fracasaba en ella, comprometería la dignidad= , la salud y el porvenir del pueblo cuyos intereses le estaban encomendados.

 

 

 

III.

 

 

Los síntomas de  un próximo rompimiento con = el Brasil eran bien patentes, y el gobierno al mismo tiempo que toleraba las continuas remesas de auxilio a la Banda Oriental, prestaba ayuda so capa a los magnánimos esfuerzos que hacían los patriotas orientales.=

El 11 de mayo decreto el Congreso un acantonamiento de fuerzas de observación, en la margen derecha del río Uruguay, provincia de Entre Ríos: para el mando de estas fuerzas se nombro al ex-gobernador, gral. d. Martín Rodríguez. Estaba en su derecho para tomar esta medida de precaución, sin que el gobierno del Brasil pudiera razonablemente pedir explicaciones, porque desde que el país bañado por la margen izquierda era teatro de guer= ra, prudente, natural y permitido era también que el Estado vecino y fronterizo se precaviese a todo evento, situando sus tropas en la orilla opuesta y en territorio de su dominio.

El objeto ostensible era estar a la= mira e impedir que, si los orientales sufrían un contraste, trajesen la gue= rra civil al territorio argentino, y era esto de temer en efecto. Pero el fin principal y único al establecer la línea del Uruguay no fue o= tro en realidad que el de proteger a los patriotas, y estar prontos y apercibid= os a una cooperación directa, inmediata y decidida en el caso de un rompi= miento -que se veía inminente- por parte del imperio.

El gobierno del Brasil no pod&iacut= e;a equivocarse en este alarde acerca de las verdaderas intenciones de su futuro competidor.

En el mes de agosto el general  Rodríguez salió de la capital con dirección al Entre Ríos, acompañado del Je= fe de Estado Mayor, coronel d. Manuel Rojas, y del comandante general de artillería y secretario militar, teniente coronel Iriarte. De distin= tos puntos y con la misma dirección marcharon dos escuadrones de caballería, dos o tres compañías de infantería,= y 4 piezas de artillería, núcleo y base de organización del ejército que había de acordonar la orilla derecha del Uruguay. Plantel a la verdad bien exiguo para llenar el objeto de su destino, pero e= l ejército permanente de la provincia era a la sazón muy reducido en numero, y = la muy seria atención de hacer frente a los indios salvajes para conten= er sus frecuentes irrupciones y escarmentarlos.

Las provincias todas fueron llamada= s a concurrir con sus respectivos contingentes para integrar el personal del ejército que iba a crearse, y muchos jefes y oficiales reformados volvieron al servicio activo, algunos con ascenso, así como otros del antiguo Ejército de los Andes que sucesivamente llegaban del Perú.

Los orientales habían instal= ado una Junta de Representantes en la villa de la Florida, y en el mes de agosto esta corporación promulgó una declaración de principios, patriótica y bien sentida, protestando contra la usurpación brasilera, la que estaban decididos a repeler con las armas sacrificando, e= n caso necesario, las vidas y las fortunas de todos los orientales. En esa declaración se daban por nulos, irritos, no avenidos y depresivos de= los derechos imprescriptibles del pueblo oriental, la incorporación al Brasil bajo la denominación de Estado Cis-platino, y todos los a act= os posteriores a dicha incorporación. Esta declaración es altame= nte honrosa para los orientales: se ponían entre la victoria y la muerte= , y mas no se puede exigir de un pueblo por la defensa de sus lares y de sus de= rechos.

Tan heroica resolución, sin = embargo, necesitaba ser apoyada en poderosos auxiliares, porque las fuerzas oriental= es eran insuficientes por su numero y calidad para lidiar con  ventaja contra sus contrarios. Y c= uando decimos calidad, entiéndase que es con referencia a la deficiencia de disciplina e instrucción militar bajo un sistema regular, porque la parte del valor era perfectamente desempeñada, como prácticam= ente dieron testimonio en los dos meses inmediatos sus dos brillantes victorias.=

Poco tiempo después de la ll= egada del gral. Rodríguez a Entre Ríos, se recibió all&iacut= e; la noticia de un triunfo completo obtenido por el brigadier Rivera sobre fuerzas brasileras muy superiores en número, en el Rincón de Haedo o de las gallinas, el 24 de septiembre.

El 12 de octubre el gral. Lavalleja secundado por Rivera, derroto y puso en completa dispersión a una fu= erte división brasilera mandada por uno de sus jefes mas acreditados, el coronel Vento Manuel Riveiro. La pérdida de los enemigos en muertos y heridos fue considerable, y gran numero de jefes, oficiales y soldados qued= aron prisioneros. En esta brillante jornada los orientales, como de costumbre, pelearon con extraordinario coraje contra enemigos muy superiores en numero= y disciplina, acreditando como en otras muchas ocasiones el alto temple de sus corazones, y el renombre bien adquirido de intrepidez, que es una de sus facciones mas pronunciadas.

La victoria del Sarandi hizo subir = al mas alto grado el entusiasmo de los patriotas orientales, y no quedo un solo varón de edad y condiciones requeridas sin lugar en las filas: todo = el pueblo estaba en armas.

Y sin embargo, los hombres pensador= es conocían que si en aquellos combates había tenido una parte m= uy especial la bizarría de los orientales, no fue menor la que cupo a la fortuna. Sabían cuan desigual iba a ser la contienda, por el numero y recursos de los adversarios, y temían que el desenlace final fuese funesto a los patriotas. El mismo Lavalleja, ufano con razón por sus recientes y espléndidos triunfos, se manifestaba afectado de igual presentimiento, comprendía la situación, y de ellos somos testigos presenciales en una entrevista que tuvo con el gral. Rodríg= uez en el paso de Paysandú (Entre Ríos). Clamaba por que el ejército nacional argentino atravesase cuanto antes el Uruguay, y lo pedía con instancia al gobierno de Buenos Aires. Sin este auxilio no creía posible la asecucion de su objeto anhelado: la independencia d= e su país natal. La fama de nuestros ejércitos de la revoluci&oacu= te;n nutría su creencia, como la de todos los orientales, que ese ejército era fuerte en número y disciplina. Pero el ejército estaba en embrión, aumentado con algunos contingente= s de cuya instrucción primaria nos ocupábamos, y esperando todavía los correspondientes a las provincias lejanas. Tal era la ve= rdadera situación, no muy lisonjera en verdad. La guerra estaba próxi= ma a empeñarse, y nos encontrábamos desprevenidos para abrir la campana, pero ni aun para sostener con ventaja la defensiva.

Para llevar a buen puerto la solemne declaración de = la Florida por los Representantes, estos y todo el pueblo oriental ansiaban por su incorporación como provincia argentina a las demás de la Unión, representadas entonces en un Congreso gener= al instalado en el año anterior. Este al fin sancionó la incorporación en el mes de octubre, y tuvimos el honor de pasar pers= onal y oficialmente a Paysandú, donde se encontraba el gral. Lavalleja, p= ara comunicarle la soberana resolución, que fue recibida con las mayores demostraciones de jubilo y contento público por el general, su séquito y todo el vecindario: igual impresión produjo en todos los pueblos de aquella provincia argentina que nunca, en buen derecho, había dejado de pertenecer a la Unión.

Y era natural que celebrasen tan fa= usta nueva con todo el contento y expansión de sus corazones, porque acab= aban de hacer la valiosa adquisición de poderosos auxiliares que habrían de librarlos  d= el yugo del extranjero, y de las consecuencias de la insurrección: la venganza de sus enemigos. Porque es fuera de toda duda que sin la cooperaci= ón inmediata y decidida de todas las provincias de la República A= rgentina, la de la Banda = Oriental habría vuelto a la dominación brasilera.

El Congreso al mismo tiempo nombraba brigadieres generales de los ejércitos de la Nación = a los grales. d. Juan Antonio Lavalleja y d. Fructuoso Rivera, con la honrosa mención en sus en sus despachos de sus relevantes servicios. Al gral= . d. Martín Rodríguez lo investía con el mando en jefe y título de capitán general de las tropas de las provincias de Montevideo, Entre Ríos y Corrientes, subordinándole al gral. Lavalleja, no obstante el carácter de este como gobernador y capitán general de la provincia, en todo lo que tuviese relaci&oacut= e;n con la dirección de la guerra. El gral. Lavalleja reconoció gustoso y sinceramente la nueva autoridad militar.

 

 

 

IV.

 

 

El papel moneda de Buenos Aires no tenía circulación en las provincias, y se envió una comisión sucursal del Banco, presidida por el coronel d. Manuel Escalada, que se estableció en la Concepción del Uruguay con fondos en metálico, oro sellado principalmente. Los gastos para la formación de un ejército y para los preparativos de guerra, exclusivamente costeados por el gobierno general provisorio, es decir con l= as rentas de la provincia de Buenos Aires, iban forzosamente a consumir sus metales, única garantía de amortización del medio circulante. Se veía, pues, muy próximo el momento en que el B= anco no tendría como llenar sus obligaciones a la vista y al portador en metálico, y por consiguiente era inevitable la depreciación de sus billetes.

Buenos  Aires y solo Buenos Aires tenia que hacer frente a las erogaciones pecuniarias de una guerra dispendiosa, y en la que sus fuerzas financieras luchando contra las de un imperio comparativamente poderoso, debían necesariamente agotarse.

El gral. Lavalleja consiguió= al fin el objeto de sus mas ardientes deseos, porque el gral. Rodríguez recibió orden terminante del gobierno no solo para pasar a la Banda Oriental, sino para que luego que la guerra se declarase invadiese el territorio bras= ilero llevándole la guerra a sangre y fuego. Y era un singular agregado a tales prescripciones, la designación de las marchas, las jornadas qu= e el ejército debía hacer, y hasta la de los lugares en que había de acampar. Era, en fin, un itinerario para un ejército= que atraviesa un país propio o amigo: se marcaba la ruta como si el ejército tuviera que hacer jornadas de etapa.

Como entonces la fuerza numé= rica del ejército apenas alcanzaba a la reducida cifra de 1.500 hombres de las tres armas -las dos terceras partes reclutas- ya se deja ver que no solo er= an impracticables las operaciones activas de una campaña, y mucho mas teniendo que asumir la ofensiva y el rol de invasores, sino que una tal disposición, una vez ejecutada, necesariamente conduciría al = ejército a un gran desastre. En tal estado, el gral. Rodríguez renunció= ; al mando del ejército. No habiendo sido admitida su renuncia, se transportó (1826) a la orilla opuesta, con todas sus fuerzas disponibles.

 

 

 

V.

 

 

El 2 de febrero se ratifico por los= Sres. d. Manuel García y Sir Woodbine Parish un tratado de amistad y comer= cio entre el gobierno de la República y el de su majestad británica.

Sin previa declaración de gu= erra y con flagrante violación del derecho de gentes, las fuerzas navales brasileras empezaron a perpetrar actos de notoria piratería capturan= do algunos buques argentinos de cabotaje, y ejerciendo el no reconocido derech= o de visita dentro de nuestro territorio fluvial.

El 21 de diciembre el Vice-Almirante Rodrigo Lobo, jefe de la escuadra imperial, declaro y estableció el bloqueo del puerto de Buenos Aires y sus costas, y de todos los puertos de = la provincia oriental en que se encontrasen tropas argentinas.

El 10 de diciembre el emperador del= Brasil había declarado la guerra a la República A= rgentina, y publicado un pomposo manifiesto henchido de inventadas quejas, puesto que= el era el agresor, y causa primera de la contienda que el mismo provocaba sin justicia ni razón aceptables. Ese célebre documento abundaba = en sofismas y falsos hechos para disfrazar la usurpación del jefe del imperio, y hacer creíble la validez de sus pretendidos pero infundad= os derechos. La Nación Argentina levantó el guante y desenv= aino el acero, colgado no ha mucho al terminar la guerra de la independencia. Nu= evos combates iban a multiplicar las glorias del pueblo argentino, y levantar aun mas alto el renombre guerrero de sus hijos.

 

 

 

Conclusión

 

 

I.

 

 

Hasta aquí hemos llegado, y = mas adelante no queremos pasar, porque divisamos en lontananza la portada del cenotafio que encierra la arena sangrienta cubierta de restos mortales de hermanos argentinos, victimas de la guerra intestina sostenida con furibunda pasión entre individuos de una misma familia, no por el triunfo de un principio -falso- no por el triunfo de un sistema de gobierno -falso-. Seam= os imparciales y sinceros: la guerra civil ha tenido constantemente por causa = el triunfo de un partido y de sus intereses, y en muy frecuentes ocasiones, el triunfo de un nombre. ¡Vergüenza para la democracia!

No queremos, porque no seriamos consecuentes con nuestras convicciones, creyendo, como íntimamente creemos, que aquellos males inevitables ya porque se han consumado, no tien= en otro correctivo para el porvenir, que el olvido absoluto del pasado, y no seremos nosotros los que demos pábulo a la hoguera arrojando sobre e= lla mas combustible; y este combustible no es otro que la repetida menció= ;n de las escenas sangrientas de un periodo de extravíos y miserias, en= que la pasión del crimen se exhibe sin pudor bajo el horrible aspecto de= la muerte, el exterminio, y la disolución social. Un período que= los corazones generosos impregnados de un sincero e ilustrado amor patrio, desearían si posible fuese relegar para siempre al olvido, para que = las páginas de nuestra historia no aparezcan manchadas cuando nuestros nietos las recorran, porque han de estremecerse de rubor y espanto por la insólita sevicia de sus antepasados, y porque es un detestable mal ejemplo el que les legamos.

En cuanto nos ha sido posible hemos procurado llenar las condiciones de nuestro programa, consignado en la "Advertencia Preliminar" que precede a esta obra: es decir que, aunque marchando por una cuerda estrecha, no hemos perdido el equilibrio inclinándonos de uno u otro lado, contrayéndonos únicamente a la narración fiel, sencilla y desapasionada, de = los hechos que ilustran nuestro pasado, dándonos un lugar conspicuo en la historia de los pueblos belicosos que han peleado con abnegación y constancia por sacudir el yugo férreo de la esclavitud colonial. Cie= rto es, empero, que en señaladas ocasiones hemos francamente emitido opiniones no de un color político determinado, sino reflexiones prop= ias acompañadas de una templada censura, que surgían del asunto m= ismo que narrábamos. Pero en esa misma franqueza ha de encontrarse por los lectores que no estén contaminados del espíritu de partido, la mas estricta imparcialidad. Son en fin nuestros juicios, pero eliminados de mezquinas personalidades. Paz a los sepulcros, unión entre los vivos: abajo las enseñas sangrientas que representan un pasado de crímenes y extravíos; abajo las denominaciones de partidos, q= ue no tienen otro significado que el alarido del salvaje para renovar la pelea= , y cuyo recuerdo ruboriza y estremece al patriota honrado que a nada aspira si= no a la felicidad de su país.

Hemos procurado hacer justicia a to= dos, dando a cada uno su lugar, y cuando nos ha sido forzoso, por ser fieles a la verdad histórica, poner en evidencia los errores y debilidades comun= es y sin excepción a todos los partidos y a sus notabilidades, y la reprobación de algunos de sus actos, no ha obstado la censura para preconizar el merito ensalzando las mismas personas por otros dignos de alabanza.

Si la historia es el espejo en que = el pasado refleja el porvenir, importante e indispensable seria que sacásemos buen partido de esta presciencia adquirida en la larga ser= ie de nuestras publicas calamidades, no olvidando, ni por un momento, que los mismos efectos se reproducen por causas iguales, y que este conocimiento practico e incontestable del que todos los argentinos estamos en posesión, aunque a un precio bien alto -el de la sangre- debe, si queremos hacer buen uso, servirnos para salir a buen puerto, al travé= ;s de los escollos que nos rodean en el mar borrascoso de la situación actual. Queremos decir, que sin unión y olvido del pasado, sin una reconciliación bien sincera de los hermanos en discordia y animadversión recíproca, no hay paz pública posible; y como corolario o deducción inmediata, la respetabilidad exterior, la prosperidad y progreso social de la gran familia argentina es un verdadero mito, una quimera inasequible. Continuemos así y dejaremos de ser.

En cuanto a las "Glorias Argentinas" durante el período de la guerra de la revolución, objeto principal sino el único de esta publicaci&= oacute;n, nos atrevemos a esperar que serán aceptables por nuestros compatriot= as como una ovación a los varones ilustres que tanto se distinguieron, y tan magnánimos sacrificios consumaron por conquistar la independenci= a y en pos de ella la libertad. Pero nos queda el pesar de haber tal vez omitido muchos sucesos dignos de especial mención, en los que los esclarecid= os patriotas argentinos que en ellos tuvieron la acción principal, se hicieron acreedores a prez y gloria inmortal. Sus nombres pertenecen a la historia y ella no ha de olvidarlos: que sus pares sean indulgentes por nue= stra involuntaria omisión.

 

 

 

II.

 

 

Los denodados patriotas argentinos = que iniciaron y trabajaron con inimitable constancia en el gabinete y en los ca= mpos de batalla por conquistar la independencia de su país, tenían como los hombres libres de los tiempos heroicos, un vigor republicano que se fortificaba en medio de las ruinas de la patria, cuyo amor era inmanente en= sus corazones, así como el maternal en todos los seres de la creación. Ellos durante la lucha obstinada y sangrienta, carecieron constantemente del poderoso auxilio de la unión y paz interior, y del muy eficaz de las alianzas extranjeras.

La guerra de la revolución t= uvo por objeto hacer dos grandes conquistas: la independencia y la libertad. La emp= resa era difícil, peligrosa, gigantesca, un verdadero trabajo de Hércules. La ciencia de la guerra entre nosotros apenas estaba en su infancia, pero nuestros guerreros la cultivaron y aprendieron en una escuela practica: en el campo de Marte. Y con el ferviente anhelo de sacudir el yugo colonial hicieron prodigios de valor y abnegación, que los equiparar= on con los mas afamados paladines de la edad media, aunque por una mas noble causa.

Tanta virtud y constancia fue por último bien recompensada: cúpoles la gloria de haber desempeñado el patriótico y bello rol que sus compatriotas les confiaron, con el éxito mas completo: la independencia fue conquista= da. Y ahora meros espectadores, presencian inactivos el gran drama de la lucha = por la libertad, lucha que aún no ha terminado y ha costado ya mas sangr= e, mas lágrimas y triple espacio de tiempo que el que aquellos emplearon para emancipar el suelo natal.

Que el genio de la patria ilumine a nuestros estadistas y legisladores, que depure sus almas de las perniciosas influencias de los mal entendidos intereses de partido, para que se postren ante las muy premiosas exigencias de la actualidad en obsequio de la cosa pública y del bien común, y para que lleguen cuanto antes a la meta, como alcanzaron la suya nuestros soldados.

La posteridad mas imparcial y equit= ativa que los contemporáneos, apreciara en su verdadero valor y levantara = muy alto, el relevante mérito que contrajeron nuestros guerreros en las lídes no fratricidas de la revolución americana.

 

 

 

 

 

 

 

 

FIN

 

 

 

 

 

 



[1]= 7 de Noviembre, 1810

[2]= 29 de Junio, 1811

[3]= 1 de Octubre, 1813

[4]= 26 de Noviembre, 1813

[5]= 29 Noviembre, 1815

[6]= 19 de Marzo, 1818

[7]= 18 de Mayo, 1811

[8]= 24 de Septiembre, 1812

[9]= 31 de Diciembre, 1812

[10= ] 3 de Febrero, 1813

[11= ] 20 de Febrero, 1818

[12= ] 29 de Mayo, 1814

[13= ] 22 de Junio, 1814

[14= ] 12 de Febrero, 1817

[15= ] 5 de Abril de 1818

[16= ] 16 de Mayo de 1814

[17= ] 9 de Julio de 1816

[18= ] 20 de Mayo de 1816.

[19]<= /span> La memoria del Sr. Guido es un documento oficial que debe existi= r en el archivo del ministerio de la guerra. La hemos leído en un diario = de Montevideo, titulado el "Comercio del Plata" números 2.834, 2.835 y 2.836: es importante, y pertenece a la historia del país: en= el último se registra la nota de remisión del general Balcarce al general Pueyrredón, la contestación de este aprobando el pensamiento, y una carta congratulatoria y honorífica del mismo Sr. Guido.

Son documentos muy interesantes par= a la historia.

<= o:p> 

[20= ] Noviembre 1819

[21= ] 6 de Diciembre 1820

[23]<= /span> 29 de Enero de 1821

 

 

[24= ] 23 de Mayo de 1821

[25= ] 6 de Julio de 1821.

[26]<= /span> 9 de Julio de 1821.

 

[27= ] 21 de Septiembre 1821

[28= ] 7 de abril de 1822

[29= ] 24 de mayo de 1822

[30= ] Teniente coronel argentino D. Tomas Iriarte que a la saz&oacu= te;n se hallaba en Montevideo con licencia de su gobierno.

[31]<= /span> 19 de marzo de 1823

 

[32= ] 19 de noviembre de 1822

[33= ] 23 de diciembre de 1822

[34= ] tuvo lugar su retirada en 1824, pero por no interrumpir la na= rración de este negociado, se hace aquí mención de esta ocurrencia.

[35]<= /span> 1825

 

[36= ] Había muchos jefes, oficiales y soldados argentinos: l= o eran casi todos los jefes principales de la caballería.

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.         &= nbsp;           =             &nb= sp;  Glorias argentinas y recuerdos históricos      Tomá= ;s de Iriarte

 

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